viernes, 31 de julio de 2015

Manual para Selfies urbanizados

El 28 de julio, fecha solemne del calendario cívico, mientras el Señor Presidente de la República daba un discursito en las escalinatas de Palacio de Gobierno, sus ministros decidieron que estaban en otra, y se conectaron con su adolescente descriteriado interior, entregándose apasionadamente a la fotografía, en particular al selfie.

¡Oh musa canta la cólera de Nicephore Niepce!  tantas barbaridades fotográficas cometidas gracias a la abundancia de dispositivos móviles con cámara, llamados vulgarmente esmarfons.

Pero lo más importante no es el raje por el raje, es el análisis. Es importante organizar las ideas y tratar de entender los procesos socio/económico/político/culturales que subyacen a las actividades cotidianas de comunicación, expresiones de las relaciones de poder, patrimonialismo, aculturación, patriarcalismo, heteronormatividad, subalternidad y re-colonianidad, a través de la subsunción del capitalismo en las formas expresivas de la cultura y el arte. En otras palabras, el selfie sirve para entender el capitalismo tardío neoliberal que nos acogota.

Entonces aclaremos que un selfie no es meramente una foto tomada con un teléfono, sino una foto que uno se toma con la cámara. Esto nos permite afirmar que en la foto de marras, aquí enlazada cortesía del decano de la prensa peruana, algunos están simplemente tomando fotos en plan de turista desubicado, mientras que solo hay uno que sí está tomándose selfies, en plural, porque siempre son varios.

Es más, lo que podríamos llamar un proper selfie (si seguimos a la Escuela de Manchester) o un egoportrait comme il faut (si optamos por ponernos lacanianos), implica necesariamente que la foto tenga como elemento predominante la carota del operador del aparato, es decir que no se vea el contexto sino el ego. Por ejemplo, un selfie simple sería una foto de alguien frente a la Torre Eiffel, donde se ve la Torre pero también en primer plano la cara del fotografiante. Pero un proper selfie requiere que aparte de la carota cubriendo casi todo, la Torre salga, digamos de la crisma del fotografiante, desenfocada, mientras que la cara salga sobre o sub saturada de luz, de manera que el resultado es espantoso desde cualquier perspectiva expresiva o artística. Es simplemente ego, sazonado con absoluto desconocimiento de los principios de la composición fotográfica. En cambio, un meta selfie es un selfie en el que sale alguien que se está tomando un selfie.

Añadamos eso que Radio Shack llama "soporte universal para smartphones", el palito para selfies, y tenemos el mecha selfie: una extensión mecánica del brazo para ampliar el rango del campo fotográfico, con lo que se produce una apropiación subjetiva del entorno a través de la unión de la tecnología y el trabajo humano, aumentando el espacio posible de explotación de lo(a)s personas, así como la subyugación ideológica propia de la reproducción mecánica de las obras de arte. Además el palito de selfies es una extensión del hombre / mujer / largo etcétera, tal como lo había planteado McLuhan, dado que permite ampliar la expresividad no solo fotográfica, sino de presencia personal: así como los banqueros ingleses usaban el paraguas para expresar su rango social, y ciertos personajes de ficción como Mr. Peel de los Vengadores podía extender sus capacidades usando una espada escondida en dicho paraguas, las personas de hoy pueden usar el palito de selfies para extender su reclamo territorial al blandir el palito de forma de dejar en claro que, cual león o perro callejero, no es posible invadir su burbuja. El palito de selfie puede ser además un añadido perfecto al atuendo del hombre moderno, de manera que uno lo lleve en la mano sin que nadie sospeche que en realidad es una cerbatana o el aparato que usó Javier Bardem en No country for old men; indispensable en estos tiempos de inseguridad.

Sumémosle el aparato mismo: para los varones, ya no se usan esas cartucheras que iban en el cinturón, que eran intentos mal disimulados de habilitar un baticinturón en cómodas cuotas. Ahora el celu se lleva en el pantalón, en otro ejemplo de extensión del hombre mcluhaniana: la virilidad se manifiesta en el bulto que deja el aparato, aunque tenga la extraña forma de algo grande pero plano. Para la mujer, el desafío es la combinación entre el cada vez mayor tamaño de los aparatos cuando se usa carteras elegantes, que pueden ser mínimas... Pronto se venderán celulares con carteras.

Lo que vemos en miles de lugares turísticos es, por lo tanto, un proper mechaselfie. En cambio, lo que ocurrió el martes fue distinto: el minselfie, que es el selfie singularmente inadecuado, tomado delante de todo el mundo y cuando se espera que uno actúe de otra manera. No hay que ser ministro para tomarse un minselfie, pero sin duda ayuda.

Entonces: si quieres estar con los tiempos y mostrar tu completo desprecio por el arte fotográfico y por tus semejantes, además de exhibir tu sumisión a la subsunción y a la explotación mecanicista de la comunicación humana, tómate un proper selfie con tu palito en pleno entierro de tu madrina, sonriendo como es lógico: proper mecha minselfie. Será un hombre/mujer/largo etcétera de estos tiempos, y algún arqueólogo, cuando encuentre tu foto en un archivo perdido allá por el siglo ILI, se reirá de ti, y a través tuyo, de la humanidad; y ni siquiera sabrá que fuiste ministro.

Extra: una buena colección de imágenes y bromas (mal llamadas memes, pero eso es para otro día) sobre el tema, en este post de La Mula.






domingo, 26 de julio de 2015

Perú 2016: seis escenarios

Buenas... como ahora también soy cientista político, y por lo tanto no sirvo para nada, he optado por intentar una quinta profesión, siguiendo los consejos de un amigo Indio: Madanmohan me decía que siempre hay que tener cinco planes de vida y el último debía ser volverse gurú. Inauguraré mis intentos de reconversión profesional con una nueva técnica de premonición llamada ευανάγνωστη οθόνη (está en griego, por si no lees griego) que consiste en ver el futuro en los patrones de vidrio trizado de una pantalla rota de iPhone (matan por esto en Silicon Valley).

Habiendo roto un par de iPhones (uno es el control, el otro es propiamente el adivinamiento), veo seis posible futuros para el Perú, que calificaré de A a F, siendo esta una escala uninominal con valores ascendentes,  donde A = el peor posible de los peores escenarios malos, y F = arcadia pero con banda ancha, y sin selfies.

Escenario A, o las siete plagas de Egipto, todas juntas pero con buena prensa: Fujimori gana las elecciones. Es decir, Keiko Fujimori gana, pero en realidad es su papi el que gobierna; es liberado por la misma Keiko el mismo 28 de julio, y desde ese momento comienza una orgía de venganzas y desquites que hace que la tercera temporada de Espartaco sea un programa para niños. Solo cuando el tercer reporte negativo de crecimiento económico es puesto en circulación, y a pesar de la reubicación de los técnicos del MEF como controladores del SNIP en Challpalca que esto conlleva, es que los medios se dan cuenta de (es decir, los operadores mediáticos de los empresarios les hacen saber a los medios que deben darse cuenta de) que la economía del país está hecha un desastre, que nos han expulsado de todos los foros posibles, que los delincuentes ni siquiera intentan disimular que lo son porque la policía solo trabaja controlando manifestaciones y cuidando casas de fujimoristas, y que el dólar está a ocho soles. Pero como la tranquilidad macroeconómica es la mejor señal para los inversionistas, solo piden el regreso de Alonso Segura al MEF. Lampadia pide represión a los antimineros, y la consigue. Perú no califica al mundial de Rusia.

Escenario B, o tal vez un par de plagas más un Niño de tres años, pero tampoco es para tanto: Keiko gana las elecciones. Su papá es liberado el 31 de julio, y enviado como embajador del Perú a Japón, mientras que Martha Chávez es enviada como embajadora a Iraq, donde logra espantar al Estado Islámico. No es un lecho de rosas pero al menos sobrevivimos (o sea, la repetición de Toledo, García II y Humala. Nada nuevo bajo el sol). La delincuencia es controlada por el método Montesinos: les pagan para que no roben. Como la tranquilidad macroeconómica es la mejor señal para los inversionistas, los empresarios consiguen que Alonso Segura siga en el MEF. Lampadia pide represión a los antimineros, y le dan un poquito; Keiko muestra su empatía yendo a consolar a las familias de los policías muertos, mientras Kenji promete encargarse él mismito de los antimineros, sin que pase realmente nada. Perú no califica al mundial de Rusia.

Escenario C, o el menos malo de los males menores siempre es un mal: gana Kuchinski. Repítase todo el párrafo anterior desde "Su papá es liberado..." (obviamente no es su papá, es el de Keiko).

Escenario D, o esto no va a pasar: gana Alan García, o Alejandro Toledo, o Julio Guzmán, o Brad Pizza. No, no va a pasar.

Escenario E, o fantasías animadas de ayer y hoy: un outsider simpático, coherente y pensante logra convocar a lo mejor de la derecha, del centro y de la izquierda y consolida un frente más o menos decente, más o menos organizado, más o menos eficiente, que logra un gobierno más o menos pasable. No es que todo se arregle pero como que nada empeora y sobre todo, queda claro que es posible gobernar al Perú sin ser un delincuente, la hija de un delincuente (encima traidor, asesino y cobarde), o un incapaz desubicado. Levitski la califica como la coalición paniaguista aggiornada, lo que suena a premio Nobel para dicho outsider, quien naturalmente sabe quién es Levitski (si tú, desavisado(a)(e)(i)(u) lector(a)(e)(i)(u), no sabes quién es Levitski, nada puedo hacer por ti). Lampadia pide represión pero no le hacen caso. Los medios deciden ser ecuánimes y hasta objetivos. La delincuencia disminuye un poquito y deja de organizarse en mafias, aunque no desaparece ni mucho menos. Fujimori culmina su condena, o fallece en la cárcel, y nadie lo recuerda el 2021, y ciertamente Keiko descubre los placeres de la vida suburbana en Iowa o Montana. Toledo dice que el 2021 sí la hace.

Escenario F, o fantasías lisérgico-ayahuasqueras: gana la nueva izquierda. El Perú se convierte en la Arcadia juvenil, un paraíso pastoral sin minería contaminante, sin delincuencia, sin dólares y democrática hasta el tuétano: todo se decide por consenso logrado en asambleas de base. La productividad aumenta gracias al aumento de salario mínimo a niveles escandinavos, logramos consolidar un modelo de desarrollo basado en energía no contaminante y hasta revertimos el cambio climático. El 28 de julio de 2021, Verónika Mendoza le entrega el mando a una lideresa cajamarquina que todavía no ha comenzado a hacer vida pública, pero que los medios, ecuánimes, democráticos y sobre todo imparciales, han destacado por sus méritos y no por su apariencia o su capacidad de hacer comentarios provocadores. Lampadia se inmola en el altar de la nueva democracia no sin antes reconocer sus pecados antidemocráticos (además se queda sin plata porque no hay minería contaminante que la financie). Perú se queda por poco y su ausencia en el Mundial de Rusia es atribuida a los rezagos del pasado: para Qatar 2022, pero sobre todo para Australia 2023, y gracias a las políticas de paridad de género, ¡vamos por la copa!

En fin: si has llegado hasta aquí, querido lector, querida lectora, queride lectoru (largo etcétera), dejo en tus manos la elección del escenario más plausible, aunque imagino que ya discerniste que esta escala va de más a menos en cuanto probabilidad...


viernes, 22 de mayo de 2015

El trencito chino y las nuevas formas de colonialidad

Un titular delirante de La República me deja pensando. La propuesta de tren "transoceánico", del que se dice que unirá Brasil, Perú y China (asumo que por un tunel submarino pendiente de ser inventado) es presentada neutralmente, como algo interesante y, al carecer de críticas, positivo. Puedo imaginar que como cualquier mega-obra será visto como algo bueno para el país, desde la derecha empresarial que ve la inversión como la única ruta para el futuro, como para el sentido común general, que más o menos piensa lo mismo.

El tren en cuestión pasará a través de la selva, por Pucallpa hasta Tingo María; luego subirá, cual Carretera Marginal, hasta Tarapoto, y de ahí saldrá a Bayóvar pasando por la calma Chachapoyas y por el cafetero Jaén. Integración transversal y todo lo demás.

¿Fantástico? No sé. La experiencia de la carretera interoceánica no me da mucha esperanza. Fue hecha para facilitar el transito de bienes y personas de Brasil al oceano Pacífico, no como componente estratégico del desarrollo peruano. Leer siquiera por encima este panegírico oficial resulta interesante sino deprimente: laissez faire en acción, la carretera haría magia y le daría el equivalente a las corvinas nadando con su limón a los habitantes de la zona de impacto directo de la carretera. Ahora tenemos que quizá el mayor impacto sea el abaratamiento del funcionamiento de la minería ilegal en Madre de Dios, que es un desastre de marca mayor. Eso más otras obvias consecuencias: basura, impacto ecológico negativo, tráfico de personas, etcétera.

Nada de lo ocurrido era necesario, pero sí previsible. El Estado Peruano aceptó la premisa propuesta por Brasil, y convirtió en prioritario el satisfacer los intereses del vecino asumiendo que los beneficios de esa sumisión al hegemón regional serían al final del día, importantes. Los costos, enormes, si fueron previstos se los ignoró, y si no, simplemente se pecó, gravemente, de ingenuidad si no de irresponsabilidad.

No hay razón alguna para asumir que someter nuestros intereses al potencial nuevo hegemón global no vaya a causar lo mismo. El ferrocarril está siendo planteado como satisfacción de los intereses de China y un poco de Brasil, con el Perú como un mero espacio que atravesar para facilitar los intercambios entre el grandazo del barrio y el aún más grandazo global.

¿Nos conviene?
¿Nos afectará? ¿Cómo? ¿Podemos prevenirlo?
Sobre todo, ¿podemos preparar al Estado Peruano para que no se haga el loco en dos idiomas sobre lo que estamos entregando a cambio de un trencito?

No digo que hay que rechazar el tren. Para nada. Pero tampoco hay que ser idiotas. Estamos permitiendo que otros nos usen para lograr objetivos que nos son ajenos, lo que a veces es la única manera de lograr que los grandazos le hagan caso a los chiquitos (somos chiquitos, hay que asumirlo: dejen la tontería de la OCDE o el primer mundo un rato en paz, por favor). Pero ser buena gentes no quiere decir ser idiotas, y negociar simplemente bajo el principio que queremos que los grandazos nos inviten a su fiesta resultará en que cuando lleguemos, no tengamos con quien bailar y que al final tengamos que recoger la basura de los grandazos, y la nuestra de paso.

En estos tiempos, la colonialidad no es como era antes... ya no se trata de apropiarse despóticamente de un territorio, de imponerle sistemas de creencias y someterlo con violencia. Ahora se trata de forzar leyes con nombre propio, de hacer que atraquemos a algo como si fuera lo mejor para nosotros, que aceptemos que no tenemos futuro sin someternos de manera fundamental e ideológica al desarrollo ajeno como ruta al nuestro. La colonialidad es infraestructural, no despótica: que China haga el tren que le conviene y que nosotros lo festejemos como si lloviera maná del cielo es permitirnos el lujo de olvidar lo aprendido y aceptar que no tenemos capacidad de pensar nuestro país como algo que no sea un adjunto de poderes lejanos. Subditos coloniales del nuevo milenio.

Sería ideal que hubiera algun político, algún líder de opinión, alguien, que pudiera decir "¿qué hay para nosotros en esta vaina del tren?" Ni siquiera es territorio nuevo: ya vimos lo que pasó en Madre de Dios. ¿Queremos que se repita en Ucayali?

jueves, 7 de mayo de 2015

De pulpines e indignados: una opinión sobre el fin sin inicio del poder en red en el Perú

Publicado originalmente en Ideele 249.

Las movilizaciones contra la “ley pulpín” produjeron entusiasmos varios: interpretadas como una señal de renacimiento político de la juventud peruana, y como una esperanza de renovación de los liderazgos de izquierda, algunos comentarios además las vieron como expresión local de los movimientos internacionales agrupados bajo el nombre de “indignados” o similares a las varias primaveras árabes: jóvenes movilizados digitalmente, organizados de manera horizontal, dispuestos a recrear la política desde su experiencia conectada y conectante.

Unos meses después, el panorama pre-electoral parece desolador: entre los viejos y los nuevos nombres, no parece haber nadie que no represente formas antiguas de entender la política, ni nada parecido a un posible liderazgo reformista, para no soñar con revoluciones, que impida que terminemos bajo más de lo mismo. Las disputas políticas son más de cómo hacer para que el modelo siga funcionando, con ilusiones como “ser país desarrollado” contrastadas con la constante carencia de funcionalidad elemental del estado.

¿Qué pasó? ¿Cómo así es que la intensidad de las protestas se difuminó para ser reemplazada por politics-as-usual? Acaso la tremenda fragmentación política, la crisis de representación, la fundamental indolencia del votante promedio convencido que nadie le puede ofrecer algo mejor, etcétera. Pero me permitiré postular que no estamos ante el fracaso de las movilizaciones para crear una forma alternativa de política, sino en que el análisis que les atribuía ese potencial estaba fundamentalmente equivocado.

Se propuso que el movimiento creado por el rechazo a la ley fue, por un lado una movilización de jóvenes que encuentran la necesidad de hacer política; por otro, reflejo de una transformación social que está en la base de movimientos similares, en donde gracias a cambios fundamentales en la manera como se puede pasar de comunicar a hacer, nuevas formas de acción colectiva emergen y es posible prescindir de mecanismos tradicionales como los partidos y los liderazgos tradicionales. La glosa que Nelson Manrique ofreció de las ideas de Manuel Castells sirve como introducción a las ideas tras esta mirada de los movimientos que el catalán llama “redes de indignación y esperanza”.

La primera premisa puede ser sostenible como hipótesis, pero hacer política puede ser la simple reivindicación de intereses y no la transformación de la sociedad; es sabido que la izquierda peruana mezcló esas categorías cuando asumió que existía un germen revolucionario en las organizaciones de base que en los ochenta parecían conducir un proceso social radicalmente distinto al orden burgués, pero que se desvanecieron por completo cuando los vientos politicos cambiaron en la década siguiente. Digamos que el grado de “politicidad” del movimiento juvenil que yace tras las movilizaciones está por establecerse.

La segunda premisa postula una idea que no es nueva: Anthony Giddens habló, a la vuelta de siglo, de un centro radical que impulsaba una sociedad civil global. Esta noción se monta con facilidad sobre los conceptos de sociedad red de Castells, y resulta en un tejido mundial relativamente tenue pero amplio de personas con interés en temas políticos, a partir de su conciencia sobre la manera como el mundo funciona, no desde una mirada local sino global, con una agenda forjada en los issues que nos afectan a todos. Es también parte de una mirada postmaterialista, propia de sociedades en donde las necesidades materiales no son la prioridad y que incorporan valores de solidaridad ampliada que incluyen la ecología, el respeto activo de la diversidad, Las redes creadas por la conversación global permiten que los distintos activismos se propalen y se imbriquen local y globalmente.

Evidentemente estoy simplificando: no pretendo reemplazar ni la lectura de Castells ni la glosa ya mencionada; pero sí quiero rescatar que tras la idea de poder-red (network power) yace una mirada más allá no solo del estado nación como espacio de hacer política, sino de la sociedad tradicionalmente anclada en una polity, sometida al poder estatal y articulada internacionalmente por reglas económicas negociadas en espacios transnacionales y multilaterales. En otras palabras, una organización social que puede trascender la globalización de doble candado: el candado formal de normas y acuerdos multilaterales que consagran el candado latente pero no menos importante de las prácticas sociales y culturales a las que las élites tienen acceso, y que hacen tan atractiva a nivel personal a la globalización. A través del poder-red, los ciudadanos logran romper las limitaciones de las polities basadas en estado-nación para cambiar localmente primero, pero articulándose a una agenda global.

Estas ideas son valiosas pero no son evidentes en sí mismas, ni aceptadas por muchos de los dedicados a la reflexión sobre la globalización. Esto no impidió que Castells, en lo que tal vez sea el caso más impresionante de post hoc, ergo procter hoc de las ciencias sociales en las últimas décadas, propusiera que la coincidencia temporal entre los movimientos de indignados / occupy con la primavera árabe no era más que la manifestación del surgimiento político de grupos que buscaban cambiar el sistema político/económico por algo más democrático y justo; y que el elemento definidor de este surgimiento político era no solo el uso de medios sociales para catalizar y articular el movimiento, sino que ese uso de medios sociales era expresión de una nueva forma de poder, centrado en el potencial comunicacional de los medios digitales y de las redes que se formaban en ellos. Sin duda, no pretendía que fueran movimientos idénticos, provenientes como lo eran de realidades muy distintas; pero sí se imaginaba que el cogollo de los activistas en ambos casos, respondía a este modelo de ciudadano altamente conectado, conectante, capaz de programar redes y de conmutar entre redes, que Castells considera como la base de la resistencia al poder más tradicional en la sociedad contemporánea.

El problema con la reflexión de Castells es doble: por un lado, sobreestimar la escala del cambio, si fuera tal, puesto que los números indican que los ciudadanos que responden y que reflejan los valores de una sociedad en red global son minoría incluso en las sociedades de mayores ingresos; esto implica un segundo error, que sería caracterizar como “conciencia política en red” a lo que no sería más que la participación como consumidor en redes globales de circulación de bienes culturales. En otras palabras: que se usen los medios digitales globales no quiere decir que se tenga valores de sociedad en red.

Esto llevaría a plantearse otras explicaciones para tanto la primavera árabe como los movimientos de indignados: agotamiento de modelos políticos (el autoritarismo más o menos secular en una zona atravesada de propuestas de inspiración religiosa para la primavera árabe; el pacto económico pos-guerra fría que congeló la iniciativa de los partidos de izquierda y creo un solo modelo de desarrollo en los países desarrollados), crisis económica, y sin duda, catalización acelerada de interpretaciones colectivas a través de medios que privilegian la velocidad y la apropiación de los contenidos que circulan en ellos.

No hay que despreciar el potencial de los medios sociales, como Facebook, para incrustar y dar valor de sentido común a una idea entre los miembros de una red. Cualquiera que haya usado “el feis” sabe lo fácil que es convertir una idea en el tema del día, y cómo la sensación de unanimidad que se produce en una red social determinada (es decir, en la trama de relaciones sociales de las que uno es parte) no es más que una ilusión cuando se sale de esa red social y se confrontan las ideas en el mundo real. Pero ese potencial comunicativo no necesariamente crea una nueva forma de ciudadanía: el fracaso de los movimientos Ocupa es una buena señal, y su reemplazo por lo que son partidos políticos más o menos populistas y hasta caudillistas de izquierda, como el exitoso Syriza en Grecia y el potencialmente exitoso Podemos en España, da una señal de lo que podríamos llamar el potencial centrípeto del estado nación para definir el ámbito de la política, y de la forma política específica que llamamos democracia liberal como delimitador de las posibilidades de aquellos que quieren escalar las murallas del castillo para destruir el ancime regime.

Todo esto explica entonces lo que podríamos llamar el éxito inevitablemente limitado de los “pulpines movilizados”: usando medios digitales para articular y rebalancear el mensaje político que se quiere proponer, salen a las calles y enfrentan a una clase política completamente carente de convicciones y de fuerzas reales, que puede ganar elecciones pero no movilizar a sus votantes para nada más. Como recuerda el mismo Castells, el poder es relacional: se ejerce contra alguien. Cuando el adversario es fundamentalmente débil, es posible forzarlo a ceder. Pasa todo el tiempo en el Perú, y quizá la diferencia fundamental entre los pulpines y el resto del país es que al ser en Lima, la atención mediática y política fue rápida y no tuvo que agravarse el conflicto, hasta el costo de vidas, para lograr el objetivo.

Pero que hayan usado medios digitales no hace que se trate de poder-red; que se trate de jóvenes no los convierte en actores políticos sino en un movimiento reivindicativo; que se parezca a las posiciones de izquierda no crea un mensaje unificador para la misma; y sobre todo, una golondrina exitosa no hace un verano electoral: las grandes mayorías que elegirán a quién detentará el poder no participan ni están interesadas en dejarse llevar por un movimiento tan preciso.

martes, 28 de abril de 2015

Television Abierta y su regulación

Enlazo aquí el texto original de mi artículo publicado en Poder, abril 2015, sobre si conviene y cómo podríamos regular la televisión de señal abierta en el Perú. Aclaro, la premisa es que no es posible verla aisladamente y que es necesario integrar la regulación con todo el sector de telecomunicaciones, para así enfrentar los cambios inmensos que sufre toda la actividad audiovisual en los tiempos actuales.


viernes, 17 de abril de 2015

Guzmán, adentro aunque se ponga afuera

Cuando leo a Julio Guzmán, no puedo dejar de pensar en esta cita del Padrino III:

https://www.youtube.com/watch?v=UneS2Uwc6xw

"Justo creí que estaba afuera, y me jalan de regreso": quiero ser el outsider, pero en realidad me recuerdan todo el tiempo que soy un insider...

Comprendo la ambición del candidato, de la gente que está tras de su candidatura. Parece lógico apostar a ser distinto, a ofrecer una narrativa diferente a las que los políticos ya conocidos, hayan o no sido presidentes, muestran todo el tiempo. Pero no la veo...

Guzmán se presenta como alguien como el común de los peruanos, que ha tenido éxito y que por eso puede ver un camino distinto. Sin embargo, y considerando que su historia personal puede ser valiosa, lo cierto es que hace tiempo tiene una vida muy parecida a aquella de muchos que han gobernado el Perú por casi veinticinco años ya. Los tecnócratas de formación universitaria avanzada que regresaron a hacerse cargo de la parte eficiente del Estado vienen manejando el día a día del Perú por años, y muchos de los problemas que tenemos vienen precisamente de una mirada "técnica" que le debe mucho a un modelo de gobernanza bastante predecible. La gestión pública no ha creado una narrativa local, sino que se ha montado en la mirada aceptada como "correcta", creada en organismos multilaterales y aplicada en muchos países. No es que sea mala, sino que carece de visión política integral y sobre todo, de feeling para la realidad en la que estamos.

Pero aparte de la narrativa, el otro problema con Guzmán es que no es como el común de los peruanos se imagina el éxito. No es un emprendedor, no es un "peruano exitoso": es un funcionario público bien entrenado que no transmite nada malo pero tampoco nada que dé la impresión que sabe lo que la gente piensa y quiere, sino que plantea soluciones inteligentes pero alejadas de la cotidaneidad urbana, para no mencionar de lo que pasa fuera de Lima o en las zonas rurales. Es un ejemplo de éxito al que no se le siente propio, sino más bien extranjero, preparado pero sin las urgencias de la vida diaria y de las preocupaciones que las muchas y muy variadas colecciones de grupos de interés tienen por todas partes del Perú.

Su estrategia parece más la de un político empeñado en ganar lo que los gringos llaman "las primarias invisibles": ese espacio de debate en privado, de convencimiento de élites, que garantiza el apoyo de los grandes tomadores de decisión que definen en buena medida a dónde irán los partidos en cada ciclo electoral. El arte de los ganadores de esas "primarias invisibles" es convencer a las élites que se seguirá el camino correcto, al mismo tiempo que se alimenta la percepción popular tratando de aparecer como alguien del común, como un Average Joe, como alguien que en el fondo sí es como tú. Como dice esa frase también gringa, alguien con quien quisieras tomarte una cerveza.

El juego dual de ser de la élite pero también del pueblo funciona porque se trabaja a dos cachetes: sin el apoyo de las élites no alcanza para ganar, pero sin el apoyo de las masas tampoco. Claro, eso funciona porque las élites controlan el camino electoral que permite apelar a las masas. No es el caso del Perú.

Como las elecciones recientes lo muestran, el apoyo de las élites se consigue de manera caleta, al mismo tiempo que se convence al grueso de los electores que se tiene conexión con ellos. Las élites financian y facilitan, pero no deciden, porque no hay partidos, no hay correas de transmisión entre las alturas y la población. Guzmán parece convencido que necesita primero conseguir, abierta y públicamente, el apoyo de las élites, pero incluso si lo consigue, la conexión con la gente es lejana sino imposible: es finalmente creación y reflejo de los que han servido a una gobernabilidad elitista por dos décadas, esa capa de funcionarios que escriben y piensan y actúan para el bienestar del chorreo y el crecimiento macroeconómico que parece estar agotándose a zancadas. ¿Cuál es su rollo para todos los demás? ¿Cómo convencerá a todos que lo que se ha hecho hasta ahora, pero algo mejor, bastará?

Por eso resultan algo banal su esfuerzo de definirse como un outsider. Es todo un insider. Desde su historia de vida hasta su accionar político. ¿Podrá cambiar su destino? Quién sabe... pero va a necesitar algo mucho más potente que su conversación con la prensa y su mención de funcionarios desconocidos fuera de los corredores del poder para lograr ser visto como alguien viable. No necesariamente tiene que ir a los mercados a tomar desayuno o mostrarse autoritario o reclamarse cholo sagrado: eso ya se hizo y difícilmente funcionará de nuevo. Pero mostrarse como ejemplo de un éxito foráneo y hasta indeseable para el grueso de los peruanos tampoco parece ser la ruta.

sábado, 11 de abril de 2015

Facebook Zero no es la Internet

Mark Zuckerberg se reunió con el presidente Humala. Hasta se puso terno. Impactante. Hablaron sobre cómo llevar la Internet a todos, del Internet gratuito. Lástima que no sea cierto.

La iniciativa de Zuckerberg es una combinación de Internet.org y Facebook Zero. La idea es ofrecer lo que se llama aplicaciones "zero rating", es decir aplicaciones que no facturan como plan de datos, a cambio de una subvención combinada de Facebook y de los operadores móviles.

Suena bien pero es una trampa. La Internet no es solo acceder a Facebook, y esas aplicaciones zero-rating, ofrecidas por ciertos proveedores, reducen la Internet a su funcionalidad y sus servicios, y por lo tanto son el equivalente digital a regalarte el album para que compres las figuritas. Es decir: te doy gratis Facebook pero para que tu experiencia digital sea exclusivamente Facebook.

Muchos dirán, ¿qué tiene de malo? Muchos solo usan Facebook, y ciertamente muchos ni siquiera saben que es posible usar algo más que Facebook. Pero


  1. El hecho que solo tomes Coca Cola no significa que solo deba haber Coca Cola en el mercado, sino qué sería del Aje Group. 
  2. El hecho que solo conozcas la Coca Cola no debería significar que no puedas enterarte de alternativas pero que no puedas usarlas, porque tu bodega y todas las bodegas cercanas solo venden Coca Cola, y para algo distinto tienes que ir al distribuidor y pedir que te den algo significativamente más caro que quizá no puedas pagar por adelantado. 
  3. El hecho que solo haya Coca Cola y nada más que Coca Cola hace que tu vida se reduzca a la Coca Cola, y te pierdas la posibilidad de probar jugos de frutas o simple y sencilla agua. 

En otras palabras: el zero-rating limita la competencia, limita la disponibilidad de información y consiguiente las experiencias culturales, y te convierte en cliente exclusivo de un proveedor que definirá tus opciones de acuerdo a su interés, no al tuyo.

Si no lo haríamos con los refrescos, ¿por qué con algo que constantemente se nos dice es esencial para el futuro desarrollo de todos, como la Internet?

Tomando en cuenta que hay leyes y regulaciones (pendientes) sobre neutralidad de red, el zero-rating no debería tener espacio alguno en el Perú. Sin embargo, nada como tener el acceso que muchos no tienen en una cumbre presidencial para vender una idea que a los oídos de un incauto (no solo en tecnología) debe sonar atractiva. Chile la rechazó por algo. Confío que Humadine pregunte, consulte y sobre todo requiera que los organismos relevantes digan lo que tienen que decir, y así evitar que el zero-rating se generalice, pero sobre todo que algo como Facebook Zero reciba facilidades legales o regulatorias bajo la ilusión que es una forma de mejorar la vida de los peruanos.

No lo es. No debe aceptarse.