domingo, 20 de abril de 2014

MH370: Respetar el misterio

Lentamente, nuestra memoria colectiva pierde de vista al MH370. El Boeing 777-200 de Malaysian sigue perdido pero realmente ya no importa; la tragedia resulta no solo lejana, sino cotidiana y casi sin misterio. Parece sin misterio en realidad, porque los que tiene no importan mucho. Por ejemplo, la extensa página que Aviation Herald mantiene sobre el accidente no tiene sino un breve párrafo resaltado en amarillo, lo que indica novedad. Los aficionados, sea a la aviación comercial, sea a las teorías de conspiración, seguirán pendientes, pero el grueso de la población mundial dejó ya esa tragedia por otras, más nuevas, más comprensibles, y quizá más misteriosas.

Pero creo que esta tragedia deja muchas enseñanzas, al indicarnos cuales son los verdaderos misterios. Las vidas perdidas afectan a muchos que quisieran entender qué sucedió, pero como con otros accidentes, quizá nunca tengan respuestas. Esto no era tan raro décadas atrás, pero ahora parece ser incomprensible que no podamos saber qué pasa en cada lugar del mundo en cada minuto. Un misterio entonces, el que nuestra realidad no sea esa realidad de pánicos sobrevigilados.

No, no todo está siendo observado todo el tiempo: todo se puede observar en cualquier momento, pero no siempre lo es. Es muy caro, es irrelevante, es complejo entender lo observado. La NSA podrá tratar de grabar cada llamada que se hace en el mundo pero no siempre puede apreciar aquellas que realmente tiene que entender y conectar. La big data primero necesita ser recogida para darnos sus milagros de conexiones emergentes que no necesitan ser interpretadas. No es posible recuperar todo en segundos, no solo porque buscar en enormes bases de datos toma tiempo, sino porque no todo está, todavía al menos, en una base de datos.

El misterio aparentemente mayor es el trato que hemos hecho con la tecnología: cuando creemos en ella confiamos en ella sin pensar mucho qué hay detrás. De la misma manera que Heartbleed es un peligro casi incomprensible porque implica las tripas de la Internet, esas que no conocemos ni queremo conocer; la idea que nuestros aviones cruzan los océanos sin realmente estar en permanente vigilancia por el ojo electrónico nos resulta difícil de entender. ¿Cómo se puede perder un avión? es la pregunta que esconde el miedo mayor: ¿es posible que yo me pueda perder, sin querer? Es cierto, existen maneras de perderse que no están bajo el control de nadie; a pesar de eso, no podemos perdernos nosotros mismos cuando queremos. Condenados a estar vigilados, documentados y archivados, por estados y corporaciones y firmas y organizaciones y hasta amigos fijones que usan Graph Search en nuestros muros, resulta que esa tecnología que nos hace imperecederos no sirve cuando realmente quisieramos, cuando queremos seguir vivos y ubicables y queremos llamar a alguien y decirle que lo queremos, lo extrañamos y quiero saber dónde estás. Esos teléfonos que aparentemente timbran son el testimonio final de nuestro páramo tecnológico: no podemos escapar de ellos, pero nos engañan cuando quisiéramos estar bajo su influjo.

Y es que claro, la idea que un teléfono pueda sonar en mi aparato pero que en realidad no esté haciendo más que buscar el destinario, vanamente, es un engaño tecnológico que no importa en la vida diaria. Los teléfonos móviles hacen eso todo el tiempo: comienzan a buscar por donde saben que estuvimos para ahorrar tiempo, y para que no huyamos, para que no apaguemos los aparatos, para que no dejemos de usarlos a cada instante, cometen la mentira piadosa de sonar como que timbran cuando todavía no lo están haciendo. No importa sino cuando realmente no pueden hacerlo.

Ese Boeing, que parecía estar en algún lugar imaginario, está sin estar en el fondo del mar. No lo podemos afirmar, no lo podemos ver. Los especialistas repiten cosas que podemos entender pero que no necesariamente asimilamos: existe una alta probabilidad, dados los indicios, que los restos del avión, de sus pasajeros, se hallen en las profundidades pelágicas del océano Indico, a unos 1000 kilometros de tierra firme. Pero la probabilidad sirve cuando llevo estadística, o quizá cuando la uso. Lo que queremos es la certeza que la tecnología parece brindar cotidianamente. Esta vez, como muchas otras, tenemos apenas hipótesis; más que en casos singulares como el Varig PP-VLU, perdido con su tripulación y su carga de pinturas de Manabu Mabe el 30 de enero de 1979 sin que haya pista concreta alguna de su destino final. Esta vez la unión de esfuerzos humanos y análisis tecnológicos nos da mucho más, pero no lo suficiente.

Una lección importante: el océano es un reino lejano. No solo es cuestión de las distancias, sino que realmente no tenemos idea qué es. No me refiero, claro está, a los especialistas, que saben mucho más que nosotros aunque no conozcan tanto como lo que sabemos de otros biomas. Es el público el que no tiene idea que el océano es incomprensible bajo las reglas habituales, que es un organismo complejo y lleno de variantes, donde todo funciona distinto y que guarda secretos enormes, desde la inmensa cantidad de basura que cubre su superficie, hasta la manera como se comportan las certezas diarias del sonido y la luz en sus distintas capas y niveles. 

Pero si finalmente lo que buscamos es entender qué pasó, hay que hacerse la idea que lo más probable (otra vez esa palabrita) es que nunca lo sepamos. ¿Qué hizo que MH370 girara cuando lo hizo, y se encaminara incomprensible hacia ese rincón del espacio aéreo de nadie donde, parece ser, simplemente se desplomó por agotamiento de combustible? Si algún día se encuentra lo que quede del avión, con los restos de los que alguna vez se subieron, con esperanzas, ilusiones, tedios, miedos o profesionalismo, para llegar a Beijing, quizá haya una explicación. Pero si esto no ocurre, solo quedará aprender a respetar este misterio.

El artículo anterior sobre MH370

jueves, 17 de abril de 2014

Gabo en una plaza de La Habana

Fue un día de semana, no recuerdo exactamente si martes o miércoles pero de finales de enero de 1986. La edición cubana de El Amor en los Tiempos del Cólera acababa de salir a la venta, y la presentación pública sería en la plaza Carlos Manuel Céspedes, frente a la editorial Arte y Literatura. Yo estaba en Cuba en esas fechas y obviamente, fui.

La vieja plaza, en el extremo de la Habana Vieja, es preciosa: llena de árboles, con edificios coloniales o decimonónicos, relativamente fresca en la tarde. Ahí, en un extremo, una mesa con un par de sillas, frente a la cual habían varias filas de asientos, sin indicaciones de quién debía ir dónde; en los extremos de la plaza, puestos de venta. En otras palabras, uno podía sentarse en primera fila, o ponerse en primer puesto para comprar el libro.

Paradojas de aquella cubanidad: el libro iba a costar 2.50 pesos, equivalente a mas o menos nada (digamos, menos de medio dólar al cambio informal/ilegal) aunque relativamente caro para un libro en una economía donde la plata alcanzaba para todo pero no siempre había en qué gastarla. La edición, elegante en su tapa dura y papel de buena calidad, sería un pequeño lujo para los cubanos de esos tiempos. La pregunta era si alcanzaríamos a comprar el libro: los cubanos compraban los libros en grupos, digamos que de a diez en diez, para repartir entre amigos y familiares, porque las cosas siempre eran escasas y mejor era comprarlas de una vez. Entonces, al comprar cinco, ocho o diez ejemplares de una vez, colaboraban para que la edición se acabara velozmente; las ediciones no salían tan rápido, así que el resultado sería (fue) un par de meses de espera hasta que el libro volviera a las librerías. La percepción de escasez producía la escasez... nada nuevo para un peruano en esos tiempo, dicho sea de paso.

Yo quería ver a Gabo, pero quería comprar el libro. ¿Hacer la cola o sentarme a escucharlo?

Decidí hacer cálculos precisos y logré estimar desde qué cola podría mejor a Gabo; imaginando que estaría al centro de la mesa, donde parecía haber solo dos sillas, sería simple encontrar ese ángulo perfecto, así que dejé que un par de compañeros se pusieran en la fila y me dispuse a esperar, mientras conversábamos de literatura, de pelota (Industriales acababa de ganar los playoffs) y de todo lo que se conversa con extraños en colas.

Naturalmente, no me ligó: en vez de dos personas, se trató de cuatro: el autor, el vicepresidente de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez; el ministro de Cultura, Armando Hart; y el viceministro de cultura de Cuba, Antonio Nuñez Jimenez; todos apretaditos frente a la mesita, con un solo microfono, sin mayor ceremonia ni aparente protocolo o complicación de seguridad. Naturalmente, García Márquez se sentó al costado; ahí donde un arbusto me tapaba la vista.

Me pasé los veinticinco minutos de la divagación del compañero vicepresidente del consejo de estado tratando de captar siquiera un destello del genio de Gabo. No hubo forma. Todos los cubanos escuchaban con una atención implacable al vice; recuerdo apenas que sentí ciertas ganas de pifiar cuando Rodríguez dijo que "esta novela es, me atrevo a decir, mejor que Cien Años de Soledad", cosa que casi axiomaticamente, es imposible. Pero no había ambiente: los habaneros mostraban una disciplina germánica que no dejaba de intraquilizarme un poquito. Me calmé con la conclusión que todos estaban tan fascinados con la expectativa de escuchar a Gabo que en fin, no importaba; me ahorré así dudas más de fondo sobre el control político inherenmente a los estados totalitarios que Orwell me había motivado unos años antes, gracias a la afirmación de los amigos cubanos: aquí todo es suave...

Finalmente, el buen vice llegó al final de su perorata. Todos aplaudimos educadamente cuando expresó el sentimiento colectivo: "ahora, pidamos a Gabo que nos diga que piensa de su magnífica novela".

Gabo ni terminó de coger el microfono y fue sincero, aunque algo capitalista:

"bueno, cómprenla".

Risas, aplausos y una vorágine adquisitiva digna de rebajas de Black Friday, fueron el resultado.

Todavía tengo el ejemplar que me compré: los otros dos de esa noche maravillosa fueron regalos. Mientras veía a habaneros haciendo malabares con sus ocho o diez copias, solo renegaba de ser un chiquillo de veinte que no podía entrar a la editorial para plantarme delante de García Márquez y decirle, imagino que como millones se lo han dicho, que mi vida cambió gracias a él. Que me enorgullecía de ser su fan.

----

viernes, 4 de abril de 2014

Internet: ¿bien público global?

A continuación copio un breve documento que preparé para el II Foro de Gobernanza de Internet del Perú, que organizó el Ministerio de Transportes y Comunicaciones el 4 de abril. Este documento es muy preliminar pero algunas ideas creo, pueden ser útiles.

----------
Observaciones generales sobre la Internet y su relación con la soberanía, privacidad y defensa. 

Resulta claro que la Internet es una paradoja. Desde la ciencia política, donde los sistemas multilaterales son vistos desde las relaciones entre Estados, el hecho que uno de los recursos más avanzados y complejos a disposición de estados, ciudadanos y sector privado sea un sistema privado, fuera del control estatal, no solo es inusual: implica preguntas fundamentales sobre la gestión pública de un bien público que sin embargo no es público; que además es global, pero no como hemos definido global hasta ahora. 

Esta formulación intencionalmente compleja refleja la paradoja ya mencionada. No solo eso: la circulación de señales, datos o información, que ocurre gracias a la Internet, está fuera del alcance convencional de la capacidad regulatoria, legal e incluso represiva de estados como el peruano. Siendo definido como un servicio de valor agregado, brindado por diverso tipo de empresas, el uso de la Internet crea una relación entre consumidor y proveedor que no tiene el mismo tipo de regulación que puede tener, digamos, un servicio de transporte de datos: sin embargo, los efectos del último en la capacidad de acción de una organización son, casi en todos los casos, mucho más críticos.

El punto crítico es entender a la Internet desde su propia política pública, más allá de las actividades que le dan origen: ni es solo telecomunicaciones, ni comunicación social, ni finanzas o comercio, o relaciones interpersonales. Es sin duda dependiente de la infraestructura de redes, y también un sistema de telecomunicaciones de alcance mundial, basado en servicios de valor agregado. Es una colección de servicios de comunicaciones, altamente variada, que pueden estar orientados al negocio, a la atención de necesidades públicas o la expresión individual. Pero la suma de las partes no logra reunir todo lo que ofrece. Por ello, es necesario una visión holística, integradora, y la única versión posible de ella nos indica una definición más amplia: la Internet debe ser vista, políticamente, como un bien público global: un recurso cuya buena gestión es de interés colectivo de todos los ciudadanos, actores políticos y culturales, y estados del mundo; además de ser un bien que no está bajo soberanía específica de ningún estado, o de un organismo multilateral constituido por estados.

Inevitablemente, esta definición obliga a pensar varias cosas. Respecto a los temas específicos que trata este documento, es necesario cuestionar algunas premisas tradicionales tanto desde la comunidad de gestión de la Internet, como desde el análisis político. La cuestión de la soberanía es la primera a considerar. Fundamental como ancla del sistema global, se acepta que la soberanía es un asunto de estados que basan su legitimidad en la relación constitucionalmente definida con sus ciudadanos. Estos pueden la fuente de la soberanía, pero es el estado el agente de la misma. Las relaciones fuera de las fronteras nacionales se realizan por ello, entre estados. Por ello la actuación de agentes económicos transnacionales requiere que cada estado ponga reglas de acción local, y que el flujo de factores económicos generado por la actividad de estos actores transnacionales sea negociado a través de tratados multilaterales, donde las partes son los estados.

Aquí es donde debemos recordar un elemento importante: si una interacción implica sujetos de derecho bajo el control de un estado, será dicho estado el encargado de hacer cumplir la ley relevante; pero las acciones de un actor determinado, que pueden ser legales en su país de origen, bien pueden ser no solo ilegales, sino opacas y desconocidas, en el país de destino. El caso de espionaje generalizado por parte de la NSA, denunciado en 2013 por Edward Snowden, muestra claramente la importancia de esta situación: las acciones tomadas por los EEUU son ambiguas, puesto que son legales bajo la ley del país que las comete, e inalcanzables en términos de enforcement por los países afectados.

Incluso más crítico: si bien su autoridad reside en un contrato con el gobierno de los EEUU, ICANN es un organismo privado, sobre el cual el sistema multilateral no tiene injerencia ni capacidad de definir políticas. Se puede participar y discutir, pero a la largo tenemos esta singular anomalía: un estado ha decidido privatizar la gestión, y al parecer la existencia misma, de un sistema de interés público de alcance global sobre el cual ningún estado tendrá, realmente, injerencia directa, sino a través de regulación de infraestructura y de servicios, o de factores operativos ex post facto.

Esto no cuestiona la soberanía estatal, pero pone a la Internet en un ámbito de discusión un tanto complejo. Es una entidad que, a la distancia, tienen una constitución alejada de la soberanía como se la entiende, digamos desde el tratado de Westfalia: estados- nación que negocian entre sí todo intercambio transfronterizo. Nos remite a anacronismos como la Orden de Malta, que tiene reconocimiento cuasi estatal sin ser efectivamente sujeto de soberanía: la Internet es un espacio concreto que no tiene reconocimiento político y que cada día más es un hecho dado, duro, pero que carece de status legal más allá de las fronteras estado-nacionales, a pesar de ser en ese registro transnacional donde yace su potencia. Evidentemente, no es la Orden de Malta: no es un rezago medieval sino una red poderosa que permite muchas cosas que han cambiado la vida de las personas para bien. En buena medida, la única forma de mantener el status de la Internet como un espacio favorable para todos es manteniendo esa naturaleza confusa, inusual.

La tendencia natural para gestionar los bienes públicos globales ha sido discutir como someterlos a control estatal bajo el sistema de tratados: la CONVEMAR, por ejemplo, a pesar que el Perú no sea parte de la misma; o las normas sobre el uso del espacio exterior o la Antártida. En otra perspectiva, la cesión de soberanía que implica aceptar un tratado de gestión global de bienes en el ámbito nacional permite mayores eficiencias y ahorros de todo tipo: es el caso de las telecomunicaciones, por ejemplo, que son manejadas a nivel de cada estado nación incluso en los aspectos transnacionales. 

Pero la Internet no puede ser vista así: la acción de esos actores no estatales que crean servicios disponibles en el mundo entero, y que por lo tanto "transgreden" las fronteras nacionales, es esencial para entender el beneficio que nos ofrece su existencia.

Es casi imposible pensar en someter a la Internet al control estatal: ni los individuos que la han creado y sostenido, ni las organizaciones con y sin fines de lucro que la aprovechan, ni mucho menos el detentador del sistema base (DNS) que es los EEUU, están interesados en cambiar la naturaleza abierta de extremo a extremo de la Internet. Someterla a un sistema multilateral crearía inmensas presiones para que esto ocurriera.

Para un país como el Perú, el reclamo por soberanía implícito en el pedido para someter a la Internet al espacio multilateral solo traería perjuicios: una democracia liberal y una economía abierta como el Perú, no puede sino estar en sincronía con la red abierta y liberal que es la Internet. Posibles aumentos mínimos de participación en la gestión pública de la Internet a cambio de pérdidas significativas en la naturaleza liberal de la Red sería el peor negocio del siglo. Por ello, considero que los intereses nacionales serían mejor servidos por una privatización ordenada y bien blindada de la Internet, que consagre el principio de apertura técnica, económica y política por encima de cualquier otro valor. 
 
Esto no quiere decir que no existan problemas políticos que afectan la seguridad nacional en la situación actual de la Internet. Es deber del Estado encontrar el balance correcto entre la protección de los ciudadanos, de los agentes económicos y del Estado mismo, y de las necesidades de apertura y libertad de circulación de ideas que la Internet permite. Digamos que los beneficios de Amazon subsumen los perjuicios del Silk Road.

La garantía de nuestra soberanía en este caso es el sistema global. El acuerdo para privatizar tiene 
que contener medidas que aseguren que la Internet seguirán siendo abierta, única y transparente técnica y administrativa, y que el proceso de establecimiento de estándares no tenga puertas traseras por donde un estado (como ocurrió con NIST y la NSA respectivo al encriptamiento SSL) pueda introducir sus intereses. Las normas multilaterales así planteadas podrían permitirnos confiar plenamente en la Internet como herramienta para el desarrollo de la economía, la sociedad y la política peruanas.

Existen otras amenazas específicas, que requieren ser debatidas con cuidado. La Internet permite que actores de muy diversa naturaleza se alíen y potencien digitalmente. Los grupos de incidencia y cabildeo, por ejemplo, pueden promover campañas globales; la prensa puede informar más allá de las fronteras nacionales; los actores económicos pueden organizarse efectivamente para buscar la manera más efectiva de realizar sus actividades. Lo mismo puede pasar con actores ilegales.

El punto crítico es la posible de emergencia de actores ilegales no estatales complejos: la cartelización del crimen a escala global. Las redes transnacionales de tráfico de drogas, personas y animales son un buen ejemplo de esta formación emergente, que sin duda ya utiliza la Internet. Pero el fraude económico, el tráfico de "objetos digitales" y la utilización de la Internet para el transporte de información ilegal son preocupaciones válidas, donde un Estado nación no tiene por qué asumir que la solución yace en sus fronteras.

La conclusión inevitable que debemos asumir es que la Internet no es ni será un espacio bajo el control soberano de un solo Estado; pero tampoco es un actor político que pueda aspirar a soberanía por sí mismo. La Internet es un campo de acción, un bien público global que ha sido puesto en manos de sus usuarios y que por lo tanto será siempre más caótico de lo que los Estados, y sobre todo sus agencias de seguridad, querrían. Es el costo de esta forma de potenciar la acción individual.

La manera de protegerlo y de protegernos de lo que puede hacerse con la Internet es garantizar que nadie pueda ejercer soberanía sobre esta Red. Para ello necesitamos proponer que sea realmente un sistema abierto y que considere la necesidad de todos los actores a la hora de ser gestionado. Los Estados tienen que tener un sitio en la mesa tanto como los privados y la sociedad civil.

La pérdida relativa de soberanía que implica la Internet privatizada no será solucionada con alternativas rigurosas de control estatal, porque al final la parte en donde el crimen ocurre seguirá estando fuera del alcance de la ley local, pero los beneficios de la conexión global se perderían si se insiste en el control. El control deberá ser post-facto y bajo normas específicas, e iguales para todos. 

La consecuencia de esta interpretación de la Internet como un campo es que será el escenario de conflictos muy complejos y a veces invisibles. De la misma forma que es imposible prohibir las guerras, es falaz pensar en prohibir las ciberguerras. Los últimos años muestran una desagradable tendencia a la utilización de actores no estatales como agentes de actores estatales en ciberconflictos de baja intensidad: esta fórmula garantiza la constante incomodidad y filtración de información crítica, pero no tendría que llevar a conflictos efectivos que busquen destruir las capacidades informáticas de un país, o peor aún, a afectar el funcionamiento del Estado y la sociedad a través de ataques informáticos.

Pero el potencial existe, y es necesario considerar las previsiones mínimas que lleven a garantizar cómo evitar estas situaciones. Si entendemos la ciberdefensa como la política y la práctica de la defensa nacional en espacios informáticos frente a potenciales actores estatales, el escenario es uno; pero si asumimos que el problema más que de defensa es de seguridad, es decir frente a actores autónomos pero no estatales, la situación cambia radicalmente.

Una Internet abierta no es la mejor garantía de ciberdefensa, pero tampoco sería el escenario preferido para un ciberataque estatal. A diferencia de los conflictos interestatales, el
potencial para daños y perjuicios significativos por causa de la acción maliciosa de actores no estatales en el ciberespacio es grande. Esto también diferencia la situación con actores estatales en el caso de la defensa nacional "convencional": no hay manera que la acción de privados sea una verdadera a la defensa nacional, pero sí, en el largo o mediano-largo plazo, a la soberanía y seguridad nacionales: el cambio climático, por ejemplo.

Pero la soberanía nacional puede no ser afectada y al mismo tiempo la marcha cotidiana del país profundamente dañada por las acciones no estatales. Es necesario definir instrumentos que permita identificar, perseguir y sancionar efectivamente, y transnacionalmente, las acciones ilegales de los actores no estatales. Es decir, los acuerdos de gobernanza deben ir en la dirección de vigilancia y enforcement efectivo, a través de un sistema global, colaborativo, de lucha contra el crimen informático. Sin ello, países como el Perú estaremos inermes frente a amenazas no solo complejas sino completamente fuera del ámbito de acción viable de nuestras fuerzas del orden.

De nuevo, un modelo de control pasivo, en donde la Internet pueda ser monitoreada efectivamente, pero bajo garantías constitucionalmente fundamentadas, para evitar el uso ilegítimo de un servicio público. Lograr el equilibrio no es una cuestión técnica, sino política: es indispensable reconocer el interés de los estados nación para contar con mecanismos para el monitoreo que no dejen lugar a controversias como las que el caso NSA/Snowden plantean, pero que no puedan ser abusadas localmente, ni mucho menos globalmente. La razón de estado será siendo usada por los poderosos para apropiarse de recursos pero un sistema sólido puede complicar estas acciones, incrementar los costos asociados al obligar a que sea hechas de manera clandestina, o crear presión a través de alianzas con actores económicos no estatales, como ha sucedido con Facebook o Google, para los cuales un mundo bajo la permanente amenaza de espionaje estatal es un desventaja para el negocio.

La única forma de garantizar tanto privacidad como posibilidad de acción estatal cuando sea conveniente, es afirmando que hay espacios privilegiados para los estados y los ciudadanos en cualquier modelo de gestión. Es imprescindible evitar confundir el “multistakeholderismo” con predominio de aquellos que pueden presentarse a los foros, están conectados o son representantes oficiales. Sin representación democrática y con medios para hacerlo con la misma intensidad, fracasará cualquier intento de “democratizar” la gestión de la Internet.

Asumiendo que el espacio global es el que está en discusión, la única garantía de contar con los recursos para conocer qué y cuánto se está haciendo de manera ilegal en la Internet requiere una demanda coordinada, desde el estado, la sociedad civil y los agentes económicos, por mecanismos que permitan simultáneamente completa confianza en la transparencia de los procesos y la privacidad de los ciudadanos, pero que no impidan la revisión a posteriori de los actos ilegales. Las características técnicas pueden variar, pero es el reclamo político es que se debe coordinar. Recordemos, es solo la iniciativa colectiva aunada a la demanda incisiva y constante por un orden formalizado y claro de normas y tratados el que puede garantizar que ni el abuso del poder ni la ausencia de enforcement sean la regla en la Internet.

Proteger al ciudadano del poder de los agentes estatales pero también de los no estatales es la cuestión de fondo. Pero proveer de recursos para que los estados pequeños no sean aplastados por el poder de los estados grandes, ni por los agentes no estatales con fines ilegales, es tan crítico como lo anterior.

sábado, 15 de marzo de 2014

MH 370: la suma de todos los desconciertos

Los aviones no se caen del cielo.

Esa es la premisa sobre la que se funda la aviación comercial. No es que no haya accidentes, o que no moriremos en ese avión que nos lleva a Arequipa o a Madrid o a Kinshasa. Es que una vez que superamos el aterrador proceso de despegar, de desprendernos de la tierra, y antes de pasar por la incertidumbre de la llegada, el avión es simplemente un espacio de tedio e incomodidad al que toleramos, porque nos ofrece algo maravilloso: el destino y el desplazamiento. 

Somos conscientes que hay miles de razones incomprensibles, incognoscibles, por las que se puede estrellar un avión, pero asumimos que si ya está arriba, a velocidad de crucero como le dicen, no hay mucho de qué preocuparse. Eso es lo que hace que accidentes como el AF447 de 2009 o el todavía irresuelto, quizá irresolvible MH 370, sean tan aterradores: así uno quiera evitar el morbo, no puede dejar de pensar en lo que sería estar ahí, sabiendo que algo está pasando, pero sin saber qué es lo que está pasando, temiendo lo peor pero confiando en la tecnología y renegando porque la tecnología nos está fallando, no está respetando su parte en el trato faústico que hemos firmado con ella. Eso hace que no podamos dejar de mirar en la dirección del waypoint IGARI y pensemos, ¿qué pasó con MH 370? con la natural curiosidad humana pero con la sensación vaga que podríamos ser nosotros la próxima vez. 

Ahí, en IGARI, ese punto específico en el aire ubicado a 6° 56' 12N 103° 35' 6E, el Boeing 777-200 de Malaysia Airlines, vuelo MH 370, reportó con el centro de tráfico aéreo Subang, en Malasia. El siguiente paso era transferir el control al centro de tráfico de Ciudad Ho Chi Minh, en Vietnam. Iban más o menos 40 minutos de las cinco horas que tomaría llevar el 777 de Kuala Lumpur a Beijing. 

El 777 es un avión grande, de esos de a ocho o nueve asientos por fila, usado para vuelos de larga distancia. Aquí en Lima no vemos muchos: KLM hace su vuelo a Schiphol con un 777-300, de mayor alcance; ocasionalmente otras aerolíneas lo han usado. Pero digamos que su territorio natural es Asia. Cinco horas no es mucho rato para un 777, y este avión llevaba como es habitual, combustible para llegar a su destino y a uno de varios puntos de desvío de emergencia hasta dos horas de vuelo del destino oficial. Digamos poco más de siete horas de vuelo, considerando el patrón de vuelo, que incluye una altura ideal para maximizar el rendimiento y velocidad, y patrones estandarizados de despegue y aterrizaje que sin agitar la percepción espacial de los pasajeros permita llegar rápido y sin complicaciones al destino. El techo, es decir el límite físico de vuelo del 777, es 43.100 pies (la medida que se usa todavía en aviación comercial; unos 13 km): más alto el avión no puede sustentarse en el aire y puede entrar en pérdida, o stall, cuando el avión no tiene capacidad de volar, y casi inevitablemente caerá sin importar qué funciona y qué no. Su altitud de crucero ideal es 35.000 pies, y cuando vuela a esa altura está en su sweet spot

9M-MRO, como está matriculado este particular 777, se encontraba ya en FL 35, es decir en la altura designada por el control de tráfico para su viaje, cuando desapareció del control. Un avión desaparece del tráfico civil cuando deja de enviar señales mediante su transponedor, un aparato que envía una señal de identificación específica cuando se le pide que lo haga. Todos los aviones comerciales contemporáneos tienen un transponedor, que se configura para cada vuelo con los datos específicos. En otras palabras, 9M-MRO dejó de responder cuando lo llamaban, y nunca se contactó con Ho Chi Minh cuando se lo pidieron. 

Si un avión tiene problemas, de cualquier tipo, avisa al control de tráfico bajo el cual opera con lo que se llama un código squawk, que sirve como indicación general del estado del vuelo. Si ha sido secuestrado, envía un squawk específico: digamos una suerte de indicador que diría “soy Eduardo, estoy en tal sitio, me han secuestrado”. Este código es 7500, es universal y si vieron United 93, la extraordinaria película sobre los atentados del 11 de setiembre, tal vez recuerden (no, no lo creo, pero en fin) que en medio de las discusiones en el control aéreo alguien llega a decir “pero (el avión perdido) está enviando squawk 7500?” como preguntando si se ha declarado un secuestro. 

¿Qué ha pasado? Lo único que se puede afirmar con total certeza es lo siguiente: un Boeing 777-200 de Malaysia Airlines, registro 9M-MRO, en el vuelo MH-370 de Kuala Lumpur (Malaysia) a Beijing (China), con 227 pasajeros y 12 tripulantes, estaba en el nivel de vuelo FL350 (es decir, a unos 35.000 pies o 10.5 km de altura) unos cuarenta minutos en vuelo, cerca de  90nm (es decir, como 167 kilometros) al noreste de  Kota Bharu (Malaysia) sobre el golfo de Tailandia, en contacto con el centro de control de tráfico aéreo Subang (Malaysia). Este avión estaba a punto de ser transferido al centro de control de tráfico aéreo de Ciudad Ho Chi Minh (Vietnam), cuando el contacto de radar secundario y de radio se perdió, hora 01:22L del 8 de marzo de 2014 (17:22Z 7 de marzo 2014; 12:22 Z-5, hora de Lima, 7 de marzo). El centro Subang comunicó oficialmente a a la aerolínea que el avión estaba perdido alrededor de las 02:40L (18:40Z 7 de marzo).  

(Z es "Zulu Time", tiempo universal coordinado (UTC), el viejo tiempo de Greenwich; Z-5 es UTC - 5 horas). 

Entonces, 9M-MRO simplemente desapareció. No dijo nada más. Se fue. 

Sigue sin decir nada. Una semana después no se sabe en dónde está. 

Como se puede ver, la aviación comercial es una actividad altamente regimentada y global. Nadie puede volar un avión fuera de fronteras nacionales sin cumplir con las reglas de la ICAO, la organización de las Naciones Unidas; pero tampoco sin aceptar las reglas de mantenimiento de los fabricantes, que son básicamente dos, Boeing y Airbus, que son certificados por organismos estatales con altísima coordinación (la FAA en EEUU, la EASA en Europa). Igual pasa con la búsqueda y rescate (SAR) que sigue un patrón determinado: si un avión desaparece se lo comienza a buscar en su última posición indicada y se sigue por la zona en la que debería estar. Si no, se hace mediante procedimeintos específicos hasta agotar la zona, mientras se revisa qué más pasó. 

Lo que hace distinto el caso de MH370 es que el avión no dejó rastros. Entonces, mientras se lo busca hay que hacerse preguntas concretas sobre por qué dejó de comunicarse, y tratar de establecer dónde podría haber ido a parar. Nada de esto es simple, porque el sistema de la aviación comercial presupone que hay pistas. El caso del Airbus 330 de Air France, vuelo AF 447, perdido en el oceano Atlántico entre Rio de Janeiro y París en 2009, es un buen ejemplo. 

AF 447 viajaba a través del Atlántico cuando simplemente desapareció del mapa. Días después se descubrió que se había estrellado, aunque se supo desde el inicio que algo serio estaba pasando porque comunicaciones automáticas entre el avión y la base de mantenimiento dieron a entender eso. Los restos fueron ubicados en una zona consistente con la trayectoria del vuelo, pero tomó años entender por qué ocurrió lo que ocurrió: primero fue necesario recuperar las cajas negras, hundidas en el fondo del océano; luego interpretarlas. Cuando finalmente se tuvo el resultado, la respuesta fue escalofriante: uno de los pilotos entró en pánico y cometió errores terribles que contradecían lo que el piloto principal intentó hacer, hasta que el avión entró en pérdida, es decir se colocó en una posición en la que no había sustento aerodinámico, y cayó sin remedio al océano. 

Entonces, el sistema funcionó: el seguimiento dio pistas, los rastros llevaron a los restos, y se pudo establecer relativamente pronto que el accidente había ocurrido más o menos donde se asumió que ocurrió, y que había sido fatal: irrecuperable, como se dice en la jerga. Explicar qué ocurrió, es otra historia. Los años que tomó dejaron en claro que las circunstancias fueron excepcionales, y que como suele ser el caso en la aviación contemporánea, no se puede asumir que un accidente aéreo tiene una sola causa, sino una secuencia de causas que complican el proceso donde la sucesión de problemas lleva a la catástrofe. 

El mar de acrónimos y códigos es parte de la aviación civil, y es lo que hace que sea atractiva para muchos geeks, quienes ven esta ensalada como un conocimiento hermético que vale la pena aprender para diferenciarse de otros, menos privilegiados, que no diferenciarían un NOTAM de un METAR ni por su vida. 


Entonces, cuando se comienza a difundir la noticia, la diferencia entre el dato técnico y la simplificación necesaria para el público en general hace que varios detalles se pierdan. Se perdió el contacto no quiere decir que siempre está en contacto; simplemente que dejó de comunicarse de acuerdo a las reglas. Las razones para que eso ocurra son múltiples, y requieren varias comprobaciones. Por so es que no se difundió la pérdida hasta horas después: había que confundir que efectivamente, no solo no contestaba, sino que no había intentando hacerlo en ninguno de los momentos o lugares en donde debía hacerlo. 

Desde hace décadas algo así no pasaba. Casos como el vuelo del Star Dust, que desapareció en los andes argentinos en 1947 y que solo se comprendió cuando los restos fueron encontrados entre los hielos glaciales más de cincuenta años después, ya no ocurren. Los aviones están mejor fabricados, tienen redundancias múltiples en sus sistemas de aviación, de navegación y de comunicación; las redes de comunicación y seguimiento están ampliamente implementadas con procedimientos consistentes a lo largo del mundo; las comunicaciones son más complejas y sólidas; y simplemente, la aviación comercial es más segura. Entonces parece incomprensible no solo que un avión se estrelle, sino que un avión desaparezca, y sobre todo que no se tenga idea de qué hacer al respecto, que es la imprecisión, lejanísma, que se tiene desde aquí. 

La hipótesis actual, es decir la explicación propuesta en base a la información recogida y analizada de acuerdo a conceptos sólidos y bien establecidos, es que el avión fue intencionalmente llevado a una ruta distinta luego que los sistemas de comunicación fueron desactivados por alguien con conocimiento de cómo hacerlo de manera ordenada y precisa. Los datos se han reconstruido a partir del radar primario, es decir el radar militar. Este, a diferencia del radar civil, busca activamente objetos en el cielo, para determinar si el espacio aéreo está siendo invadido por cualquier objeto no identificado. El radar primario no espera identificar positivamente qué avión está observando, sino que determina que alguien está donde no debería, y sirve entonces para tomar acción militar. Por ello, calcula trayectorias y calcula también el tipo de avión. Puede saber que hay un 777 donde no debería estar, pero no puede saber que ese 777 es 9M-MRO. 

Tomó seis días estar seguro que el único objeto volador en ciertas posiciones tendría que ser el vuelo perdido de Malaysia Airlines, conclusión a la que llegaron por extrapolación tres distintas instancias: Malasia, China y los EEUU. El gobierno malasio entregó la información de su radar a dos países más para que le dieran una mano (de ahí la mención sobre la subordinación de la seguridad nacional que dio el primer ministro en su conferencia del sábado 15 al mediodía). 

Es entonces un secuestro en el sentido más lato del término: alguien decidió tomar control del avión y llevarlo en otra dirección sin autorización ni aviso. Quién, por qué y a dónde, eso no sabe. Solo se sabrá cuando, si es el caso, se encuentre el avión. La hipótesis subordinada es que el avión habría seguido un curso todavía indeterminado, pero que podría haberlo llevado sea hacia el norte, desde la frontera norte de Tailandia, atravesando China por el Tibet y Xin Jiang, hasta la frontera de Kazakshtán con Turkmenistán; o hacia el sur, atravesando Indonesia (Java y Sumatra) hacia el Océano Indico, bordeando Australia. La primera ruta posible está cubierta por radares militares de muchos países y debería dar resultados concretos pronto; la segunda ruta carece de mayor cobertura salvo por una red de radar muy sofisticada que Australia maneja pero que no necesariamente está activa en toda su capacidad todo el tiempo. En suma, algo debería pasar pronto: alguna pista nueva debería aparecer pronto. 

Insisto: es una hipótesis. No es una determinación, porque no hay evidencia física que permita afirmar qué ha ocurrido; solo lo que se estima ha ocurrido. Digamos que hay un alivio: el avión no se cayó del cielo. Pero nadie sabe dónde está todavía, y lo más importante, nadie sabe por qué alguien hizo lo que hizo con el avión. Todas las demás "explicaciones" son fantasías, o si se quiere, suposiciones más o menos (más menos que más) informadas. 

El último contacto fue el sábado 8, a las 0.11Z, 08.11 local de Malasia, en el límite absoluto de su rango. No se ha reportado que haya aterrizado en sitio alguno.

Recomiendo la excelente cobertura de Aviation Herald para los que quieran más detalles. 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Razones para no aceptar el proyecto actual de ley universitaria

Este artículo fue preparado en enero de 2014, pero lamentablemente no pudo ser publicado en su momento. Lo coloco aquí porque creo que los argumentos son válidos. 

El debate de las últimas semanas sobre el proyecto de Ley Universitaria ha devenido en calificativos que demuestran la pobreza de nuestra discusión pública. Sin duda tenemos un serio problema de mala calidad en la oferta universitaria, con universidades públicas y privadas ofreciendo formación pobre, sin recursos y sobre todo sin perspectivas. Se enseña sin mirada de futuro, desde las certezas inconmovibles del pasado; no se ve a la universidad como un camino para definir nuestro porvenir colectivo.

Pero centrar la discusión en la mala calidad, como lo hacen tanto las partes como el proyecto mismo, es el camino menos adecuado para cambiar nuestra universidad. Tampoco sirve que el énfasis del proyecto sea un formalismo singular, con insistencia en medidas universales sin más sustento que un prejuicio positivo. Si se mantienen los mismos docentes, los mismos recursos y las mismas facilidades para el trabajo académico, ¿qué se puede lograr obligando a contar con burocracia institucional para la investigación? Sin duda habrán resultados, pero serán “investigaciones” irrelevantes, sin impacto más allá del juicio burocrático de cada universidad. Es decir, se continuará con la universidad anclada en el pasado y mirando siempre hacia dentro suyo, sin vocación de dirigirse hacia las necesidades de la sociedad, y comparándose con las universidades del resto del mundo.

Se plantea en el proyecto que no haya reelección de autoridades universitarias, y el subtexto que lo explica es que así se combate la corrupción. ¿Y qué pasa con las universidades en donde no hay corrupción pero la continuidad institucional, el aprendizaje de la gestión y la formación de cuadros sí están bien encaminadas? Se demanda que tanto bachilleres como licenciados hagan tesis; ¿acaso las fabricas de tesis disminuirán su trabajo? ¿La calidad de los asesores se incrementará automáticamente? ¿Y qué pasa con las universidades que han diseñado sistemas más efectivos y eficientes para lograr la licenciatura?

Aquí yace el principal problema del proyecto. Obsesionado por acabar con lo malo, decide que el problema es que hay universidades de mala calidad. No se hace nada para lograr que las universidades adecuadas sean mejores, que las universidades regulares sean buenas. Es más, se arrastra a las universidades que ya funcionan hacia un modelo orientado a solucionar problemas precisos con lo que probablemente sean paliativos cuando no fracasos. La corrupción en las universidades no es resultado de la ley: como las normas de adquisiciones del estado, que no impiden la corrupción pero que crean tantas complicaciones que hacen cada vez más difícil lograr objetivos sin perder tiempo que no tenemos, las universidades tendrán más barreras para funcionar bien mientras que la corrupción encontrará cómo filtrarse. La idea que las elecciones generales para elegir autoridades solucinarán el problema de la corrupción ignora que no hay evidencia para sustentar ese punto de vista, pero sí hay suficiente experiencia de caos y parálisis cuando toda la universidad dedica toda su atención a elegir autoridades.

En suma, el proyecto de ley cree que puede crear buenas universidades simplemente haciendo que las malas dejen de serlo. Desde todos los campos se discute la urgencia de repensar las estrategias de crecimiento económico del país, que parecen estar agotándose; no basta con buena gestión de las cuentas públicas y estabilidad macroeconómica. Este proyecto es lo mismo aplicado a las universidades, con el agravante de creer que la ley y los mandatos institucionales serán suficientes para hacer que la desaparición de malas universidades ocurra; luego surgirán solas las buenas. No es así.
Tener buenas universidades requiere tener buenos profesores; requiere que no intenten hacer de todo, sino lo  que funcione en el contexto en que se encuentran: no toda universidad tiene que estar orientada a la investigación, pero tiene que contar con profesores que puedan hacerla si se les da los medios y la oportunidad. Sin duda la acreditación es necesaria, y sin duda necesitamos más investigación. Pero la acreditación por sí misma no soluciona nada, y la investigación no quiere decir que una universidad sea relevante para el país. Estamos confundiendo indicadores con evidencia: la acreditación es un indicador, que se basa en evidencia.

Mucho más positivo para la marcha del país sería financiar el fortalecimiento de un grupo de universidades elegidas por concurso público, no por designación legislativa, y que incluya a las privadas, que ya dan mucho y muy bueno para el país; asegurando que cumplan con estándares internacionales, desde la formación básica hasta la investigación avanzada. La corrupción debe investigarse y extirparse; pero creer que las normas solas se harán cargo, y que no tener corrupción compondrá la universidad peruana, es erróneo, y condenará a esta potencial ley a ser inefectiva y sobre todo, dañina para lo que ya funciona. Mejor descartarla, y definir cómo fortalecer lo bueno y combatir lo malo por separado, con menos intervencionismo y más compromiso de todos.

lunes, 20 de enero de 2014

20 cosas que no cambiarán con el fallo de La Haya

  1. Chile seguirá teniendo menos pobres que el Perú.
  2. Los jueces de Ucayali seguirán dando amparos a quien los pida sin mayor razón o sentido.
  3. La Municipalidad del Callao seguirá saboteando los intentos de reordenar el transporte público en Lima Metropolitana.
  4. Chile seguirá yendo al Mundial; Perú seguirá llorando entusiasmos mal encaminados.
  5. Seguiremos llorando por el pisco a pesar que es una gota de agua en los mercados internacionales de alcoholes destilados.
  6. Los chilenos seguirán comiendo comida peruana. Los peruanos no pasaremos de la empanada (tampoco hay mucho más, ciertamente).
  7. Santiago seguirá teniendo un clima horrendo. Lima seguirá teniendo un clima insípido.
  8. Los Carabineros seguirán siendo más confiables y eficientes que la Policía Nacional del Perú.
  9. Los chilenos seguirán teniendo más respeto a la ley que los peruanos.
  10. Chile seguirá teniendo partidos políticos que funcionan y representan posiciones políticas definidas y continuas. El Perú seguirá teniendo políticos que escriben "La Halla".
  11. Chile seguirá careciendo de fuentes propias significativas de combustibles fósiles.
  12. Chile seguirá siendo el último país del mundo occidental que se paraliza por un festival musical.
  13. Los irrendentistas peruanos seguirán comprando "La Razón".
  14. Los racistas chilenos seguirán aplaudiendo a Jorge Tarud.
  15. Los peruanos seguirán comprando en Saga, Ripley, Tottus, Almacenes Paris, Sodimac y demás. 
  16. También seguirán usando sus Nextel aunque en realidad la marca es un disfraz de Entel Chile.
  17. Los chilenos se seguirán riendo del acento peruano y los peruanos nos seguiremos riendo del acento chileno. 
  18. Chile y Perú seguiremos, geologicamente hablando, condenados a sufrir terremotos.  
  19. Chile habrá sido sede de un mundial; Perú no va a ser sede de un mundial.
  20. El vino chileno será generalmente mejor que el peruano. 
Lo que sí espero que cambie es que aceptemos que nuestro destino es compartido. Aquí en este rincón del planeta donde nunca pasa nada, se podría hacer las cosas un poco mejor y refugiarnos de las tempestades que vendrán en los años de crisis que nos esperan. No solo Chile y Perú, la región entera, debería mirar un poco más para adentro y pensar en lo que podemos hacer juntos.




sábado, 18 de enero de 2014

Lima: cinco años no son nada

Hace cinco años escribí una lista de 10 cosas que a mi criterio le faltaban a Lima. Y así seguimos...

Unas cuantas SI:

  1. Tenemos un buen teatro. El Gran Teatro Nacional con los problemas de claridad de gestión no está siendo llevado como quizá sería ideal, pero que es un gran teatro, lo es. 
  2. Se está haciendo algo con el Río Rímac. Cuando se termine la Via Parque Rimac habrá algo mucho mejor que lo tenemos hasta ahora.
  3. Cuando la renovación de la Costa Verde esté terminada, podremos saber si realmente se ha hecho algo con ella en el gran sentido del término, algo que además le haga juego al Malecón de Miraflores, que sin duda es de lo mejor que hay en la ciudad.

Pero hay siete que siguen igual...
  1. Todavía no tenemos un buen centro de convenciones que aligere el resto de la ciudad. Lo de la Costa Verde y Mistura... no creo que funcione. 
  2. No hay una buena arena o coliseo. Quizá con los Panamericanos...
  3. El Gran Parque de Lima ni siquiera está en los sueños de los limeños. Esto no niega la existencia de parques urbanos importantes, pero no hay uno que sea de Lima, para toda la ciudad. 
  4. No hay buen transporte público. Quizá en el futuro si todo marcha, pero todavía es idea, y ciertamente el gran límite es la ridícula separación entre Lima y Callao para estos temas. Una autoridad metropolitana solucionaría muchas cosas, pero la intemperancia y las limitaciones y mezquindades de nuestros políticos hacen improbable qe la sensatez se imponga. 
  5. No tenemos un lugar icónico, tenemos millones de loquitos lanzando cohetones. 
  6. No tenemos polos de desarrollo. 
  7. Cerrar la Arequipa los domingos por la mañana no alcanza. No tenemos un evento deportivo significativo, pero la oportunidad que es los Panamericanos debería servir para buscarlo. 
Nada más... Otro aniversario, 479 esta vez. Ojalá y las cosas estén más claras en el 480. Sobre todo, ojalá que alguien mejor, con imaginación y buen voluntad, y capacidad de gestión, sea el alcalde de Lima el 2015.