viernes, 29 de agosto de 2014

La incursión digital

No está aprobada, ni siquiera está revisada por muchos, pero mi tesis doctoral en ciencia política fue entregada hace unas semanas. Me tomo la libertad de colgar un enlace a una versión simplificada de la introducción, para aquellos que puedan estar interesados.

http://www.scribd.com/doc/237690244/EVMTesis-Intro-Simple-Para-Difusion

miércoles, 23 de julio de 2014

De doctores, doctorados y críticas

Comprensible la andanada de burlas y pullas luego de la revelación que Alan García Pérez no tiene doctorado y por ello, no debería ser ni siquiera profesor de un doctorado en su muy acogedor segundo hogar, la Universidad San Martín de Porres. Me aúno, no es un personaje que merezca mi respeto.

Pero las críticas se fijan demasiado en un aspecto muy preciso. Efectivamente, hay disposiciones legales y reglamentarias que requieren que alguien tenga un doctorado para poder dirigir un doctorado, y AGP no las cumple; y esto es apenas el inicio del problema, y no debería ser el centro de las críticas.

El propósito de un doctorado no es dar un pomposo apelativo que usar antes del nombre, para impresionar a los incautos. "Doctor" no es equivalente a sabio o superior, solo indica que una persona ha continuado su educación, con mucho esfuerzo, y que ha producido un trabajo de carácter académico con ciertas características, que ha sido juzgado por otros doctores como digno de la categoría de "tesis doctoral". Producir esa tesis es una chambaza, lo sé por experiencia propia pero sobre todo por la enorme cantidad de horas, pestañas y neuronas que ha requerido de muchos buenos amigos y colegas que han hecho doctorados de altísima exigencia.

Pasar a enseñar en un doctorado es todavía más difícil, puesto que indicaría que no solo has hecho una tesis y cumplido con los demás requisitos, sino que encima estás más preparado que otros con tus mismas calificaciones. ¿ Cómo se estima esto? A través de tu producción académica: has seguido escribiendo, publicando y un largo etcétera. Si no solo enseñas, sino que diriges un doctorado, es que tus calificaciones académicas son singulares, y encima eres un buen administrador.

AGP no califica, no porque no tenga el grado de doctor, sino porque no es un académico. No ha producido nada que sea juzgado por otros académicos, sino que es un político (malo, pero ese es otro tema) que ha aprendido mucho en el hacer. Esto lo calificaría para enseñar en un doctorado, muy probablemente, puesto que su experiencia es de primera mano y amplia; en muchos casos se opta por permitir que aquellos a los que les sobra experiencia pero no tienen las calificaciones enseñen, materias precisas que tienen que ver con esa experiencia.

Evidentemente, la intención de AGP al dirigir un doctorado es darse una patina de respetabilidad académica, crear un rollo que parece justificar lo que hace, hizo o quisiera hacer como dirigente político y presidente. Carece de un propósito académico, es decir de formar gente para que pueda producir con un nivel elevado y consistente reflexiones intelectualmente sólidas, basadas en conceptos y teorías bien usados.

Esa es la crítica central, que no tiene que ver con el falso grado de doctor: para AGP, como para muchos políticos o empresarios o simplemente miembros de la élite peruana, un doctorado es un adorno, otra chapita para pegar en el traje; no la promesa de seguir haciendo lo que se hizo durante el tiempo que se estudiaba. Trivializar el trabajo de los académicos es tan grave como despreciar la inteligencia en general, cosa que suele ocurrir en nuestro país; dirigir un doctorado cuando lo único que se quiere es justificar las propias acciones y producir adulación pseudo-intelectual, es señal de pequeñez humana y de irresponsabilidad política. Así visto, si AGP tuviera, como bien podría pasar, tener un doctorado, no estaría calificado para enseñar o dirigirlo: no sería un académico, sería apenas un interesado en la adulación y la autojustificación.

Que sirva para aprender la lección que la Ley Mora no ha incorporado: el problema no es ni debe ser el requisito formal, sino lo que se busca lograr con ello. Un buen político, sin doctorado, puede ser un profesor digno de un doctorado de ciencia política; un mal político, con doctorado, no debería ser admitido en ella sino para volver a empezar.

jueves, 17 de julio de 2014

Tras el Mundial (I): el futuro (nada) diferente del fútbol peruano, o pedirle peras de oro a un olmo privatizado

A mediados de los setenta, el Perú gozaba de un buen período futbolístico. El éxito de 1970, el también éxito (aunque con trafa) de 1975, luego la clasificación a Argentina 78. En el terreno dirigencial, Teófilo Salinas Fuller era el presidente de la CSF, ahora Conmebol, y eso “era bueno para el fútbol peruano”, o al menos eso decía la prensa local. 

En la actualidad, el fútbol peruano hace agua por todos lados pero tenemos un dirigente tan prolongado como Salinas: Manuel Burga. Objeto de desagrado y desprecio, también recibe el calificativo de causa del fracaso de este deporte. Desde comentarios tremendistas que asumen que el principal o casi el único culpable es Burga, hasta los que opinan que es culpable junto con otro, su aparición en reuniones de la FIFA o en eventos deportivos produce revulsión. 

Ahora, la pregunta inevitable es ¿qué ha hecho o dejado de hacer Burga para ser convertido en la bestia negra de los aficionados peruanos? ¿Qué hace que tener un dirigente eterno sea bueno cuando nos va bien, pero deja de serlo cuando nos va mal? El problema no es, strictu sensu, corrupción, dado que la FIFA y las federaciones nacionales no son organizaciones corruptas sino más bien un monopolio transnacional sin regulación, capaces de hacer lo que quieren porque controlan un negocio majestuoso a través del mecanismo de repartir ganancias sin mayor empacho. No hay delitos, pero sin duda hay conductas inmorales. 

Salvo en los países autoritarios, la organización del fútbol a nivel nacional suele ser más bien autónoma, alrededor de grupos que se articulan en ligas y campeonatos, y que reciben exenciones fiscales pero no necesariamente financiamiento estatal. Es el caso de la Federación Peruana de Futbol, que no tiene muchas propiedades ni controla el fútbol profesional: este negocio es manejado, como en muchos otros países, por los propios equipos que juegan en la liga superior, con la única demanda de respetar la estructura integral y aceptar a los equipos que ganen los ascensos como parte de la élite comercial. 

Sin duda, Manuel Burga ha optado por la comodidad absoluta: que los clubes hagan lo que quieran, él apenas verá lo mínimo indispensable para garantizar la marcha de la selección, de las selecciones en otras categorías, y ciertamente de los campeonatos locales. Burga, digno representante de los tiempos que corren, decidió que el mercado es el mejor asignador de recursos y no ha intervenido en su marcha. 

La mediocridad del fútbol peruano resulta entonces culpa de muchos, incluyendo Burga, pero la falta de resultados no se le puede atribuir directamente. Un liderazgo activo tendría que conseguir convencer a todas las partes de crear otra estructura, pero sobre todo otras prácticas en la formación futbolística, comenzando desde la infancia con campeonatos en serio y manteniendo ese estándar por años sucesivos. Se necesitaría que los clubes vieran a los jugadores como inversiones de largo plazo antes que como soluciones baratas, a ser contratados cuando están listos para luego ser vendidos cuando alguien incauto pregunta por ellos. Se necesitaría que la FPF tomara control bajo otras premisas del fútbol peruano, con la intención de lograr algo en quince años y que mientras tanto, comprometiera a los clubes a invertir en formación, manteniendo niveles adecuados de endeudamiento, y contribuyendo con buenas, ordenadas y sistémicas divisiones inferiores. Claro, en conjunción con federaciones regionales similarmente orientadas. 

O también hacer la cosa fácil: que se maten entre todos por centavos mientras yo prácticamente vivo en Zurich y no me pierdo una sola fiesta. 

¿De verdad queremos que el fútbol peruano funcione? En un país que no tiene las reservas naturales de buenos futbolistas de los platenses o los brasileños, la única forma es formar a los talentos que emergen sin mucho apuro y sabiendo que el fracaso es la norma, que no habrá muchos éxitos al comienzo. Si Alemania ha hecho lo que ha hecho para lograr ser campeón mundial, apenas clasificarnos a un Mundial va a requerir que estructuremos formación mucho más solida y consistente en el tiempo que aquella que ya existe en los países vecinos, que están por encima de nosotros, claramente. Los dirigentes apenas servirán para hacer que esto ocurra, y deberían pasar a un completo segundo plano: pueden durar décadas o meses, si el plan está funcionando y la máquina, bien diseñada y operativa, hace su trabajo. No necesitaremos a un Salinas como tampoco será necesario odiar a un Burga. 


En otras palabras: dejar de creer que el mercado lo soluciona todo y optar por un plan sin que la prioridad sea la ganancia rápida ni la clasificación urgente. No me cabe duda alguna que Burga jamás hará eso, y por ello debería ser reemplazado; pero tampoco me cabe duda alguna que no hay interés alguno en la dirigencia futbolística en general, ni tampoco en la hinchada, en aprender a esperar; y que no hay nadie en el espacio actual del fútbol peruano en condiciones de hacer el trabajo de largo plazo solo, sino que se requiere un consenso cuidadoso y bienintencionado que no creo posible. Nuestros infantilismo de nuevo (medio) rico nos impide darnos cuenta de lo evidente: no hay razón alguna para que un milagro ocurra, sino que necesitamos trabajar, ser organizados y modestos. 

Y eso incluye dejar de echarle la culpa a Burga como si él fuera el único malo de esta historia. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Asuntos internos: la reelección de Marcial Rubio

Hasta hace tres semanas, el panorama electoral en la PUCP era bien confuso. Existían cuatro candidaturas, dos bastante claras, una más discreta y una última, casi clandestina. Marcial Blondet, lanzado en julio de 2013, y Eduardo Ismodes, lanzado en octubre del año pasado, habían manifestado su interés con claridad, y hasta cierto punto planteaban posiciones bastante nítidas sobre los problemas de la universidad. Pepi Patrón no se había lanzado formalmente pero sí era sabido públicamente que lo iba a hacer. Efraín González de Olarte, más allá de un episodio confuso en una cuenta personal de Facebook, se mantenía bastante menos efusivo en su interés electoral.

Todo esto cambió cuando el Vaticano envió comunicación de la creación de una comisión para lograr una solución "consensual y definitiva" al conflicto entre la PUCP y la jerarquía de la iglesia católica. Por los backchannels, y por el tenor de la comunicación, quedaban claras dos cosas: el Vaticano prefería seguir negociando con el actual rector, y la comisión, compuesta por arzobispos que no trabajn en la curia vaticana, venía en lo más cercano a son de paz que se podría esperar de una institución conservadora y finalmente vertical, como es la iglesia católica.

Esto alteró completamente la dinámica de la elección rectoral, de por sí algo desacomodada por la amenaza de la ley Mora. Subitamente era posible que la elección ocurriera durante un proceso complejo de negociación, y que el nuevo rector tuviera que lidiar con un asunto mucho más serio que la continua conflictividad con el Vaticano y con el arzobispo de Lima.

No sé de quién salió la idea específica de la reelección esta vez. Ciertamente varios profesores le pidieron a Marcial Rubio que continuara hace varios meses y él se negó. Esta vez la idea que surgió tuvo una forma más específica: reelección del equipo completo con la meta clara de negociar con la comisión vaticana, y luego que esta meta se haya logrado, renuncia del equipo rectoral, convocatoria a nuevas elecciones en las que no participará el actual rector, y una nueva etapa para la PUCP. Evidentemente habrá algunos baches: la negociación traerá demandas eclesiales que harán la vida algo difícil a los candidatos a rector, puesto que el Vaticano continua sosteniendo, de manera indirecta, que es el arzobispo local con quien se debe tener la primera relación, mientras que la PUCP preferiría entenderse con la burocracia vaticana. Entre otras cosas.

En este contexto, la solución planteada no me parece mala. Personalmente soy partidario de incendiar la pradera y llevar el conflicto al máximo, hasta que quede claro que la PUCP no es ni puede ser una universidad sometida a la voluntad del Vaticano. No es una cuestión de fe, sino de poder: para las distintas partes de la iglesia, no solo para la curia o el arzobispo, la PUCP es una ficha en un juego de poder mucho mayor, por el control de la iglesia católica. Eso me parece una mala idea que nos expone, y expone al país, a perder una universidad decente a cambio de un pleito al interior de una comunidad religiosa que no parece ser capaz de solucionarlos a su interior. Somos una especie de Vietnam, donde la guerra fría se realiza por proxy.

Pero estos meses han confirmado una impresión que siempre he tenido: el espíritu de la casa es ligeramente conservador y bastante poco dispuesto a grandes broncas. Para muchos, en muchas tonalidades y niveles, la idea de obediencia a la iglesia está engranada en la noción de "católica" y "pontificia"; para otros, es simplemente una extensión de su manera de ser católicos el trabajar en una universidad tal, y la idea de dejar de serlo les repugna. Para otros, finalmente, el conflicto les resulta intolerable en sí mismo. En otras palabras, para la mayoría de los profesores de la PUCP la prioridad es llegar a un acuerdo con la iglesia católica que nos deje en paz y libertad para hacer lo que cada quien quiere.

¿Es posible llegar a este acuerdo? Complicado, pero sin duda no hay mejor coyuntura que la actual. Esta comisión ha sido creada para sacar el pleito de la curia y del arzobispado limeño; está compuesta por arzobispos de confianza del papa, que además son aceptablemente abiertos a la realidad institucional de la PUCP; además el mismo papa tiene una historia larga de desconfianza cuando no pleito con el actual arzobispo de Lima. En suma, mejor que esto en los tiempos previsibles a futuro, casi imposible.

Por otro lado, Marcial Rubio podrá no ser el mejor comunicador, y sin duda ha cometido errores tácticos importantes, pero sí tiene las cosas lo suficientemente claras como para que podamos esperar una conducción en donde la cuestión de la autonomía no sea sometida a otras consideraciones. No creo que la solución sea perfecta, pero es posible lograr una solución aceptable, asumiendo que aquellos que como yo, que preferiríamos una universidad laica, aceptemos también que la realidad de esta universidad jamás lo fue tal, y que siempre ha cargado con el hecho de ser pontificia y católica, y que la mayoría de sus profesores no están interesados en dejar de serlo. Visto así, la solución perfecta para los radicales no es la solución perfecta para la institución.

La candidatura de Marcial fue discutida el viernes 2 de mayo en una asamblea universitaria informativa; en ella los candidatos a rector, según tengo entendido, aceptaron la premisa de la reelección, con lo que dejaron sus candidaturas suspendidas. El lunes 5 de mayo, por la noche, recibí una carta de Eduardo Ismodes anunciando que se lanzaría de todas formas a la elección, y que de ser elegido rector designaría una comisión, encabezada por Marcial Rubio, para que negocie con la iglesia.

La candidatura de Eduardo Ismodes ha tenido, desde el inicio, dos grandes problemas: el primero es que Ismodes optó, hace rato ya, por ponerse al medio del conflicto: ni a favor de la posición oficial PUCP ni por la iglesia, pero proponiendo una suerte de blandura argumental, que en el fondo aceptaba que la autonomía y la obediencia son valores comparables. Se ha rodeado de personas más bien conservadoras y en general su posición es de negociación sometida antes que independiente. Creo que salvo anteojeras ideológicas, no hay forma de enfrentar la posición del arzobispo de Lima sin un profundo desagrado por su naturaleza reaccionaria, su falsa piedad y su desprecio por las instituciones republicanas que se supone gobiernan a una universidad como la PUCP. Por ello, elegir a un rector que no asuma que el ciudadano Cipriani debe ser entendido como una amenaza para el futuro de la PUCP sería un grave error.

Además, está el asunto de qué es lo que haría una vez superado el pleito mayor. Aunque aprecio a Eduardo luego de décadas de conocernos, no puedo dejar de lado que su desempeño en distintos puestos institucionales ha tenido una marcha poco destacada, y que en general sus ideas y planteamientos parecen demasiado light para una institución con intención de ser relevante internacionalmente. Su debilidad por modas y frases hechas, su misma carrera académica, que es bastante pobre, su afición por proponer metas que no tienen mayor sustento, me hacen pensar que un rectorado suyo sería mucho menos favorable para la marcha institucional que el de otros candidatos.

Creo entonces que la única manera sana de enfrentar los años que vienen es terminar de una buena vez con este conflicto agotador y completamente absorbente, sacando del camino a una figura tan despreciable como el ciudadano Cipriani; luego habrá ocasión de enfrentar las urgentes necesidades de reorganización institucional, el mejoramiento de los procesos administrativos y la planificación más ordenada de la gestión, así como los problemas concretos que van desde la calidad de los servicios hasta la falta de claridad en algunas decisiones.

En un año, más o menos, podremos debatir el futuro; por ahora, la urgencia es liberarnos del pasado. Por eso, en este caso, creo que el camino más sensato, incluso para los que creemos en una PUCP laica, resulta siendo apoyar la reelección de Marcial Rubio

domingo, 27 de abril de 2014

Marginalidades conectadas

Este fue el texto que use como base para mi intervención en el panel "Abordar lo digital en el Perú: encuentros disciplinarios situando la informática en el Perú del nuevo milenio", en HASTAC 2014. Tuve el placer de compartir la mesa con Anita Chan y Roberto Bustamante. 
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Sin duda, las ilusiones originales de la Internet no se sostiene, al menos no en su forma original. El casi olvidado ciberespacio fue la promesa de un nuevo “hogar de la mente”, ahí donde podríamos sacarnos de encima las limitaciones de las sociedades en las que vivíamos para crear formas más claras y limpias de socialidad. Esa ilusión ha sido reemplazada por otras, desde la libertad de la mente expresada en la información que quiere ser libre, hasta la libertad literal, la búsqueda de desprenderse de cadenas casi literales, que habría empujado los entusiasmos revolucionarios de las redes de indignación y esperanza. 

Estas oleadas de ilusión son al parecer inevitables. La Internet tiene la capacidad de tomar formas singulares pero que remiten a la misma ilusión paradigmática: de alguna manera, nos liberará del aquí y el ahora, para permitirnos ser quienes realmente podemos ser. 

Esa es la ilusión que de alguna manera esta detrás de lo que Anita Chan llama el universalismo digital, esa noción que hay una forma, inevitable cuando se usa la Internet, de vivir y crear y comprar y vender. La Internet es la causa, pero también es el espacio que permite que ocurra esta transformación idealizada. Su despliegue creará programadores donde solo había niños pobres, o agentes económicos altamente conectados donde había pescadores artesanales. 

Sin embargo, la pista que parece emerger es que en realidad, la capacidad de conexión se configura a partir de las realidades sociales en donde las personas viven. Nada nuevo aquí, pero si para algo sirven las investigaciones que algunas personas participantes de este panel han hecho, es para centrar claramente la experiencia de uso de la Internet en prácticas concretas que se potencian y eventualmente se transforman en algo nuevo pero que no se desprenden de las estructuras sociales en donde han sido iniciadas. Es decir, la Internet cambia las sociedades como cualquier innovación tecnológica profunda puede cambiarlas: a través de las particularidades de la adopción de esa tecnología por los distintos tipos de actores económicos, políticos y sociales que existen en una comunidad / sociedad dada. El Perú, cualquier país de América Latina, del mundo, no son excepciones. 

Al mismo tiempo, los estados han logrado establecer claramente un patrón de ejercicio de poder que no puede ni debe despreciarse, aunque no sea el momento o lugar para discutirlo. Los casos ya conocidos de la NSA o de las acciones de guerra psicológica en Crimea o Ucrania, para no mencionar otros conflictos, apuntan a que el “ciberespacio” es tan terreno de acción estatal como las fronteras o el comercio internacional. Esto no niega el carácter transnacional, casi ultra-estatal, de la Internet, pero sí nos plantea la necesidad de analizarlo desde perspectivas más complejas. 

Pero la reflexión más específica que nos ofrece la Internet en un caso como el peruano actual apunta a su capacidad de potenciar otras dimensiones de las relaciones entre grupos sociales. Sin duda, existen grupos sociales que usan la Internet como mecanismo de apropiación cultural a través del consumo; no viene al caso preocuparse si son “prosumers” o “nativos digitales”, términos que se prestan a interpretaciones difusas y hasta contradictorias. Sin usar etiquetas específicas, los consumidores de la Internet aquí, como quizá en cualquier otro lugar del mundo, aprovechan las oportunidades de maneras claramente ancladas en las expectativas de relación con el mundo que adquieren a través de su ejercicio social: si la expectativa viable es la emigración, sino física mental, la Internet sirve como ruta para lograrla; si las perspectivas son más modestas, la Internet puede ser el sucedáneo perfecto de la ausencia de opciones reales. 

La capacidad de amplificar narrativas colectivas locales tanto como transterritoriales no es algo que sea novedad: la Internet permite coexistir entre lo local / real y lo virtual / deslocalizado sin mucho esfuerzo; reforzar prejuicios y creencias compartidas con el mismo entusiasmo con el que se puede buscar conocimiento o ambicionar cambios sociales. Es el contexto más grande el que arrastra a los distintos grupos en búsqueda de narrativas articuladoras más poderosas. 

Para un país como el Perú, lo que nos ofrece es más una cuestión de sostener las distintas narrativas que articular nuevas, comunes formas de ver la vida en sociedad. La fragmentación se alimenta de la cacofonía y permite soslayar la falta de intercambio real tras la intensidad del refuerzo de los intercambios ya establecidos. El consumo involucra a todos, pero cada quien en su espacio y su tiempo propio, sin tener que recurrir a la idea de colectivo o comunidad más allá de lo estrictamente necesario. 

La adquisición de habilidades digitales es un factor más a considerar. Si bien algunas escuelas pueden incluir el tema en la formación, por lo general la perspectiva escogida es la informática, es decir la adquisición de habilidades de uso de software para tareas de oficina o escolares en el sentido más genérico. No hay enseñanza crítica del uso de los medios digitales o de programación, no al menos de manera significativa o sistemática. Las habilidades son entonces el resultado de la combinación de posibilidades de acceso, capital social y cultural. Esta forma específica de capital, que podríamos llamar capital digital, sería el reflejo de desigualdades replicadas tanto a nivel de la escuela, que debería buscar compensarlas, como del entorno social y familiar, que es un mecanismo reproductor de las mismas. La existencia de opciones digitales no implica su uso; la construcción de capital digital es el resultado, en negativo, de las opciones usadas: se usa lo que el entorno, el capital ya existente, nos ofrece. La existencia de casos excepcionales, de personas que pueden saltar las limitaciones y lograr salir de ellas, no es más que eso. 

Si el consumo cultural es reflejo del capital cultural, y el capital cultural es a su vez resultado de las tradiciones patrimonialistas y excluyentes, es difícil pensar un escenario donde triunfe algo distinto a la marginalización, no solo e los otros, sino de uno mismo. Reforzamos las maneras de marginalizar a los demás antes que vernos ante la necesidad de integrarnos colectivamente, pero en el proceso nos marginalizamos, conectandonos con otros que piensan igual, con los cuales justificamos y reforzamos nuestras narrativas sobre lo que es la sociedad y cómo enfrentarla. La fragmentación se alimenta de la cacofonía y permite soslayar la falta de intercambio real tras la intensidad del refuerzo de los intercambios ya establecidos. El consumo involucra a todos, pero cada quien en su espacio y su tiempo propio, sin tener que recurrir a la idea de colectivo o comunidad más allá de lo estrictamente necesario. 

El resultado es que se refuerza la especificidad hasta volverla marginal: cada grupo se niega a postular la urgencia del entendimiento cuando la sociedad misma parece inclinarse hacia un conflicto de marginalidades. Cada marginalidad se puede conectar con sus congéneres sin esfuerzo, pero también puede ignorar al otro. Nada original en realidad, salvo la potenciación de lo que se supone deberíamos evitar.  

En Quechua, tenemos dos maneras de referirnos al plural de la primera persona. Si decimos “nosotros” incluyendo al interlocutor, la palabra es ñoqanchis (hay variantes); pero si optamos por decir “nosotros pero sin ti”, se diría ñoqayku. Perfecta manera de calificar lo que muchas veces optamos por sacar de la experiencia digital: exclusión desde la individualización del grupo al que me interesa proteger o reforzar, frente a la necesidad de reconocer las necesidades colectivas. Ese es un problema de la realidad peruana, pero que lo digital refuerza mediante la acción marginalizadora que ejercemos todo el tiempo. Curiosidad histórica, que un país en donde se practica una forma tan particular de “nosotros” cuente, sin muchas veces saberlo, con la forma perfecta para nominalizarlo. La exclusión y la marginalización terminan ocultando la expresión ideal. 

¿Cómo enfrentarlo? Es complejo pensar en salidas cuando se considera que las transformaciones socio-culturales no suelen estar bajo el control de los estados sino indirectamente. En particular el estado peruano, que ha optado por razones combinadas de ideología y dejadez por abandonar la construcción de poder infraestructural, no tiene mucha capacidad de influir en la marcha de la sociedad a través de las funciones que ya tiene; ¿cómo esperar que emprenda nuevas? 

Los detalles hay que trabajarlos, pero lo primero pasa por la incorporación de lo digital de maneras creativas en la educación. Antes que intentar transformarla radicalmente, como se ha intentado con cierta ingenuidad, es necesario ofrecer las ventajas de la conectividad antes que sus limitaciones se anclen en las prácticas sociales de los estudiantes. Promover el uso creativo alternativo, dejar que los estudiantes simplemente exploren, puede ser mucho más útil que estructurar la tecnología en la formación educacional como una manera de modernizarla y cambiarla. Hasta cierto punto, no estaría de más pensarla como un fin en sí mismo, para que al final los logros se parezcan más al ejercicio autónomo y creativo que vemos en muchos casos concretos, antes que el resultado común ahora: la incorporación “formalista” en las mismas prácticas educativas tradicionales, el traslado del aprendizaje sin imaginación a la pantalla, mientras se aprovecha la conexión para abastecer el ansia de consumo. 

Potenciar al individuo pero como creador, como ambicioso explorador, en vez de consumidores predecibles, puede generar ciudadanía más activa, o al menos consumo más  activo y en búsqueda de originalidad. Es una ruta quizá no segura pero al menos dedicada a enfatizar la diversidad de opciones y la posibilidad de fortalecer aproximaciones mucho más creativas, y ponerlas a disposición de los ciudadanos / consumidores.  

El ejercicio del poder infraestructural, débil como es, es imprescindible, y pasaría por la urgencia de cambiar la actitud y proceder a través del Estado igual que como se procedería en la escuela: liberar la iniciativa de los que quieran innovar, antes que atarlos con planes, declaraciones y principios. Hay experiencias que indican que no es una mala estrategia, que intentar dejar que la tecnología sea usada para lo que los que conocen a sus destinatarios saben que se necesitan, antes que para lo que normativamente se supone debe usarse, es a la larga una mejor ruta. 


Finalmente, la modesta receta constante: una mirada original, desprejuiciada, sobre lo que ocurre, puede informar más y mejor a todos sobre cómo actuar. Los creativos y los analíticos deberían dialogar más con los especialistas y los burocratas. ¿Será posible? 

domingo, 20 de abril de 2014

MH370: Respetar el misterio

Lentamente, nuestra memoria colectiva pierde de vista al MH370. El Boeing 777-200 de Malaysian sigue perdido pero realmente ya no importa; la tragedia resulta no solo lejana, sino cotidiana y casi sin misterio. Parece sin misterio en realidad, porque los que tiene no importan mucho. Por ejemplo, la extensa página que Aviation Herald mantiene sobre el accidente no tiene sino un breve párrafo resaltado en amarillo, lo que indica novedad. Los aficionados, sea a la aviación comercial, sea a las teorías de conspiración, seguirán pendientes, pero el grueso de la población mundial dejó ya esa tragedia por otras, más nuevas, más comprensibles, y quizá más misteriosas.

Pero creo que esta tragedia deja muchas enseñanzas, al indicarnos cuales son los verdaderos misterios. Las vidas perdidas afectan a muchos que quisieran entender qué sucedió, pero como con otros accidentes, quizá nunca tengan respuestas. Esto no era tan raro décadas atrás, pero ahora parece ser incomprensible que no podamos saber qué pasa en cada lugar del mundo en cada minuto. Un misterio entonces, el que nuestra realidad no sea esa realidad de pánicos sobrevigilados.

No, no todo está siendo observado todo el tiempo: todo se puede observar en cualquier momento, pero no siempre lo es. Es muy caro, es irrelevante, es complejo entender lo observado. La NSA podrá tratar de grabar cada llamada que se hace en el mundo pero no siempre puede apreciar aquellas que realmente tiene que entender y conectar. La big data primero necesita ser recogida para darnos sus milagros de conexiones emergentes que no necesitan ser interpretadas. No es posible recuperar todo en segundos, no solo porque buscar en enormes bases de datos toma tiempo, sino porque no todo está, todavía al menos, en una base de datos.

El misterio aparentemente mayor es el trato que hemos hecho con la tecnología: cuando creemos en ella confiamos en ella sin pensar mucho qué hay detrás. De la misma manera que Heartbleed es un peligro casi incomprensible porque implica las tripas de la Internet, esas que no conocemos ni queremo conocer; la idea que nuestros aviones cruzan los océanos sin realmente estar en permanente vigilancia por el ojo electrónico nos resulta difícil de entender. ¿Cómo se puede perder un avión? es la pregunta que esconde el miedo mayor: ¿es posible que yo me pueda perder, sin querer? Es cierto, existen maneras de perderse que no están bajo el control de nadie; a pesar de eso, no podemos perdernos nosotros mismos cuando queremos. Condenados a estar vigilados, documentados y archivados, por estados y corporaciones y firmas y organizaciones y hasta amigos fijones que usan Graph Search en nuestros muros, resulta que esa tecnología que nos hace imperecederos no sirve cuando realmente quisieramos, cuando queremos seguir vivos y ubicables y queremos llamar a alguien y decirle que lo queremos, lo extrañamos y quiero saber dónde estás. Esos teléfonos que aparentemente timbran son el testimonio final de nuestro páramo tecnológico: no podemos escapar de ellos, pero nos engañan cuando quisiéramos estar bajo su influjo.

Y es que claro, la idea que un teléfono pueda sonar en mi aparato pero que en realidad no esté haciendo más que buscar el destinario, vanamente, es un engaño tecnológico que no importa en la vida diaria. Los teléfonos móviles hacen eso todo el tiempo: comienzan a buscar por donde saben que estuvimos para ahorrar tiempo, y para que no huyamos, para que no apaguemos los aparatos, para que no dejemos de usarlos a cada instante, cometen la mentira piadosa de sonar como que timbran cuando todavía no lo están haciendo. No importa sino cuando realmente no pueden hacerlo.

Ese Boeing, que parecía estar en algún lugar imaginario, está sin estar en el fondo del mar. No lo podemos afirmar, no lo podemos ver. Los especialistas repiten cosas que podemos entender pero que no necesariamente asimilamos: existe una alta probabilidad, dados los indicios, que los restos del avión, de sus pasajeros, se hallen en las profundidades pelágicas del océano Indico, a unos 1000 kilometros de tierra firme. Pero la probabilidad sirve cuando llevo estadística, o quizá cuando la uso. Lo que queremos es la certeza que la tecnología parece brindar cotidianamente. Esta vez, como muchas otras, tenemos apenas hipótesis; más que en casos singulares como el Varig PP-VLU, perdido con su tripulación y su carga de pinturas de Manabu Mabe el 30 de enero de 1979 sin que haya pista concreta alguna de su destino final. Esta vez la unión de esfuerzos humanos y análisis tecnológicos nos da mucho más, pero no lo suficiente.

Una lección importante: el océano es un reino lejano. No solo es cuestión de las distancias, sino que realmente no tenemos idea qué es. No me refiero, claro está, a los especialistas, que saben mucho más que nosotros aunque no conozcan tanto como lo que sabemos de otros biomas. Es el público el que no tiene idea que el océano es incomprensible bajo las reglas habituales, que es un organismo complejo y lleno de variantes, donde todo funciona distinto y que guarda secretos enormes, desde la inmensa cantidad de basura que cubre su superficie, hasta la manera como se comportan las certezas diarias del sonido y la luz en sus distintas capas y niveles. 

Pero si finalmente lo que buscamos es entender qué pasó, hay que hacerse la idea que lo más probable (otra vez esa palabrita) es que nunca lo sepamos. ¿Qué hizo que MH370 girara cuando lo hizo, y se encaminara incomprensible hacia ese rincón del espacio aéreo de nadie donde, parece ser, simplemente se desplomó por agotamiento de combustible? Si algún día se encuentra lo que quede del avión, con los restos de los que alguna vez se subieron, con esperanzas, ilusiones, tedios, miedos o profesionalismo, para llegar a Beijing, quizá haya una explicación. Pero si esto no ocurre, solo quedará aprender a respetar este misterio.

El artículo anterior sobre MH370

jueves, 17 de abril de 2014

Gabo en una plaza de La Habana

Fue un día de semana, no recuerdo exactamente si martes o miércoles pero de finales de enero de 1986. La edición cubana de El Amor en los Tiempos del Cólera acababa de salir a la venta, y la presentación pública sería en la plaza Carlos Manuel Céspedes, frente a la editorial Arte y Literatura. Yo estaba en Cuba en esas fechas y obviamente, fui.

La vieja plaza, en el extremo de la Habana Vieja, es preciosa: llena de árboles, con edificios coloniales o decimonónicos, relativamente fresca en la tarde. Ahí, en un extremo, una mesa con un par de sillas, frente a la cual habían varias filas de asientos, sin indicaciones de quién debía ir dónde; en los extremos de la plaza, puestos de venta. En otras palabras, uno podía sentarse en primera fila, o ponerse en primer puesto para comprar el libro.

Paradojas de aquella cubanidad: el libro iba a costar 2.50 pesos, equivalente a mas o menos nada (digamos, menos de medio dólar al cambio informal/ilegal) aunque relativamente caro para un libro en una economía donde la plata alcanzaba para todo pero no siempre había en qué gastarla. La edición, elegante en su tapa dura y papel de buena calidad, sería un pequeño lujo para los cubanos de esos tiempos. La pregunta era si alcanzaríamos a comprar el libro: los cubanos compraban los libros en grupos, digamos que de a diez en diez, para repartir entre amigos y familiares, porque las cosas siempre eran escasas y mejor era comprarlas de una vez. Entonces, al comprar cinco, ocho o diez ejemplares de una vez, colaboraban para que la edición se acabara velozmente; las ediciones no salían tan rápido, así que el resultado sería (fue) un par de meses de espera hasta que el libro volviera a las librerías. La percepción de escasez producía la escasez... nada nuevo para un peruano en esos tiempo, dicho sea de paso.

Yo quería ver a Gabo, pero quería comprar el libro. ¿Hacer la cola o sentarme a escucharlo?

Decidí hacer cálculos precisos y logré estimar desde qué cola podría mejor a Gabo; imaginando que estaría al centro de la mesa, donde parecía haber solo dos sillas, sería simple encontrar ese ángulo perfecto, así que dejé que un par de compañeros se pusieran en la fila y me dispuse a esperar, mientras conversábamos de literatura, de pelota (Industriales acababa de ganar los playoffs) y de todo lo que se conversa con extraños en colas.

Naturalmente, no me ligó: en vez de dos personas, se trató de cuatro: el autor, el vicepresidente de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez; el ministro de Cultura, Armando Hart; y el viceministro de cultura de Cuba, Antonio Nuñez Jimenez; todos apretaditos frente a la mesita, con un solo microfono, sin mayor ceremonia ni aparente protocolo o complicación de seguridad. Naturalmente, García Márquez se sentó al costado; ahí donde un arbusto me tapaba la vista.

Me pasé los veinticinco minutos de la divagación del compañero vicepresidente del consejo de estado tratando de captar siquiera un destello del genio de Gabo. No hubo forma. Todos los cubanos escuchaban con una atención implacable al vice; recuerdo apenas que sentí ciertas ganas de pifiar cuando Rodríguez dijo que "esta novela es, me atrevo a decir, mejor que Cien Años de Soledad", cosa que casi axiomaticamente, es imposible. Pero no había ambiente: los habaneros mostraban una disciplina germánica que no dejaba de intraquilizarme un poquito. Me calmé con la conclusión que todos estaban tan fascinados con la expectativa de escuchar a Gabo que en fin, no importaba; me ahorré así dudas más de fondo sobre el control político inherenmente a los estados totalitarios que Orwell me había motivado unos años antes, gracias a la afirmación de los amigos cubanos: aquí todo es suave...

Finalmente, el buen vice llegó al final de su perorata. Todos aplaudimos educadamente cuando expresó el sentimiento colectivo: "ahora, pidamos a Gabo que nos diga que piensa de su magnífica novela".

Gabo ni terminó de coger el microfono y fue sincero, aunque algo capitalista:

"bueno, cómprenla".

Risas, aplausos y una vorágine adquisitiva digna de rebajas de Black Friday, fueron el resultado.

Todavía tengo el ejemplar que me compré: los otros dos de esa noche maravillosa fueron regalos. Mientras veía a habaneros haciendo malabares con sus ocho o diez copias, solo renegaba de ser un chiquillo de veinte que no podía entrar a la editorial para plantarme delante de García Márquez y decirle, imagino que como millones se lo han dicho, que mi vida cambió gracias a él. Que me enorgullecía de ser su fan.

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