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Asunto
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Mirada irrelevante
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Mirada relevante
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Seguridad ciudadana
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¿Cuántos policías hay en la calle?
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¿Cuántos policías investigan crímenes?
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Seguridad en el transporte
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¿Se sancionará a la compañía del globo aerostático?
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¿Se controlará el transporte terrestre interprovincial?
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Política petrolera
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¿Debería PetroPerú comprar La Pampilla?
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¿Cuánto costaría habilitar otra refinería petrolera en el país y qué ganaríamos con ello?
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Política económica (desde la derecha)
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¡El estado no debe ser empresario!
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¿No tendríamos que estar reformando al estado para que funcione bien antes de afirmar nada?
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Política económica (desde la izquierda)
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¡El estado debe ser empresario!
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¿No tendríamos que estar reformando al estado para que funcione bien antes de afirmar nada?
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Política en general
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¿Qué ha dicho Nadine?
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¿Por qué diablos alguien sin cargo ni responsabilidad habla como si
tuviera cargo y responsabilidad?
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Política de defensa
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¿Por qué hay un regreso caleta del servicio militar obligatorio?
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¿Cuál es la política de defensa del Perú, y cómo se justifica que
necesitemos tantos reclutas al año?
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Cultura y espectáculos
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¿Ya probó el pisco sour?
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¿Qué se siente ser un has-been
que vive de dar conciertos en países que nunca pudieron pagarle para venir
cuando realmente era una estrella?
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Política comercial
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¿Cuánto pisco vendemos?
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¿El gobierno piensa explicar por qué firmará el TPP?
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Elecciones 2016
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¿Nadine postula?
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¿Algún candidato plantea algo nuevo?
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Casi un blog mk.II
Soy Eduardo Villanueva Mansilla, y este blog contiene temas de interés profesional y personal, y lo uso para hablar sobre tecnología de la información, medios masivos y nuevos medios de comunicación, cultura y sociedad, y otras cosas que se me pasan por la cabeza.
jueves, 2 de mayo de 2013
Periodismo ciudadano, o algo así
Personalmente estoy algo cansado de la calidad de las discusiones públicas en el Perú, y particularmente de la mediocridad de la cobertura periodística. Por ello, he optado por hacer mi propio traductor. Asumo que la mayoría de reporteros quisiera preguntar algo relevante pero no puede porque los dueños del medio, o los editores que canalizan a los dueños del medio, no los dejan. Así que en homenaje a todos los reporteros serios que no pueden serlo, les pongo la versión 1.0 del traductor universal de medios peruanos. Lo que preguntan, versus lo que quisieran preguntar...
lunes, 29 de abril de 2013
Mala leche o, mejor ir a la fuente
¿O sea que Harvard "elimina-la-leche-y-demas-lacteos-de-guia-de-alimentacion-saludable"? Sí claro.
Como dice La Mula o Terra, "La Escuela de Harvard de Salud Pública eliminó la leche de su guía de alimentación saludable, llamada Healthy Eating Plate, sustituyéndola por agua, preferentemente."
¿Pero qué dice Harvard?
Lo que dice en dos sitios distintos la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard es que no se sabe cuánto calcio se necesita, ni si tomar leche sea la mejor fuente, y que "Because of unresolved concerns about the risk of ovarian and prostate cancer, it may be prudent to avoid higher intakes of dairy products."
En un sitio aparte, Healthy Eating Place, recomiendan tomar agua con las comidas en vez de leche, como medida general, dado que esto es un hábito común en los EEUU.
En resumen: la leche y los productos lácteos no deben ser consumidos de manera excesiva porque no son necesariamente la mejor fuente de calcio y encima, pueden traer muchos problemas. Ergo, mejor bajarla con la leche. Pero esto se refiere a adultos, y asume un consumo significativo de lacteos aparte de la leche.
Los resúmenes locales, en cambio, sobre simplifican. Para variar.
¿Recomendación? Esos artículos traducidos suelen ser malas copias o citas mal hechas. Si se dice algo sobre alguien, vayan a la fuente, no le hagan caso a Terra, o La Mula. Lamentablemente, apenas glosan lo que encuentran en vez de revisarlo y entenderlo.
Como dice La Mula o Terra, "La Escuela de Harvard de Salud Pública eliminó la leche de su guía de alimentación saludable, llamada Healthy Eating Plate, sustituyéndola por agua, preferentemente."
¿Pero qué dice Harvard?
Calcium is important. But milk isn’t the only, or even best, source.
O sea... la discusión es sobre el calcio, por lo que es algo difícil que el agua reemplace a la leche en esta conversación.Lo que dice en dos sitios distintos la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard es que no se sabe cuánto calcio se necesita, ni si tomar leche sea la mejor fuente, y que "Because of unresolved concerns about the risk of ovarian and prostate cancer, it may be prudent to avoid higher intakes of dairy products."
En un sitio aparte, Healthy Eating Place, recomiendan tomar agua con las comidas en vez de leche, como medida general, dado que esto es un hábito común en los EEUU.
En resumen: la leche y los productos lácteos no deben ser consumidos de manera excesiva porque no son necesariamente la mejor fuente de calcio y encima, pueden traer muchos problemas. Ergo, mejor bajarla con la leche. Pero esto se refiere a adultos, y asume un consumo significativo de lacteos aparte de la leche.
Los resúmenes locales, en cambio, sobre simplifican. Para variar.
¿Recomendación? Esos artículos traducidos suelen ser malas copias o citas mal hechas. Si se dice algo sobre alguien, vayan a la fuente, no le hagan caso a Terra, o La Mula. Lamentablemente, apenas glosan lo que encuentran en vez de revisarlo y entenderlo.
viernes, 26 de abril de 2013
Breve apostilla a las apostillas sobre Asu Mare
Mi posición frente a la película es simple: mi opinión difiere de mi juicio profesional que a su vez apunta en la dirección del debate más que al fenómeno social.
¿Mi opinión? No me interesa la película. Cuestión de gustos. No tengo opinión sobre aquellos a los que les gusta o no. Eso es cuestión personal y la verdad me parece irrelevante debatir por qué tendría o no que gustarte o disgustarte una película.
¿Mi juicio profesional? Como no la he visto, ni la veré, es de oídas, pero es más o menos claro: es una película comercial, que explota la popularidad de un personaje conocido, y que ha sido hecha para satisfacer a los consumidores que quieren satisfacer las expectativas puestas en el personaje. Entretenimiento pop, de factura débil. Miles de películas han sido hechas y serán hechas bajo esas premisas y algunas serán exitosas y otras, no. Y el éxito a veces será reflejo de claridad de propósito y buen trabajo, más allá que nos guste o no el producto final. Sin duda, y aquí viene la parte más profesional: los tropos que sostienen el éxito de la película son significativos en el contexto actual, pues van desde la vieja idea crítica del Perú hasta nociones más contemporáneas sobre el éxito de los emprendedores que bueno, no tienen tanto que ser verdad para ser reconocibles y populares. Por ahí va la cosa más interesante y que merecería análisis cuidadosos.
Asu Mare no pasará al panteón de la comedia, eso está claro. Pero es un gran éxito, eso también está claro.
Sin embargo, el debate es sugerente: no se trata realmente de si es buena o mala, si no de si está bien o mal dejarse llevar por la masa y consumirla. Es decir: la discusión sobre la calidad de la película no existe, lo que hay es una densa y desproporcionada discusión sobre las razones para apoyarla o despreciarla, las que de alguna manera reflejan dos posturas frente al Perú de hoy: el marquismo y el horribilismo.
El marquismo es lo que convierte a Marca Perú en un éxito local: el Perú es lindo, tenemos cosas maravillosas y por eso los extranjeros vienen, porque nos quieren. Estoy exagerando, pero esta versión exagerada recoge una mezcla algo mal procesada de provincialismo (no conocer lo suficiente el mundo como para creer lo que nos decimos entre nosotros sobre nuestra propia importancia) con sentimentalismo melodramático (¡quiero que me quieran! ¡queramosnos todos!). Asu Mare es buena porque es peruana y le gusta a los peruanos y si no te gusta o no entiendes el Perú o eres antiperuano.
El horribilismo es lo que desprecia todo lo que encarna el éxito de los últimos 20 años. Todo es malo pero no solo porque sea feo o chusco, sino porque es inauténtico. Se basa en la ignorancia, en el consumo barato y en el abandono de lo que define a la peruanidad, que es casi sinónimo con el pueblo (aunque no sea tan fácil definir qué es el pueblo). El éxito es casi malo salvo cuando es en mis términos, y la relación con empresas lo peor. Añadase una cuota de indignación casi torquemadiana. El resultado es una crítica que más allá de lo que dice tiene la tarea de condenar, de fulminar y de separar lo bueno de lo malo. Los que deberían entender y no entienden merecen el ostracismo cultural, el hoi polloi habrá de ser educado pero por ahora merece ser ignorado.
Estas dos posiciones han aflorado de tal manera en el debate sobre Asu Mare que resulta casi imposible pensar en la película por ella misma, sino como reflejo de posturas más severas y grandes. Asu Mare encarna el debate sobre lo que debería ser el Perú, pero de la forma más maniquea posible. Un debate que no esclarece nada ni sirve para entendernos mejor, sino para aumentar el ruido desde cada una de las posturas trivializadoras sobre el país.
Igual: no voy a ver Asu Mare, pero me gustaría que alguien que sí quiera verla tratara de explicar mejor como se conecta con el Perú de 2013, y no solo con los debates y posiciones caricaturescos que abundan en nuestra esfera pública.
¿Mi opinión? No me interesa la película. Cuestión de gustos. No tengo opinión sobre aquellos a los que les gusta o no. Eso es cuestión personal y la verdad me parece irrelevante debatir por qué tendría o no que gustarte o disgustarte una película.
¿Mi juicio profesional? Como no la he visto, ni la veré, es de oídas, pero es más o menos claro: es una película comercial, que explota la popularidad de un personaje conocido, y que ha sido hecha para satisfacer a los consumidores que quieren satisfacer las expectativas puestas en el personaje. Entretenimiento pop, de factura débil. Miles de películas han sido hechas y serán hechas bajo esas premisas y algunas serán exitosas y otras, no. Y el éxito a veces será reflejo de claridad de propósito y buen trabajo, más allá que nos guste o no el producto final. Sin duda, y aquí viene la parte más profesional: los tropos que sostienen el éxito de la película son significativos en el contexto actual, pues van desde la vieja idea crítica del Perú hasta nociones más contemporáneas sobre el éxito de los emprendedores que bueno, no tienen tanto que ser verdad para ser reconocibles y populares. Por ahí va la cosa más interesante y que merecería análisis cuidadosos.
Asu Mare no pasará al panteón de la comedia, eso está claro. Pero es un gran éxito, eso también está claro.
Sin embargo, el debate es sugerente: no se trata realmente de si es buena o mala, si no de si está bien o mal dejarse llevar por la masa y consumirla. Es decir: la discusión sobre la calidad de la película no existe, lo que hay es una densa y desproporcionada discusión sobre las razones para apoyarla o despreciarla, las que de alguna manera reflejan dos posturas frente al Perú de hoy: el marquismo y el horribilismo.
El marquismo es lo que convierte a Marca Perú en un éxito local: el Perú es lindo, tenemos cosas maravillosas y por eso los extranjeros vienen, porque nos quieren. Estoy exagerando, pero esta versión exagerada recoge una mezcla algo mal procesada de provincialismo (no conocer lo suficiente el mundo como para creer lo que nos decimos entre nosotros sobre nuestra propia importancia) con sentimentalismo melodramático (¡quiero que me quieran! ¡queramosnos todos!). Asu Mare es buena porque es peruana y le gusta a los peruanos y si no te gusta o no entiendes el Perú o eres antiperuano.
El horribilismo es lo que desprecia todo lo que encarna el éxito de los últimos 20 años. Todo es malo pero no solo porque sea feo o chusco, sino porque es inauténtico. Se basa en la ignorancia, en el consumo barato y en el abandono de lo que define a la peruanidad, que es casi sinónimo con el pueblo (aunque no sea tan fácil definir qué es el pueblo). El éxito es casi malo salvo cuando es en mis términos, y la relación con empresas lo peor. Añadase una cuota de indignación casi torquemadiana. El resultado es una crítica que más allá de lo que dice tiene la tarea de condenar, de fulminar y de separar lo bueno de lo malo. Los que deberían entender y no entienden merecen el ostracismo cultural, el hoi polloi habrá de ser educado pero por ahora merece ser ignorado.
Estas dos posiciones han aflorado de tal manera en el debate sobre Asu Mare que resulta casi imposible pensar en la película por ella misma, sino como reflejo de posturas más severas y grandes. Asu Mare encarna el debate sobre lo que debería ser el Perú, pero de la forma más maniquea posible. Un debate que no esclarece nada ni sirve para entendernos mejor, sino para aumentar el ruido desde cada una de las posturas trivializadoras sobre el país.
Igual: no voy a ver Asu Mare, pero me gustaría que alguien que sí quiera verla tratara de explicar mejor como se conecta con el Perú de 2013, y no solo con los debates y posiciones caricaturescos que abundan en nuestra esfera pública.
martes, 23 de abril de 2013
En el día del libro, pensando más allá del libro
En 1485 el dueño de la primera imprenta de Inglaterra, William Caxton, publica una recopilación de historias artúricas hecha por Thomas Malory, bajo el arbitrario título Le Morte d’Arthur. El texto no estaba en francés ni trataba solo de la muerte de Arturo, sino que recogía la totalidad de la materia de Bretaña, la summa de la temática de la Mesa Redonda, la parte celta con la cristiana más historias complementarias como Tristán e Isolda; algo aportó Malory, que decidió añadir detalles y colorear personajes. Le Morte d’Arthur de Caxton fue considerada la versión “oficial” de la creación de Malory hasta que se descubrió en Winchester un manuscrito que mostraba una organización distinta y un título diferente, entre otros cambios. El libro original terminaba siendo una versión posible de una historia que a su vez era el re-contar de muchas otras historias, y que a su vez permitió muchas otras historias, como las de Mark Twain, John Steinbeck, Bernard Cornwell y Monty Python.
Ciertamente, Malory, quien murió aproximadamente 14 años antes de la publicación de Caxton y que no se benefició en nada por su labor, escribió su texto en el tiempo primordial del libro como lo entendemos hoy; sería impensable un proceso tan caótico, en manos del impresor, en la actualidad. Asumimos que el libro, como objeto, es lo mismo que el libro como narrativa, como expresión de ideas articuladas por autores con un propósito concreto. Esas nociones de coincidencia entre el objeto y el contenido son contemporáneas, y nos llevan a pensar en el libro como un producto concreto y determinado.
En realidad, esta noción no solo es reciente, sino discutible. Toda tecnología, y el libro contemporáneo es el resultado de una tecnología concreta, es más que solo los dispositivos que usamos, sino la manera cómo los creamos y los usamos y lo que se llama los arreglos institucionales, la manera como creamos mecanismos de producción y consumo de los productos de dicha tecnología.
Para Caxton, recogiendo el trabajo de Malory cuando el libro era algo nuevo y difuso, el producto final fue el resultado de ciertas limitaciones y posibilidades que esa tecnología emergente, la imprenta, le daba: un formato, una longitud, un estilo de poner el lenguaje escrito que todavía estaba construyéndose. De la misma manera, cuando pensamos en un libro ahora pensamos en formatos, longitudes, posibilidades de alcanzar ciertas audiencias, y sobre todo maneras concretas de contar historias, de crear narrativas. El objeto resultante resulta de esas limitaciones, que son las reglas de juego que la creatividad debe aceptar, poniéndose al servicio de esas posibilidades.
Si Le Morte d’Arthur es el resultado de las posibilidades que la época le ofreció a sus creadores, ¿cuáles son las posibilidades y limitaciones que nuestra era ofrece a potenciales autores? Acostumbrados a pensar al libro como unidad de forma y fondo, no podemos negar que el surgimiento de medios digitales tan variados como el pdf, las tabletas multimedia o la simple pero poderosa Web ofrece oportunidades radicalmente distintas, tanto en modelos comerciales como estructuras narrativas: podemos cambiar la manera de contar historias, de distribuirlas, incluso de ganar dinero con ellas, como fue con el cine, la radio y la televisión,
Aislados unos de otros, los medios de comunicación masiva competían mínimamente y a veces se complementaban con el libro tradicional. Ahora resulta que podríamos imaginar un mundo mucho más rico, mucho más complejo y finalmente mucho menos fácil de aprehender, en el que las formas pueden ser múltiples, superpuestas y fluidas, por lo que no podemos facilmente optar por una forma frente a otra.
Esto no quiere decir que el libro como unidad de fondo y forma tiene que desaparecer, pero tampoco que es lo único que puede existir para cierto tipo de narrativas, porque las ideas e historias que solo entraban en un libro ahora tienen más espacios para explorar. Podemos aventurarnos con formatos distintos porque las posibilidades tecnológicas existen; al mismo tiempo, la diversidad, la dispersión de opciones, pueden ser entendidas como oportunidades para la confusión. Podemos hacer muchos intentos y equivocarnos ampliamente; podemos quedarnos en la forma tradicional y optar por seguir contando las historias como siempre. Algo nuevo, inevitablemente, aparecerá en el futuro mediato, alguna nueva y maravillosa forma de contar.
En el proceso, no solo se transforma la agencia individual: los lectores, o autores, se ven ante dilemas complejos sobre cómo crear o leer, qué narrativas acoger y qué objetos preferir; pero las instituciones tienen que enfrentarse a decisiones complejas, para no invertir en callejones sin salida, pero reconociendo que la fidelidad al objeto no puede ser el principio orientador. Un libro es algo potencialmente maravilloso pero que finalmente es apenas un objeto. Conservarlo es un placer individual, pero no necesariamente una buena inversión institucional.
Poseer una versión original de la Morte d’Arthur puede ser una fuente extraordinaria de placeres para el aficionado a los libros; lástima que el único ejemplar completo que sobrevive sea tan singular que nadie pueda verlo (aunque está alojado en una biblioteca con el nombre casi perfecto para él); si queremos adentrarnos en el mundo extraordinario de la materia de Bretaña, a través de Malory, existen opciones variadas, flexibles y mucho menos frágiles. La obra, ese intangible plasmado en el papel encuadernado en 1485, ha tomado muchas nuevas formas; podemos pensar en aquellos que seguirán el ejemplo del “caballero prisionero” que escribía en sus ratos libres mientras pagaba sus crímenes, explorando nuevas formas expresivas que vayan más allá del libro, como objeto y como oportunidad narrativa.
Por todo eso, el libro debe ser celebrado como algo vivo, cambiante y sobre todo, que encarna algo más que hermosas páginas cuidadosamente conservadas en un estante. La riqueza expresiva de los nuevos medios abre oportunidades impensadas para aquellos que se atrevan a explorar su propia creatividad. El bibliófilo podrá subsistir, pero la creatividad no se quedará atrapada en la tradición, tal como Malory y Caxton optaron por explorar más allá de aquello que era tradicional en el siglo XV. De eso se trata la creatividad, y de eso se trata, desde siempre, el libro: la mejor manera de compartir nuestra imaginación más allá de cada uno.
Publicado originalmente en Punto Edu con otro título, aquí va con ligeros cambios.
Ciertamente, Malory, quien murió aproximadamente 14 años antes de la publicación de Caxton y que no se benefició en nada por su labor, escribió su texto en el tiempo primordial del libro como lo entendemos hoy; sería impensable un proceso tan caótico, en manos del impresor, en la actualidad. Asumimos que el libro, como objeto, es lo mismo que el libro como narrativa, como expresión de ideas articuladas por autores con un propósito concreto. Esas nociones de coincidencia entre el objeto y el contenido son contemporáneas, y nos llevan a pensar en el libro como un producto concreto y determinado.
En realidad, esta noción no solo es reciente, sino discutible. Toda tecnología, y el libro contemporáneo es el resultado de una tecnología concreta, es más que solo los dispositivos que usamos, sino la manera cómo los creamos y los usamos y lo que se llama los arreglos institucionales, la manera como creamos mecanismos de producción y consumo de los productos de dicha tecnología.
Para Caxton, recogiendo el trabajo de Malory cuando el libro era algo nuevo y difuso, el producto final fue el resultado de ciertas limitaciones y posibilidades que esa tecnología emergente, la imprenta, le daba: un formato, una longitud, un estilo de poner el lenguaje escrito que todavía estaba construyéndose. De la misma manera, cuando pensamos en un libro ahora pensamos en formatos, longitudes, posibilidades de alcanzar ciertas audiencias, y sobre todo maneras concretas de contar historias, de crear narrativas. El objeto resultante resulta de esas limitaciones, que son las reglas de juego que la creatividad debe aceptar, poniéndose al servicio de esas posibilidades.
Si Le Morte d’Arthur es el resultado de las posibilidades que la época le ofreció a sus creadores, ¿cuáles son las posibilidades y limitaciones que nuestra era ofrece a potenciales autores? Acostumbrados a pensar al libro como unidad de forma y fondo, no podemos negar que el surgimiento de medios digitales tan variados como el pdf, las tabletas multimedia o la simple pero poderosa Web ofrece oportunidades radicalmente distintas, tanto en modelos comerciales como estructuras narrativas: podemos cambiar la manera de contar historias, de distribuirlas, incluso de ganar dinero con ellas, como fue con el cine, la radio y la televisión,
Aislados unos de otros, los medios de comunicación masiva competían mínimamente y a veces se complementaban con el libro tradicional. Ahora resulta que podríamos imaginar un mundo mucho más rico, mucho más complejo y finalmente mucho menos fácil de aprehender, en el que las formas pueden ser múltiples, superpuestas y fluidas, por lo que no podemos facilmente optar por una forma frente a otra.
Esto no quiere decir que el libro como unidad de fondo y forma tiene que desaparecer, pero tampoco que es lo único que puede existir para cierto tipo de narrativas, porque las ideas e historias que solo entraban en un libro ahora tienen más espacios para explorar. Podemos aventurarnos con formatos distintos porque las posibilidades tecnológicas existen; al mismo tiempo, la diversidad, la dispersión de opciones, pueden ser entendidas como oportunidades para la confusión. Podemos hacer muchos intentos y equivocarnos ampliamente; podemos quedarnos en la forma tradicional y optar por seguir contando las historias como siempre. Algo nuevo, inevitablemente, aparecerá en el futuro mediato, alguna nueva y maravillosa forma de contar.
En el proceso, no solo se transforma la agencia individual: los lectores, o autores, se ven ante dilemas complejos sobre cómo crear o leer, qué narrativas acoger y qué objetos preferir; pero las instituciones tienen que enfrentarse a decisiones complejas, para no invertir en callejones sin salida, pero reconociendo que la fidelidad al objeto no puede ser el principio orientador. Un libro es algo potencialmente maravilloso pero que finalmente es apenas un objeto. Conservarlo es un placer individual, pero no necesariamente una buena inversión institucional.
Poseer una versión original de la Morte d’Arthur puede ser una fuente extraordinaria de placeres para el aficionado a los libros; lástima que el único ejemplar completo que sobrevive sea tan singular que nadie pueda verlo (aunque está alojado en una biblioteca con el nombre casi perfecto para él); si queremos adentrarnos en el mundo extraordinario de la materia de Bretaña, a través de Malory, existen opciones variadas, flexibles y mucho menos frágiles. La obra, ese intangible plasmado en el papel encuadernado en 1485, ha tomado muchas nuevas formas; podemos pensar en aquellos que seguirán el ejemplo del “caballero prisionero” que escribía en sus ratos libres mientras pagaba sus crímenes, explorando nuevas formas expresivas que vayan más allá del libro, como objeto y como oportunidad narrativa.
Por todo eso, el libro debe ser celebrado como algo vivo, cambiante y sobre todo, que encarna algo más que hermosas páginas cuidadosamente conservadas en un estante. La riqueza expresiva de los nuevos medios abre oportunidades impensadas para aquellos que se atrevan a explorar su propia creatividad. El bibliófilo podrá subsistir, pero la creatividad no se quedará atrapada en la tradición, tal como Malory y Caxton optaron por explorar más allá de aquello que era tradicional en el siglo XV. De eso se trata la creatividad, y de eso se trata, desde siempre, el libro: la mejor manera de compartir nuestra imaginación más allá de cada uno.
Publicado originalmente en Punto Edu con otro título, aquí va con ligeros cambios.
domingo, 14 de abril de 2013
El futuro de las universidades peruanas
Como siempre, se está discutiendo una ley universitaria. Quizá la diferencia es que el presidente de la comisión respectiva, Daniel Mora, está interesado en que un proyecto llegue al pleno del congreso antes que termine su período, es decir en la legislatura actual. Poco tiempo quizá para un tema sobre el cual hay opiniones tan dispersas, cortesía de modelos de universidades tan distintos y sobre todo, tan autónomos, en el sentido más inadecuado de la idea de autonomía.
Basta ver el comunicado de la FEP publicado hoy en La República. Parecería que no ha pasado el tiempo y que podemos seguir planteándonos demandas de hace cinco décadas, con un barniz de modernidad. Pedir porcentajes fijos para la educación o la investigación, sin poner metas y logros para ese gasto; exigir la autonomía entendida como extraterritorialidad, y centrada en la imposibilidad de ingreso del Estado, tras la experiencia de captura que Sendero Luminoso logró incluso en San Marcos; el voto universal para la elección de autoridades, que es absurdo en una institución organizada bajo principios de claustros estamentales; es decir, los golden oldies de la política radical de izquierda frente a la universidad.
Lo que no está, y no está en las demandas de las universidades privadas o estatales tampoco, es mecanismos para la acreditación y certificación competitiva de las universidades, de manera que sepamos en qué estado se haya cada una, cómo funciona, qué personal tiene y cómo gasta su dinero. Control social del gasto, en donde no solo un grupo reducido y poco conectado con la realidad, como son los profesores universitarios, decida qué hacer con el dinero de todos, sino que se exija que haya mejoría o que la mala calidad sea constatable.
Esto es aplicable para todos, no solo para los públicos: la separación entre privadas y públicas es falaz en la universidad, porque debería haber competitividad por fondos públicos para investigación a todo nivel; la gratuidad de la enseñanza no se conecta con la calidad del staff de investigación, y una universidad debería poder competir con cualquier otra por dinero de todos los peruanos, si es que este dinero va a beneficiar a todos los peruanos. A su vez, debería haber certificación constante de los gastos en las universidades que no reportan ganancias ni tienen accionistas, para demostrar que lo son. En los casos de las universidades comerciales, los estándares de control de calidad deberían ser aún más estrictos, puesto que están haciendo dinero con una función de interés público (que se manifiesta en la titulación a nombre de la nación).
El fetiche de la gratuidad absoluta es otra cosa que debería discutirse en serio: muchas universidades públicas han creado cobros escondidos que finalmente demuestran que es necesario cobrar para funcionar bien; esto no quiere decir que haya que privatizar las universidades públicas, o que haya que abandonar el principio de la universidad pública, pero sí que hay que considerar que una universidad gratuita para todos es una forma bastante agresiva de beneficiar a algunos a costa del perjuicio de todos los peruanos, a los que la universidad les cuesta más de lo que les rinde. Una discusión en serio sobre el tema serviría para ver qué se busca realmente con posiciones extremistas: la gratuidad total de un lado, la privatización absoluta del otro.
En otras palabras: la universidad peruana necesita ser reintegrada, a un modelo coherente en lo académico, certificable y medible más allá de su modelo económico; necesita sincerarse y dejar de creer que autonomía significa independencia o irresponsabilidad financiera; necesita tener mecanismos transparentes de financiamiento que asocien plata con resultados; y necesita sobre todo ser más compacta, y demostrar su viabilidad en vez de seguir creciendo. El boom de creación de sucursales y pequeñas universidades en ciudades de provincia sin un plan ni un orden es una demostración salvaje de irresponsabilidad, y si eso no se enfrenta, es perder el tiempo preocuparse por otras cosas.
La universidad, como casi todo en el Perú, necesita modernizarse y sincerarse: ¿quiere ser refugio de prebendas, o espacio competitivo de creación de conocimiento relevante? Ese el debate que deberíamos estar teniendo.
Basta ver el comunicado de la FEP publicado hoy en La República. Parecería que no ha pasado el tiempo y que podemos seguir planteándonos demandas de hace cinco décadas, con un barniz de modernidad. Pedir porcentajes fijos para la educación o la investigación, sin poner metas y logros para ese gasto; exigir la autonomía entendida como extraterritorialidad, y centrada en la imposibilidad de ingreso del Estado, tras la experiencia de captura que Sendero Luminoso logró incluso en San Marcos; el voto universal para la elección de autoridades, que es absurdo en una institución organizada bajo principios de claustros estamentales; es decir, los golden oldies de la política radical de izquierda frente a la universidad.
Lo que no está, y no está en las demandas de las universidades privadas o estatales tampoco, es mecanismos para la acreditación y certificación competitiva de las universidades, de manera que sepamos en qué estado se haya cada una, cómo funciona, qué personal tiene y cómo gasta su dinero. Control social del gasto, en donde no solo un grupo reducido y poco conectado con la realidad, como son los profesores universitarios, decida qué hacer con el dinero de todos, sino que se exija que haya mejoría o que la mala calidad sea constatable.
Esto es aplicable para todos, no solo para los públicos: la separación entre privadas y públicas es falaz en la universidad, porque debería haber competitividad por fondos públicos para investigación a todo nivel; la gratuidad de la enseñanza no se conecta con la calidad del staff de investigación, y una universidad debería poder competir con cualquier otra por dinero de todos los peruanos, si es que este dinero va a beneficiar a todos los peruanos. A su vez, debería haber certificación constante de los gastos en las universidades que no reportan ganancias ni tienen accionistas, para demostrar que lo son. En los casos de las universidades comerciales, los estándares de control de calidad deberían ser aún más estrictos, puesto que están haciendo dinero con una función de interés público (que se manifiesta en la titulación a nombre de la nación).
El fetiche de la gratuidad absoluta es otra cosa que debería discutirse en serio: muchas universidades públicas han creado cobros escondidos que finalmente demuestran que es necesario cobrar para funcionar bien; esto no quiere decir que haya que privatizar las universidades públicas, o que haya que abandonar el principio de la universidad pública, pero sí que hay que considerar que una universidad gratuita para todos es una forma bastante agresiva de beneficiar a algunos a costa del perjuicio de todos los peruanos, a los que la universidad les cuesta más de lo que les rinde. Una discusión en serio sobre el tema serviría para ver qué se busca realmente con posiciones extremistas: la gratuidad total de un lado, la privatización absoluta del otro.
En otras palabras: la universidad peruana necesita ser reintegrada, a un modelo coherente en lo académico, certificable y medible más allá de su modelo económico; necesita sincerarse y dejar de creer que autonomía significa independencia o irresponsabilidad financiera; necesita tener mecanismos transparentes de financiamiento que asocien plata con resultados; y necesita sobre todo ser más compacta, y demostrar su viabilidad en vez de seguir creciendo. El boom de creación de sucursales y pequeñas universidades en ciudades de provincia sin un plan ni un orden es una demostración salvaje de irresponsabilidad, y si eso no se enfrenta, es perder el tiempo preocuparse por otras cosas.
La universidad, como casi todo en el Perú, necesita modernizarse y sincerarse: ¿quiere ser refugio de prebendas, o espacio competitivo de creación de conocimiento relevante? Ese el debate que deberíamos estar teniendo.
lunes, 25 de marzo de 2013
Más allá del servicio militar: ¿para qué tenemos Fuerzas Armadas?
La decisión de implementar un sistema de sorteo entre jóvenes peruanos, para cubrir las carencias del servicio militar voluntario, es noticia en estos días. Las Fuerzas Armadas, se nos dice, necesitan 60.000 reclutas al año, y no se llega sino a la mitad. Por ello, y haciendo uso de la ley, se hará un sorteo para cubrir las plazas faltantes, con exclusiones precisas.
Podríamos discutir si es justo, o relevante, hacerlo. Como lo dice el general retirado Roberto Chiabra, "solo a los que no tienen dinero se les está pidiendo civismo y patriotismo." Pero esto es una parte de la crítica, y deja de lado lo más importante, que es, ¿para qué necesitamos 60.000 reclutas al año?
En el fondo, la pregunta es por la política de defensa nacional. Las Fuerzas Armadas, se supone, implementan una política y reciben tareas a partir de las decisiones del poder ejecutivo. Por ejemplo, la presencia en las zonas de emergencia es una decisión política, que podría cuestionarse bajo la premisa que es en realidad labor policial. Pero asumamos por un momento que no es posible encargarle a la PNP esa labor. Tendríamos entonces que las Fuerzas Armadas son necesarias para enfrentar ciertos tipos de delincuencia con carácter insurgente, aunque no sean políticas; para la defensa de la integridad territorial, esto pendiente de definición; para las emergencias nacionales; y eventualmente como instrumento de política exterior, por ejemplo como participación en una fuerza de paz, al estilo de Haití.
Esta es una política implícita, no explícita. No ha sido articulada ni defendida por el ministro de Defensa, y ciertamente no ha sido usada como argumento para solicitar que los estimados 30.000 jóvenes peruanos le dediquen un año de su vida, a cambio de una paga miserable, a trabajar para las Fuerzas Armadas. Pero debería exigirse que se explique y se explicite esta política. ¿Por qué? Porque así es como se debe hacer política, no por apelaciones discutibles al patriotismo o al deber cívico, ni mucho menos como una suerte de política de reinserción social para jóvenes en problemas, lo que sería un necedad espectacular.
En otras palabras: el Estado Peruano y la clase política deberían, de la misma forma que justifican cada ley, justificar para qué necesitamos 60.000 soldados al año. Y en el proceso, deberían explicar por qué la defensa nacional requiere tres armas en vez de un solo comando unificado; tres cuarteles generales, más instalaciones varias que terminan siendo usadas para ferias de artes, conciertos varios o piques de autos, en vez de fines militares; y en general, lo que parece ser una enorme cantidad de instalaciones, recursos, personas y servicios que no parecen cumplir una función orientada a la defensa, sino simplemente mantener el status-quo socio económico de los miembros de las Fuerzas Armadas.
Porque creo que si un muchacho de 18 años tiene que pasarse un año de militar, debe ser para algo mejor que hacer turnos nocturnos de vigilante de un cuartel que no se usa. No quiero pensar que se trata de hacer de mayordomo o mandadero de un oficial superior, como era antes.
Pedir que los peruanos, que viven un momento de expansión económica que permite pensar en opciones distintas a las tradicionales, opten por pasar un año en un trabajo sin futuro, a cambio de un ingreso que no es ni la mitad del salario básico mensual, es irracional. Apelar al patriotismo es un juego de doble moral, porque está visto por la norma planteada que se busca que solo algunos peruanos tengan que ser patriotas de esa manera. La única justificación es operacional: es necesario para el país. La demanda lógica es que se explique bien tanto lo que se espera lograr con este sacrificio, como los ajustes que las mismas Fuerzas Armadas están haciendo para reducir dicha demanda y seguir cumpliendo con su deber constitucional. Es responsabilidad de todos, pero sobre todo de los políticos, demandar que los sacrificios sean bien repartidos.
Podríamos discutir si es justo, o relevante, hacerlo. Como lo dice el general retirado Roberto Chiabra, "solo a los que no tienen dinero se les está pidiendo civismo y patriotismo." Pero esto es una parte de la crítica, y deja de lado lo más importante, que es, ¿para qué necesitamos 60.000 reclutas al año?
En el fondo, la pregunta es por la política de defensa nacional. Las Fuerzas Armadas, se supone, implementan una política y reciben tareas a partir de las decisiones del poder ejecutivo. Por ejemplo, la presencia en las zonas de emergencia es una decisión política, que podría cuestionarse bajo la premisa que es en realidad labor policial. Pero asumamos por un momento que no es posible encargarle a la PNP esa labor. Tendríamos entonces que las Fuerzas Armadas son necesarias para enfrentar ciertos tipos de delincuencia con carácter insurgente, aunque no sean políticas; para la defensa de la integridad territorial, esto pendiente de definición; para las emergencias nacionales; y eventualmente como instrumento de política exterior, por ejemplo como participación en una fuerza de paz, al estilo de Haití.
Esta es una política implícita, no explícita. No ha sido articulada ni defendida por el ministro de Defensa, y ciertamente no ha sido usada como argumento para solicitar que los estimados 30.000 jóvenes peruanos le dediquen un año de su vida, a cambio de una paga miserable, a trabajar para las Fuerzas Armadas. Pero debería exigirse que se explique y se explicite esta política. ¿Por qué? Porque así es como se debe hacer política, no por apelaciones discutibles al patriotismo o al deber cívico, ni mucho menos como una suerte de política de reinserción social para jóvenes en problemas, lo que sería un necedad espectacular.
En otras palabras: el Estado Peruano y la clase política deberían, de la misma forma que justifican cada ley, justificar para qué necesitamos 60.000 soldados al año. Y en el proceso, deberían explicar por qué la defensa nacional requiere tres armas en vez de un solo comando unificado; tres cuarteles generales, más instalaciones varias que terminan siendo usadas para ferias de artes, conciertos varios o piques de autos, en vez de fines militares; y en general, lo que parece ser una enorme cantidad de instalaciones, recursos, personas y servicios que no parecen cumplir una función orientada a la defensa, sino simplemente mantener el status-quo socio económico de los miembros de las Fuerzas Armadas.
Porque creo que si un muchacho de 18 años tiene que pasarse un año de militar, debe ser para algo mejor que hacer turnos nocturnos de vigilante de un cuartel que no se usa. No quiero pensar que se trata de hacer de mayordomo o mandadero de un oficial superior, como era antes.
Pedir que los peruanos, que viven un momento de expansión económica que permite pensar en opciones distintas a las tradicionales, opten por pasar un año en un trabajo sin futuro, a cambio de un ingreso que no es ni la mitad del salario básico mensual, es irracional. Apelar al patriotismo es un juego de doble moral, porque está visto por la norma planteada que se busca que solo algunos peruanos tengan que ser patriotas de esa manera. La única justificación es operacional: es necesario para el país. La demanda lógica es que se explique bien tanto lo que se espera lograr con este sacrificio, como los ajustes que las mismas Fuerzas Armadas están haciendo para reducir dicha demanda y seguir cumpliendo con su deber constitucional. Es responsabilidad de todos, pero sobre todo de los políticos, demandar que los sacrificios sean bien repartidos.
jueves, 7 de marzo de 2013
"Truthiness" y la izquierda luego de Chávez
En octubre de 2005, Stephen Colbert propuso una nueva palabra: truthiness. No es la verdad en el sentido empírico / analítico / real, sino la "verdad" que se siente, que se considera correcta y por lo tanto deseable, y que se impone como interpretación de la realidad.
Digamos que es una versión suave del newspeak de Orwell, que se plantea la noción muy contemporánea que el lenguaje define la realidad y que por lo tanto solo se trata de nombrar las cosas de una manera para que lo sean. La ventaja es que truthiness es más ligera que la sombría neolengua.
En política siempre hay algo de truthiness: el tratar de persuadir a la población de votar por un candidato o de apoyar ciertas acciones requiere convencer que lo que se busca es deseable y conveniente, y por ello puede ser necesario obviar la realidad y proponernos una idealización de lo que buscamos. No solo en política, sin duda: cuando aceptamos la sonsera de las "nuevas maravillas del mundo" estamos básicamente consagrando nuestra identidad colectiva a la búsqueda de la truthiness, encarnada en una declaración vacía sobre Macchu Picchu que parece justificar nuestro orgullo mejor que la verdad arqueológico, geográfica, histórica y cultural.
Algo de truthiness es indispensable, pero basarse solo en ella, pues es un desastre. Hugo Chávez era un maestro de la truthiness, un especialista en crear verdades que no solo no tenían sustento sino que ni siquiera tenían relación con la realidad, y lo hacía a partir de una habilidad retórica espectacular, tocando todas las teclas del discurso de la izquierda latinoamericana y mundial.
Venezuela es un país que, visto con la mejor de las buenas voluntades, están en serísimos problemas; tanto dinero (un billón de USD, de los de verdad, no un millardo) petrolero y tantas carencias, tantos desequilibrios y tanto desperdicio. El discurso de izquierda no ha bastado para crear una realidad de izquierda, y el socialismo del siglo XXI es puro extractivismo redistributivo con buenas dosis de corrupción boligárquica, y una gestión pública lamentable.
La lección para la izquierda es más o menos evidente: el discurso no es la política. Descansar en la truthiness, en la convicción que lo que hago es bueno porque así lo creo, y que la realidad se adaptará a mis acciones y mis buenas intenciones, es garantía de fracaso no electoral o político, sino humano; eso es lo que encarna Chávez, que tras ignorar la lección del rey Canuto, terminó como María Antonieta: solo queda el diluvio.
Digamos que es una versión suave del newspeak de Orwell, que se plantea la noción muy contemporánea que el lenguaje define la realidad y que por lo tanto solo se trata de nombrar las cosas de una manera para que lo sean. La ventaja es que truthiness es más ligera que la sombría neolengua.
En política siempre hay algo de truthiness: el tratar de persuadir a la población de votar por un candidato o de apoyar ciertas acciones requiere convencer que lo que se busca es deseable y conveniente, y por ello puede ser necesario obviar la realidad y proponernos una idealización de lo que buscamos. No solo en política, sin duda: cuando aceptamos la sonsera de las "nuevas maravillas del mundo" estamos básicamente consagrando nuestra identidad colectiva a la búsqueda de la truthiness, encarnada en una declaración vacía sobre Macchu Picchu que parece justificar nuestro orgullo mejor que la verdad arqueológico, geográfica, histórica y cultural.
Algo de truthiness es indispensable, pero basarse solo en ella, pues es un desastre. Hugo Chávez era un maestro de la truthiness, un especialista en crear verdades que no solo no tenían sustento sino que ni siquiera tenían relación con la realidad, y lo hacía a partir de una habilidad retórica espectacular, tocando todas las teclas del discurso de la izquierda latinoamericana y mundial.
Venezuela es un país que, visto con la mejor de las buenas voluntades, están en serísimos problemas; tanto dinero (un billón de USD, de los de verdad, no un millardo) petrolero y tantas carencias, tantos desequilibrios y tanto desperdicio. El discurso de izquierda no ha bastado para crear una realidad de izquierda, y el socialismo del siglo XXI es puro extractivismo redistributivo con buenas dosis de corrupción boligárquica, y una gestión pública lamentable.
La lección para la izquierda es más o menos evidente: el discurso no es la política. Descansar en la truthiness, en la convicción que lo que hago es bueno porque así lo creo, y que la realidad se adaptará a mis acciones y mis buenas intenciones, es garantía de fracaso no electoral o político, sino humano; eso es lo que encarna Chávez, que tras ignorar la lección del rey Canuto, terminó como María Antonieta: solo queda el diluvio.
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