viernes, 20 de marzo de 2020

Pandemia con vista, II

Tres muertos en el Perú.

No sabemos cuantos más vendrán pero es evidente que serán muchos. Al parecer también es evidente que el mundo cambiará.

Si es cierto que cuando uno es carpintero todo parece clavos, las proclamas sobre el futuro de los que observan el mundo, desde la ventanita minúscula que cada uno tiene en medio de la emergencia, sirven más para comprobar los sesgos preexistentes que como ejercicio coherente de prognosis. Hay quienes están afirmando con convicción envidiable que el mundo tendrá que cambiar y que cambiará en la dirección que les gustaría que cambie: sea la solidaridad o la educación basada en dispositivos móviles.

Los propagandistas de Cuba insisten en las virtudes del interferon, compuesto químico que Cuba produce desde hace décadas y que no sirve para curar sino para paliar, pero que sobre todo abunda en todas partes porque se produce desde hace más de cincuenta años.

Los propagandistas --ingenuos-- de Rusia alaban que el viejo Oso no tenga muchos infectados y que Putin haya, él solito al parecer, decodificado el genoma del SARS-nCoV-19, cosa que se hizo antes y en muchos sitios.

Los que condenan a los pitucos por salir a correr se alternan con los que condenan a los pobres por seguir en la calle vendiendo. El pobre no cree sino en si mismo y por eso necesitamos una revolución, o dejar de ser pobres, o lo que venga a tu imaginación. El pituco es malo, malo, malo, y egoísta por pensar en él y no en los demás, aunque el pobre lo hace porque no cree en los demás.

Algún señorón que vende su imagen de "niño terrible" gracias a la complacencia de la prensa cubre su deseo de seguir haciendo lo que le da la gana en un liberalismo a ultranza, de esos que sostienen que cada "homo economicus" puede decidir mejor que nadie por su propia salud. Aparte de lo absurdo del argumento en medio de una pandemia, no puedo dejar de pensar en lo desagradable que debe ser no tener quien te haga la cama, te exprima el jugo y te tiña el pelo.

Algún radical con añoranzas autoritarias quiere que expropien el Golf de San Isidro, porque eso es más urgente que habilitar parques en donde no los hay y educar a la gente para que los use bien y los cuide.

Yo solo me paro en la puerta de mi casa y veo lo que queda de la normalidad, y compruebo que lo primero que extrañamos es eso, lo de siempre. Que el elástico ha sido jalado tanto en una dirección tan incomoda y peligrosa que lo primero que querremos todos será la normalidad. Pero que es cierto, que hay fuerzas que están alterando elementos estructurales, esos que no se ven, y que quizá sea posible combinar las posturas: querremos normalidad pero no podremos evitar los cambios, porque esos no vendrán de nosotros.

Los jóvenes cuyos planes de viaje quedaron truncos volverán a soñar con hacerlos, pensando que podrán ver los cisnes en Venecia.

Las empresas que están a punto de quebrar serán salvadas por muchos gobiernos, aunque esto signifique no asistir a los ciudadanos.

Volverán los aviones y los barcos a circular con todo lo que tienen que traer de aquí a allá, y seguiremos hiperglobalizados.

Habrá un daño psicologico, masivo, pero al final será superado. Como una guerra mundial, ¿será lo que defina un época? Quizá el colapso del dominio de los EEUU por un mundo en clara competencia entre un autoritarismo con plata, el chino, frente a una democracia en declive, sino decadencia, Occidente. Qué ocurrirá con ese nuevo conflicto es difícil de saber pero es más difícil imaginar que el modelo económico cambiará.

Me estoy imaginando la elección presidencial peruana de 2021. Sin Vizcarra, es decir sin alguien a quien echarle la culpa o halagar por su acción ante la mayor crisis de salud pública desde el cólera de 1991 (sino antes), ¿de qué van a debatir los candidatos? ¿Como el estado peruano se preparará para la próxima pandemia? Lo dudo. Digo, si hay elecciones: quizá tengamos la pandemia, en segunda o tercera oleada, durante la campaña.

Si el mundo está sufriendo un shock, lo único que se puede decir es que solo aquellos que sobrevivan mejor podrán reconfigurar las instituciones y estructuras planetarias. Aún está lejos saber quién será ese "vencedor", pero parece más probable que sea China a que los EEUU, atrapados en la payasada trumpiana, sepan como reimaginarse.

Y nuestro querido Perú, quizá sobreviva más o menos igual. Pero difícilmente salga adelante.






miércoles, 18 de marzo de 2020

Pandemia con vista, I

El perro de mi vecina lloriquea porque nadie lo saca a jugar.

Es un perro bonachón, chusco pero con buena onda, que nunca ladra y hace caso a cualquiera que lo busca. Vive, como yo, frente a un enorme parque con arboles varios y mucho espacio para correr, popular con los chicos del barrio. El perro suele ser sacado por ellos, sin pedir mayor permiso, para corretear un rato; o por otros dueños de perros, quizá porque su bonhomía es tal que compensa la energía de los demás animales.

Claro, en el tercer día de la cuarentena, nadie lo busca.

Mi completa carencia de empatía con los animales me impide preocuparme mucho, pero sí entiendo su plañido. Los niños (y son sobre todo varones, para evitar dudas inclusivas) de siete a once suelen adorar los perros, aunque luego la pasión parece moverse hacia las niñas. Para una generación como la mía, que no imaginaba salir de su casa salvo para irse afuera o casarse, el rito de pasaje de vivir con amigos y tener una mascota no se me apareció nunca por la cabeza. Un hijo alérgico canceló cualquier posibilidad.

Pero que la gente adora, hasta la humanización, a sus mascotas, es un rasgo intensamente contemporáneo, donde las tareas que antes requerían un sistema familiar son más fáciles. Un perro comía camote y hueso, cocinados al mismo tiempo que la cena familiar; ahora tiene una amplia variedad de opciones preempaquetadas que permiten al joven sin intención de complicarse la vida el tener un perro, alimentarlo y no gastar tiempo en esa parte de la chamba. Incluso los gatos, la mascota más fácil para el flojo, usan ahora arenas especiales y comidas gourmet.

¿Como manejarse en la ausencia de libertad? No se puede ir corriendo a un supermercado por comida ni encargarla por un motociclista explotado por una plataforma digital. Hay que incorporar a la mascota al ritmo de supervivencia. Pero claro, si un perro le faltará ejercicio, quizá hasta el punto de la neurosis; lo mismo se puede decir de los que tienen a la mascota y su alimentación en la cúspide de sus preocupaciones. "No debemos romantizar la cuarentena" nos dicen los conscientes; ¿qué puede hacer alguien que no tiene realmente otra preocupación? O mejor dicho, ¿si los que podemos hacerlo no romantizamos la cuarentena, qué opción nos queda?

El perro de mi vecina puede ser un espectador triste de la soledad del parque; yo puedo deleitarme con el silencio, aunque extrañe el ruido de los aviones que salen del aeropuerto cercano, que me ha acompañado desde hace 45 años, cuando me mudé por esta zona; otros podrán deleitarse de la variada colección de contenidos mediáticos que les facilita aburrirse. La opción es pensar en serio en lo que pasa, y deprimirnos.

No me refiero a la realidad inmediata: a los idiotas que no acatan la cuarentena y se van a cantinas clandestinas, a los ancianos necios que dicen "¿qué te importa de qué me muera?" al periodista que los cuestiona; a los gerentes peseteros que explotan a empleados precarios. Hay mucha tragedia alrededor.

Más bien, la realidad sería la trayectoria civilizatoria. Esta pandemia es el costo del desarrollo con crecimiento poblacional y consumista, donde lo que se podía hacer hace cuarenta años en China y cien en Occidente (consumir sin límites todo lo que uno quisiera) estaba al alcance de una minoría ecológicamente segura. La maravilla de ver delfines y cisnes en los canales de Venecia parece sacada de las historias de Le Grand Tour (como llamaban las damas de alta sociedad inglesas al obligatorio paseo por la Europa continental antes del matrimonio, como aparece en A room with a view); la gracia es que ese Grand Tour solo era viable cuando lo hacia una minoría rica, no las masas desbordadas que hacen que Italia sea cada vez más un curso de obstáculos. Claro, la economía italiana se adaptó hace rato a ese curso de obstáculos, y el resultado ahora es sufrimiento. Los cisnes y delfines no son compatibles con Instagram.

El 2019-nCoV/SARS-CoV-2, el virus que produce el COVID-19, es un regalo de la globalización: las prácticas culturales de una minoría producen mutaciones y saltos zoonoticos, pero la facilidad de contagio tiene que ver con las industrias y la economía de consumo final creada por la globalización. No tiene mucho sentido pensar cuán diferente hubiera sido sin viajes abundantes entre China y el resto del mundo, porque el antecedente de la Gripe Española de hace casi exactamente 100 años es suficiente: se puede matar a millones sin necesidad de aviones. Pero poder ver en tiempo real, cual si contempláramos la leche llegando a punto de hervor, cómo un virus asola al mundo, es un regalo de este presente.

Pero nuestros cielos súbitamente más azules nos permiten pensar en un mundo distinto. Ante la catástrofe de clave menor pero igualmente global que tenemos hoy, el cielo más bello será aquel que la destrucción completa de la civilización occidental nos ofrezca cuando la emergencia climática termine de desatarse. Al menos nos que nos sobrevivan tendrán hermosas vistas.

¿Podré eludir el abismo de la depresión producida por la realidad? ¿La que hay y la que vendrá? No lo sé. Por ahora escucho al perro gimotear y me da pena, pero quizá no sea por el perro.

miércoles, 19 de junio de 2019

Asuntos Internos: el próximo rector

Escribo días antes de la elección rectoral de la PUCP, donde tras la Crisis de Diciembre de 2018, la Universidad tendrá que escoger por primera vez en su historia a un equipo rectoral sin miembro alguno que provenga de la administración anterior. Un cambio significativo y con muchos riesgos.

Como la gran mayoría de profesores, no voto, porque es la Asamblea Universitaria la que deberá elegir al Rector y a los tres vicerrectores. Eso no impide que uno esté pendiente y que se tenga preferencias. Espero explicar con este post por qué creo que Carlos Garatea debe ser el próximo rector, y por qué votaría por él si fuese miembro de la Asamblea Universitaria.

A lo largo del algo desordenado proceso, que comenzó realmente con el inicio del año, quedaron en claro dos clivajes, si se me permite el término: entre los que pensaban que la Universidad estaba mal administrada pero sin corrupción, y entre los que al menos insinuaban que tal posibilidad existía; y el otro, entre los que pensaban que la prioridad debía ser la solución de demandas inmediatas frente a los que pensaban que el problema es estructural, dada la posición relativa de la Universidad en el mercado peruano de la educación universitaria. Como no son caricaturas, no pretendo decir que todo se reducía a dos posiciones irreductibles en cada lado, pero sí que existía inclinaciones para interpretar las cosas dandole primicia a ciertas posiciones frente a otras.

Sobre el primer clivaje, y aunque no es aún difundido masivamente, está claro que uno de los informes encargados por la Asamblea luego de la Crisis de Diciembre exonera de responsabilidad penal alguna a cualquiera de las autoridades o funcionarios; no se puede decir más porque el proceso sigue y no hay pronunciamientos formales. En otras palabras, la gestión estuvo mal por variedad de razones, y es urgente cambiar los principios mismos de la gestión de la Universidad.

Respecto al segundo, la campaña electoral ha puesto el énfasis más en el momento y en demandas específicas, que en lo estructural y el largo plazo. Hay un problema en el horizonte, sobre el que aludí aquí, para garantizar el financiamiento de la Universidad, y que ha aparecido tangencialmente en las discusiones; pero sé que hay conciencia del mismo en las tres listas, sin que me quede claro como lo enfrentarían, en cada caso.

Lo que nos lleva a la campaña: tres candidatos a rector, los tres varones humanistas, representantes de una mirada más tradicional que modernizante de la universidad. Sus planes varían pero ninguno es singularmente visionario; mucho más elaborado el de Carlos Garatea y su equipo, con más detalle, y ciertamente más participación orgánica de profesores de toda la universidad. Los otros dos no son inherentemente malos pero me parece que carecen de una vision de largo plazo realista, o que pueda convertirse en planes concretos con facilidad.

En el fondo, no me preocupa. Creo que la universidad requiere más que otra cosa discutir en serio a donde quiere ir, y como lograrlo, antes que asumir que un equipo rectoral dado lo hará por ella. Si una critica debemos hacernos nosotros, los profesores, es que los años de la década que termina fueron dedicados a perder de vista lo importante que no fuera la supervivencia, y dejarla en manos de las autoridades. Las autoridades decidieron de formas determinadas y luego nos quejamos que no nos gustaron las decisiones, pero no nos pusimos a pensar en cómo hacer para que esto no ocurriera de nuevo. Ahora, enfrentados a una elección epocal, tendríamos primero que preguntarnos por el cómo antes que por lo que se hará.

Las tres listas tienen virtudes, que como es lógico han intentando difundir ampliamente, así que me entretendré con sus defectos por un rato (espero no ofender a nadie pero si ocurre por favor no lo tomen personalmente).

Primero que nada, creo que se necesita modestia. Es urgente repensar la universidad y mirarla de una forma que nos permita entender qué debemos conservar pero cuánto debe cambiar; qué rescatar de lo anterior y que dejar de lado. Esto requiere tomar cierta distancia de las pasiones desatadas recientemente y tratar de imaginar lo más justo para todos, pero reconociendo que no todos tienen o podrán sentirse completamente satisfechos con el resultado.

Debemos dejar atrás los tiempos de un rectorado en el que convergen las grandes decisiones y empoderar los órganos intermedios, y el superior, la Asamblea, que no es realmente muy un legislativo tanto como una suerte de Board of Trustees, sin mayor capacidad de iniciativa. No hay una solución pero tampoco debemos permitir que continue el método anterior, que no solo nos llevo a la crisis sino que ha terminado creando proyectos que no tienen mayor compromiso institucional más allá de las autoridades y que no logran credibilidad interna.

Debemos sincerar las limitaciones económicas y forzar cambios administrativos pero también a nivel docente, lo que pasa por reconocer que las necesidades que cada profesor tiene no son las que otros colegas en otras unidades tienen. Ampliar nuestra capacidad de entender lo que es investigación y lo que es responsabilidad social de manera que todos se sientan identificados; mejorar la carrera docente para que tengamos los recursos humanos necesarios, abandonando la idea que todos debemos hacer todo igual de bien; y encontrando equilibrio entre tareas administrativas y espacio abierto académico: sin negar que a mí también me resulta detestable asumir responsabilidades administrativas, el esperar que otros las hagan involucra dinero que no aumenta salarios o recursos académicos; y no hacerlas es inviable hasta por razones legales. Ergo: quejarnos de los trámites sin plantear que tenemos que hacerlos es trivializar un problema más grande.

Esto además requiere sincerar la delicada relación entre pensiones académicas y salarios, especialmente docentes. Ser honestos respecto a como manejarlos pasa tanto por reconocer que los privilegios deben tener mejor fundamento cuando los haya, pero sobre todo que debe existir una conexión entre productividad y remuneración, y no solo entre tiempo de servicio o categoría docente y remuneración, pues premia la improductividad y el exceso de conservadurismo.

Finalmente, la universidad está sacudida por conmociones políticas que en comparación con otros tiempos son menores, pero que no dejan de ser importantes. Rescatar el dialogo y el respeto a los procesos no debe impedir que se reclame lo justo; seleccionar mejor a los responsables de proteger los derechos es una obligación, en varios niveles; hacer cumplir la ley en todo nivel un principio irrenunciable. Lo demás debe conversarse más y gritarse menos.

De las tres listas, puede que ninguna cumpla con todas las expectativas que se podrían hacer. Es natural, dada la situación. Pero hay patrones. No es una cuestión de personas, pero hay que decirlo con nombres para dejarlo en claro: La lista Giusti ha optado por presentarse como insurgente pero no me ha logrado dejar en claro qué haría aparte de restaurar prácticas del pasado o tentar algunas soluciones que no están bien esbozadas, y además transmite la impresión de depender en exceso de la personalidad y energía del líder, un intelectual publico y un académico impecable que realmente hace muy bien lo que hace; ninguno de sus candidatos a vicerrector han marcado territorio claro. Esos excesos de personalismo me parecen innecesarios precisamente luego del rectorado cuasi imperial que tuvimos hasta la Crisis de Diciembre.

La lista de José de la Puente parece por momentos bicéfala, con un candidato fallido a rector ahora en el vicerrectorado administrativo. De la Puente es un académico y una persona impecable: pero transmite una sensación de falta de escala, como si a veces creyera que ser rector es como ser decano por más horas; puede que me equivoque pero no me parece correcto ver el rectorado así, puesto que lo que se viene es tan complejo que requiere otra actitud. Yo expresé mis profundas dudas sobre Eduardo Ismodes en 2014 y no he cambiado mi punto de vista; sus otros dos vicerrectores no han marcado mayor espacio, y ciertamente hay una historia de conservadurismo religioso alrededor de la plancha y del entorno de la plancha que sería absurdo ignorar. Me parece una mala idea optar por una inclinación tan ideológicamente ceñida a cierta comprensión del catolicismo para dirigir una universidad como la PUCP en estos tiempos, bajo las premisas que he mencionado.

Esto deja la plancha de Carlos Garatea, la que puede no crear grandes entusiasmos; justamente una virtud en estos tiempos. Es posible que me equivoque, pero pienso que un rector que descanse en un equipo rectoral diverso, y que dialogue mucho porque es su deber y su necesidad, sea lo que necesitamos en estos tiempos. La acusación de continuismo con la administración es infantil: Carlos y Cristina del Mastro fueron directores académicos, pero eso no implica haber tomado grandes decisiones ni estar comprometidos con las lineas de accion de la administración anterior fuera del ámbito mismo de su mandato como directores. Las posiciones que han tomado son claras y críticas a muchas de las posiciones de la administración anterior.  Es el equipo más parejo, el que más ha trabajado en su propuesta, el que es más orgánicamente académico en su respaldo, y por una cuestión generacional (mucho cincuenton) el que más tiene para vivir las consecuencias de sus decisiones, personalmente y en el juicio de sus pares. Todo esto me lleva a pensar que más allá de otras consideraciones, si buscamos balancear la universidad en sus muchas tensiones, un equipo balanceado es lo más sensato.

Con el inmenso respeto y aprecio que tengo por José y Miguel, espero que Carlos Garatea sea elegido rector, que Cristina del Mastro, Aldo Panfichi y Domingo Gonzales sean elegidos vicerrectores, y que podamos tener una gestión ordenada e ir con calma, juntos, a buscar como encaminar la casa.


jueves, 16 de mayo de 2019

Colegios inutiles

El 15 de mayo el Congreso de la República ha dedicado tiempo a una banalidad más. Crear un colegio de politólogos es uno de esos actos de corrupción latente más terribles que podemos hacer a nuestra República, y una demostración, constante, de incapacidad intelectual o mala fe.

Como soy doctor en ciencia política, me siento aludido. Sin embargo quiero comentar la cuestión desde mi "profesión", es decir desde el titulo profesional con el que cuento, de licenciado en bibliotecología y ciencia de la información.

Obtenido en 1990, mi título supuestamente demuestra mi competencia profesional, mi capacidad de realizar una labor determinada. En los casi treinta años que median entre mi titulación y la actualidad, la profesión de bibliotecario (simplificando nombres) ha cambiado tanto que si siguiera trabajando en ese campo, tendría básicamente que haberme transformado por completo profesionalmente, si quisiera mantenerme vigente. El Colegio de Bibliotecólogos, pequeño pero digno y limpio, no es el mecanismo fundamental para mantener esa actualización: es la formación continua tanto en universidades como en espacios laborales, con el Colegio apoyando y fortaleciendo.

En otras profesiones, más grandes en número de practicantes, es posible pensar en un rol más activo del Colegio, pero sin duda no es lo que hacen de manera fundamental. El Colegio de Bibliotecologos es sobre todo una asociación profesional, con sanción legal, a la que se supone hay que pertenecer; pero donde caben paradojas singulares: yo no participo ni cotizo en ese colegio desde hace décadas, pero podría ser hasta decano si lo hiciera, a pesar que desde hace casi veinte años no me reconozco profesionalmente como bibliotecologo. Como académico, me siento parte de una disciplina genérica y difusa que se llamaría Estudios de Internet, pero sin renegar de lo que me dio la bibliotecología / ciencia de la información, lo que me permite hacer lo que hago tiene más que ver con mis estudios de magister (en comunicaciones), doctorado, y mi aprendizaje cotidiano de informática y sistemas.

Si bien es imposible negar que hay colegios profesionales que cumple una función deontológica, y que actúan como garantes de la probidad y capacidad profesional de sus miembros ante la sociedad. Que tengan encima un mandato oficial es una herencia de las tradiciones legales a las que pertenece el Perú, pues estas organizaciones son, en el mejor de los casos, semi oficiales en países bajo Common Law. Pero espacios como el Colegio de Bibliotecologos no tienen esa posibilidad: no hay riesgo social, no en la escala que justificaría imponer un control obligatorio, en la actividad de los especialistas en información / documentación.

Pero existe: el CBP existe como ahora existe el Colegio de Politologos, o como se intentó que exista un Colegio de Historiadores. La razón es simple: cartelización.

Queda claro que se busca crear cárteles profesionales en donde ciertas personas puedan impedir que puestos de trabajo sean competitivos. No importa que alguien tenga un grado de doctor en ciencia política, basta que tengas una licenciatura (inherentemente inferior como calificación académica) para que tengan que darte un trabajo. No importa que tengas la experiencia, si no tienes la licenciatura (que solo demuestra que terminaste lo básico de tus estudios) no puedes tener el trabajo. No importa la ridícula inconsistencia del marco legal de la formación universitaria peruana, que permite que los estudiantes obtengan la licenciatura con una tesis, y que ahora supuestamente promueve la "investigación" con demandas similares para bachillerato y licenciatura: no, basta esa demostración de competencia académica para conseguir un trabajo que otra persona, quizá con más experiencia y demostrada competencia profesional, no podrá obtener.

Los vicios complementarios, como entregar la organización del colegio de politólogos a una asociación casi fantasmal, son apenas cerezas en la torta. Lo más grave es este ejercicio descarado de imponer una noción ridícula de "profesionalización" que lo único que logrará será mantener otras ficciones, conocidas por cualquiera que haya visto los términos de referencia que se inventan para contratar a algunas personas en el Estado peruano. Habrá claro, decanos nacionales que pretenderán hablar por la profesión, y que exigirán estar presentes en la selección de jueces o similares, con lo que las consecuencias no serán para los individuos con capacidad profesional, serán para el país, que seguirá sufriendo a mediocres consagrando como capaces a otros mediocres.

No es pues solo este aberrante colegio de politologos u otras aberraciones sin padrinos y madrinas que esperan la ocasión para emerger: es la noción misma de colegio profesional que necesita ser discutida; no para abolir los que existen sino para definir claramente para qué sirven y convertir a los que no tienen realmente una tarea que merezca sanción pública, en asociaciones profesionales. Mientras tanto, confiemos en que esta barbaridad específica sea contenida, que el Presidente observe la ley, y que este cártel sea enviado al archivo.

miércoles, 24 de abril de 2019

Asuntos Internos: ¿qué tendría que hacer el nuevo equipo rectoral?

Comentario sobre el proceso electoral de la PUCP, escrito para los que estamos en la PUCP. Si alguna cosa no queda clara es porque asumo que para seguir mi rollo hay que estar adentro.

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Tras la crisis de finales de 2018, que culminó con la renuncia de casi todo el equipo rectoral, una transición de baja intensidad está por terminar, y la PUCP enfrenta una situación singular: por primera vez en su historia, quienesquiera que sean miembros del equipo rectoral no provendrán del equipo anterior.

Esto está causando una hoguera de vanidades algo desconcertante. Demasiadas personas parecen sentirse llamadas a ser rectores o vicerrectores, lo que por un lado es consecuencia natural del desorden post-colapso del orden tradicional, pero también de ser combinación de audacia y soberbia respecto a lo que significa manejar esta organización, mucho más compleja política y económicamente --además de gerencialmente-- de lo que suele ser evidente.

En el modelo de gobernanza PUCP, que es casi exactamente el de las universidades públicas peruanas, los profesores principales son los llamados a conducir la institución. Objetivamente, es un modelo arcaico, porque combina asuntos de política institucional, política nacional, y política menuda, interna, con gestión de una organización enorme que además requiere de varios modelos de negocio, a veces contradictorios o conflictivos entre sí, para contar con los recursos necesarios para funcionar. Pero es lo que hay, y es difícil pensar en que se podría cambiar en el corto plazo. Por ello, hay que escoger entre los profesores principales.

No me interesa discutir personas, ni planchas, que además no existen aún. Me interesa plantear items de una agenda. Han circulado, más o menos de manera amplia, documentos de al menos tres potenciales planchas, que tienen coincidencias, divergencias, ingenuidades, incoherencias y simples ilusiones. Solo para interrogar la situación, me planteó un ejercicio distinto: ¿cuales son los desafíos visibles que hay que enfrentar en los próximos años? No se me ocurren respuestas claras para casi ninguno, pero al menos sirve para ordenar ideas, presentadas aquí con cierto desorden.


  1. En un país como el Perú, no es posible sustentar una universidad de investigación --entendida como una dedicada fundamentalmente a la investigación a nivel doctoral y superior, sustentada con fondos públicos o privados. Quizá sería posible si fuéramos una universidad pública en la que el Estado decidiera invertir singularmente, o si tuviéramos ciencias de la salud y medicina. La PUCP no es ni una ni otra cosa. Por ello,  no hay suficientes recursos disponibles para financiar semejante intención,  incluso si se tuviera la estructura docente para realizarla, que no es el caso. Esto deja en pendiente qué hacer con especialidades, carreras y facultades que tienen distintas orientaciones y potencialmente, viabilidades diferenciadas.
  2. Al mismo tiempo, la profesionalización de la formación, el énfasis en licenciaturas y la investigación como un extra a la docencia regular, resultan incomodas para muchos y complican la selección docente y de equipamiento. La presión por tener lugares destacados en los rankings no va a cejar, y la competencia regional (Colombia, Argentina, Chile, Mexico, Brasil, en orden de menos a más) cuenta con más recursos y comenzó antes. ¿Cómo haríamos? 
  3. No es posible pensar realistamente que el financiamiento de la universidad tendrá una estructura distinta a la actual en los próximos años. En otras palabras, dependeremos de los pagos por servicios educativos que los estudiantes regulares --y también los de educación continua-- sigan haciendo. Las rentas comerciales y la explotación de recursos propios son un componente menor. Pero las pensiones son un juego de alto riesgo: puede llegar pronto el día en que los estudiantes no puedan pagarlas, o en todo caso no puedan pagarlas para ciertas carreras u opciones específicas. Sumémosle otro problema, fuera de nuestro control: es cada vez más difícil atraer alumnos del lado sur y sureste de la ciudad, porque Lima es un infierno de tráfico interminable. Si las universidad publicas como la UNI o UNMSM mejoran, el atractivo objetivo de la PUCP disminuirá, aunque quizá no significativamente en los próximos cinco años. Sería ideal bajar las pensiones, o reducir el numero de alumnos, pero ese es un circulo que no es fácil cuadrar, sobre todo si no tendremos más fuentes de financiamiento. ¿Cómo haremos? 
  4. Asumiendo que conflictos del pasado no nos sigan persiguiendo, igual tendremos que estar en guardia para las reencarnaciones que estos tomarán. Las jubilaciones seguirán siendo un tema, más allá que se solucioné el conflicto específico actual, bajo el principio básico que es imposible mantener privilegios que no existen ya en el Perú, como la cédula viva (que de eso se trata el pleito por la CPJ). También la relación con la iglesia católica será un asunto que puede volver a aflorar, sobre todo cuando la primavera reformista de Bergoglio termina y se produzca un (para nada inverosímil) regreso conservador. La carrera docente sigue siendo un tema: ¿qué profesores queremos? ¿cómo medimos su productividad? ¿cuántos recursos deben generar o conseguir? ¿qué hacer con las especialidades que no son viables? ¿qué hacer con las especialidades que son viables pero solo si se las mantiene en situación precaria en términos de equipamiento e instalaciones? 
  5. El entorno político nacional es una fuente constante de conflictos. En el vacío que está quedando luego del colapso del "orden" post-fujimorista, nadie sabe realmente qué emergerá: ¿una refundación portaliana que cree un estado eficiente? ¿los nuevos ochenta, con los restos de la alianza política y económica alrededor del "modelo" luchando contra las fuerzas emergentes que solo querrán destruirlo todo? ¿un mundo de acuñas, lunas y similares, destazando el estado para sacar pedazos de los cuales medrar? Todo esto puede poner a la PUCP en una situación parecida a la brutal precariedad de finales de los ochenta, no más sin terrorismo ni hiperinflación. ¿Cuál es el plan? ¿qué podemos hacer para evitar los resultados más peligrosos, no tan solo para la PUCP, sino para el Perú? 
  6. ¿Qué le ofrecemos al Perú? Ya, formamos profesionales de calidad. Pero como académico del que se espera que publique internacionalmente, conozco de cerca la curiosa sensación de culminar un trabajo que luego es leído por cinco gatos y que resulta en impactos completamente endogámicos al interior de un grupo de especialistas, pero que no le hace ni cosquillas a la realidad nacional. ¿Como lograremos balancear la demanda por calidad académica --definida por las transnacionales de la comunicación académica, con y sin fines de lucro-- y la demanda por relevancia nacional, en este nuestro rincón menor de un mundo bajo amenazas varias? No me refiero a cómo lo puedo solucionar yo o cualquier otro profesor: ¿cómo lo hará la PUCP? ¿Qué buscaremos lograr? 
  7. Para terminar, todo esto requiere mejorar significativamente la gestión administrativa de la Universidad. Errores tremendos, que no tuvieron costo político, nos han dejado cojos. Se requiere hacer inversiones significativas, pero sobre todo aceptar que habrá mucho por cambiar y que hay costos de todo tipo asociados a estas inversiones. ¿Hay claridad de qué hay que hacer? ¿hay claridad del costo de asumir esos costos?


Nada, solo ideas para conversar entre nosotros, aunque no tengamos --mucha-- vela en el entierro electoral.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Asuntos Internos: de moras y excesos, o por donde habría de cambiar la PUCP, si quisiera hacerlo

Los hechos son más o menos conocidos: el martes 4, por la mañana, un grupo de estudiantes protestaba bloqueando el acceso al edificio Dintilhac, donde debía realizarse una sesión de consejo universitario para proponer una solución al escándalo de las moras mal cobradas desde 2012. El rector, Marcial Rubio, se abrió paso entre el bloqueo de los alumnos.

Antes, un comunicado que parecía hecho al alimón entre Spock y Sheldon Cooper por su falta de empatía azuzó un ambiente en donde muchos se sentían, con pleno derecho, maltratados por la universidad. Era la culminación de décadas de sensación de abuso por cobro de moras, multas y de pensiones altas --filtradas estas por una oficina de servicio social similarmente carente de empatía.

¿Que la situación estaba siendo aprovechada por una dirigencia estudiantil que tenía que ser más radical que las opiniones en redes? Sin duda. ¿Que la sesión de Consejo estaba amparada legalmente y que los argumentos de los representantes estudiantil no eran realmente válidos? También. Pero todo se pudo manejar mucho mejor: aplazar un par de días la sesión, incorporar alguna oportunidad para que se desahoguen las tensiones, sin duda comunicar mucho mejor, no como el bot de abogado que parecía estar a cargo. El día de la sesión se pudo mover la misma a otro sitio en el campus o incluso fuera de él, y así se contenía la situación. Convertir todo en un pleito entre un grupo --pequeño-- de estudiantes y el Rector en el tema del día fue un horror político.

Evidentemente, la cosa es mucho más profunda que las moras. Visto desde la relativamente cómoda posición en la que me encuentro, de profesor asociado que ni es ni será autoridad, pero que puede entender mejor que otras personas lo que pasa en la PUCP, varios desastres se han ido juntando y al final han explotado en algo que no es más que una crisis mínima, pero que en estos tiempos virales se convierte en lo --aparentemente-- más importante. Esa viralidad es, además, la explicación de lo descarnadamente desproporcionada de la retórica reivindicativa: ladrones, corruptos, estafadores, se suelta con una liberalidad propia de la irresponsabilidad expresiva de las "redes". Nadie se sienta a sustentar más allá de su opinión o "filin" el origen de semejantes afirmaciones, que finalmente son acusaciones serias que merecerían un mínimo de evidencia.

Despejando: no, Marcial no debe renunciar. No solo porque estas tormentas son de corta duración, sino porque la legitimidad de las autoridades se fundamenta en su relación con el cuerpo docente y en menor medida los estudiantes, que utilizan menos sus mecanismos de representación pero que sobre todo tienen intereses mucho más conflictivos entre sí. No hay un "movimiento estudiantil", hay cierta cantidad de estudiantes movilizados, que logran apoyos coyunturales alrededor de reivindicaciones precisas de parte de una buena cantidad del resto de los estudiantes, pero no siempre ni de la mayoría.

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Esto no niega que lo que hizo no debió ocurrir, que empaña toda su gestión de casi 25 años en el rectorado, y que debería pedir disculpas. No voy a calificarlo como autoritario pero sí como innecesario y desproporcionado, y más allá de la dimensión humana, algo que le va a costar a él y a la universidad mucho más allá del momento preciso. Lamentablemente.
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En cambio existe un conjunto de docentes que tenemos miradas conflictivas pero esencialmente intereses comparables: la continuidad de la universidad bajo ciertos estándares, el mantenimiento y mejora de la calidad académica, y ciertamente, remuneraciones y recursos suficientes para nuestros intereses. Es ante los docentes que el Rector es finalmente responsable, y si bien personalmente creo que salvo terminar su periodo no le queda mucho más que hacer, y que debería evitar más conflictos, no veo qué beneficio institucional produciría su renuncia, o peor aún, una crisis de gobernabilidad ficticia, dado que ninguna elección podría ocurrir realistamente antes de mayo de 2019, es decir apenas un mes antes de la fecha regular de las elecciones.

Pero negar que esto es señal de algo mucho, mucho más serio, sería necio. Precisamente porque estamos ante una elección rectoral, se hace necesario pensar qué vamos a hacer con la Universidad. Claramente, el periodo iniciado en 1994 con el primer rectorado de Salomon Lerner Febres se ha agotado: la narrativa institucional que propone una universidad humanista, moderna, en constante crecimiento y de alta calidad académica, pero comprometida con el Perú en varios niveles (la idea caviar, digamos) se enfrenta a una dura realidad, pues para sostener este modelo solo hay una fuente de recursos, y esa fuente de recursos crea su propia contranarrativa.

La PUCP es explotadora, abusiva, un negocio, corrupta, etcétera: solo nos interesa la plata. Así se está leyendo la institución, al menos desde los estudiantes más movilizados. No importa que se suponga que todo es parte de un medio para llegar a un fin, una universidad de primera calidad al menos sudamericanamente, que se empeña en conectar con el país, y que no deja nunca de reinvertir sus ingresos para esos fines. Lo que queda es que a cambio de educación no siempre muy buena, cobramos y abusamos. Cuando no robamos.

Es pues urgente construir mejor la relación, y no solo con los estudiantes, a partir del reconocimiento que la marcha institucional no puede ser cuestión opaca y decidida sin un proceso más integrado a la marcha cotidiana de la Universidad; y que los errores politicos y efectivos no pueden ser simplemente ignorados, como se ha hecho demasiadas veces (no, no voy a entrar en detalles; hay cosas que se quedan dentro de la casa mientras sea posible solucionarlas en ella). Esta situación lo pone de relieve pero no es que no sea un tema de discusión.

Pero sobre todo, es urgente dejar en claro que los principios que se proclaman deben de tener expresiones concretas: para comenzar, si no se puede cobrar menos, o pagar más, entonces hay que gestionar mucho mejor y de manera más transparente. Si no hacemos eso esta crisis volverá a aparecer como refuerzo, como agudización, cuando venga una nueva crisis. Necesitamos reconocer que hay que reconstruir la relación para que la narrativa que se intenta proclamar sea viable y creíble. Aunque he de ser sincero: a veces no sé si la universidad, si la PUCP, quiere cambiar. Muchas veces me parece que está demasiado cómoda en sus certezas y que prefiere rajar a criticarse a sí misma. Ojalá no sea así.

Hay un proceso de renovación de autoridades por ocurrir. No es precisamente muy novedoso: los mismos de 2014 quieren intentarlo el proximo año. Más que otra cosa, quisiera que estos candidatos, ya anunciados o implícitos, dejaran en claro cómo van a restablecer confianza y refundar la relación entre las autoridades y sus constituencies, que incluye a los estudiantes, sobre todo a los profesores, con quienes tampoco es que las cosas hayan sido perfectas, para nada.

Esta crisis (permítanme la banalidad) es una oportunidad: se puede decir, clara y distintamente, a dónde vamos a llevar a la PUCP en los próximos cinco años. Repetir las mismas generalidades de siempre no sería una ruta: no pasaría de ser un callejón sin salida.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Un mundo sin televisión es posible, y como prepararnos para que no sea un desastre

Es probable que vivamos en una época singular: nunca antes tanto contenido audiovisual está siendo visto por tanta gente al mismo tiempo. Al mismo tiempo, la televisión está camino a desaparecer. Acontecimientos recientes sirven como señal de este futuro posible.

Primero está la discusión, renacida, sobre neutralidad de la red en los EEUU. Lo que parecía cosa juzgada hace un año ha regresado a la discusión como parte de la agenda retrógrada del gobierno actual de ese país, empeñado en favorecer actividades económicas tradicionales en desmedro de opciones innovadoras. El principio básico de neutralidad de red es que todo el tráfico debe ser tratado por los operadores de telecomunicaciones por igual, sin discriminación regulatoria o a través de prácticas comerciales. En otras palabras, no puede haber preferencia por un tipo de tráfico o, mejor aún, no puede haber discriminación negativa (disminución de velocidad, o bloqueo) del tráfico que proviene de un servicio, para favorecer a otros. Hay muchas explicaciones pero la Wikipedia (un servicio que bien puede pensarse como en deuda a la neutralidad de red) provee una definición bastante decente.

El principio de neutralidad plantea entonces que los operadores de telecomunicaciones no pueden priorizar el tráfico que les convenga, sobre cuando estos operadores son también proveedores de contenido. Es bastante fácil de comprender si consideramos que los dos grandes operadores de telecomunicaciones peruanos, Telefónica / Movistar y Telmex / Claro, son a la vez proveedores de contenido, mediante sus negocios de televisión paga y por las aplicaciones o acceso web a esos mismos contenidos a través de sus servicios de acceso a la Internet. Bajo el principio de neutralidad, no es posible castigar con velocidades más bajas o tráfico menos eficiente a aquellos proveedores de servicio que ofrecen servicios competitivos; si es posible ofrecer tratos diferenciados de acceso a la infraestructura, que previo pago, garanticen más velocidad que la estándar o espacios separados en sus redes de transporte a dichos proveedores: es lo que hace Netflix, que compra acceso a pedazos completos de redes de transporte para tener la velocidad necesaria para sus servicios.

El punto no es la priorización o la posibilidad de mayor calidad, sino la no discriminación. Pensémoslo con un ejemplo más simple: se puede reservar un carril de una avenida para un servicio que lleve a más pasajeros siempre y cuando el acceso a ese carril esté disponible para todos los potenciales operadores, o para un servicio accesible a todos los potenciales usuarios; si el carril fuera reservado solo para aquellos que pagaran una tarifa separada a la municipalidad --a través de un modelo opaco que no permite saber los criterios por los que se ha escogido a tal o cual usuario y que no permite que cualquier otro usuario pueda acceder-- habría discriminación, la que solo podría justificarse por razones de servicio público, no por ventajas del dueño de la infraestructura.

El ejemplo más conspicuo fue la "vía expresa del Callao", esa creación corrupta e inútil que fue montada para aprovechar el monopolio de acceso al Aeropuerto, y que obligaba a pagar por usar lo que era una breve simplificación del camino. Fue un abuso de monopolio, insostenible y que nadie realmente pudo justificar sino como un aprovechamiento legal; para el consumidor, nunca fue una opción, sino una obligación.

Las protecciones de neutralidad de red no impiden entonces los contratos de priorización, el montaje de redes privadas virtuales de distinta escala, o incluso que un operador de telecomunicaciones pueda ofrecer un trato diferenciado a su propio proveedor de contenidos, si las provisiones son abiertas, transparentes y eventualmente disponibles a todos, y si están diseñadas para garantizar condiciones mínimas a los entrantes. Si AT&T hubiera tenido un proyecto de enciclopedia en línea hace 10 años, y hubiera optado no solo por darle prioridad en el tráfico a su proyecto, sino a atrasar el trafico de la Wikipedia, el resultado de esa discriminación podría haber sido el fracaso de la Wikipedia y la obligación de usar un servicio pago bajo control de un operador de telecomunicaciones. Un fracaso de mercado producto del abuso de posición de dominio, en un mercado altamente concentrado (telecomunicaciones), que afectaría a un servicio innovador en un mercado potencialmente muy diverso, como la provisión de servicios de acceso a contenidos.

Por eso es que el retroceso en neutralidad de red es preocupante: protege a una industria en desmedro de otra, en vez de facilitar que nuevos servicios realmente innovadoras nos hagan pagar por mas y mejores conexiones. De hecho, el negocio de las telcos no está siendo malo, precisamente porque los consumidores se están volcando a servicios emergentes de contenidos, como el Video Bajo Demanda (llamado para simplificar, VOD).

Sin Netflix y Amazon Prime Video, no tendría necesidad de contar con 30 Mbps en casa; sumémosle YouTube y su cada mayor popularidad en base de los YouTuberos (y YouTuberas), y está claro que el futuro del contenido audiovisual es lo que justifica pagar cada vez más por conexiones domiciliarias a Internet, que es el negocio de las telcos ahora. En cambio, pagar por cable, bueno... cada vez tiene menos sentido.

Ahi aparece la segunda gran novedad de la semana que termina. Disney quiere comprar buena parte de los activos audiovisuales de 21st Century Fox, la parte del emporio de Rupert Murdoch que maneja el negocio de cine y tv: 20th Century Fox, NatGeo, el pedazo de BSkyB, Fox Sports (la parte no EEUU de deportes), y el pedazo de Hulu, la plataforma VOD que opera en EEUU para dar acceso diferido a contenido original de las cadenas de televisión de EEUU. Disney había anunciado antes que pensaba crear su propio VOD, sacando el contenido que tiene ahora en Netflix (adiós Pixar, adiós Marvel, adiós series de ABC), y juntando alguna forma de ESPN en el sancocho. Todavía falta que los reguladores de fusiones y adquisiciones de los EEUU lo acepten (por allá SI hay control de fusiones y adquisiciones, vea usted), pero si se configura así Disney tendrá mucho más contenido y un VOD listo para ser globalizado, compitiendo con Time Warner y sus ofertas fragmentadas (HBO Go, FilmStruck) y con los dos gigantes, Netflix y Prime Video. Todavía falta ver qué intentarán Apple y Facebook (el otro gigante, Google / Alphabet, basa su estrategia en YouTube).

En otras palabras, lo que está en juego es como se reconfigurará el negocio audiovisual global. Lo que no entra en ninguna parte de la ecuación es la televisión de pago. Es un negocio con un futuro claro: en diez años será secundario en mercados pequeños como el Perú, donde la renovación tecnológica y comercial toma tiempo, pero estará en extinción, sino ya extinto, en los EEUU, y posiblemente en el resto del mundo desarrollado. Japón funciona con otras reglas y China es China, pero el cable no tiene realmente viabilidad más allá de negocios chiquitos.

En poco tiempo, por lo que pagamos por cable ahora, tendremos que combinar el pago de acceso a Internet, mas Netflix, más Prime Video, más Hulu Global o como lo llame Disney, más alguna plataforma de deportes y quizá algo de Time Warner. Puede salir costando más que Internet más cable, pero la variedad, velocidad y calidad simplemente dejaran detrás a cualquier cosa que ofrezca el cable.

Por eso es que necesitamos neutralidad de red; para evitar que el medio que usen las telcos para proteger su negocio de televisión de pago sea hacerla imposiblemente inestable y lenta. Que quede en claro: en el Perú la neutralidad de red está incorporada en la legislación, pero si de pronto los amigos de EEUU logran iniciar un proceso de mímica de políticas públicas, puede que tengamos  que volver a discutir esto. Mientras tanto, la diversidad y la presencia del contenido peruano solo podrá ser preservada con acciones conscientes y dedicadas de las autoridades y de los empresarios, porque la televisión de señal abierta sí tiene futuro: es gratis, es fácil de usar, y no compite con la Internet. No será un gran negocio, como tampoco lo es la radio, pero hay que evitar que termine convertida en la radio que tenemos: concentrada, repetitiva, predecible y sin imaginación alguna. Solo una buena televisión pública podría darnos opciones cuando el futuro mediato sea YouTube y cuatro VODs.

Para pensar y para no ignorar, en el Perú y en toda la región, con sus particularidades e individualidades. Lástima que a veces, cuando el mundo está cambiando, nosotros, entrampados en la república tecnocrática y amenazados por la farsa fujimorista, no podamos pensar sino en el desastre que nos espera. Pero no debemos renunciar a imaginar el futuro que queremos, incluso en un campo menor como las telecomunicaciones y el consumo audiovisual.