lunes, 8 de mayo de 2017

El post LASA: ¿qué es entonces América Latina ?

La Asociación de Estudios Latino Americanos, que tiene 51 años de fundada, tuvo su conferencia anual en Lima hace una semana. Más que LASA, ha sido la conferencia como evento y como intercambio de ideas la que ha dejado muchas preguntas. Es una buena señal que semejante cosa suceda, pues indica que ha logrado sacudir la inercia local y hacernos pensar un poco más en grande. Pero como siempre, quedan muchas respuestas pendientes.

Comienzo aclarando que LASA es un organización, y un evento, muy disparejo, en buena medida por la manera como los departamentos de estudios latinoamericanos se constituyen en los EEUU, siendo este país el terreno originario de esta organización. Historia, Literatura, Antropología, sí; Arqueología, Comunicaciones, Psicología, no. No hay nada particularmente tenebroso en estas omisiones, sino la historia de los intereses de la academia de los EEUU y los sesgos inherentes a este interés; pero hay que volver a ellos luego.

Considerando estas carencias, también hay pensar en el origen "latinoamericano" de LASA. Cuando es creada en los sesentas, la ola de modernización tecnocrática estaba en pleno auge aunque ya mostraba sus limitaciones. Luego de los distintos arrebatos populistas con sesgos de derecha o de izquierda que fuerzan un modernización inicial alrededor de la década de los cuarenta (pensemos en el peronismo argentino, el Estado Novo brasileño, o Cárdenas que termina con décadas de conflictos en México), los sesenta son el tiempo de la segunda modernización, mucho más "arriba-abajo", diseñada por expertos, y latinoamericana en alcance, cortesía de la CEPAL y similares. Al mismo tiempo, LASA nace cuando una primera generación de científicos sociales latinoamericanos comienza a trazar el camino profesional de una serie de disciplinas que ahora son comunes pero que entonces eran muy novedosas, como la sociología, la economía como la entendemos ahora, o la misma antropología.

Los problemas eran latinoamericanos en el gran sentido del término: como región, carecíamos de autonomía conceptual para enfrentar las preguntas que nos eran exclusivas, en un período en el que las discusiones intelectuales en Africa o Asia estaban todavía lejanas y donde los centros académicos de Occidente irradiaban no solo dirección intelectual, sino posturas políticas. No había suficiente comprensión al detalle, profesional, de cada país; pero el esfuerzo de los pensadores de esa primera hora, con la teoría de la dependencia por ejemplo, sirvió para iluminar de manera general los problemas de cada país, y desde ahí iniciar el desarrollo, con mayor o menor éxito, de la academia latinoamericana, y en América Latina.

Esta tendencia se plasmó en grandes obras "latinoamericanas" que ahora no existen. En mi campo, autores como García Canclini o Martin Barbero ofrecieron visiones integradoras de lo que ocurría en la región que llegaron más tarde que en otras áreas (ochentas en vez de sesentas / comienzos de los setentas) pero que igual sirven hasta ahora como inspiración si no necesariamente como programa de investigación. La especialización y profesionalización, y las distintas características institucionales de lo académico en cada país de la región, han creado distintos grados de desarrollo de cada campo; pero no hay mucho "latinoamericanismo" sino más bien "latinoamericanidad": coincidencias no epistemológicas, pero sí conceptuales, para tratar los temas de la región, y grandes espacios de encuentro en los que se debate la especificidad nacional y se descubren similitudes o diferencias. El grado de rigor varia de disciplina en disciplina y de país en país.

Esto tiene que ver con la profesionalización, sin duda, y ahí es donde la influencia de los EEUU es significativa; no solo porque institucionalmente nuestros países adoptando prácticas claramente cercanas a las de EEUU y Europa post-Boloña, sino porque la formación de muchos académicos latinoamericanos pasa por los EEUU y su estilo de hacer ciencia social. En particular, la idea de acercarse a lo local / nacional para esclarecer los puntos teóricos o conceptuales en disputa hace que cada caso se vea bajo una lógica muy distinta a la que se usa cuando se buscaba comprender lo que le pasaba a la región y al país, pero en función de una comprensión crítica de las carencias de nuestras sociedades. No estamos tratando de entender para cambiar sino solo de entender para expandir el corpus académico; sin duda el cambio igual puede provenir de esa expansión, pero aparte de más etapas, la búsqueda de neutralidad intelectual quita premura o urgencia al cambio como objetivo (aparte de ser, en muchos casos, una ilusión).

Ciertamente, el quiebre de los noventas es también un asunto crítico para evaluar a LASA: la profesionalización también tiene que ver con la des-politización de las ciencias sociales, producto de la colección de colapsos que ocurren entre 1989 y 1991. No es una simplificación constatar que ese trienio acabó con más sueños que casi cualquier otro que no haya involucrado guerras en la historia contemporánea, y los acontecimientos locales (por ejemplo, el desvanecimiento del movimiento popular y consiguientemente, de la izquierda en el Perú) se articulan con los internacionales para dejarnos sin claridad sobre lo que debe hacer la política y también, las ciencias sociales.

Si por décadas las ciencias sociales habían encontrado, en distintos grados y estilos, coincidencias entre los objetos de estudio y las preocupaciones políticas de los mismos, con las preocupaciones política de los académicos e investigadores, resultó de pronto que tal cosa ya no era así, y por los noventas se pasó por una transición incomoda en donde nada parecía llenar el vacío político, mientras que a nivel conceptual y pragmático las ciencias sociales se volvían más profesionales y miraban, con cierta pausa, a los EEUU como un paradigma. Coincide esto con ejercicios de modernización impresionantes, como el brasileño, que crea un sistema nacional durísimo de incentivos y obligaciones que separa de la movilización política explicita a los académicos, que tienen que sobrevivir como profesionales en un entorno mucho más exigente que antes.

Es a partir de los 2000 que un intento de re-politizar el trabajo académico comienza, tentativamente, mediante la rehabilitación o reinvención de las temáticas de estudio. Por ejemplo, lo indígena, que como categoría había sido desplazada casi por completo en el Perú cortesía de Velasco y la izquierda, regresa poco a poco, tanto a nivel político como académico. Similarmente, el género y la cuestión de LGTBIQ, que aparecieron plenamente a partir de la década pasada; no es que no hayan existido, para nada: abundante bibliografía sobre el tema de género, desde multiples miradas, existe en America Latina desde los sesenta. Pero es el enfoque casi independiente, como categoría que no conecta con las grandes narrativas anteriores, lo que distingue aquel periodo; ahora en cambio son reflexiones centrales a las ciencias sociales globales, y también han tomado ese espacio en América Latina.

Esto conecta con la  enorme influencia del norte global, y específicamente, de la academia de los EEUU: el activismo académico comienza a recoger y promover miradas críticas desde conceptos que sin ser nuevos (estudios culturales, subalternos y decoloniales, por ejemplo) se vuelven más consistentes y mucho más conscientes de su importancia política. Tomará un tiempo para que se llegue a la mirada interseccional, que está en auge en la actualidad, pero todo este proceso llega a America Latina desde el norte global, y es recogido y encaminado en las diversas especificidades locales por activistas y académicos conectados con ese norte global que a veces recibe poco cariño, o directamente desprecio, de parte de muchos de aquellos que precisamente, son parte de movimientos con conexiones evidentes con aquel.

Volvamos a LASA. Variedad de críticas se plantean a una cuestión específica, el costo de participación. Se lo ve como una demostración de la lejanía de la academia global de las realidades de las universidades peruanas, una normalización de cierto estilo de profesionalización que en realidad está alejada de nuestras necesidades y preocupaciones, o que ofrece una mirada condescendiente sobre lo que se hace en America Latina, solo aceptando a los conectados, a los que han creado un símil, un reflejo del estilo académico profesional de los EEUU, en sus países. El resto, el verdadero sur global o la verdadera academia peruana, queda fuera.

Con esta crítica también conecta la cuestión de la organización de la academia. ¿Debe esta conectarse con las luchas populares? ¿O más bien debe conectarse con la academia global? En ambos casos, ¿como así se hace? En los extremos está desde el dejar de usar "America Latina" a favor de "Abya Yala", hasta dedicarse a publicar en revistas Scopus sin importar quién o cuántos te lean. En otras palabras, ¿qué le da legitimidad a la academia latinoamericana? ¿la conexión global o la relevancia local? ¿cuán conectadas están en realidad ambas dimensiones?

LASA es bastante acogedora a una variedad de posibles respuestas: uno puede escuchar ponencias que van desde la interseccionalidad más intensa hasta la demarcación disciplinaria más convencional; llamados al trabajo académico casi monacal concurren con los gritos por tomar las atalayas institucionales para dedicarlas a la transformación social.

No voy a intentar discernir cuál es la transformación social a la que se refieren los más dedicados a ese reclamo, ni tampoco voy a pretender que el trabajo académico "puro" puede existir. Pero sí me quiero preguntar si es posible hacer cualquiera de los dos bajo cualquiera de los dos patrones en disputa.

En el primer caso, la profesionalización lleva a un acercamiento tan granular a los problemas sociales, tan dedicado al dialogo entre especialistas, que la capacidad de incidencia académica resulta mínima. Es una torre de marfil simpática, con muebles Ikea, WiFi de alta velocidad y muchas suscripciones a abstrusas disquisiciones muy sofisticadas, pero que no son capaces realmente de conectar con la sociedad salvo que se trate de intelectuales con vocación pública y tiempo para dedicarse a ellas, y que logren ser relevantes en dos campos casi inconexos, la alta especialización y el debate público. Fantásticos puestos en los rankings pero baja relevancia social hacen que cuando haya una crisis económica o política, aparezca como evidente el recortar la inversión a aquello que no tienen constituency alguna en la sociedad. Ergo, el académico profesional cosmopolita puede terminar abandonado, sin soga ni cabra y sin LASA.

Pero el académico comprometido puede terminar anclado en panfletos y sin lograr más relevancia que aquella que se le conceda desde el movimientismo. Encima, si se acepta que los actores sociales actuales tienen agendas que solo se encuentran en un ejercicio interseccional, y que no son mayoritarios en un continente donde, a diferencia del norte global, son las mayorías las que están en desventaja económica y social, parece ser que se optaría por abandonar cualquier reflexión que incorpore a los millones de personas que no caen en ninguna de las categorías que constituirían lo que llamamos "la causa por el buen vivir", pero que siguen siendo parte del sujeto social que antes estaba en la base misma de la reflexión académica, a partir de lo que difusamente se llamaba "el pueblo". El intelectual comprometido resulta entonces una respuesta tan poco conveniente como el académico profesional cosmopolita.

Parece ser más fácil ser latinoamericano en la segunda opción, porque las temáticas se prestan más para ello. Pero en realidad es complicado postular una reflexión sistemática y conceptualmente sólida desde cualquiera de los dos lados, porque al final de cuentas las diferencias nacionales y las realidades políticas jalan en direcciones muy distintas y terminan por ofrecernos tantas contradicciones efectivas que solo cierta opción por no escuchar otras voces permite anclarse en una de las dos posiciones. Cierto profesionalismo, que ofrece la posibilidad de mantenerse al día y de dialogar con colegas en entornos más exigentes, es indispensable incluso si se quiere abandonar los paradigmas granulares de la academia profesional.

Entonces esto permite conectar con el punto más superficial, sobre precios y oportunidades. Si LASA, como conferencia, ofrece la oportunidad de acercarse tanto al profesionalismo cosmopolita como al localismo interseccional, y tu campo está bien representado, es una buena inversión, pero no solo como asistencia a un congreso, sino como parte de un tejido institucional mucho más flexible y potente que el que ofrece el ilusionista del diálogo "sur-sur", que resulta más parecido a un abandono de las exigencias formales, económicas y finalmente epistemológicas que plantea una institución como LASA.

Esto implica reconocer y luchar contra las carencias institucionales que impiden que un académico peruano pueda participar en LASA o en congresos similares, no en descartarlos por ser "parte del imperio" o argumentos parecidos. Ciertamente no siempre se puede ir, y a veces realmente no es relevante, como lo es en mi caso. Pero lo ideal es que todos tengan oportunidades de intentar averiguarlo, para encontrar un espacio que permita optar por formas de ser académico que no sean tan predecibles ni dependientes de cierto estilo local o global, que se convierten en camisas de fuerzas.

Lo que no resuelve la pregunta por "América Latina". LASA es una feria, no un relato unificador. Pero sin espacios como este es difícil imaginar que algún día volveremos a tener miradas continentales, no solo colecciones de colecciones, temáticas o geográficas. Ahí hay un pendiente, que comienza por preguntarse si es viable vernos como un todo.

jueves, 30 de marzo de 2017

El espía en la caja: electrodomésticos, teléfonos y otras formas de saber qué es lo que estás haciendo

(Publicado en Brújula, de la Asociación de Egresados PUCP, marzo 2017).

Las recientes revelaciones sobre la capacidad de espionaje de la CIA usando electrodomésticos han causado una natural sorpresa. Si bien se refiere a aparatos relativamente antiguos, y en algunos casos con fallas corregidas por sus fabricantes, esta situación nos recuerda también revelaciones que en 2014 hizo Edward Snowden, de herramientas similares usadas por otra agencia de espionaje de EEUU, la NSA. Estamos ante casos de lo que se conoce como MASINT, o inteligencia de mediciones y reconocimiento, en donde se usa las características de un equipo para determinar ciertos comportamientos o datos. Esta complementa una forma mucho más tradicional de inteligencia, la llamada SIGINT o inteligencia de señales, que captura datos entre dispositivos con el fin de penetrar redes o computadoras. 

Entre lo más llamativo está un programa muy especifico Weeping Angel, desarrollado con la inteligencia británica y cuyo nombre es referencia a la serie de televisión de la BBC Doctor Who, donde se usa smart TVs para capturar imágenes usando la cámara que tiene el aparato. Aunque esto solo funciona con ciertos televisores Samsung y nada indica que uno actual tenga la vulnerabilidad específica que hace posible que Weeping Angel funcione, la idea que el televisor que tenemos en casa permita que un tercero nos vea es por lo menos inquietante. 

Esto es lo más interesante para el ciudadano de a pie. Pocos de nosotros seremos sujetos de vigilancia de un servicio de inteligencia con herramientas como estas, pero lo cierto es que hay muchas empresas internacionales que tienen acceso, formal o no, a estas herramientas, y que pueden usarlas para sus propios fines. Cada vez más aparatos domésticos están conectados a la Internet, y la seguridad de estos equipos es baja cuando existe; por lo tanto no es inverosímil que un actor privado, criminal o no, pueda espiarnos mediante electrodomésticos o dispositivos digitales. 

Por ejemplo, hace poco en Alemania se sacó de circulación la muñeca Cayla, que podía conversar con los niños y contaba con una cámara; se detectó que era fácil de hackear, y que todo tipo de persona podía obtener imágenes y videos de aquellos que jugaran con ella. Por otra parte, empresas como Hacking Team, de Italia, han vendido servicios a politicos en Mexico para espiar y hostigar a sus rivales, sin que sea posible detectar cómo ocurrió este abuso. Solo la atención de activistas permitió descubrir estos casos de privatización del espionaje, sin que el estado se enterara de nada en cada caso. Errores básicos de seguridad por parte de los usuarios facilitan el espionaje, como pasó con miembros del equipo de Hillary Clinton durante las elecciones de EEUU 2016. 


Es la privatización del espionaje, junto con la fragilidad de la seguridad digital en general, lo que hace necesario estar alertas. Saber qué está pasando en este campo y qué se puede hacer para evitar ser objeto de espionaje es tan urgente como saber como evitar que nos hackeen el correo, o que nos roben las cuentas bancarias. Las comodidades de la vida digital vienen con sus costos, y en este caso se trata de ser vigilantes con la vigilancia. 

viernes, 10 de marzo de 2017

Asuntos internos: 100

Entonces llegamos a ese punto en donde cumplimos 100 años. Nada despreciable cifra para una universidad peruana, especialmente una privada, puesto que la mayoría de estas fueron creadas a partir de los sesenta (andan por los cincuenta) o los noventa (anda por los veinte). Más todavía, cuando somos una anomalía regional: indiscutiblemente entre las primeras, a veces la primera universidad del país, considerando las variables habituales, lo común en América Latina es que ese rol sea de la universidad pública.

Las anomalías no terminan ahí: somos una universidad católica y pontificia que reivindica una herencia pero no obediencia, y que se asume y demanda ser reconocida como autónoma de la iglesia católica, sobre todo en los debates y decisiones en que el consenso académico occidental va a contrapelo de la posición de la iglesia; tras casi un par de décadas, se ha logrado consagrar un status quo aceptable con la jerarquía de la iglesia católica, a pesar de la mala fe de algunos de sus "príncipes", y finalmente se avizora cierta paz y relaciones cordiales, al menos con la curia vaticana. La PUCP además es una universidad con vocación cosmopolita en una sociedad que adolece de provincialismo y de nacionalismo: el Perú no se mira en el espejo de lo que pasa en el mundo y encima, opta por defender lo propio como virtud incluso cuando no lo es.

Sumémosle a eso que la PUCP está aceptablemente bien gerenciada: las cosas funcionan, casi nunca se pierde algo o un trámite se entrampa, se juega limpio y la influencia de familia y amigos es menor, subterránea y casi nunca tiene efectos oficiales (nadie te cambia las notas ya registradas porque es tu pata, digamos). Tiene servicios aceptables, bibliotecas y recursos académicos bastante adecuados, y un campus que a pesar de cierta sobrecarga estudiantil y de una perdida de civismo notoria, sigue siendo un lugar agradable.

Todo lindo, ¿no? Pues no todo. Mucho está pendiente y hay una serie importante de preguntas que hacerse.

Hay turbulencias. Tras los años de conflicto, no está claro el camino a futuro, entre otras cosas porque la necesidad de cohesión interna, el conservadurismo casi ontológico de la institución y la falta de espacios definidos para hacer política interna, han creado un gran vacío de liderazgo. Hace una semana que la Asamblea Universitaria tuvo que optar entre aceptar la entrega a disposición del cargo del equipo rectoral o una decisión sobre su continuidad, lo que era, si se me permite el giro mareado, ponernos entre Escila y Caribdis: no aceptar significaba dos años más de un equipo rectoral re-elegido para terminar un proceso con la iglesia católica que ya terminó; aceptar significaba aventarnos a una elección de rectorado en dos meses con poco o nada de preparación, más allá de manifestaciones individuales de interés que realmente no reflejan posiciones colectivas o siquiera grupos definidos de interés al interior de la universidad. Se optó, como suele ser el caso, por la salida menos desestabilizadora, pero la pregunta obvia es cuándo se comenzará a hacer política entre los profesores para pensar a dónde llevar a la universidad.

Hay un conflicto con los alumnos, de baja intensidad y más reflejo de intereses individuales que de una diferencia fundamental de posiciones sobre el propósito y la gestión de la universidad. Todavía resuena la decisión de acabar con el básico, "un derecho estudiantil", como una agresión institucional; esto demuestra la precariedad de la oposición, que está defendiendo un privilegio (alimentación subvencionada para todos) y no algo que realmente haga más asequible la universidad a aquellos que no cuentan con los recursos para pagarla. Hay protestas por los costos, pero son fragmentadas e inconsistentes. No hay un movimiento estudiantil, hay estudiantes movilizados: esto no es nuevo, sino reflejo de un país en donde la pequeña elite de clase media que formaba la PUCP hace cincuenta o cuarenta años ha sido reemplazada por una gran diversidad de estudiantes que vienen de entornos des-politizados, donde la reivindicación gremial es vista inherentemente como conflicto, en una caricatura del sindicalismo clasista de antaño. Ciertamente hay diferencias, pero estás se convierten en conflictos muy fácilmente, gracias también a la falta de oido de las autoridades, no hay que negarlo.

Hay proyectos superpuestos: mientras se inician grandes ideas como la escuela gastronómica, que parece a veces ser una suerte de refundación de la república por las escalas retóricas sobre la que se monta, facultades con diez o veinte años no están contentas con sus instalaciones o el acceso a recursos. Aparecen nuevas iniciativas y se multiplican las instancias administrativas: la vieja broma sobre la existencia de una versión particular PUCP de la segunda ley de la termodinámica (los puestos no se crean ni se destruyen, solo se transforman) parece ser tan válida como siempre.

¿Hay feudos? ¿Pequeñas provincias que reivindica soberanía casi como un estado federal? Algo de eso hay también. No hay como discernirlo porque la universidad ha optado por no definir con claridad como medir y evaluar el éxito o fracaso de sus varias instancias, con lo que no hay como juzgar si algo o alguien debería dejar de hacer lo que hace. Todo es más o menos intuitivo, lo que se presta a la arbitrariedad o al menos a un laisser passer que no hace mucho bien si nos pretendemos modernos y eficientes.

Pero se podría decir que en realidad todo esto no es más que una secuencia de detalles. Lo importante es el lugar que esta universidad, humanista, comprometida con el pensamiento científico y con la libertad de pensamiento, sin fines de lucro, cosmopolita, tiene o puede intentar tener en un país que parece ser todo lo contrario.

Recuerdo haber escuchado historias sobre el cincuentenario. Hubo un acto académico, naturalmente en el centro de Lima, quizá en el teatro Segura. Luego de los panegíricos, habló el presidente de la FEPUC (se me escapa en el recuerdo su nombre): fue una imprecación donde se le preguntó a la universidad qué estaba realmente haciendo por el Perú en ese momento, qué había hecho durante cincuenta años. Propia de sus tiempos, puesto que en 1967 todo se cuestionaba y se asumía que iba a cambiar de pies a cabeza pronto. Sin duda el país cambió: apenas un año después vino el gobierno más radicalmente transformador del Perú, que cortó con los debates de la época para crear muchos nuevos.

¿Qué habría que exigirle a la Universidad a sus cien años? Fuera de lo cotidiano o lo puntual, digo. Todos queremos mejores sueldos, mejores condiciones de trabajo, menos alumnos que paguen menos. Evidentemente es imposible lograr todo eso al mismo tiempo, evidentemente es necesario escoger y graduar. ¿Qué queda luego que solicitamos y pedimos una gestión clara, de calidad, sistémica?

Yo tengo mis respuestas, pero no paso de ser un mero profesor asociado. Lo importante es la construcción colectiva de esas respuestas, el asumir que la chamba es de todos si queremos que los 110, 120 o 200 años nos agarren con algo más para celebrar que el haber continuado operaciones. Más allá de edificios, misiones y visiones, y de obras, lo que la Pontificia Universidad Católica del Perú necesita, urge, es una comprensión colectiva, deliberada y deliberante, de su rol en la sociedad peruana y de las rutas que debe tomar para lograrlo. Quizá esa comprensión se parezca un montón a los planes y esquemas que ya se han hecho; pero lo importante es que dialoguemos con el país, no solo entre nosotros.

Seamos cosmopolitas con nuestros compatriotas también: incluyamos realmente al país en nuestro destino.

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Para qué tenemos una Biblioteca Nacional?

Hace unos 25 años, cuando todavía era bibliotecario, se planteó de manera informal que la Biblioteca Nacional, que sufría las carencias post-ochentas, fuera desactivada. Los materiales históricos, como las colecciones especiales, pasarían a universidades según propuestas; la parte de servicio público, simplemente sería encargada a la Municipalidad. El resto, bueno, nadie lo discutió mucho. El mínimo alboroto que se armó garantizó que no pasara de una idea.

Pero lo que no se llegó a discutir, en esos tiempos ore-digitales, es para qué teníamos una biblioteca nacional. Hoy, que nadie pensaría que hay que desactivarla, igual viene al caso la pregunta, dada la aparente falta de interés, o cuando menos de claridad, que el ministerio de Cultura muestra con esa institución. Más allá de las discusiones sobre las razones que tuvo el ministro anterior para aburrir hasta la renuncia al director anterior, Ramón Mujica, la ausencia de decisiones sigue apuntando a la falta de una idea clara de para qué hemos de mantener una Biblioteca Nacional.

Ni siquiera cuando era bibliotecario en ejercicio fue especialista en bibliotecas nacionales; no pretendo saber al dedillo el trabajo que realiza el personal actual, salvo para acotar que tienen enormes limitaciones dada no solo la falta de dinero, sino de claridad política. Los directores suelen ser personas que, más allá de su buen, mal o indiferente trabajo, no logran articular una visión clara de para qué invertir en la institución; la profesión bibliotecaria, que no es precisamente enorme ni muy presente en el mundo político, tampoco ha logrado crear esa visión, más allá de la mirada tradicional que ve en la Biblioteca Nacional un apostolado y una cuna de la profesión.

Lo interesante es que las bibliotecas nacionales más activas no han cambiado mucho durante los años del desarrollo digital. Sus tres tareas principales se han transformado, pero no han dejado de ser importantes ni han perdido relevancia cuando las hayan tenido: las bibliotecas nacionales siguen preocupándose del patrimonio documental de un país; siguen promoviendo, articulando o respaldando el trabajo de las bibliotecas públicas, de acuerdo a las costumbres de cada país; y siguen siendo el centro nervioso de ciertas políticas, como el derecho de autor y el deposito legal, que pueden ser críticos para un país dependiendo de las circunstancias.

El problema es que en el Perú pensamos solo en lo primero, y los dos otros aspectos son o ignorados o minimizados. Ni la importancia que puede tener la BN para temas de derecho de autor, propiedad intelectual y deposito legal está reconocida ni siquiera implícitamente en la legislación, salvo obligar el deposito legal para ciertos materiales en ciertos circunstancias. La promoción de la lectura, que tiene más formas que la hora del cuento para niños, y la articulación de las bibliotecas públicas casi inexistentes en el país, no aparece para nada.

Pero incluso en patrimonio no tenemos muy presente a la BN, a pesar que debería ser crítica, y no por lo que ya tiene. El punto es que solemos pensar en la BN como una suerte de glorioso deposito de obras del pasado, como un custodio de lo que debemos conservar, porque es importante aunque no esté muy claro por qué. Pero las bibliotecas nacionales han optado hace un buen rato por ser más que custodias de patrimonio (de nuevo, con diferencias específicas de historia de cada país); son las que capturan, promueven y protegen el patrimonio que estamos creando ahora.

Solo un ejemplo, puntualisimo: la Biblioteca del Congreso de los EEUU, que es la biblioteca nacional de ese país, tiene una colección llamada El Registro Nacional de Películas, en el que está incorporadas las películas que se consideran cultural, histórica o estéticamente significativos, para ser preservados por encargo de la Nación. No reemplazan las colecciones privadas o la explotación comercial, sino que estas copias garantizan que el patrimonio de la Nación será cuidado más allá de los intereses individuales. Si tiene  más de 10 años de realizado, el film puede ser uno de los 25 que se incorporan cada año. Duck Amuck acompaña a Duck Soup y a Newark Athlete, de 1891. El patrimonio de una nación, en otras palabras.

Una Biblioteca Nacional es un espacio para crear el patrimonio, no a través de colecciones sino de visiones del país. Un programa activo de rescate de la cultura expresada en distintos formatos y lenguajes serviría para que nuestro país tenga una manera más amplia y diversa de verse a sí mismo. Una institución capaz de construir esa visión sin presiones políticas y sin apuros comerciales sería fundamental para construir nuestra memoria colectiva, que tiene que alimentarse de los productos culturales que hemos ido creando, dispersa y confusamente, por casi 200 años.

Para eso necesitamos una Biblioteca Nacional. Ojalá quien sea finalmente el director o directora tenga el coraje de ir más allá de lo habitual y proponerse mirar el Perú desde todos los ángulos, voces y medios, e intente liderar esa construcción colectiva de nuestra cultura registrada. Ojalá.




miércoles, 15 de febrero de 2017

Looking back in anger: la TDT, AGP y Brasil

Los ajetreos y horrores que Lava Jato ha traído al Perú sirven para rememorar las actitudes políticas de años pasados. Por ejemplo: ¿recuerdan que el gobierno de Alan García básicamente se entregó al Brasil para convertirnos en una suerte de junior partner del gigante regional? Esta disposición a ser los fieles cortesanos de nuestros vecinos se manifestó de muchas formas, y en un caso, se combinó con la disposición, bien conocida en García, por realizar acomodos tras bambalinas con los poderes fácticos, en este caso, los medios.

El caso en cuestión es la Televisión Digital Terrestre (TDT). Esta no tiene la importancia que se pensó iría a tener, cuando se la inventó, en la década de 1990, cuando fue la respuesta a la digitalización incipiente de las telecomunicaciones. Para su mala suerte, se la concibió antes que la Internet se llevara de encuentro a todo. Para cuando se lanzó en el Perú, en abril de 2009, ya estaba claro que entre la TV de pago y la Internet, no había mucho futuro. Ahora, ocho años después, cada vez tiene menos importancia. El futuro es televisión por redes IP aparte de video bajo demanda aparte de video en Internet. Ni siquiera el cable tiene realmente futuro en un mundo de millones de programas a disposición de los caprichos de cada usuario en su televisor, su computadora, su teléfono o su tableta.

Pero, a diferencia de las alternativas tecnológicas que ahora podrían ser predominantes, la TDT sigue teniendo dos características precisas: hace uso del espectro de frecuencias en canales reservados en exclusiva para ella, de manera no concurrente (o sea, si se asigna un canal para un "canal de televisión", no hay otro servicio posible bajo ese canal, salvo que lo provea el que tiene la titularidad de explotación del canal); y está bajo control del Estado del Perú, no de las iniciativas empresariales globales y las empresas de telecomunicaciones transnacionales. Es un activo local, que todavía es definido por la iniciativa de política pública nacional.

Para el 2009, el Perú estaba atrasado: no había decidido un estándar de TDT, es decir estábamos, para variar, llegando tarde. Los tres estándares existentes fueron apoyados de distintas maneras: el norteamericano, ATV-D, no fue promovido por nadie en particular, y claramente quedó fuera. El europeo, DTB, venía con el entusiasmo de la Unión Europea; finalmente, el estándar japonés, ISDB-T, tenia una adaptación regional, el SBTVD. Su ventaja principal era que está optimizado para ser visto en movimiento: si has estado en Brasil, habrás visto que casi todos los taxis tienen una pantalla en la que pueden ver novelas o futbol, sin perdida de calidad cuando están en movimiento.

Pero lo más interesante del proceso es que no fue hecha en público, sino con completa opacidad al mas alto nivel. No hubo ni siquiera el ejercicio de recibir a los representantes de los estandares hasta que todo fue decidido, y se hizo una serie de afirmaciones que nadie recordó que había que cumplir (un mercado de convertidores baratos para televisores analógicos, por ejemplo).

Días antes que se anunciara, sin previo aviso, la elección del estándar brasileño, los radiodifusores peruanos publicaron un pronunciamiento a pagina entera donde proponían la adopción del ISDB-T en versión brasileña. No fue una decisión técnica, o al menos no se la presentó así: fue una decisión política para acercar al Perú al Brasil.

Junto con ella, también se optó por la peor parte de la política: todos los estandares de TDT permitían el aumento de canales, lo que se solía entender como la posibilidad de ampliar la cantidad de radiodifusores. Pues bien, la legislación no incluyó esa parte, sino que entregó TODOS los posibles nuevos canales a los viejos radiodifusores, como si fuera su propiedad y para que hicieran lo que quieran con ellos. Entonces tenemos varios canales de ATV, o un canal digital de la USMP, que no sé de donde salió.

En otras palabras: la jugada fue favorecer al Brasil, con un estándar escogido por razones no tanto técnicas como políticas, y una administración de las frecuencias completamente echada y favorable a los radiodifusores.

No digo que hubo plata de por medio, pero sí se puede especular que el acuerdo de los radiodifusores por el estándar brasileño fue contrapartida de la decisión presidencial de entregarlas las frecuencias, cosa que no era necesaria, para que hicieran lo que quisieran con ella. Favores por aquí, favores por allá. ¿El interés público? No creo que haya nada que decir, ¿no?

Pequeño capítulo de tantos oscuros tratos con Brasil y los poderes locales. Solo falta que lo investiguen los periodistas...


lunes, 28 de noviembre de 2016

Fidel a la distancia

Nunca lo vi en persona, pero estuve --creo-- cerca suyo una vez. En el verano nuestro del 86 pasé dos meses en Cuba y entre las muchas experiencias, me encontré una noche de domingo en la esquina de 23 y L, yendo por un helado en el Coppelia, para descubrir un alboroto en el Habana Libre, el viejo Hilton convertido en pilar del turismo y la revolución por esos años.

Salía humo del sótano; no mucho, lo suficiente para que uno se diera cuenta pero no tanto como para evitar que una enorme cantidad de gente se aglomerara en las esquinas tratando de averiguar qué pasaba. Unos policías llegaron "a poner orden": le indicaban a los compañeros que subieran a la vereda, y ellos subían mientras los que estaban en el lado opuesto al que miraba el policía bajaban de la vereda. No era desobediencia civil, era un juego: nadie le hacía mucho caso a la Policía en esos años, a la policía de la calle, claro: el G2 si producía incomodidad en los habaneros, reflejada en los viejos Moskvitch que usaba la policía política.

Todo seguía en un ambiente ligero, casi carnavalesco, hasta que de pronto se vio llegar dos Mercedes negros, de uno de los cuales sobresalía el cañon de un AKM.

¡Fidel! ¡Fidel!

¿Era él? No tengo idea. Nadie la tenía. Podía ser cualquier otro funcionario de alto nivel, aunque los cubanos solía sostener con total convicción que el único que andaba en dos Mercedes negros era Fidel, que nadie más usaba algo distinto a un Volga y por lo general no pasaban de un Lada. Pero en Cuba nada se sabía nunca: un país completamente opaco en donde las cosas pasaban sin mayor razón, sin noticias como las entendemos en Occidente, resulta el paraíso del chisme, cosa que los cubanos cultivaban con una pasión y un talento singulares.

Por varios días, la comidilla en la calle habanera fue la aparición de Fidel. La certeza de la gente que lo que había pasado en el Habana Libre era un atentado de la "gusanera", es decir de los exiliados en Miami, porque si no, Fidel no habría ido. El objetivo fue, según el consenso de la calle, la flota de Mercedes que descansaba en el sótano, esperando visitas de dignatarios; Mercedes regalados por Muammar Gaddafi con motivo de la cumbre de los No Alineados del 79.

Poco después, gracias a algunos amigos locales, me enteré de cómo ese consenso se había creado, sin intervención de los medios, dado que ningún diario o noticiero, ni siquiera Radio Reloj, mencionó el incendio en el Habana Libre. Me explicaron que apenas se aglomeró la gente, los miembros destacados del Comité de Defensa de la Revolución de la zona habrían recibido una versión, incluyendo que Fidel estaba interesado en lo ocurrido. Fueron ellos los que difundieron esa explicación, y ellos los que convencieron que el Mercedes traía a Fidel.

La reacción de la gente, en cambio, era genuina y espontánea. La gran mayoría de la gente alrededor del Habana Libre eran jóvenes como yo, entre 15 y 25 años, muchos más varones que mujeres. El grueso salió corriendo tras los Mercedes al grito de "¡Fidel, dale duro a los yanquis!" y quizá alguna otra mención dispersa a la gusanera.

Volví a Cuba durante el periodo especial y luego, en los años post-Fidel. En mi ultima visita la policía era vista con poco cariño y bastante miedo por la gente de la calle, a la que de pronto le molestaba mucho saber que la podían detener por andar más rápido de lo debido en su auto o por no obedecer una instrucción oficial. Las tiendas abundantes, con publicidad, permitían cierto nivel básico de prosperidad, mucho mayor que en los ochentas y ciertamente inmensamente más alto que la pobreza apenas disimulada de los noventas. Los Comités de Defensa de la Revolución todavía funcionaba, y alguien me repitió casi exactamente lo que me dijo un amigo en los noventas: "cuando todo esto termine, a los primeros que van a darles duro será a los de los CDRs"...

Que los cubanos adoraban a Fidel en los ochentas, con la inteligente manipulación del sistema, qué duda cabe. Que si te atrevías a decir que no lo adorabas, tu vida se arruinaba, qué duda cabe. Cuba en los ochentas era un país en donde la normalidad, que incluía declararse comunista y hacer bromas sobre todo menos sobre Fidel, era premiada con una vida tranquila, apretada y con limitaciones materiales más o menos evidentes, pero ni horrible ni particularmente represiva. Pero si te alejabas de la ortodoxia, te iba a ir mal. No terminarías en el Gulag, pero sí marginado, constantemente celado, permanentemente bajo sospecha, imposibilitado de acceder a aquello que querías para ti, y condenado a un trabajo sin futuro. Podías ser una muchacha que quería maquillaje distinto al disponible en las tiendas o un intelectual que quería leer libros de Vargas Llosa, pero igual: solo la ortodoxia te permitía moverte en la libertad tolerada por el sistema.

Sí, la Cuba comunista de Fidel Castro era una dictadura. Logró muchísimo, y en buena medida esos logros merecen ser alabados. Que no haya sido Stalin o Mao no lo hace maravilloso, lo hace menos malo.

No, probablemente no lo hubieran logrado de otra forma.

No, no es lo quiero para el Perú. No lo era el 86, cuando todavía la ortodoxia de izquierda incluía la dictadura del proletariado, y ciertamente no lo es ahora, cuando no hay forma de creerse eso que el "poder popular" que hay en Cuba sea otra forma que un magnifico sistema para evitar que cambie aquello que no se quiere cambiar, en un país donde el poder está, finalmente, en pocas sino en un solo par de manos.

Fidel, sus compañeros, su Partido Comunista, sus lemas y demás, son artefactos históricos. Podemos entenderlos y estudiarlos. Debemos hacerlo, porque lo que ocurrió en Cuba hace 60 años fue reflejo de lo que ocurría en nuestra América en esos tiempos, mucho de lo cual no ha terminado de ocurrir.

Ráfagas de nostalgia pueden explicar el que todavía se le tenga un enorme afecto por lo que logró y lo que representó hace casi seis décadas, cuando América Latina era territorio de oligarquías que le negaban la condición humana a muchos de sus compatriotas, y cuando la democracia era una patraña ocasional, lista para ser retirada de circulación cuando comprometía los intereses de los dueños de un país.

¿Ejemplo para nuestros tiempos? No. Dudo que alguien quiera para el Perú un dictador personalista por casi cincuenta años, sin contar con que no habrá un patrón al cual entregarse para financiar esa dictadura. Pensar en democracia y en derechos humanos sin aceptar que Cuba no es un ejemplo sería absurdo. Saludar lo que se logró sin pensar que tiene que cambiar sería inconsecuente con la mirada que tenemos ahora de lo que es la democracia y los derechos humanos.

Lo que tuvo sentido en el siglo XX ya no sirve para el XXI. Personalmente no quiero saludar o llorar a Fidel. Quiero aprender. Esa es la función de las efemérides.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Uber, el trilema de Rodrik y los sueños cosmopolitas del limeño conectado

Uber ha producido protestas de taxistas limeños. Sí, esos trabajadores que no respetan las reglas, que se estacionan en cualquier parte, que no van a donde no les da la gana, que ni siquiera limpian sus vehículos. Que ni siquiera son taxistas.

Para algunos, Uber, y en general las aplicaciones de servicio de transporte personal que incluyen a Easy Taxi y otras, son la solución al problema real del transporte público limeño. Esto presupone que el problema sea definido de manera individual: ¿cómo hago para moverme en una ciudad cada vez más desordenada, donde no hay un ápice de liderazgo ni de intención de organizar nada mejor, y en dónde además el pasajero común y silvestre opta por ser tan hago-lo-que-me-da-la-gana como los taxistas? Uber aparece como la encarnación perfecta del sueño tecnocrático creado por la Internet: haz una aplicación y todo lo demás se arreglará.

Pero los taxistas tienen razón: Uber es un monstruo grande que pisa fuerte, reduciendo la autonomía de los trabajadores independientes con sus algoritmos y quitándole capacidad política a los poderes locales al imponer sus reglas sobre las que existen en cada ciudad. En nuestra Lima, las reglas existen pero al irresponsable que juega a alcalde con sus legos no le interesa hacer el más mínimo esfuerzo para lograr que se cumplan; al consumidor le importa un pito que existan y opta por darles vuelta cuando le conviene; y al taxista, empeñado en estrategias cada vez más estrechas de supervivencia, finalmente lo único que le vale es que la gente lo tome en sus términos, no porque sea un servicio sino porque es su manera de funcionar en una realidad en que nadie, nadie, piensa en la colectividad, sino en sí mismo.

Entonces el limeño, que no se toma el trabajo ni siquiera de averiguar que hay algo así como una placa de taxista, se sube a lo que puede. El que tiene paga Uber; el que no, a un destartalado Tico que camina por milagro. En medio hay una pluralidad de alternativas, todas las cuales son potencialmente motivo de queja, sin considerar si son generalmente adecuadas (Satelital) o fundamentalmente fallidas (el patita que le pone un cono de taxi a su auto particular y va por ahí, cobrando alguito por su rato). Nadie espera que haya soluciones para todos; solo nos quejamos que el otro estorba.

Creer que Uber arreglará el problema de los taxis en Lima es tan ingenuo como creer que la iniciativa popular creará el mercado perfecto de transporte público: ese sueño promulgado a inicios de los noventa por los entusiastas de la mano invisible nos ha llevado a lo que tenemos ahora. Que tengamos smartphones con apps no hace que el mercado vaya a funcionar mejor que antes porque lo que le impide funcionar no es la tecnología, es la naturaleza de la informalidad peruana.

Lima ya era un caos de taxis antes de las privatizaciones sin control de los 90, donde cualquiera hacia taxi, el taxímetro y las tarifas eran inexistentes, y no existía protección alguna al consumidor. Las reglas de los últimos años no son malas: registro de taxis a nivel de la placa misma, permisos municipales, cursillos, SOAT especializado. El problema es que nadie le quiere poner el cascabel al gato desde el Estado: nadie quiere comprarse el pleito de hacer cumplir la ley porque los primeros que se quejarán serán los consumidores, que quieren tener sus propias soluciones. El que quiere Uber es en esto lo mismo que el que quiere un mototaxi en la Via Expresa: si el Estado impusiera la ley, no podrías hacer lo que te da la gana.

Entonces, digamos que por esas cosas del Orinoco, nos invade colectivamente una fiebre suiza y optamos por ordenarnos. Súbitamente, entraríamos en razón y nadie esperaría que un taxi sea un vehículo particular manejado por un X sin entrenamiento ni licencia que va a donde quiere y que cobra lo que quiere. Eso descalificaría al patita en su Tico de hace 25 años, pero también a Uber, que en realidad es un sistema para que cualquiera X sin entrenamiento ni licencia vaya a donde quiera y nos cobre lo que quiera (el algoritmo, no el patita).

Uber es la informalidad disfrazada de modernidad. Es la existencia de reglas creadas por la conveniencia del Unicornio, no por el mínimo consenso político que debe existir en una sociedad liberal. Es el triunfo de la explotación de la mano de obra y de la extracción de la plusvalía sobre los derechos de ciudadanos y trabajadores. Es la apoteosis del consumidor cosmopolita sobre la idea que las soluciones habrían de ser colectivas, ciudadanas. Claro, no faltarán los que lo ven distinto, pero no sé si lo hacen por ingenuidad o por viveza.

Sin duda Uber ofrece algo distinto. Donde tenemos un mercado de muchos ofreciendo un servicio más o menos caótico pero adaptable a muchos consumidores, Uber crea un sistema centralizado de efectos de red en donde el aumento constante de oferta crea a su vez cada vez más demanda, lo que en teoría debería llevar a que los precios bajen. La "Uber Math", como la llaman parece magia: la forma de lograr que los precios bajen es que la oferta crezca constantemente, lo que asume que cada chofer tendrá cada vez más demanda, lo que hará que haya un estimulo para que ingresen nuevos ofertantes, de manera que nadie tenga que esperar por su taxi y que ningún taxista tenga que esperar por sus clientes. Todos estaremos permanentemente en movimiento, todos estaremos yendo y viniendo, y el taxista podrá ganar todo lo que quiera porque siempre estará manejando. El algoritmo se encargará. Y el que no cumpla con las demandas del algoritmo, será castigado, retirándosele del servicio si no acepta carreras, entre otras medidas.

En otras palabras, Uber define los términos de la relación laboral sin posibilidad de intervención del trabajador, bajo la excusa del algoritmo. La fuerza laboral resulta oculta bajo la ilusión de relación individual, la metáfora de "crowd based capitalism", que naturalmente ignora que en el capitalismo las relaciones de producción son definidas por el capital, no por el trabajador, y que la generación de plusvalía favorece al que controla la intermediación, no al que trabaja  dando el servicio. El resultado es que una compañía termina extrayendo valor de todo el mundo para enriquecer a sus accionistas, mientras que el trabajador, sin capacidad mayor de negociación porque delante suyo solo tiene un algoritmo, tiene que aceptar los términos laborales que le pone una empresa que no puede ser regulada ni influenciada localmente. Uber opta por llamar a sus trabajadores "socios", pero en realidad se trata de una forma falsa de auto empleo, también llamada bogus self-employment. 

Este escenario es una versión específica del trilema de Rodrik: la democracia, la soberanía nacional y la integración económica global son mutuamente incompatibles: se puede combinar cualquiera de los dos pero nunca podemos tener las tres a plenitud. Si queremos Uber, es decir la integración económica global, tenemos que ceder soberanía nacional, y en buena medida, democracia, y aceptar que la única salida es permitir la extracción de valor por un capitalista global a cambio de tener buenos taxis.


Claro, la globalización funciona para algunos. Sea realmente o a nivel simbólico, los beneficios de la globalización son evidentes para aquellos con vocación cosmopolita, que se sienten cómodos usando apps y sabiendo que pueden deslizarse sin esfuerzo entre Lima, Nueva York y Shanghai, esperando los mismos servicios y el mismo trato. Tomando el mismo café, viendo los mismos contenidos y probablemente interactuando con personas culturalmente similares, además.

El resto, los que ni tienen ni pueden alcanzar sueños cosmopolitas, seguirán siendo sujetos de un estado nación incapaz de servir a sus ciudadanos. Para ellos hay Ticos y taxis evidentemente informales. La vieja separación entre peruanos con DNI (o libreta electoral) y peruanos con pasaporte de la que se hablaba en los ochenta, ahora encarnada en el uso y el consumo del capitalismo de plataforma.

En suma: Uber es la manifestación más obvia, en tu cara, del aumento de agencia como consumidores, inversamente proporcional a la disminución de agencia como ciudadanos, que la globalización nos regala: lo que en otro contexto he llamado la incursión digital. Los que podemos ambicionar el cosmopolitanismo como expresión de nuestro éxito estaremos contentos, mientras los demás se molestarán y votarán por un populista, de derecha o de izquierda, que proponga regresar a la Arcadia de la seguridad laboral y la ausencia de hipsters.

No creo que lo hagas, pero piensa en esto la próxima vez que tomes un Uber.