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viernes, 1 de noviembre de 2013

Asuntos Internos: desafíos para la PUCP y la opinión de dos candidatos

Esta entrada es la primera que tiene el subtítulo de Asuntos Internos, que será el designador de cualquier cosa que escriba sobre el proceso electoral que viene el 2014 en la PUCP. Si bien estas entradas están dirigidas a la comunidad PUCP y más específicamente a los profesores, son públicas; pero reservo el derecho de solo publicar comentarios de profesores. Aclaro lo obvio: estos posts reflejan mi opinión y solo mi opinión.

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Históricamente, los rectores de la PUCP han sido elegidos entre las autoridades ya existentes, especialmente desde que la ley universitaria de 1969 creo el sistema en vigencia que hace que el Rector deba ser un profesor principal. A partir de ese momento, el Rector ha sido siempre el Vicerrector anterior, con el nombre que sea (pro rector en el caso de José Tola, o ahora vice rector académico). Solo en 1994 hubo realmente disputa por el rectorado, con una elección relativamente cerrada entre el vicerrector Lerner y el rector, perdedor, Hugo Sarabia.

Ahora las condiciones son otras. Los años de conflicto con la jerarquía de la Iglesia Católica, cierta sensación de cansancio y la falta de claridad sobre el rumbo institucional, así como la expresión constante del actual Rector de no estar interesado en otro período, han llevado a un panorama en donde existen, por primera en la historia de la universidad, candidaturas explícitas de profesores que no son parte del equipo de autoridades, y ciertamente no son ni han sido vicerrectores.

Ambos se presentaron públicamente el jueves 30 de octubre en un evento llamado "Desafíos para la PUCP en el nuevo contexto": Marcial Blondet, de Ingeniería Civil, lanzado hace ya algunos meses, y Eduardo Ismodes, de Ingeniería Industrial, quien confirmó ese día ser candidato de su sección. Fue un ejercicio interesante, que en mi opinión dejó bastante en claro cómo enfrentaría cada uno la gestión institucional, y que además permitió formar juicios sobre su mirada de la situación, ante varios temas pero sin duda sobre el tema del conflicto con la Iglesia Católica.

No voy a hacer un resumen de las exposiciones, pero creo que hay varios asuntos que destacar que pueden servir para ir configurando una opinión. En ambos casos se afirmó la necesidad de repensar algunas ideas que han sido expresadas con cierto énfasis en los últimos años: la definición de la PUCP como una "universidad de investigación", por ejemplo, fue motivo de comentarios interesantes; en el caso de Blondet, un cuestionamiento a la falta de claridad sobre lo que eso implica; en el caso de Ismodes, una serie de comentarios más genéricos que terminaron con una idea al menos discutible, que es lograr pasar de estar en el 5% de los rankings internacionales (o latinoamericanos, no me quedó muy claro) al 1% en cinco años. Similarmente, en temas de gestión institucional Blondet planteó asuntos precisos, incluyendo una promesa explícita de mejorar los comedores universitarios; Ismodes propuso más bien que tanto alumnos como profesores debían ser encaminados a aquello que les guste, mediante la gestión del talento.

Sobre la Iglesia, en ambos casos se reclamó que la conexión institucional con la IC no debía perderse, pero en cuanto la gestión del conflicto divergieron: para Blondet lo mejor era crear un equipo de especialistas para evitar que el Rectorado fuera consumido por este tema; Ismodes planteó más bien que había que dejar de lado el conflicto y optar por una actitud conciliadora. A partir de dos preguntas explícitas hecha por Iván Meini y por mí, saltaron otras diferencias: el Preacuerdo, ese documento que casi se convierte en la solución al conflicto en 2012 y que no se firmó por la angurria de Cipriani, debería ser "enterrado a cien kilometros de profundidad" para Blondet, mientras que Ismodes lo planteaba como un documento de trabajo; sobre cómo definir una victoria institucional en el conflicto con la IC, Blondet planteó que si la IC aceptaba que la PUCP es la institución que es y optaba por no cuestionar cosas como la libertad de cátedra y la libertad de elección, podíamos hablar de victoria; Ismodes dijo que "no le interesaba una victoria", dando a entender que no percibe el conflicto como tal.

Como primer ejercicio de campaña, y teniendo en cuenta que faltan definiciones desde el campo "oficialista", fue un buen ejercicio, que permitió confirmar opiniones previas sobre ambos: en el caso de Blondet, su manejo de información y su capacidad de conectar varios temas, pero con la sensación de alguien que no es representativo sino de sí mismo, y que no parece tener una mirada muy clara sobre cómo manejar el conflicto con la IC, tanto interna como externamente, aunque sí sabe qué le gustaría lograr. En el caso de Ismodes, la percepción que se confirma es de un candidato más bien conservador, preocupado por acabar con el conflicto, pero no necesariamente con claridad sobre lo que quiere lograr; además, y a diferencia de Blondet, Ismodes apareció como alguien más sintonizado con miradas sobre la universidad desde fuera de la universidad, que conoce lo que otros piensan o esperan pero no qué es lo que la universidad misma y lo que las universidades del mundo buscan. Su gusto por las modas de la gestión empresarial (citando videos de TED o la idea del talento como criterio para desarrollar capital humano) no parece muy en sintonía con el propósito de una universidad de investigación. Ciertamente, Ismodes no contestó una pregunta explícita sobre los fundamentos de su idea de "pasar del 5 al 1 por ciento", y ninguno de los dos planteó algo claro sobre el tema de las pensiones, aunque Blondet dijo explícitamente que la universidad era cara y que eso no era deseable.

En suma, y como suele suceder en estos casos, las dudas son más que las respuestas, pero resulta saludable que estas hagan su aparición de manera concreta, con tiempo, y con claridad. Falta ahora que el oficialismo decida cómo actuar para definir mejor el panorama electoral, pero sin duda alguna, se viene un período fascinante, y decisivo, para la PUCP.

miércoles, 24 de abril de 2019

Asuntos Internos: ¿qué tendría que hacer el nuevo equipo rectoral?

Comentario sobre el proceso electoral de la PUCP, escrito para los que estamos en la PUCP. Si alguna cosa no queda clara es porque asumo que para seguir mi rollo hay que estar adentro.

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Tras la crisis de finales de 2018, que culminó con la renuncia de casi todo el equipo rectoral, una transición de baja intensidad está por terminar, y la PUCP enfrenta una situación singular: por primera vez en su historia, quienesquiera que sean miembros del equipo rectoral no provendrán del equipo anterior.

Esto está causando una hoguera de vanidades algo desconcertante. Demasiadas personas parecen sentirse llamadas a ser rectores o vicerrectores, lo que por un lado es consecuencia natural del desorden post-colapso del orden tradicional, pero también de ser combinación de audacia y soberbia respecto a lo que significa manejar esta organización, mucho más compleja política y económicamente --además de gerencialmente-- de lo que suele ser evidente.

En el modelo de gobernanza PUCP, que es casi exactamente el de las universidades públicas peruanas, los profesores principales son los llamados a conducir la institución. Objetivamente, es un modelo arcaico, porque combina asuntos de política institucional, política nacional, y política menuda, interna, con gestión de una organización enorme que además requiere de varios modelos de negocio, a veces contradictorios o conflictivos entre sí, para contar con los recursos necesarios para funcionar. Pero es lo que hay, y es difícil pensar en que se podría cambiar en el corto plazo. Por ello, hay que escoger entre los profesores principales.

No me interesa discutir personas, ni planchas, que además no existen aún. Me interesa plantear items de una agenda. Han circulado, más o menos de manera amplia, documentos de al menos tres potenciales planchas, que tienen coincidencias, divergencias, ingenuidades, incoherencias y simples ilusiones. Solo para interrogar la situación, me planteó un ejercicio distinto: ¿cuales son los desafíos visibles que hay que enfrentar en los próximos años? No se me ocurren respuestas claras para casi ninguno, pero al menos sirve para ordenar ideas, presentadas aquí con cierto desorden.


  1. En un país como el Perú, no es posible sustentar una universidad de investigación --entendida como una dedicada fundamentalmente a la investigación a nivel doctoral y superior, sustentada con fondos públicos o privados. Quizá sería posible si fuéramos una universidad pública en la que el Estado decidiera invertir singularmente, o si tuviéramos ciencias de la salud y medicina. La PUCP no es ni una ni otra cosa. Por ello,  no hay suficientes recursos disponibles para financiar semejante intención,  incluso si se tuviera la estructura docente para realizarla, que no es el caso. Esto deja en pendiente qué hacer con especialidades, carreras y facultades que tienen distintas orientaciones y potencialmente, viabilidades diferenciadas.
  2. Al mismo tiempo, la profesionalización de la formación, el énfasis en licenciaturas y la investigación como un extra a la docencia regular, resultan incomodas para muchos y complican la selección docente y de equipamiento. La presión por tener lugares destacados en los rankings no va a cejar, y la competencia regional (Colombia, Argentina, Chile, Mexico, Brasil, en orden de menos a más) cuenta con más recursos y comenzó antes. ¿Cómo haríamos? 
  3. No es posible pensar realistamente que el financiamiento de la universidad tendrá una estructura distinta a la actual en los próximos años. En otras palabras, dependeremos de los pagos por servicios educativos que los estudiantes regulares --y también los de educación continua-- sigan haciendo. Las rentas comerciales y la explotación de recursos propios son un componente menor. Pero las pensiones son un juego de alto riesgo: puede llegar pronto el día en que los estudiantes no puedan pagarlas, o en todo caso no puedan pagarlas para ciertas carreras u opciones específicas. Sumémosle otro problema, fuera de nuestro control: es cada vez más difícil atraer alumnos del lado sur y sureste de la ciudad, porque Lima es un infierno de tráfico interminable. Si las universidad publicas como la UNI o UNMSM mejoran, el atractivo objetivo de la PUCP disminuirá, aunque quizá no significativamente en los próximos cinco años. Sería ideal bajar las pensiones, o reducir el numero de alumnos, pero ese es un circulo que no es fácil cuadrar, sobre todo si no tendremos más fuentes de financiamiento. ¿Cómo haremos? 
  4. Asumiendo que conflictos del pasado no nos sigan persiguiendo, igual tendremos que estar en guardia para las reencarnaciones que estos tomarán. Las jubilaciones seguirán siendo un tema, más allá que se solucioné el conflicto específico actual, bajo el principio básico que es imposible mantener privilegios que no existen ya en el Perú, como la cédula viva (que de eso se trata el pleito por la CPJ). También la relación con la iglesia católica será un asunto que puede volver a aflorar, sobre todo cuando la primavera reformista de Bergoglio termina y se produzca un (para nada inverosímil) regreso conservador. La carrera docente sigue siendo un tema: ¿qué profesores queremos? ¿cómo medimos su productividad? ¿cuántos recursos deben generar o conseguir? ¿qué hacer con las especialidades que no son viables? ¿qué hacer con las especialidades que son viables pero solo si se las mantiene en situación precaria en términos de equipamiento e instalaciones? 
  5. El entorno político nacional es una fuente constante de conflictos. En el vacío que está quedando luego del colapso del "orden" post-fujimorista, nadie sabe realmente qué emergerá: ¿una refundación portaliana que cree un estado eficiente? ¿los nuevos ochenta, con los restos de la alianza política y económica alrededor del "modelo" luchando contra las fuerzas emergentes que solo querrán destruirlo todo? ¿un mundo de acuñas, lunas y similares, destazando el estado para sacar pedazos de los cuales medrar? Todo esto puede poner a la PUCP en una situación parecida a la brutal precariedad de finales de los ochenta, no más sin terrorismo ni hiperinflación. ¿Cuál es el plan? ¿qué podemos hacer para evitar los resultados más peligrosos, no tan solo para la PUCP, sino para el Perú? 
  6. ¿Qué le ofrecemos al Perú? Ya, formamos profesionales de calidad. Pero como académico del que se espera que publique internacionalmente, conozco de cerca la curiosa sensación de culminar un trabajo que luego es leído por cinco gatos y que resulta en impactos completamente endogámicos al interior de un grupo de especialistas, pero que no le hace ni cosquillas a la realidad nacional. ¿Como lograremos balancear la demanda por calidad académica --definida por las transnacionales de la comunicación académica, con y sin fines de lucro-- y la demanda por relevancia nacional, en este nuestro rincón menor de un mundo bajo amenazas varias? No me refiero a cómo lo puedo solucionar yo o cualquier otro profesor: ¿cómo lo hará la PUCP? ¿Qué buscaremos lograr? 
  7. Para terminar, todo esto requiere mejorar significativamente la gestión administrativa de la Universidad. Errores tremendos, que no tuvieron costo político, nos han dejado cojos. Se requiere hacer inversiones significativas, pero sobre todo aceptar que habrá mucho por cambiar y que hay costos de todo tipo asociados a estas inversiones. ¿Hay claridad de qué hay que hacer? ¿hay claridad del costo de asumir esos costos?


Nada, solo ideas para conversar entre nosotros, aunque no tengamos --mucha-- vela en el entierro electoral.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Asuntos Internos: de moras y excesos, o por donde habría de cambiar la PUCP, si quisiera hacerlo

Los hechos son más o menos conocidos: el martes 4, por la mañana, un grupo de estudiantes protestaba bloqueando el acceso al edificio Dintilhac, donde debía realizarse una sesión de consejo universitario para proponer una solución al escándalo de las moras mal cobradas desde 2012. El rector, Marcial Rubio, se abrió paso entre el bloqueo de los alumnos.

Antes, un comunicado que parecía hecho al alimón entre Spock y Sheldon Cooper por su falta de empatía azuzó un ambiente en donde muchos se sentían, con pleno derecho, maltratados por la universidad. Era la culminación de décadas de sensación de abuso por cobro de moras, multas y de pensiones altas --filtradas estas por una oficina de servicio social similarmente carente de empatía.

¿Que la situación estaba siendo aprovechada por una dirigencia estudiantil que tenía que ser más radical que las opiniones en redes? Sin duda. ¿Que la sesión de Consejo estaba amparada legalmente y que los argumentos de los representantes estudiantil no eran realmente válidos? También. Pero todo se pudo manejar mucho mejor: aplazar un par de días la sesión, incorporar alguna oportunidad para que se desahoguen las tensiones, sin duda comunicar mucho mejor, no como el bot de abogado que parecía estar a cargo. El día de la sesión se pudo mover la misma a otro sitio en el campus o incluso fuera de él, y así se contenía la situación. Convertir todo en un pleito entre un grupo --pequeño-- de estudiantes y el Rector en el tema del día fue un horror político.

Evidentemente, la cosa es mucho más profunda que las moras. Visto desde la relativamente cómoda posición en la que me encuentro, de profesor asociado que ni es ni será autoridad, pero que puede entender mejor que otras personas lo que pasa en la PUCP, varios desastres se han ido juntando y al final han explotado en algo que no es más que una crisis mínima, pero que en estos tiempos virales se convierte en lo --aparentemente-- más importante. Esa viralidad es, además, la explicación de lo descarnadamente desproporcionada de la retórica reivindicativa: ladrones, corruptos, estafadores, se suelta con una liberalidad propia de la irresponsabilidad expresiva de las "redes". Nadie se sienta a sustentar más allá de su opinión o "filin" el origen de semejantes afirmaciones, que finalmente son acusaciones serias que merecerían un mínimo de evidencia.

Despejando: no, Marcial no debe renunciar. No solo porque estas tormentas son de corta duración, sino porque la legitimidad de las autoridades se fundamenta en su relación con el cuerpo docente y en menor medida los estudiantes, que utilizan menos sus mecanismos de representación pero que sobre todo tienen intereses mucho más conflictivos entre sí. No hay un "movimiento estudiantil", hay cierta cantidad de estudiantes movilizados, que logran apoyos coyunturales alrededor de reivindicaciones precisas de parte de una buena cantidad del resto de los estudiantes, pero no siempre ni de la mayoría.

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Esto no niega que lo que hizo no debió ocurrir, que empaña toda su gestión de casi 25 años en el rectorado, y que debería pedir disculpas. No voy a calificarlo como autoritario pero sí como innecesario y desproporcionado, y más allá de la dimensión humana, algo que le va a costar a él y a la universidad mucho más allá del momento preciso. Lamentablemente.
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En cambio existe un conjunto de docentes que tenemos miradas conflictivas pero esencialmente intereses comparables: la continuidad de la universidad bajo ciertos estándares, el mantenimiento y mejora de la calidad académica, y ciertamente, remuneraciones y recursos suficientes para nuestros intereses. Es ante los docentes que el Rector es finalmente responsable, y si bien personalmente creo que salvo terminar su periodo no le queda mucho más que hacer, y que debería evitar más conflictos, no veo qué beneficio institucional produciría su renuncia, o peor aún, una crisis de gobernabilidad ficticia, dado que ninguna elección podría ocurrir realistamente antes de mayo de 2019, es decir apenas un mes antes de la fecha regular de las elecciones.

Pero negar que esto es señal de algo mucho, mucho más serio, sería necio. Precisamente porque estamos ante una elección rectoral, se hace necesario pensar qué vamos a hacer con la Universidad. Claramente, el periodo iniciado en 1994 con el primer rectorado de Salomon Lerner Febres se ha agotado: la narrativa institucional que propone una universidad humanista, moderna, en constante crecimiento y de alta calidad académica, pero comprometida con el Perú en varios niveles (la idea caviar, digamos) se enfrenta a una dura realidad, pues para sostener este modelo solo hay una fuente de recursos, y esa fuente de recursos crea su propia contranarrativa.

La PUCP es explotadora, abusiva, un negocio, corrupta, etcétera: solo nos interesa la plata. Así se está leyendo la institución, al menos desde los estudiantes más movilizados. No importa que se suponga que todo es parte de un medio para llegar a un fin, una universidad de primera calidad al menos sudamericanamente, que se empeña en conectar con el país, y que no deja nunca de reinvertir sus ingresos para esos fines. Lo que queda es que a cambio de educación no siempre muy buena, cobramos y abusamos. Cuando no robamos.

Es pues urgente construir mejor la relación, y no solo con los estudiantes, a partir del reconocimiento que la marcha institucional no puede ser cuestión opaca y decidida sin un proceso más integrado a la marcha cotidiana de la Universidad; y que los errores politicos y efectivos no pueden ser simplemente ignorados, como se ha hecho demasiadas veces (no, no voy a entrar en detalles; hay cosas que se quedan dentro de la casa mientras sea posible solucionarlas en ella). Esta situación lo pone de relieve pero no es que no sea un tema de discusión.

Pero sobre todo, es urgente dejar en claro que los principios que se proclaman deben de tener expresiones concretas: para comenzar, si no se puede cobrar menos, o pagar más, entonces hay que gestionar mucho mejor y de manera más transparente. Si no hacemos eso esta crisis volverá a aparecer como refuerzo, como agudización, cuando venga una nueva crisis. Necesitamos reconocer que hay que reconstruir la relación para que la narrativa que se intenta proclamar sea viable y creíble. Aunque he de ser sincero: a veces no sé si la universidad, si la PUCP, quiere cambiar. Muchas veces me parece que está demasiado cómoda en sus certezas y que prefiere rajar a criticarse a sí misma. Ojalá no sea así.

Hay un proceso de renovación de autoridades por ocurrir. No es precisamente muy novedoso: los mismos de 2014 quieren intentarlo el proximo año. Más que otra cosa, quisiera que estos candidatos, ya anunciados o implícitos, dejaran en claro cómo van a restablecer confianza y refundar la relación entre las autoridades y sus constituencies, que incluye a los estudiantes, sobre todo a los profesores, con quienes tampoco es que las cosas hayan sido perfectas, para nada.

Esta crisis (permítanme la banalidad) es una oportunidad: se puede decir, clara y distintamente, a dónde vamos a llevar a la PUCP en los próximos cinco años. Repetir las mismas generalidades de siempre no sería una ruta: no pasaría de ser un callejón sin salida.

viernes, 10 de marzo de 2017

Asuntos internos: 100

Entonces llegamos a ese punto en donde cumplimos 100 años. Nada despreciable cifra para una universidad peruana, especialmente una privada, puesto que la mayoría de estas fueron creadas a partir de los sesenta (andan por los cincuenta) o los noventa (anda por los veinte). Más todavía, cuando somos una anomalía regional: indiscutiblemente entre las primeras, a veces la primera universidad del país, considerando las variables habituales, lo común en América Latina es que ese rol sea de la universidad pública.

Las anomalías no terminan ahí: somos una universidad católica y pontificia que reivindica una herencia pero no obediencia, y que se asume y demanda ser reconocida como autónoma de la iglesia católica, sobre todo en los debates y decisiones en que el consenso académico occidental va a contrapelo de la posición de la iglesia; tras casi un par de décadas, se ha logrado consagrar un status quo aceptable con la jerarquía de la iglesia católica, a pesar de la mala fe de algunos de sus "príncipes", y finalmente se avizora cierta paz y relaciones cordiales, al menos con la curia vaticana. La PUCP además es una universidad con vocación cosmopolita en una sociedad que adolece de provincialismo y de nacionalismo: el Perú no se mira en el espejo de lo que pasa en el mundo y encima, opta por defender lo propio como virtud incluso cuando no lo es.

Sumémosle a eso que la PUCP está aceptablemente bien gerenciada: las cosas funcionan, casi nunca se pierde algo o un trámite se entrampa, se juega limpio y la influencia de familia y amigos es menor, subterránea y casi nunca tiene efectos oficiales (nadie te cambia las notas ya registradas porque es tu pata, digamos). Tiene servicios aceptables, bibliotecas y recursos académicos bastante adecuados, y un campus que a pesar de cierta sobrecarga estudiantil y de una perdida de civismo notoria, sigue siendo un lugar agradable.

Todo lindo, ¿no? Pues no todo. Mucho está pendiente y hay una serie importante de preguntas que hacerse.

Hay turbulencias. Tras los años de conflicto, no está claro el camino a futuro, entre otras cosas porque la necesidad de cohesión interna, el conservadurismo casi ontológico de la institución y la falta de espacios definidos para hacer política interna, han creado un gran vacío de liderazgo. Hace una semana que la Asamblea Universitaria tuvo que optar entre aceptar la entrega a disposición del cargo del equipo rectoral o una decisión sobre su continuidad, lo que era, si se me permite el giro mareado, ponernos entre Escila y Caribdis: no aceptar significaba dos años más de un equipo rectoral re-elegido para terminar un proceso con la iglesia católica que ya terminó; aceptar significaba aventarnos a una elección de rectorado en dos meses con poco o nada de preparación, más allá de manifestaciones individuales de interés que realmente no reflejan posiciones colectivas o siquiera grupos definidos de interés al interior de la universidad. Se optó, como suele ser el caso, por la salida menos desestabilizadora, pero la pregunta obvia es cuándo se comenzará a hacer política entre los profesores para pensar a dónde llevar a la universidad.

Hay un conflicto con los alumnos, de baja intensidad y más reflejo de intereses individuales que de una diferencia fundamental de posiciones sobre el propósito y la gestión de la universidad. Todavía resuena la decisión de acabar con el básico, "un derecho estudiantil", como una agresión institucional; esto demuestra la precariedad de la oposición, que está defendiendo un privilegio (alimentación subvencionada para todos) y no algo que realmente haga más asequible la universidad a aquellos que no cuentan con los recursos para pagarla. Hay protestas por los costos, pero son fragmentadas e inconsistentes. No hay un movimiento estudiantil, hay estudiantes movilizados: esto no es nuevo, sino reflejo de un país en donde la pequeña elite de clase media que formaba la PUCP hace cincuenta o cuarenta años ha sido reemplazada por una gran diversidad de estudiantes que vienen de entornos des-politizados, donde la reivindicación gremial es vista inherentemente como conflicto, en una caricatura del sindicalismo clasista de antaño. Ciertamente hay diferencias, pero estás se convierten en conflictos muy fácilmente, gracias también a la falta de oido de las autoridades, no hay que negarlo.

Hay proyectos superpuestos: mientras se inician grandes ideas como la escuela gastronómica, que parece a veces ser una suerte de refundación de la república por las escalas retóricas sobre la que se monta, facultades con diez o veinte años no están contentas con sus instalaciones o el acceso a recursos. Aparecen nuevas iniciativas y se multiplican las instancias administrativas: la vieja broma sobre la existencia de una versión particular PUCP de la segunda ley de la termodinámica (los puestos no se crean ni se destruyen, solo se transforman) parece ser tan válida como siempre.

¿Hay feudos? ¿Pequeñas provincias que reivindica soberanía casi como un estado federal? Algo de eso hay también. No hay como discernirlo porque la universidad ha optado por no definir con claridad como medir y evaluar el éxito o fracaso de sus varias instancias, con lo que no hay como juzgar si algo o alguien debería dejar de hacer lo que hace. Todo es más o menos intuitivo, lo que se presta a la arbitrariedad o al menos a un laisser passer que no hace mucho bien si nos pretendemos modernos y eficientes.

Pero se podría decir que en realidad todo esto no es más que una secuencia de detalles. Lo importante es el lugar que esta universidad, humanista, comprometida con el pensamiento científico y con la libertad de pensamiento, sin fines de lucro, cosmopolita, tiene o puede intentar tener en un país que parece ser todo lo contrario.

Recuerdo haber escuchado historias sobre el cincuentenario. Hubo un acto académico, naturalmente en el centro de Lima, quizá en el teatro Segura. Luego de los panegíricos, habló el presidente de la FEPUC (se me escapa en el recuerdo su nombre): fue una imprecación donde se le preguntó a la universidad qué estaba realmente haciendo por el Perú en ese momento, qué había hecho durante cincuenta años. Propia de sus tiempos, puesto que en 1967 todo se cuestionaba y se asumía que iba a cambiar de pies a cabeza pronto. Sin duda el país cambió: apenas un año después vino el gobierno más radicalmente transformador del Perú, que cortó con los debates de la época para crear muchos nuevos.

¿Qué habría que exigirle a la Universidad a sus cien años? Fuera de lo cotidiano o lo puntual, digo. Todos queremos mejores sueldos, mejores condiciones de trabajo, menos alumnos que paguen menos. Evidentemente es imposible lograr todo eso al mismo tiempo, evidentemente es necesario escoger y graduar. ¿Qué queda luego que solicitamos y pedimos una gestión clara, de calidad, sistémica?

Yo tengo mis respuestas, pero no paso de ser un mero profesor asociado. Lo importante es la construcción colectiva de esas respuestas, el asumir que la chamba es de todos si queremos que los 110, 120 o 200 años nos agarren con algo más para celebrar que el haber continuado operaciones. Más allá de edificios, misiones y visiones, y de obras, lo que la Pontificia Universidad Católica del Perú necesita, urge, es una comprensión colectiva, deliberada y deliberante, de su rol en la sociedad peruana y de las rutas que debe tomar para lograrlo. Quizá esa comprensión se parezca un montón a los planes y esquemas que ya se han hecho; pero lo importante es que dialoguemos con el país, no solo entre nosotros.

Seamos cosmopolitas con nuestros compatriotas también: incluyamos realmente al país en nuestro destino.

lunes, 12 de mayo de 2014

Asuntos internos: la reelección de Marcial Rubio

Hasta hace tres semanas, el panorama electoral en la PUCP era bien confuso. Existían cuatro candidaturas, dos bastante claras, una más discreta y una última, casi clandestina. Marcial Blondet, lanzado en julio de 2013, y Eduardo Ismodes, lanzado en octubre del año pasado, habían manifestado su interés con claridad, y hasta cierto punto planteaban posiciones bastante nítidas sobre los problemas de la universidad. Pepi Patrón no se había lanzado formalmente pero sí era sabido públicamente que lo iba a hacer. Efraín González de Olarte, más allá de un episodio confuso en una cuenta personal de Facebook, se mantenía bastante menos efusivo en su interés electoral.

Todo esto cambió cuando el Vaticano envió comunicación de la creación de una comisión para lograr una solución "consensual y definitiva" al conflicto entre la PUCP y la jerarquía de la iglesia católica. Por los backchannels, y por el tenor de la comunicación, quedaban claras dos cosas: el Vaticano prefería seguir negociando con el actual rector, y la comisión, compuesta por arzobispos que no trabajn en la curia vaticana, venía en lo más cercano a son de paz que se podría esperar de una institución conservadora y finalmente vertical, como es la iglesia católica.

Esto alteró completamente la dinámica de la elección rectoral, de por sí algo desacomodada por la amenaza de la ley Mora. Subitamente era posible que la elección ocurriera durante un proceso complejo de negociación, y que el nuevo rector tuviera que lidiar con un asunto mucho más serio que la continua conflictividad con el Vaticano y con el arzobispo de Lima.

No sé de quién salió la idea específica de la reelección esta vez. Ciertamente varios profesores le pidieron a Marcial Rubio que continuara hace varios meses y él se negó. Esta vez la idea que surgió tuvo una forma más específica: reelección del equipo completo con la meta clara de negociar con la comisión vaticana, y luego que esta meta se haya logrado, renuncia del equipo rectoral, convocatoria a nuevas elecciones en las que no participará el actual rector, y una nueva etapa para la PUCP. Evidentemente habrá algunos baches: la negociación traerá demandas eclesiales que harán la vida algo difícil a los candidatos a rector, puesto que el Vaticano continua sosteniendo, de manera indirecta, que es el arzobispo local con quien se debe tener la primera relación, mientras que la PUCP preferiría entenderse con la burocracia vaticana. Entre otras cosas.

En este contexto, la solución planteada no me parece mala. Personalmente soy partidario de incendiar la pradera y llevar el conflicto al máximo, hasta que quede claro que la PUCP no es ni puede ser una universidad sometida a la voluntad del Vaticano. No es una cuestión de fe, sino de poder: para las distintas partes de la iglesia, no solo para la curia o el arzobispo, la PUCP es una ficha en un juego de poder mucho mayor, por el control de la iglesia católica. Eso me parece una mala idea que nos expone, y expone al país, a perder una universidad decente a cambio de un pleito al interior de una comunidad religiosa que no parece ser capaz de solucionarlos a su interior. Somos una especie de Vietnam, donde la guerra fría se realiza por proxy.

Pero estos meses han confirmado una impresión que siempre he tenido: el espíritu de la casa es ligeramente conservador y bastante poco dispuesto a grandes broncas. Para muchos, en muchas tonalidades y niveles, la idea de obediencia a la iglesia está engranada en la noción de "católica" y "pontificia"; para otros, es simplemente una extensión de su manera de ser católicos el trabajar en una universidad tal, y la idea de dejar de serlo les repugna. Para otros, finalmente, el conflicto les resulta intolerable en sí mismo. En otras palabras, para la mayoría de los profesores de la PUCP la prioridad es llegar a un acuerdo con la iglesia católica que nos deje en paz y libertad para hacer lo que cada quien quiere.

¿Es posible llegar a este acuerdo? Complicado, pero sin duda no hay mejor coyuntura que la actual. Esta comisión ha sido creada para sacar el pleito de la curia y del arzobispado limeño; está compuesta por arzobispos de confianza del papa, que además son aceptablemente abiertos a la realidad institucional de la PUCP; además el mismo papa tiene una historia larga de desconfianza cuando no pleito con el actual arzobispo de Lima. En suma, mejor que esto en los tiempos previsibles a futuro, casi imposible.

Por otro lado, Marcial Rubio podrá no ser el mejor comunicador, y sin duda ha cometido errores tácticos importantes, pero sí tiene las cosas lo suficientemente claras como para que podamos esperar una conducción en donde la cuestión de la autonomía no sea sometida a otras consideraciones. No creo que la solución sea perfecta, pero es posible lograr una solución aceptable, asumiendo que aquellos que como yo, que preferiríamos una universidad laica, aceptemos también que la realidad de esta universidad jamás lo fue tal, y que siempre ha cargado con el hecho de ser pontificia y católica, y que la mayoría de sus profesores no están interesados en dejar de serlo. Visto así, la solución perfecta para los radicales no es la solución perfecta para la institución.

La candidatura de Marcial fue discutida el viernes 2 de mayo en una asamblea universitaria informativa; en ella los candidatos a rector, según tengo entendido, aceptaron la premisa de la reelección, con lo que dejaron sus candidaturas suspendidas. El lunes 5 de mayo, por la noche, recibí una carta de Eduardo Ismodes anunciando que se lanzaría de todas formas a la elección, y que de ser elegido rector designaría una comisión, encabezada por Marcial Rubio, para que negocie con la iglesia.

La candidatura de Eduardo Ismodes ha tenido, desde el inicio, dos grandes problemas: el primero es que Ismodes optó, hace rato ya, por ponerse al medio del conflicto: ni a favor de la posición oficial PUCP ni por la iglesia, pero proponiendo una suerte de blandura argumental, que en el fondo aceptaba que la autonomía y la obediencia son valores comparables. Se ha rodeado de personas más bien conservadoras y en general su posición es de negociación sometida antes que independiente. Creo que salvo anteojeras ideológicas, no hay forma de enfrentar la posición del arzobispo de Lima sin un profundo desagrado por su naturaleza reaccionaria, su falsa piedad y su desprecio por las instituciones republicanas que se supone gobiernan a una universidad como la PUCP. Por ello, elegir a un rector que no asuma que el ciudadano Cipriani debe ser entendido como una amenaza para el futuro de la PUCP sería un grave error.

Además, está el asunto de qué es lo que haría una vez superado el pleito mayor. Aunque aprecio a Eduardo luego de décadas de conocernos, no puedo dejar de lado que su desempeño en distintos puestos institucionales ha tenido una marcha poco destacada, y que en general sus ideas y planteamientos parecen demasiado light para una institución con intención de ser relevante internacionalmente. Su debilidad por modas y frases hechas, su misma carrera académica, que es bastante pobre, su afición por proponer metas que no tienen mayor sustento, me hacen pensar que un rectorado suyo sería mucho menos favorable para la marcha institucional que el de otros candidatos.

Creo entonces que la única manera sana de enfrentar los años que vienen es terminar de una buena vez con este conflicto agotador y completamente absorbente, sacando del camino a una figura tan despreciable como el ciudadano Cipriani; luego habrá ocasión de enfrentar las urgentes necesidades de reorganización institucional, el mejoramiento de los procesos administrativos y la planificación más ordenada de la gestión, así como los problemas concretos que van desde la calidad de los servicios hasta la falta de claridad en algunas decisiones.

En un año, más o menos, podremos debatir el futuro; por ahora, la urgencia es liberarnos del pasado. Por eso, en este caso, creo que el camino más sensato, incluso para los que creemos en una PUCP laica, resulta siendo apoyar la reelección de Marcial Rubio

martes, 17 de noviembre de 2020

Asuntos internos: sobre mi candidatura a la Asamblea Universitaria PUCP 2021-2022.

PUCP: Preparando la post normalidad


El siguiente es el documento completo que plantea mis razones para postular a la Asamblea Universitaria PUCP, como profesor principal, con el número 25. 


Estamos ante un camino complicado. La post normalidad será el periodo en que los efectos directos de la pandemia de 2020 comiencen a desaparecer, pero donde las condiciones materiales y humanas todavía no regresen al estado pre pandémico. Tomará tiempo no solo vacunar a la población del mundo, sino reiniciar la economía, y enfrentar los efectos sociales y culturales de la pandemia. Se decía que la normalidad era el problema y no se podía volver a ella; quizá sea cierto. Pero no sabemos realmente que significará la post normalidad, ni como haremos para hacerla viable; más aún, las consecuencias de la crisis climática comienzan a sentirse. Es un panorama complejo, y en la pequeña escala que es la Pontificia Universidad Católica del Perú, será crítico prepararnos para tener alternativas. 


Es necesario reconocer que la PUCP ha logrado manejar la inmensa crisis producida por la pandemia de una manera más que adecuada. Por un lado, considerando los efectos económicos y financieros, los efectos reales en la marcha institucional son fuertes pero se ha logrado amortiguar los peores posibles, como pérdida de salarios significativa para los docentes —sin negar que el empleo de un porcentaje de trabajadores administrativos ha sido duramente golpeado. La adaptación de la actividad académica a la pandemia, sin descartar los problemas que se hayan presentado, ha sido en su mayoría correcta, efectiva y solidaria. 


Pero al mismo tiempo, y atravesando hostilidad innecesaria de grupos de estudiantes y de profesores, se ha logrado también colaborar fundamentalmente con el país, ofreciendo innovaciones tecnológicas de necesidad nacional, algo que ninguna otra universidad ha podido alcanzar. Esto es un logro notable que debemos destacar y que debe enorgullecernos, no solo por la capacidad de nuestros colegas que llevaron estos proyectos, sino por la decisión institucional de impulsarlos. 


Sin embargo, es también necesario reconocer lo que la crisis de la pandemia ha puesto en relieve cuestiones críticas a enfrentar. No solo se trata de seguir funcionando en lo que bien pueden ser varios semestres más de enseñanza remota, si no ir preparando lo que vendrá en la eventual post normalidad, cuando la pandemia deje de impedirnos funcionar como antes, pero tras un periodo prolongado de ingresos disminuidos, de alteración profunda de la práctica cotidiana de trabajo, y de abandono del campus, estaremos en necesidad de reconstruir nuestro trabajo institucional, y de ir planificando como volver a una condición en donde podamos aspirar a funcionar como lo hacíamos antes de la pandemia. 


La crisis política de noviembre fue también un momento definitorio: exigió una respuesta institucional a pesar que la situación claramente escapaba al ámbito inmediato de la universidad; esta respuesta institucional mostró que principios básicos que la universidad ha defendido siempre —aunque no siempre ha ejercido a satisfacción— son indispensables para el funcionamiento de nuestro país. 


Las dos enormes crisis que ha vivido el país nos han afectado menos que al promedio de peruanos; pero igual nos sacuden, y nos obligan a acercarnos más a la sociedad de la que somos parte a pesar de las desigualdades y desequilibrios indiscutibles. La decisión de declararnos en luto por una semana es un reconocimiento al rol inmenso que los jóvenes, universitarios o no, jugaron en esta crisis; pero también de nuestra capacidad de adaptación, y de la existencia en la comunidad de una coincidencia, general, gruesa pero coincidencia al fin, entre los valores fundamentales de una democracia y la marcha institucional. 


Juntas, estas crisis nos dicen que nuestras debilidades son manejables, pero que existen y que debemos enfrentarlas. Por eso hay que impulsar el cambio desde todos los niveles de gobierno de la Universidad, y por eso es que postulo a la Asamblea Universitaria. 


Tres razones críticas: la necesidad de cambiar la manera como se gestiona la PUCP es fundamental. Este cambio es necesario a nivel político tanto como gerencial, e implica asumir que necesitamos otro tipo de mecanismos para tomar decisiones, más basado en evidencia, pero también otros criterios para definir cómo tomar dichas decisiones, no solo basado en evidencia, sino en un diálogo fundamentado en los valores institucionales, sin perder de vista la necesidad de adaptarnos a un mundo cambiante. 


Segundo: adaptarnos no significa aceptar un mundo cambiante. No solo por los valores institucionales, sino porque los vectores reales del cambio no son los mismos para distintos grupos de intereses, distintos actores, distintas realidades. Lo que parece ser evidente en sí mismo para algunos no comienza a tener sentido para otros; lo que debe permanecer no puede hacerlo solo porque conviene a algunos o porque no es cómodo hacer cambios. La diversidad de la universidad es un bien en sí mismo, pues nos acerca algo a la diversidad del Perú, que no es solo cultural sino de desigualdades y de posibles respuestas a estas desigualdades. Lograr el objetivo colectivo de ser la mejor universidad en un país como el Perú, pero dejando espacio para que no tengamos como único factor de decisión para el ingreso la capacidad de pagar pensiones académicas, es indispensable, y esto requiere un esfuerzo complejo y sobre todo compartido. 


Tercero, cambios como estos requieren legitimidad, la que no puede provenir solamente de la autoridad del equipo rectoral y una aprobación pro forma de la Asamblea Universitaria. Siendo cambios transformativos en una etapa de crisis, la Asamblea debe asumir una responsabilidad más cercana a un cuerpo legislativo; sin embargo, está claro que la Asamblea ha sido tradicionalmente una instancia que aprueba propuestas del equipo rectoral, con relativo debate y de manera ágil pero breve, y con poca difusión de lo que se decide más allá de sus miembros.  


Esto ha cambiado en momentos de crisis, claramente, cuando la Asamblea tornó en un mecanismo político, para canalizar el debate y procesar ciertos consensos. Eso ha dejado un vacío, pues las decisiones más estructurales que se han tomado en los últimos años no han sido necesariamente debatidas con la amplitud y profundidad necesarias, lo que debilitó su legitimidad.


Similarmente, la gestión misma de la universidad, que ha causado algunas controversias y un enorme conflicto —la crisis de diciembre de 2018— no siempre han sido advertidas y debatidas cuando se pudo, dejando de lado cierto grado de control político, debilitando la legitimidad del equipo de gobierno. 


En otras palabras, la Asamblea debería ser más activa, asumiendo funciones de control político y debate abierto sobre el curso que quiera tomar nuestra Universidad; para así evitar que las dudas se conviertan en controversias, y las controversias, en crisis. 


Lograr mejorar, cambiar la gestión de la PUCP para hacerla más cercana a las necesidades de su función primordial; reconocer que estos cambios deben dejar margen para la diversidad de la institución, respetando la iniciativa docente y la necesidad de contar con un alumnado lo más diverso posible; y darle legitimidad al proceso a través de un gobierno más deliberativo y diverso. Esto implica apoyar al Rectorado de la manera más amplia pero menos complaciente posible, y participar y demandar participación en las decisiones de mediano y largo plazo. 


Esto debe estar matizado por algo que quizá pueda ser obvio, y por lo cual hay que decirlo: coincidir con el equipo rectoral no debe significar apoyarlo sin más que unas palabras críticas; debería implicar actuar de manera consistente y crítica en los procesos de toma de decisión en donde debemos participar más docentes. No estar de acuerdo con el equipo rectoral no puede ser hablar sin proponer ni evadir la responsabilidad de deliberar para alcanzar el resultado que uno considera mejor, aceptando la mayoría cuando sea necesario. 


Bajo esos principios actuaré si soy elegido. Por esos principios, pido tu voto. 


Gracias. 




miércoles, 19 de junio de 2019

Asuntos Internos: el próximo rector

Escribo días antes de la elección rectoral de la PUCP, donde tras la Crisis de Diciembre de 2018, la Universidad tendrá que escoger por primera vez en su historia a un equipo rectoral sin miembro alguno que provenga de la administración anterior. Un cambio significativo y con muchos riesgos.

Como la gran mayoría de profesores, no voto, porque es la Asamblea Universitaria la que deberá elegir al Rector y a los tres vicerrectores. Eso no impide que uno esté pendiente y que se tenga preferencias. Espero explicar con este post por qué creo que Carlos Garatea debe ser el próximo rector, y por qué votaría por él si fuese miembro de la Asamblea Universitaria.

A lo largo del algo desordenado proceso, que comenzó realmente con el inicio del año, quedaron en claro dos clivajes, si se me permite el término: entre los que pensaban que la Universidad estaba mal administrada pero sin corrupción, y entre los que al menos insinuaban que tal posibilidad existía; y el otro, entre los que pensaban que la prioridad debía ser la solución de demandas inmediatas frente a los que pensaban que el problema es estructural, dada la posición relativa de la Universidad en el mercado peruano de la educación universitaria. Como no son caricaturas, no pretendo decir que todo se reducía a dos posiciones irreductibles en cada lado, pero sí que existía inclinaciones para interpretar las cosas dandole primicia a ciertas posiciones frente a otras.

Sobre el primer clivaje, y aunque no es aún difundido masivamente, está claro que uno de los informes encargados por la Asamblea luego de la Crisis de Diciembre exonera de responsabilidad penal alguna a cualquiera de las autoridades o funcionarios; no se puede decir más porque el proceso sigue y no hay pronunciamientos formales. En otras palabras, la gestión estuvo mal por variedad de razones, y es urgente cambiar los principios mismos de la gestión de la Universidad.

Respecto al segundo, la campaña electoral ha puesto el énfasis más en el momento y en demandas específicas, que en lo estructural y el largo plazo. Hay un problema en el horizonte, sobre el que aludí aquí, para garantizar el financiamiento de la Universidad, y que ha aparecido tangencialmente en las discusiones; pero sé que hay conciencia del mismo en las tres listas, sin que me quede claro como lo enfrentarían, en cada caso.

Lo que nos lleva a la campaña: tres candidatos a rector, los tres varones humanistas, representantes de una mirada más tradicional que modernizante de la universidad. Sus planes varían pero ninguno es singularmente visionario; mucho más elaborado el de Carlos Garatea y su equipo, con más detalle, y ciertamente más participación orgánica de profesores de toda la universidad. Los otros dos no son inherentemente malos pero me parece que carecen de una vision de largo plazo realista, o que pueda convertirse en planes concretos con facilidad.

En el fondo, no me preocupa. Creo que la universidad requiere más que otra cosa discutir en serio a donde quiere ir, y como lograrlo, antes que asumir que un equipo rectoral dado lo hará por ella. Si una critica debemos hacernos nosotros, los profesores, es que los años de la década que termina fueron dedicados a perder de vista lo importante que no fuera la supervivencia, y dejarla en manos de las autoridades. Las autoridades decidieron de formas determinadas y luego nos quejamos que no nos gustaron las decisiones, pero no nos pusimos a pensar en cómo hacer para que esto no ocurriera de nuevo. Ahora, enfrentados a una elección epocal, tendríamos primero que preguntarnos por el cómo antes que por lo que se hará.

Las tres listas tienen virtudes, que como es lógico han intentando difundir ampliamente, así que me entretendré con sus defectos por un rato (espero no ofender a nadie pero si ocurre por favor no lo tomen personalmente).

Primero que nada, creo que se necesita modestia. Es urgente repensar la universidad y mirarla de una forma que nos permita entender qué debemos conservar pero cuánto debe cambiar; qué rescatar de lo anterior y que dejar de lado. Esto requiere tomar cierta distancia de las pasiones desatadas recientemente y tratar de imaginar lo más justo para todos, pero reconociendo que no todos tienen o podrán sentirse completamente satisfechos con el resultado.

Debemos dejar atrás los tiempos de un rectorado en el que convergen las grandes decisiones y empoderar los órganos intermedios, y el superior, la Asamblea, que no es realmente muy un legislativo tanto como una suerte de Board of Trustees, sin mayor capacidad de iniciativa. No hay una solución pero tampoco debemos permitir que continue el método anterior, que no solo nos llevo a la crisis sino que ha terminado creando proyectos que no tienen mayor compromiso institucional más allá de las autoridades y que no logran credibilidad interna.

Debemos sincerar las limitaciones económicas y forzar cambios administrativos pero también a nivel docente, lo que pasa por reconocer que las necesidades que cada profesor tiene no son las que otros colegas en otras unidades tienen. Ampliar nuestra capacidad de entender lo que es investigación y lo que es responsabilidad social de manera que todos se sientan identificados; mejorar la carrera docente para que tengamos los recursos humanos necesarios, abandonando la idea que todos debemos hacer todo igual de bien; y encontrando equilibrio entre tareas administrativas y espacio abierto académico: sin negar que a mí también me resulta detestable asumir responsabilidades administrativas, el esperar que otros las hagan involucra dinero que no aumenta salarios o recursos académicos; y no hacerlas es inviable hasta por razones legales. Ergo: quejarnos de los trámites sin plantear que tenemos que hacerlos es trivializar un problema más grande.

Esto además requiere sincerar la delicada relación entre pensiones académicas y salarios, especialmente docentes. Ser honestos respecto a como manejarlos pasa tanto por reconocer que los privilegios deben tener mejor fundamento cuando los haya, pero sobre todo que debe existir una conexión entre productividad y remuneración, y no solo entre tiempo de servicio o categoría docente y remuneración, pues premia la improductividad y el exceso de conservadurismo.

Finalmente, la universidad está sacudida por conmociones políticas que en comparación con otros tiempos son menores, pero que no dejan de ser importantes. Rescatar el dialogo y el respeto a los procesos no debe impedir que se reclame lo justo; seleccionar mejor a los responsables de proteger los derechos es una obligación, en varios niveles; hacer cumplir la ley en todo nivel un principio irrenunciable. Lo demás debe conversarse más y gritarse menos.

De las tres listas, puede que ninguna cumpla con todas las expectativas que se podrían hacer. Es natural, dada la situación. Pero hay patrones. No es una cuestión de personas, pero hay que decirlo con nombres para dejarlo en claro: La lista Giusti ha optado por presentarse como insurgente pero no me ha logrado dejar en claro qué haría aparte de restaurar prácticas del pasado o tentar algunas soluciones que no están bien esbozadas, y además transmite la impresión de depender en exceso de la personalidad y energía del líder, un intelectual publico y un académico impecable que realmente hace muy bien lo que hace; ninguno de sus candidatos a vicerrector han marcado territorio claro. Esos excesos de personalismo me parecen innecesarios precisamente luego del rectorado cuasi imperial que tuvimos hasta la Crisis de Diciembre.

La lista de José de la Puente parece por momentos bicéfala, con un candidato fallido a rector ahora en el vicerrectorado administrativo. De la Puente es un académico y una persona impecable: pero transmite una sensación de falta de escala, como si a veces creyera que ser rector es como ser decano por más horas; puede que me equivoque pero no me parece correcto ver el rectorado así, puesto que lo que se viene es tan complejo que requiere otra actitud. Yo expresé mis profundas dudas sobre Eduardo Ismodes en 2014 y no he cambiado mi punto de vista; sus otros dos vicerrectores no han marcado mayor espacio, y ciertamente hay una historia de conservadurismo religioso alrededor de la plancha y del entorno de la plancha que sería absurdo ignorar. Me parece una mala idea optar por una inclinación tan ideológicamente ceñida a cierta comprensión del catolicismo para dirigir una universidad como la PUCP en estos tiempos, bajo las premisas que he mencionado.

Esto deja la plancha de Carlos Garatea, la que puede no crear grandes entusiasmos; justamente una virtud en estos tiempos. Es posible que me equivoque, pero pienso que un rector que descanse en un equipo rectoral diverso, y que dialogue mucho porque es su deber y su necesidad, sea lo que necesitamos en estos tiempos. La acusación de continuismo con la administración es infantil: Carlos y Cristina del Mastro fueron directores académicos, pero eso no implica haber tomado grandes decisiones ni estar comprometidos con las lineas de accion de la administración anterior fuera del ámbito mismo de su mandato como directores. Las posiciones que han tomado son claras y críticas a muchas de las posiciones de la administración anterior.  Es el equipo más parejo, el que más ha trabajado en su propuesta, el que es más orgánicamente académico en su respaldo, y por una cuestión generacional (mucho cincuenton) el que más tiene para vivir las consecuencias de sus decisiones, personalmente y en el juicio de sus pares. Todo esto me lleva a pensar que más allá de otras consideraciones, si buscamos balancear la universidad en sus muchas tensiones, un equipo balanceado es lo más sensato.

Con el inmenso respeto y aprecio que tengo por José y Miguel, espero que Carlos Garatea sea elegido rector, que Cristina del Mastro, Aldo Panfichi y Domingo Gonzales sean elegidos vicerrectores, y que podamos tener una gestión ordenada e ir con calma, juntos, a buscar como encaminar la casa.


jueves, 17 de enero de 2013

Mi regalo para Lima: yo, el supremo

La iniciativa ¿Qué le regalarías a Lima? me ha inspirado. Lo pensé un buen rato y me di cuenta que solo hay un regalo posible, que además no solo lo podría dar yo, sino que en realidad sería igual de viable para todos los limeños.

¿Cuál es? Yo.

El supremo, el déspota ilustrado, el dictador por la gracia de dios, el sátrapa aquemenido local, el imperium maius citadino. Cosa que un corto plazo, todos los problemas de Lima se terminarían, gracias a mi hábil mano y sabia conducción. Haría ocho cosas que harían a Lima la perla del Pacífico, la nueva Jerusalem, la Zhong Jing, la cuarta Roma, Asgaard, como quieran llamarla.
  1. Declararía bajo dominio eminente toda el área cercana a La Parada y se la entregaría a un fondo soberano de los Emiratos Arabes, para que conviertan el cerro El Agustino en un parque forestal, aplanen los cerros El Pino y San Cosme y habiliten super lofts, construyan en la actual Parada el mayor centro de convenciones del mundo, y pongan un hotel de 60 pisos mínimo al costado. La zona sería el nuevo centro y quedaría fabulosa, con metro aéreo al lado.
  2. En un arrebato Hamelinico, conseguiría suficientes grúas para sacar de Lima a todos los Ticos, ADs, Proboxes, combis asesinas y demás en una sola noche, y las pondría en una flotilla de barcos rumbo a China donde siempre están comprando chatarra.
  3. Aboliría la independencia política del Callao y crearía una sola gran área metropolitana con suficientes fondos por habitante, más el canon del puerto y del aeropuerto. Esto de varias ciudades en una funcionará en Los Angeles o Londres, pero definitivamente no en Lima.
  4. Convertiría al Serenazgo Unificado de Lima Metropolitana en una policia metropolitana con responsabilidad en Tránsito, Transporte, Seguridad Ciudadana Básica (tranquilidad, patrullaje y asuntos domésticos), Defensa del Consumidor y Prevención del Delito, dejando el resto a la Policía Nacional. Si el gobierno central se pone fastidioso cerraría el Serenazgo en una y le recordaría al Presidente de la República que si no va a ayudar, que se haga cargo de todo él solo, a ver cuánto se demora en reponer las atribuciones de mi Guardia de Corps, perdón, Serenazgo Metropolitano. 
  5. Mis hoplitas, perdón, Serenos Metropolitanos, cercaría San Jacinto y similares; darían una advertencia de dos horas para que todos evacuen y procedería a echar Napalm en la zona. La chatarra resultante se vendería a los chinos como yapa de la masacre de combis y convertiría todas esas zonas en parque zonales. 
  6. Cambiaría toda la zonificación urbana para que todo edificio nuevo se construya con retiros significativos y áreas verdes alrededor, y suficientes estacionamientos internos para cada vivienda. Además tendrían que tener jardines urbanos en los techos y un monumento al Basileo Metropolitano en la entrada. 
  7. Entregaría la construcción y explotación de un metro a una empresa gigantesca a la que le pondría condiciones claras, metas de gestión bien definidas a cambio de estabilidad tributaria y derechos de explotación por cien años. De paso les pediría que pongan  buses de dos pisos como los de Londres, porque me encantan y no hay nada más divertido que ir en primera fila en el segundo piso cuando frenan. 
  8. Organizaría un festival de fuegos artificiales por Año Nuevo en la Isla San Lorenzo, tan inmenso que se vea hasta Cañete, y que dure 20 minutos, y al final se prenderían láseres que iluminarían el humo con mi nombre, o el de cualquiera que se gane un concurso de panegíricos en mi nombre. 
De más estar decir que esto es una broma, ¿no? Pero ¿qué harías tú si el destino te convierte en Zar de todas las Limas?

viernes, 13 de febrero de 2009

Porqué hay que protegernos de la publicidad

Una interesante conversación virtual con Chuto, ese paradigma de la choledad, llevó a este post... el diálogo se plantea a partir de una acotación de Ocram sobre la protesta de Wilfredo Ardito ante el anuncio de leche Gloria, en el que los chatos terminan siendo el punto de atención y, eventualmente, podrían ser sujetos de burla y discriminación. Siguiendo los enlaces que Ocram presentaba, terminé en el blog de Luis Felipe Gamarra, donde la pregunta se retomaba, pero en términos "internos" de la publicidad, es decir sobre efectos positivos y negativos para los objetivos de los publicistas de este tipo de apelaciones, y si es que la excesiva concentración en el público objetivo hace que se deje de lado los efectos sobre otros consumidores.

Decidí hacer un comentario en el blog de Luis Felipe, que dice así:

Esto sirve para plantear, siquiera como ejercicio intelectual, la necesidad de revisar el factor engañoso en la publicidad. El consumo de leche no produce automáticamente crecimiento, solo una dieta balanceada y ejercicio (no el basket, ciertamente, el ejercicio en general y balanceado) permiten que el potencial genético, que determina finalmente la altura de una persona, se expresen por completo. Un niño desnutrido no podrá ser alto, pero un niño bien nutrido no tendrá que serlo si sus genes no lo permiten. Si la publicidad de Gloria es engañosa, al establecer una relación causal entre el consumo de un producto y la talla, debería ser retirada; si no, es simplemente publicidad y no creo que deba regularse por la posibilidad de ofensa de ciertas sensibilidades, porque el camino de la corrección política es muy peligroso, pues termina aplastando la libertad de expresión individual. Cuestión de una mirada cuidadosa.

Ahora, a Chuto le dejo cierto mal sabor mi comentario. Cito su mensaje:

No sí estoy mal y ahí necesito vuestra asesoría para poder entender mejor y más el mundo de lo deseable. Lo vi comentando en el blog de Publicidad y Marketing a propósito de la denuncia que hiciera Ardito sobre los spots de Gloria y los traumas existenciales que genera en los niños chatos de nuestro territorio. Yo mismo mandé el año pasado una carta a Elevate Shoes (irónica, procaz, atrevida, ya te imaginas) haciendo énfasis en lo interesante y lucrativo que era para las empresas usar uno de los traumas peruchos por excelencia como aspiración estética: ser chatos.
Pero la carta pretendía sensibilizar tanto a quien hacen publicidad como a quien consumimos la publicidad. Creo yo que lo que hay que trabajar es en una sintonía más agradable entre los recursos publicitarios y los deseos de los consumidores. Pero de ahí a pedir que quiten la publicidad, que es excluyente, que como sociedad puedo violar la libertad del publicista de dirigirse al peruano como le provoque, eso sí me da miedo, me produce un pánico itnerior creer que nuestra labor no es sensibilizar sino quitar lo que no cumpla nuestro estandarte de igualdad y equidad.
Hay un largo y peligroso trecho entre una cosa y la otra, y veo muchos comentarios de la gente felices de que saquen la publicidad, porque creen que el éxito de la equidad que aspiramos radica en ello, y no en que estemos sensibilizados en qué creer y qué no.
Cholega, no sé si pensaba escribir algo sobre eso, pero si lo hace, en buena hora. No creo viable empezar una cacería de brujas cada vez que veamos publicidades de ANTES-DESPUÉS, donde en honor a la igualdad y en nombre de los ANTES puedo ir y quemar vivos a los referentes del DESPUES.

Así que le expresé mis ideas de manera más amplia:

Mi estimado Chuto:

Tus alcances son más que pertinentes (para decirlo en el estilo correcto). Creo que estamos ante una pendiente complicada porque las buenas intenciones de un lado y las presiones profesionales del otro están presionando cada una en direcciones opuestas. Lo más interesante, quizá, sea lo que el consumidor piensa.

La cosa es que muchas veces, el consumidor no ve problema alguno con la publicidad que ofende a los entendidos. Oiga usted, ¿quién es entendido? Por lo general, no lo es el consumidor. Incluso cuando el entendido va a comprar a Wong o a Vivanda (porque no me imagino a ningún entendido yendo a la bodega de la esquina) suele actuar como consumidor antes que como entendido, con la excepción de cuestiones muy precisas, como podría ser, no sé, si le tratan de vender ron de quemar en vez de Ron Havana Club.

Y perdemos de vista la dimensión del medio: el ciudadano. Actuamos como consumidores cuando consumimos, como ciudadanos muy de vez en cuando, pero por lo general no cuando consumimos o vemos a otros consumir, y como entendidos cuando pontificamos desde la cátedra bloguera. El resultado es una cacofonía de discursos que se pelean entre sí pero que no establecen conexiones discursivas útiles para la vida cotidiana.

Me refiero a que sería saludable que el ciudadano y el consumidor se reconocieran en cada acto cotidiano como uno y dual, no como una especie de Jano bifronte, incapaz de colaborar con el otro. Entonces: si los buenos amigos de Gloria dicen algo que no es 100% exacto, la pregunta que el ciudadano debería decirle al consumidor es ¿estás seguro que quieres comprar un producto que está siendo "creativo" con la información que ofrece? No porque el producto sea malo, sino porque no juega limpio, al tratar de convencer al consumidor menos informado que lo que ofrece es efectivamente mejor de lo que realmente es.

Como hay pocos entendidos, y el consumo en la sociedad actual es una vaina cada vez más enredada (sino pregúntele a los chinitos, oiga ud, que comieron plastico con la leche de vaca que no necesitan porque la metabolizan mal), el Estado suele tomar "cartas en el asunto", disponiendo regulación de los mensajes engañosos y sanciones. Se supone, como usted, mi querido Chuto puede consultar a su alter-ego, que el encargado de esto es Indecopi... pero no suele ser muy entusiasta.

Pero luego viene el otro tema: cuando el mensaje no es per-se malo o engañoso, sino que puede ofender o frustrar a los más sensibles o sutiles. ¿Cómo? Porque presenta una posible impresión de lo que es la vida "buena" fuera del alcance de la gente "real". Aclaro aquí: no es ofensivo (no le dice "cholo enano, eso te pasa por no tomar leche") sino que propone que la gente alta la pasa mejor. ¿Es verdad? No viene al caso. La clave está en que no se le está diciendo al chato que su vida es un asco, sino que sería mejor si fuese alto. Como no se trata de comprarse un tinte de pelo para hacerse rubia, o tomar un menjunje para bajar de peso, la cosa se complica porque se vuelve ominosa: hazlo ahora o jódete de por vida. Es casi un aviso de servicio público, si lo quiero uno ver así.

Claro que no lo es, porque es en el mejor de los casos una media verdad. Pero puede ser leída de manera completa por un padre poco avispado o por un chiquillo afanoso, y el resultado es que la publicidad termina cambiando actitudes y creando hábitos, que no necesariamente son los mejores, y sin duda creando frustraciones en los que no pueden establecer la conexión entre consumo y un ideal de bienestar. Ahí es donde la cosa se pone realmente de color hormiga: ¿alguna presentación idealizante, aspiracional, puede ser entendida únicamente como un ejercicio fantasioso, fácil de descartar por el consumidor inteligente, o siempre habrá quien caiga? Me inclino a pensar lo segundo. Siempre habrá que sea engatusado por la publicidad, y otros que entendiendo que la publicidad les propone un ideal imposible, incluso habiendo tratado de alcanzarlo, se sentirán ofendidos y humillados.

¿Qué hacer ante esto? Buena pregunta... Si uno ve cómo se trata la publicidad en lugares con más tiempo y recursos para pensar estos asuntos, lo que se suele asumir es que, si no ofende explícitamente o miente, la publicidad que está dirigida a consumidores / ciudadanos tiene la libertad de decirles lo que quiera, porque es el aceite que permite que la economía capitalista fluya. Pero a aquellos que solo son consumidores, pero que no han desarrollado las herramientas de la ciudadanía, pues hay que evitarles los malos ratos y los inconvenientes de ser seducidos por mensajes que no tienen sentido pero que resultan atractivos. Entonces: si se le propone, con inexactitud, a chiquillos de 12 años, que tomando regularmente cierta marca de leche vas a ser más alto, estamos mal; si se dice a chiquillos de 12 años que tomar leche regularmente servirá para que permitas que tu potencial genético se exprese, pero que no necesariamente serás más alto, estaríamos bien. ¿Dónde está Gloria en este caso? En el primer, no en el segundo. Debería decirseles que hagan un comercial distinto, dirigido a los padres. Que los chatos se puede ofender, no me preocupa mucho, porque lo más importante no reside ahí; el maltrato a los chatos es producto de un mensaje mal dirigido y peor concebido.

¿Mucho rollo? Lo lamento, pero espero te parezca pertinente o interesante. Un abrazo,

Resumo: mi problema con publicidades como la de Gloria no es que ofendan, porque si comenzamos a controlar todas las posibles variantes de ofensa de la publicidad, entonces no debería haber semejante cosa como publicidad. Me preocupan que al dirigirse a un público susceptible, por razones aspiraciones, y poco preparado para discernir la veracidad de la información, se pueda engañar, no por obra, sino por omisión. Esto es lo que deberíamos regular y controlar. Discrepo pues de la posición de Wilfredo Ardito, porque creo que no se fija en lo más relevante.

Un placer conversar con Ud., don Chuto.
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