miércoles, 19 de junio de 2019

Asuntos Internos: el próximo rector

Escribo días antes de la elección rectoral de la PUCP, donde tras la Crisis de Diciembre de 2018, la Universidad tendrá que escoger por primera vez en su historia a un equipo rectoral sin miembro alguno que provenga de la administración anterior. Un cambio significativo y con muchos riesgos.

Como la gran mayoría de profesores, no voto, porque es la Asamblea Universitaria la que deberá elegir al Rector y a los tres vicerrectores. Eso no impide que uno esté pendiente y que se tenga preferencias. Espero explicar con este post por qué creo que Carlos Garatea debe ser el próximo rector, y por qué votaría por él si fuese miembro de la Asamblea Universitaria.

A lo largo del algo desordenado proceso, que comenzó realmente con el inicio del año, quedaron en claro dos clivajes, si se me permite el término: entre los que pensaban que la Universidad estaba mal administrada pero sin corrupción, y entre los que al menos insinuaban que tal posibilidad existía; y el otro, entre los que pensaban que la prioridad debía ser la solución de demandas inmediatas frente a los que pensaban que el problema es estructural, dada la posición relativa de la Universidad en el mercado peruano de la educación universitaria. Como no son caricaturas, no pretendo decir que todo se reducía a dos posiciones irreductibles en cada lado, pero sí que existía inclinaciones para interpretar las cosas dandole primicia a ciertas posiciones frente a otras.

Sobre el primer clivaje, y aunque no es aún difundido masivamente, está claro que uno de los informes encargados por la Asamblea luego de la Crisis de Diciembre exonera de responsabilidad penal alguna a cualquiera de las autoridades o funcionarios; no se puede decir más porque el proceso sigue y no hay pronunciamientos formales. En otras palabras, la gestión estuvo mal por variedad de razones, y es urgente cambiar los principios mismos de la gestión de la Universidad.

Respecto al segundo, la campaña electoral ha puesto el énfasis más en el momento y en demandas específicas, que en lo estructural y el largo plazo. Hay un problema en el horizonte, sobre el que aludí aquí, para garantizar el financiamiento de la Universidad, y que ha aparecido tangencialmente en las discusiones; pero sé que hay conciencia del mismo en las tres listas, sin que me quede claro como lo enfrentarían, en cada caso.

Lo que nos lleva a la campaña: tres candidatos a rector, los tres varones humanistas, representantes de una mirada más tradicional que modernizante de la universidad. Sus planes varían pero ninguno es singularmente visionario; mucho más elaborado el de Carlos Garatea y su equipo, con más detalle, y ciertamente más participación orgánica de profesores de toda la universidad. Los otros dos no son inherentemente malos pero me parece que carecen de una vision de largo plazo realista, o que pueda convertirse en planes concretos con facilidad.

En el fondo, no me preocupa. Creo que la universidad requiere más que otra cosa discutir en serio a donde quiere ir, y como lograrlo, antes que asumir que un equipo rectoral dado lo hará por ella. Si una critica debemos hacernos nosotros, los profesores, es que los años de la década que termina fueron dedicados a perder de vista lo importante que no fuera la supervivencia, y dejarla en manos de las autoridades. Las autoridades decidieron de formas determinadas y luego nos quejamos que no nos gustaron las decisiones, pero no nos pusimos a pensar en cómo hacer para que esto no ocurriera de nuevo. Ahora, enfrentados a una elección epocal, tendríamos primero que preguntarnos por el cómo antes que por lo que se hará.

Las tres listas tienen virtudes, que como es lógico han intentando difundir ampliamente, así que me entretendré con sus defectos por un rato (espero no ofender a nadie pero si ocurre por favor no lo tomen personalmente).

Primero que nada, creo que se necesita modestia. Es urgente repensar la universidad y mirarla de una forma que nos permita entender qué debemos conservar pero cuánto debe cambiar; qué rescatar de lo anterior y que dejar de lado. Esto requiere tomar cierta distancia de las pasiones desatadas recientemente y tratar de imaginar lo más justo para todos, pero reconociendo que no todos tienen o podrán sentirse completamente satisfechos con el resultado.

Debemos dejar atrás los tiempos de un rectorado en el que convergen las grandes decisiones y empoderar los órganos intermedios, y el superior, la Asamblea, que no es realmente muy un legislativo tanto como una suerte de Board of Trustees, sin mayor capacidad de iniciativa. No hay una solución pero tampoco debemos permitir que continue el método anterior, que no solo nos llevo a la crisis sino que ha terminado creando proyectos que no tienen mayor compromiso institucional más allá de las autoridades y que no logran credibilidad interna.

Debemos sincerar las limitaciones económicas y forzar cambios administrativos pero también a nivel docente, lo que pasa por reconocer que las necesidades que cada profesor tiene no son las que otros colegas en otras unidades tienen. Ampliar nuestra capacidad de entender lo que es investigación y lo que es responsabilidad social de manera que todos se sientan identificados; mejorar la carrera docente para que tengamos los recursos humanos necesarios, abandonando la idea que todos debemos hacer todo igual de bien; y encontrando equilibrio entre tareas administrativas y espacio abierto académico: sin negar que a mí también me resulta detestable asumir responsabilidades administrativas, el esperar que otros las hagan involucra dinero que no aumenta salarios o recursos académicos; y no hacerlas es inviable hasta por razones legales. Ergo: quejarnos de los trámites sin plantear que tenemos que hacerlos es trivializar un problema más grande.

Esto además requiere sincerar la delicada relación entre pensiones académicas y salarios, especialmente docentes. Ser honestos respecto a como manejarlos pasa tanto por reconocer que los privilegios deben tener mejor fundamento cuando los haya, pero sobre todo que debe existir una conexión entre productividad y remuneración, y no solo entre tiempo de servicio o categoría docente y remuneración, pues premia la improductividad y el exceso de conservadurismo.

Finalmente, la universidad está sacudida por conmociones políticas que en comparación con otros tiempos son menores, pero que no dejan de ser importantes. Rescatar el dialogo y el respeto a los procesos no debe impedir que se reclame lo justo; seleccionar mejor a los responsables de proteger los derechos es una obligación, en varios niveles; hacer cumplir la ley en todo nivel un principio irrenunciable. Lo demás debe conversarse más y gritarse menos.

De las tres listas, puede que ninguna cumpla con todas las expectativas que se podrían hacer. Es natural, dada la situación. Pero hay patrones. No es una cuestión de personas, pero hay que decirlo con nombres para dejarlo en claro: La lista Giusti ha optado por presentarse como insurgente pero no me ha logrado dejar en claro qué haría aparte de restaurar prácticas del pasado o tentar algunas soluciones que no están bien esbozadas, y además transmite la impresión de depender en exceso de la personalidad y energía del líder, un intelectual publico y un académico impecable que realmente hace muy bien lo que hace; ninguno de sus candidatos a vicerrector han marcado territorio claro. Esos excesos de personalismo me parecen innecesarios precisamente luego del rectorado cuasi imperial que tuvimos hasta la Crisis de Diciembre.

La lista de José de la Puente parece por momentos bicéfala, con un candidato fallido a rector ahora en el vicerrectorado administrativo. De la Puente es un académico y una persona impecable: pero transmite una sensación de falta de escala, como si a veces creyera que ser rector es como ser decano por más horas; puede que me equivoque pero no me parece correcto ver el rectorado así, puesto que lo que se viene es tan complejo que requiere otra actitud. Yo expresé mis profundas dudas sobre Eduardo Ismodes en 2014 y no he cambiado mi punto de vista; sus otros dos vicerrectores no han marcado mayor espacio, y ciertamente hay una historia de conservadurismo religioso alrededor de la plancha y del entorno de la plancha que sería absurdo ignorar. Me parece una mala idea optar por una inclinación tan ideológicamente ceñida a cierta comprensión del catolicismo para dirigir una universidad como la PUCP en estos tiempos, bajo las premisas que he mencionado.

Esto deja la plancha de Carlos Garatea, la que puede no crear grandes entusiasmos; justamente una virtud en estos tiempos. Es posible que me equivoque, pero pienso que un rector que descanse en un equipo rectoral diverso, y que dialogue mucho porque es su deber y su necesidad, sea lo que necesitamos en estos tiempos. La acusación de continuismo con la administración es infantil: Carlos y Cristina del Mastro fueron directores académicos, pero eso no implica haber tomado grandes decisiones ni estar comprometidos con las lineas de accion de la administración anterior fuera del ámbito mismo de su mandato como directores. Las posiciones que han tomado son claras y críticas a muchas de las posiciones de la administración anterior.  Es el equipo más parejo, el que más ha trabajado en su propuesta, el que es más orgánicamente académico en su respaldo, y por una cuestión generacional (mucho cincuenton) el que más tiene para vivir las consecuencias de sus decisiones, personalmente y en el juicio de sus pares. Todo esto me lleva a pensar que más allá de otras consideraciones, si buscamos balancear la universidad en sus muchas tensiones, un equipo balanceado es lo más sensato.

Con el inmenso respeto y aprecio que tengo por José y Miguel, espero que Carlos Garatea sea elegido rector, que Cristina del Mastro, Aldo Panfichi y Domingo Gonzales sean elegidos vicerrectores, y que podamos tener una gestión ordenada e ir con calma, juntos, a buscar como encaminar la casa.


jueves, 16 de mayo de 2019

Colegios inutiles

El 15 de mayo el Congreso de la República ha dedicado tiempo a una banalidad más. Crear un colegio de politólogos es uno de esos actos de corrupción latente más terribles que podemos hacer a nuestra República, y una demostración, constante, de incapacidad intelectual o mala fe.

Como soy doctor en ciencia política, me siento aludido. Sin embargo quiero comentar la cuestión desde mi "profesión", es decir desde el titulo profesional con el que cuento, de licenciado en bibliotecología y ciencia de la información.

Obtenido en 1990, mi título supuestamente demuestra mi competencia profesional, mi capacidad de realizar una labor determinada. En los casi treinta años que median entre mi titulación y la actualidad, la profesión de bibliotecario (simplificando nombres) ha cambiado tanto que si siguiera trabajando en ese campo, tendría básicamente que haberme transformado por completo profesionalmente, si quisiera mantenerme vigente. El Colegio de Bibliotecólogos, pequeño pero digno y limpio, no es el mecanismo fundamental para mantener esa actualización: es la formación continua tanto en universidades como en espacios laborales, con el Colegio apoyando y fortaleciendo.

En otras profesiones, más grandes en número de practicantes, es posible pensar en un rol más activo del Colegio, pero sin duda no es lo que hacen de manera fundamental. El Colegio de Bibliotecologos es sobre todo una asociación profesional, con sanción legal, a la que se supone hay que pertenecer; pero donde caben paradojas singulares: yo no participo ni cotizo en ese colegio desde hace décadas, pero podría ser hasta decano si lo hiciera, a pesar que desde hace casi veinte años no me reconozco profesionalmente como bibliotecologo. Como académico, me siento parte de una disciplina genérica y difusa que se llamaría Estudios de Internet, pero sin renegar de lo que me dio la bibliotecología / ciencia de la información, lo que me permite hacer lo que hago tiene más que ver con mis estudios de magister (en comunicaciones), doctorado, y mi aprendizaje cotidiano de informática y sistemas.

Si bien es imposible negar que hay colegios profesionales que cumple una función deontológica, y que actúan como garantes de la probidad y capacidad profesional de sus miembros ante la sociedad. Que tengan encima un mandato oficial es una herencia de las tradiciones legales a las que pertenece el Perú, pues estas organizaciones son, en el mejor de los casos, semi oficiales en países bajo Common Law. Pero espacios como el Colegio de Bibliotecologos no tienen esa posibilidad: no hay riesgo social, no en la escala que justificaría imponer un control obligatorio, en la actividad de los especialistas en información / documentación.

Pero existe: el CBP existe como ahora existe el Colegio de Politologos, o como se intentó que exista un Colegio de Historiadores. La razón es simple: cartelización.

Queda claro que se busca crear cárteles profesionales en donde ciertas personas puedan impedir que puestos de trabajo sean competitivos. No importa que alguien tenga un grado de doctor en ciencia política, basta que tengas una licenciatura (inherentemente inferior como calificación académica) para que tengan que darte un trabajo. No importa que tengas la experiencia, si no tienes la licenciatura (que solo demuestra que terminaste lo básico de tus estudios) no puedes tener el trabajo. No importa la ridícula inconsistencia del marco legal de la formación universitaria peruana, que permite que los estudiantes obtengan la licenciatura con una tesis, y que ahora supuestamente promueve la "investigación" con demandas similares para bachillerato y licenciatura: no, basta esa demostración de competencia académica para conseguir un trabajo que otra persona, quizá con más experiencia y demostrada competencia profesional, no podrá obtener.

Los vicios complementarios, como entregar la organización del colegio de politólogos a una asociación casi fantasmal, son apenas cerezas en la torta. Lo más grave es este ejercicio descarado de imponer una noción ridícula de "profesionalización" que lo único que logrará será mantener otras ficciones, conocidas por cualquiera que haya visto los términos de referencia que se inventan para contratar a algunas personas en el Estado peruano. Habrá claro, decanos nacionales que pretenderán hablar por la profesión, y que exigirán estar presentes en la selección de jueces o similares, con lo que las consecuencias no serán para los individuos con capacidad profesional, serán para el país, que seguirá sufriendo a mediocres consagrando como capaces a otros mediocres.

No es pues solo este aberrante colegio de politologos u otras aberraciones sin padrinos y madrinas que esperan la ocasión para emerger: es la noción misma de colegio profesional que necesita ser discutida; no para abolir los que existen sino para definir claramente para qué sirven y convertir a los que no tienen realmente una tarea que merezca sanción pública, en asociaciones profesionales. Mientras tanto, confiemos en que esta barbaridad específica sea contenida, que el Presidente observe la ley, y que este cártel sea enviado al archivo.

miércoles, 24 de abril de 2019

Asuntos Internos: ¿qué tendría que hacer el nuevo equipo rectoral?

Comentario sobre el proceso electoral de la PUCP, escrito para los que estamos en la PUCP. Si alguna cosa no queda clara es porque asumo que para seguir mi rollo hay que estar adentro.

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Tras la crisis de finales de 2018, que culminó con la renuncia de casi todo el equipo rectoral, una transición de baja intensidad está por terminar, y la PUCP enfrenta una situación singular: por primera vez en su historia, quienesquiera que sean miembros del equipo rectoral no provendrán del equipo anterior.

Esto está causando una hoguera de vanidades algo desconcertante. Demasiadas personas parecen sentirse llamadas a ser rectores o vicerrectores, lo que por un lado es consecuencia natural del desorden post-colapso del orden tradicional, pero también de ser combinación de audacia y soberbia respecto a lo que significa manejar esta organización, mucho más compleja política y económicamente --además de gerencialmente-- de lo que suele ser evidente.

En el modelo de gobernanza PUCP, que es casi exactamente el de las universidades públicas peruanas, los profesores principales son los llamados a conducir la institución. Objetivamente, es un modelo arcaico, porque combina asuntos de política institucional, política nacional, y política menuda, interna, con gestión de una organización enorme que además requiere de varios modelos de negocio, a veces contradictorios o conflictivos entre sí, para contar con los recursos necesarios para funcionar. Pero es lo que hay, y es difícil pensar en que se podría cambiar en el corto plazo. Por ello, hay que escoger entre los profesores principales.

No me interesa discutir personas, ni planchas, que además no existen aún. Me interesa plantear items de una agenda. Han circulado, más o menos de manera amplia, documentos de al menos tres potenciales planchas, que tienen coincidencias, divergencias, ingenuidades, incoherencias y simples ilusiones. Solo para interrogar la situación, me planteó un ejercicio distinto: ¿cuales son los desafíos visibles que hay que enfrentar en los próximos años? No se me ocurren respuestas claras para casi ninguno, pero al menos sirve para ordenar ideas, presentadas aquí con cierto desorden.


  1. En un país como el Perú, no es posible sustentar una universidad de investigación --entendida como una dedicada fundamentalmente a la investigación a nivel doctoral y superior, sustentada con fondos públicos o privados. Quizá sería posible si fuéramos una universidad pública en la que el Estado decidiera invertir singularmente, o si tuviéramos ciencias de la salud y medicina. La PUCP no es ni una ni otra cosa. Por ello,  no hay suficientes recursos disponibles para financiar semejante intención,  incluso si se tuviera la estructura docente para realizarla, que no es el caso. Esto deja en pendiente qué hacer con especialidades, carreras y facultades que tienen distintas orientaciones y potencialmente, viabilidades diferenciadas.
  2. Al mismo tiempo, la profesionalización de la formación, el énfasis en licenciaturas y la investigación como un extra a la docencia regular, resultan incomodas para muchos y complican la selección docente y de equipamiento. La presión por tener lugares destacados en los rankings no va a cejar, y la competencia regional (Colombia, Argentina, Chile, Mexico, Brasil, en orden de menos a más) cuenta con más recursos y comenzó antes. ¿Cómo haríamos? 
  3. No es posible pensar realistamente que el financiamiento de la universidad tendrá una estructura distinta a la actual en los próximos años. En otras palabras, dependeremos de los pagos por servicios educativos que los estudiantes regulares --y también los de educación continua-- sigan haciendo. Las rentas comerciales y la explotación de recursos propios son un componente menor. Pero las pensiones son un juego de alto riesgo: puede llegar pronto el día en que los estudiantes no puedan pagarlas, o en todo caso no puedan pagarlas para ciertas carreras u opciones específicas. Sumémosle otro problema, fuera de nuestro control: es cada vez más difícil atraer alumnos del lado sur y sureste de la ciudad, porque Lima es un infierno de tráfico interminable. Si las universidad publicas como la UNI o UNMSM mejoran, el atractivo objetivo de la PUCP disminuirá, aunque quizá no significativamente en los próximos cinco años. Sería ideal bajar las pensiones, o reducir el numero de alumnos, pero ese es un circulo que no es fácil cuadrar, sobre todo si no tendremos más fuentes de financiamiento. ¿Cómo haremos? 
  4. Asumiendo que conflictos del pasado no nos sigan persiguiendo, igual tendremos que estar en guardia para las reencarnaciones que estos tomarán. Las jubilaciones seguirán siendo un tema, más allá que se solucioné el conflicto específico actual, bajo el principio básico que es imposible mantener privilegios que no existen ya en el Perú, como la cédula viva (que de eso se trata el pleito por la CPJ). También la relación con la iglesia católica será un asunto que puede volver a aflorar, sobre todo cuando la primavera reformista de Bergoglio termina y se produzca un (para nada inverosímil) regreso conservador. La carrera docente sigue siendo un tema: ¿qué profesores queremos? ¿cómo medimos su productividad? ¿cuántos recursos deben generar o conseguir? ¿qué hacer con las especialidades que no son viables? ¿qué hacer con las especialidades que son viables pero solo si se las mantiene en situación precaria en términos de equipamiento e instalaciones? 
  5. El entorno político nacional es una fuente constante de conflictos. En el vacío que está quedando luego del colapso del "orden" post-fujimorista, nadie sabe realmente qué emergerá: ¿una refundación portaliana que cree un estado eficiente? ¿los nuevos ochenta, con los restos de la alianza política y económica alrededor del "modelo" luchando contra las fuerzas emergentes que solo querrán destruirlo todo? ¿un mundo de acuñas, lunas y similares, destazando el estado para sacar pedazos de los cuales medrar? Todo esto puede poner a la PUCP en una situación parecida a la brutal precariedad de finales de los ochenta, no más sin terrorismo ni hiperinflación. ¿Cuál es el plan? ¿qué podemos hacer para evitar los resultados más peligrosos, no tan solo para la PUCP, sino para el Perú? 
  6. ¿Qué le ofrecemos al Perú? Ya, formamos profesionales de calidad. Pero como académico del que se espera que publique internacionalmente, conozco de cerca la curiosa sensación de culminar un trabajo que luego es leído por cinco gatos y que resulta en impactos completamente endogámicos al interior de un grupo de especialistas, pero que no le hace ni cosquillas a la realidad nacional. ¿Como lograremos balancear la demanda por calidad académica --definida por las transnacionales de la comunicación académica, con y sin fines de lucro-- y la demanda por relevancia nacional, en este nuestro rincón menor de un mundo bajo amenazas varias? No me refiero a cómo lo puedo solucionar yo o cualquier otro profesor: ¿cómo lo hará la PUCP? ¿Qué buscaremos lograr? 
  7. Para terminar, todo esto requiere mejorar significativamente la gestión administrativa de la Universidad. Errores tremendos, que no tuvieron costo político, nos han dejado cojos. Se requiere hacer inversiones significativas, pero sobre todo aceptar que habrá mucho por cambiar y que hay costos de todo tipo asociados a estas inversiones. ¿Hay claridad de qué hay que hacer? ¿hay claridad del costo de asumir esos costos?


Nada, solo ideas para conversar entre nosotros, aunque no tengamos --mucha-- vela en el entierro electoral.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Asuntos Internos: de moras y excesos, o por donde habría de cambiar la PUCP, si quisiera hacerlo

Los hechos son más o menos conocidos: el martes 4, por la mañana, un grupo de estudiantes protestaba bloqueando el acceso al edificio Dintilhac, donde debía realizarse una sesión de consejo universitario para proponer una solución al escándalo de las moras mal cobradas desde 2012. El rector, Marcial Rubio, se abrió paso entre el bloqueo de los alumnos.

Antes, un comunicado que parecía hecho al alimón entre Spock y Sheldon Cooper por su falta de empatía azuzó un ambiente en donde muchos se sentían, con pleno derecho, maltratados por la universidad. Era la culminación de décadas de sensación de abuso por cobro de moras, multas y de pensiones altas --filtradas estas por una oficina de servicio social similarmente carente de empatía.

¿Que la situación estaba siendo aprovechada por una dirigencia estudiantil que tenía que ser más radical que las opiniones en redes? Sin duda. ¿Que la sesión de Consejo estaba amparada legalmente y que los argumentos de los representantes estudiantil no eran realmente válidos? También. Pero todo se pudo manejar mucho mejor: aplazar un par de días la sesión, incorporar alguna oportunidad para que se desahoguen las tensiones, sin duda comunicar mucho mejor, no como el bot de abogado que parecía estar a cargo. El día de la sesión se pudo mover la misma a otro sitio en el campus o incluso fuera de él, y así se contenía la situación. Convertir todo en un pleito entre un grupo --pequeño-- de estudiantes y el Rector en el tema del día fue un horror político.

Evidentemente, la cosa es mucho más profunda que las moras. Visto desde la relativamente cómoda posición en la que me encuentro, de profesor asociado que ni es ni será autoridad, pero que puede entender mejor que otras personas lo que pasa en la PUCP, varios desastres se han ido juntando y al final han explotado en algo que no es más que una crisis mínima, pero que en estos tiempos virales se convierte en lo --aparentemente-- más importante. Esa viralidad es, además, la explicación de lo descarnadamente desproporcionada de la retórica reivindicativa: ladrones, corruptos, estafadores, se suelta con una liberalidad propia de la irresponsabilidad expresiva de las "redes". Nadie se sienta a sustentar más allá de su opinión o "filin" el origen de semejantes afirmaciones, que finalmente son acusaciones serias que merecerían un mínimo de evidencia.

Despejando: no, Marcial no debe renunciar. No solo porque estas tormentas son de corta duración, sino porque la legitimidad de las autoridades se fundamenta en su relación con el cuerpo docente y en menor medida los estudiantes, que utilizan menos sus mecanismos de representación pero que sobre todo tienen intereses mucho más conflictivos entre sí. No hay un "movimiento estudiantil", hay cierta cantidad de estudiantes movilizados, que logran apoyos coyunturales alrededor de reivindicaciones precisas de parte de una buena cantidad del resto de los estudiantes, pero no siempre ni de la mayoría.

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Esto no niega que lo que hizo no debió ocurrir, que empaña toda su gestión de casi 25 años en el rectorado, y que debería pedir disculpas. No voy a calificarlo como autoritario pero sí como innecesario y desproporcionado, y más allá de la dimensión humana, algo que le va a costar a él y a la universidad mucho más allá del momento preciso. Lamentablemente.
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En cambio existe un conjunto de docentes que tenemos miradas conflictivas pero esencialmente intereses comparables: la continuidad de la universidad bajo ciertos estándares, el mantenimiento y mejora de la calidad académica, y ciertamente, remuneraciones y recursos suficientes para nuestros intereses. Es ante los docentes que el Rector es finalmente responsable, y si bien personalmente creo que salvo terminar su periodo no le queda mucho más que hacer, y que debería evitar más conflictos, no veo qué beneficio institucional produciría su renuncia, o peor aún, una crisis de gobernabilidad ficticia, dado que ninguna elección podría ocurrir realistamente antes de mayo de 2019, es decir apenas un mes antes de la fecha regular de las elecciones.

Pero negar que esto es señal de algo mucho, mucho más serio, sería necio. Precisamente porque estamos ante una elección rectoral, se hace necesario pensar qué vamos a hacer con la Universidad. Claramente, el periodo iniciado en 1994 con el primer rectorado de Salomon Lerner Febres se ha agotado: la narrativa institucional que propone una universidad humanista, moderna, en constante crecimiento y de alta calidad académica, pero comprometida con el Perú en varios niveles (la idea caviar, digamos) se enfrenta a una dura realidad, pues para sostener este modelo solo hay una fuente de recursos, y esa fuente de recursos crea su propia contranarrativa.

La PUCP es explotadora, abusiva, un negocio, corrupta, etcétera: solo nos interesa la plata. Así se está leyendo la institución, al menos desde los estudiantes más movilizados. No importa que se suponga que todo es parte de un medio para llegar a un fin, una universidad de primera calidad al menos sudamericanamente, que se empeña en conectar con el país, y que no deja nunca de reinvertir sus ingresos para esos fines. Lo que queda es que a cambio de educación no siempre muy buena, cobramos y abusamos. Cuando no robamos.

Es pues urgente construir mejor la relación, y no solo con los estudiantes, a partir del reconocimiento que la marcha institucional no puede ser cuestión opaca y decidida sin un proceso más integrado a la marcha cotidiana de la Universidad; y que los errores politicos y efectivos no pueden ser simplemente ignorados, como se ha hecho demasiadas veces (no, no voy a entrar en detalles; hay cosas que se quedan dentro de la casa mientras sea posible solucionarlas en ella). Esta situación lo pone de relieve pero no es que no sea un tema de discusión.

Pero sobre todo, es urgente dejar en claro que los principios que se proclaman deben de tener expresiones concretas: para comenzar, si no se puede cobrar menos, o pagar más, entonces hay que gestionar mucho mejor y de manera más transparente. Si no hacemos eso esta crisis volverá a aparecer como refuerzo, como agudización, cuando venga una nueva crisis. Necesitamos reconocer que hay que reconstruir la relación para que la narrativa que se intenta proclamar sea viable y creíble. Aunque he de ser sincero: a veces no sé si la universidad, si la PUCP, quiere cambiar. Muchas veces me parece que está demasiado cómoda en sus certezas y que prefiere rajar a criticarse a sí misma. Ojalá no sea así.

Hay un proceso de renovación de autoridades por ocurrir. No es precisamente muy novedoso: los mismos de 2014 quieren intentarlo el proximo año. Más que otra cosa, quisiera que estos candidatos, ya anunciados o implícitos, dejaran en claro cómo van a restablecer confianza y refundar la relación entre las autoridades y sus constituencies, que incluye a los estudiantes, sobre todo a los profesores, con quienes tampoco es que las cosas hayan sido perfectas, para nada.

Esta crisis (permítanme la banalidad) es una oportunidad: se puede decir, clara y distintamente, a dónde vamos a llevar a la PUCP en los próximos cinco años. Repetir las mismas generalidades de siempre no sería una ruta: no pasaría de ser un callejón sin salida.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Un mundo sin televisión es posible, y como prepararnos para que no sea un desastre

Es probable que vivamos en una época singular: nunca antes tanto contenido audiovisual está siendo visto por tanta gente al mismo tiempo. Al mismo tiempo, la televisión está camino a desaparecer. Acontecimientos recientes sirven como señal de este futuro posible.

Primero está la discusión, renacida, sobre neutralidad de la red en los EEUU. Lo que parecía cosa juzgada hace un año ha regresado a la discusión como parte de la agenda retrógrada del gobierno actual de ese país, empeñado en favorecer actividades económicas tradicionales en desmedro de opciones innovadoras. El principio básico de neutralidad de red es que todo el tráfico debe ser tratado por los operadores de telecomunicaciones por igual, sin discriminación regulatoria o a través de prácticas comerciales. En otras palabras, no puede haber preferencia por un tipo de tráfico o, mejor aún, no puede haber discriminación negativa (disminución de velocidad, o bloqueo) del tráfico que proviene de un servicio, para favorecer a otros. Hay muchas explicaciones pero la Wikipedia (un servicio que bien puede pensarse como en deuda a la neutralidad de red) provee una definición bastante decente.

El principio de neutralidad plantea entonces que los operadores de telecomunicaciones no pueden priorizar el tráfico que les convenga, sobre cuando estos operadores son también proveedores de contenido. Es bastante fácil de comprender si consideramos que los dos grandes operadores de telecomunicaciones peruanos, Telefónica / Movistar y Telmex / Claro, son a la vez proveedores de contenido, mediante sus negocios de televisión paga y por las aplicaciones o acceso web a esos mismos contenidos a través de sus servicios de acceso a la Internet. Bajo el principio de neutralidad, no es posible castigar con velocidades más bajas o tráfico menos eficiente a aquellos proveedores de servicio que ofrecen servicios competitivos; si es posible ofrecer tratos diferenciados de acceso a la infraestructura, que previo pago, garanticen más velocidad que la estándar o espacios separados en sus redes de transporte a dichos proveedores: es lo que hace Netflix, que compra acceso a pedazos completos de redes de transporte para tener la velocidad necesaria para sus servicios.

El punto no es la priorización o la posibilidad de mayor calidad, sino la no discriminación. Pensémoslo con un ejemplo más simple: se puede reservar un carril de una avenida para un servicio que lleve a más pasajeros siempre y cuando el acceso a ese carril esté disponible para todos los potenciales operadores, o para un servicio accesible a todos los potenciales usuarios; si el carril fuera reservado solo para aquellos que pagaran una tarifa separada a la municipalidad --a través de un modelo opaco que no permite saber los criterios por los que se ha escogido a tal o cual usuario y que no permite que cualquier otro usuario pueda acceder-- habría discriminación, la que solo podría justificarse por razones de servicio público, no por ventajas del dueño de la infraestructura.

El ejemplo más conspicuo fue la "vía expresa del Callao", esa creación corrupta e inútil que fue montada para aprovechar el monopolio de acceso al Aeropuerto, y que obligaba a pagar por usar lo que era una breve simplificación del camino. Fue un abuso de monopolio, insostenible y que nadie realmente pudo justificar sino como un aprovechamiento legal; para el consumidor, nunca fue una opción, sino una obligación.

Las protecciones de neutralidad de red no impiden entonces los contratos de priorización, el montaje de redes privadas virtuales de distinta escala, o incluso que un operador de telecomunicaciones pueda ofrecer un trato diferenciado a su propio proveedor de contenidos, si las provisiones son abiertas, transparentes y eventualmente disponibles a todos, y si están diseñadas para garantizar condiciones mínimas a los entrantes. Si AT&T hubiera tenido un proyecto de enciclopedia en línea hace 10 años, y hubiera optado no solo por darle prioridad en el tráfico a su proyecto, sino a atrasar el trafico de la Wikipedia, el resultado de esa discriminación podría haber sido el fracaso de la Wikipedia y la obligación de usar un servicio pago bajo control de un operador de telecomunicaciones. Un fracaso de mercado producto del abuso de posición de dominio, en un mercado altamente concentrado (telecomunicaciones), que afectaría a un servicio innovador en un mercado potencialmente muy diverso, como la provisión de servicios de acceso a contenidos.

Por eso es que el retroceso en neutralidad de red es preocupante: protege a una industria en desmedro de otra, en vez de facilitar que nuevos servicios realmente innovadoras nos hagan pagar por mas y mejores conexiones. De hecho, el negocio de las telcos no está siendo malo, precisamente porque los consumidores se están volcando a servicios emergentes de contenidos, como el Video Bajo Demanda (llamado para simplificar, VOD).

Sin Netflix y Amazon Prime Video, no tendría necesidad de contar con 30 Mbps en casa; sumémosle YouTube y su cada mayor popularidad en base de los YouTuberos (y YouTuberas), y está claro que el futuro del contenido audiovisual es lo que justifica pagar cada vez más por conexiones domiciliarias a Internet, que es el negocio de las telcos ahora. En cambio, pagar por cable, bueno... cada vez tiene menos sentido.

Ahi aparece la segunda gran novedad de la semana que termina. Disney quiere comprar buena parte de los activos audiovisuales de 21st Century Fox, la parte del emporio de Rupert Murdoch que maneja el negocio de cine y tv: 20th Century Fox, NatGeo, el pedazo de BSkyB, Fox Sports (la parte no EEUU de deportes), y el pedazo de Hulu, la plataforma VOD que opera en EEUU para dar acceso diferido a contenido original de las cadenas de televisión de EEUU. Disney había anunciado antes que pensaba crear su propio VOD, sacando el contenido que tiene ahora en Netflix (adiós Pixar, adiós Marvel, adiós series de ABC), y juntando alguna forma de ESPN en el sancocho. Todavía falta que los reguladores de fusiones y adquisiciones de los EEUU lo acepten (por allá SI hay control de fusiones y adquisiciones, vea usted), pero si se configura así Disney tendrá mucho más contenido y un VOD listo para ser globalizado, compitiendo con Time Warner y sus ofertas fragmentadas (HBO Go, FilmStruck) y con los dos gigantes, Netflix y Prime Video. Todavía falta ver qué intentarán Apple y Facebook (el otro gigante, Google / Alphabet, basa su estrategia en YouTube).

En otras palabras, lo que está en juego es como se reconfigurará el negocio audiovisual global. Lo que no entra en ninguna parte de la ecuación es la televisión de pago. Es un negocio con un futuro claro: en diez años será secundario en mercados pequeños como el Perú, donde la renovación tecnológica y comercial toma tiempo, pero estará en extinción, sino ya extinto, en los EEUU, y posiblemente en el resto del mundo desarrollado. Japón funciona con otras reglas y China es China, pero el cable no tiene realmente viabilidad más allá de negocios chiquitos.

En poco tiempo, por lo que pagamos por cable ahora, tendremos que combinar el pago de acceso a Internet, mas Netflix, más Prime Video, más Hulu Global o como lo llame Disney, más alguna plataforma de deportes y quizá algo de Time Warner. Puede salir costando más que Internet más cable, pero la variedad, velocidad y calidad simplemente dejaran detrás a cualquier cosa que ofrezca el cable.

Por eso es que necesitamos neutralidad de red; para evitar que el medio que usen las telcos para proteger su negocio de televisión de pago sea hacerla imposiblemente inestable y lenta. Que quede en claro: en el Perú la neutralidad de red está incorporada en la legislación, pero si de pronto los amigos de EEUU logran iniciar un proceso de mímica de políticas públicas, puede que tengamos  que volver a discutir esto. Mientras tanto, la diversidad y la presencia del contenido peruano solo podrá ser preservada con acciones conscientes y dedicadas de las autoridades y de los empresarios, porque la televisión de señal abierta sí tiene futuro: es gratis, es fácil de usar, y no compite con la Internet. No será un gran negocio, como tampoco lo es la radio, pero hay que evitar que termine convertida en la radio que tenemos: concentrada, repetitiva, predecible y sin imaginación alguna. Solo una buena televisión pública podría darnos opciones cuando el futuro mediato sea YouTube y cuatro VODs.

Para pensar y para no ignorar, en el Perú y en toda la región, con sus particularidades e individualidades. Lástima que a veces, cuando el mundo está cambiando, nosotros, entrampados en la república tecnocrática y amenazados por la farsa fujimorista, no podamos pensar sino en el desastre que nos espera. Pero no debemos renunciar a imaginar el futuro que queremos, incluso en un campo menor como las telecomunicaciones y el consumo audiovisual.


martes, 24 de octubre de 2017

El Censo nacional o la responsabilidad política de los tecnócratas

El consenso está claro: el censo 2017, que tuvo lugar el 22 de octubre, ha fracasado. No solo por problemas severos de cobertura, sino porque se lo percibe como un error fundamental, una oportunidad perdida.

No se trata solo de la percepción, fragmentada creo yo, de ausencia de preguntas; ni tampoco sobre la idea, generalizada entre ciertos sectores, que se pudo hacer con una metodología distinta, usando otros medios, o simplemente sin paralizar el país por buena parte de un día (a pesar de los beneficios ambientales). El problema fundamental ha sido una tecnocracia anclada en un modus operandi precisamente tecnocrático, que no ha sabido o querido conectarse con la ciudadanía; una ciudadanía que puede no estar bien informada ni saber para qué sirve un censo, pero que puede quejarse en la enorme caja de resonancia que constituye el tejido digital contemporáneo, alimentando de paso a nuestros medios masivos, vividores de los medios sociales.

Una tecnocracia anticuada, que insiste no solo en hacer el censo de una manera determinada, sino en actuar bajo patrones autoritarios pero ineficientes: decreta inamovilidad y paralización del transporte público solo para desmentirse cuando queda claro que salvo mediante una declaración nacional de estado de emergencia, no se puede impedir la circulación de las personas; y que el transporte público tiene que funcionar, por ejemplo para las personas que se tomaron el trabajo de planificar viajes con mucha más antelación que la que el Estado Peruano tuvo para anunciar sus medidas.

Pero aún: esta tecnocracia optó por no politizar lo que debía, la importancia y urgencia de un Censo, exigiendo los recursos que el gobierno optó por no transferir. Como mencionó un experto, el Censo peruano ha costado aprox. 1,7 USD por ciudadanos: en Ecuador o Chile se suele gastar 4 USD. Aceptemos que pro cuestiones de escala puede costar menos en el Perú, pero no menos de la mitad. Se ha querido hacer barato, y por eso el ridiculo y despropósito de publicidad en parte de los materiales censales.

Tampoco se hizo política al dejar de enseñar y convencer, y escoger ser autoritario: amenazas inconducentes que dejaron de lado el pedido de colaboración; explicaciones incompletas y poco convincentes sobre los convenios firmados. Falta de protección de los voluntarios, que culminó con las agresiones y la violación de una voluntaria en Villa El Salvador, agravada por la falta de reacción de los dirigentes encargados. Una suma de desastres.

La unica pregunta no objetiva del Censo, la cuestión por la auto identificación, sirve como ejemplo de la falta de claridad: aunque sirviese para que muchos se pregunten o cuestionen por la singular combinación de ancestros y costumbres como categoría única, donde además para muchos se mezcla con la noción subyacente de "raza" para interpretar la dimensión ancestral, lo cierto es que la pregunta tenía un propósito preciso, pero una justificación pobre: ¿realmente la falta de políticas para las poblaciones vulnerables / postergadas tiene como causa la falta de información? No cuesta mucho trabajo darse cuenta que por ahí no iba la necesidad de hacer la pregunta, y la falta de un discurso claro al respecto terminó por volverla una broma para muchos.

Ahi está la cuestión de fondo: en sociedades fragmentadas, confusas y confundidas, pero altamente conectadas, es absurdo pretender que no se deba politizar un evento como el Censo. Politizar además es mediatizar: es tener estrategias claras y bien definidas de copamiento de los espacios mediáticos para darle al evento la naturaleza buscada, para minimizar la mala onda y aumentar la buena disposición, pero sobre todo para que haya buy-in, para que la ciudadanía asuma que es util, incluso con sus limitaciones.

Por ejemplo: aparte de la consistencia de la data a lo largo de los censos, puede haber buenas razones para no incluir el uso de bicicleta como medio de transporte; la estimación inicial, los estudios preliminares, la data comercial (importaciones y ventas de bicicletas) puede indicar que no es un dato relevante fuera de cierto sector social, y que siendo este un Censo Nacional, es necesario incidir en aquello que es nacionalmente relevante. Estoy especulando, pero bien puede ser esa la razón.

También puede ser que simplemente a nadie se le ocurrió. Pero ver el Censo como un evento politico implica tener personas que son capaces de pensar en las consecuencias políticas de las decisiones, y pasar a preparar respuestas o argumentos sobre lo dicho. Así, se logra minimizar malas lecturas y se logra más compromiso ciudadano.

Es evidente que no existió nada de eso, y que el INEI optó por tratar a los ciudadanos como proveedores de datos y no como parte interesada, como stakeholders del Censo; o que si los consideró así, lo hizo desde la olímpica distancia que los tecnócratas peruanos suelen adoptar. Por un lado, gobierno centrado en el ciudadano; por el otro, te meto preso si sales a la calle cuando un funcionario te ordena que no lo hagas.

Una vez discutida la experiencia y asumida la realidad; una vez que se tenga claro que no se puede planificar tan mal y terminar haciendo un desastre luego de estresar a todo un país; luego que se defina la mejor y más moderna y viable manera de hacer el Censo, incorporando las preguntas más importantes y recogiendo toda la información posible de otras fuentes para no alargar el proceso innecesariamente: ahí hay que pensarlo como un evento que requiere compromiso ciudadano. Un compromiso que se logra con información y tratando a los peruanos como parte del proceso y del logro, no como datapoints que hay que interrogar.

lunes, 9 de octubre de 2017

BR 2049

Esto es una suerte de reseña / comentario sobre Blade Runner 2049 (BR2049), dividida en dos partes: un comentario general y luego un comentario con spoilers. 

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Hay un problema de escalas en BR2049. No es lo que dura, que no me parece demasiado más allá de la incomodidad que pueda causar a algún espectador. Es la escala de la historia, y la escala de la realización.  

Parte de lo que hizo a Blade Runner la película que fue, tenía que ver con la manera como el envoltorio confundía el fondo. Una historia de detectives simple, para nada trascendental, envolvía una reflexión sobre qué es ser humano y qué es explotar a tus semejantes. Cuando uno miraba un poco por debajo de la que aparentaba ser la historia (la captura de los replicantes en fuga) encontraba un tesoro. Todo esto además, decorado con un diseño de producción espectacular y una realización muy lograda. 

Los críticos en 1982 vieron primero la historia de detectives y notaron sus fallas: personajes poco logrados, casi en caricatura; trama confusa y espasmódica; errores de continuidad y de ejecución bien groseros. El resultado fue una condena masiva: película poco lograda, poco convincente. Los que fueron a ver una película de ciencia ficción vieron algo distinto: una mascarada que mostraba un audaz mundo nuevo; una nueva materia para hacer nuestros sueños, o nuestras pesadillas. Batty al morir que nos conmueve hasta las lagrimas que se perderán en la lluvia; Sebastian tratando de ser feliz en su debilidad y siendo víctima de ella; Tyrell, para variar, el demiurgo destruido por su creación; la fuga trunca, rehabilitada por Scott al quitarle el ridículo happy ending forzado por el estudio. 

Podemos discutir si se trata de una obra profunda o significativa, pero Blade Runner fue una obra que tocaba una fibra concreta que apenas se manifestaba en la imaginación detallista del futuro. Jordan Cronenweth, el director de fotografía tras la dirección de Scott, logró crear una paleta de imágenes poderosa, que permitía enmarcar la reflexión sobre la humanidad de manera casi perfecta; qué decir del diseño de producción, que desde el saque, con esa visión infernal de Los Angeles en llamas, impacta a cualquiera. Que la trama, que los personajes, que la continuidad: nada importaba. No necesitas ser Shakespeare para marcar un hito narrativo, aunque sea por un tiempo. Salir del cine imaginando cómo enfrentar un replicante y terminar aprendiendo gracias a él qué es ser humano, sumergidos en la lluvia y las aglomeraciones confusas de ese Los Angeles incomprensible: eso era lo que hizo a Blade Runner el referente mítico que todavía es. 

Pero parte de la gracia es que Blade Runner es un ejemplar de una especie casi extinta: la película para adultos de mercado medio. El cine de Hollywood ha sufrido una transformación brutal que significa que una película financiada en parte independientemente, con apenas un acuerdo de distribución con un estudio, no puede ser “genero”, es decir ser calificada en un genero especifico como la ciencia ficción, sin estar dirigida de manera explícita a ese mercado. Es decir, una película de terror puede ser relativamente barata porque su marketing y distribución se organiza alrededor de un publico definido; similarmente para comedias románticas o películas  infantiles. No hay espacio para películas para “adultos”, es decir para un publico mayor de 21 y que no descansen en una apelación global, simplificada; el género no permite seriedad, solo pastiches. 

El día que vi por primera vez BR2049, un trailer de Titanes del Pacífico agredió mis sentidos. No siendo aficionado a ese tipo específico de película, no logré diferenciarla de Transformers o incluso de los Power Rangers hasta que el titulo apareció en pantalla. No digo que sea una película buena o mala: es una película definida en los términos de su género, y dirigida a un publico enorme que espera que las convenciones del genero sean respetadas. En ese contexto, una película como Blade Runner, que es “género” pero que no responde a las escalas y demandas comerciales de lo que ahora es dicho “género”, no existe. Como el Terminator original, no hay espacio para hacer una película así sin la expectativa del blockbuster, de millones invertidos para lograr millones de ganancia; esto aunque hayan más “Rey Arturo: La Leyenda de la Espada” que películas que rindan lo esperado. No mencionemos intenciones artísticas: lo importante es el éxito. 

Entonces BR 2049 tenía que ser un evento: es una superproducción, que tiene que lograr que mucha más gente que aquella que podría interesarse orgánicamente en ella vaya al cine, pagando por la cancha y demás accroutrements de la experiencia contemporánea de una sala de cine. Esto le da medios al cineasta pero también lo obliga a responder a ciertas demandas. 

Obligados a tener un evento, casi un tentpole film, que satisfaga a los viejos fans pero que capture a nuevos espectadores, con presupuestos desbordados y nombres reconocibles, la distancia entre el modesto original y el intento de blockbuster contemporáneo es notable: en la primera apenas Harrison Ford era un nombre conocido; ahora tenemos a Jared Leto actuando de Jared Leto, a Ryan Gosling luego de La La Land, a Robin Wright haciendo de Claire Underwood en una oficina del futuro, y a otros jóvenes o no tan jóvenes recibiendo todo el foco de la atención porque están en la esperada secuela (que en realidad nadie esperaba) que tiene que ser un éxito (como no lo fue la original) y que además debe ser un reflejo de la visión singular del primer director pero también el producto original y definido  de la sólida mano de una estrella emergente como Denis Villenueve. Deakins tiene que ganar un Oscar (finalmente) como no lo consiguió Cronenweth; si el diseño de producción ganó premios (en el Reino Unido, curiosamente) esta vez los Oscares deben llover sobre todo el equipo, sonido incluido; y la música, oh, la música: Vangelis vivirá en un panteón al que ni Hans Zimmer ni nadie puede llegar gracias a sus piezas originales. 

Demasiado junto. BR 2049 tiene que servir a tantos amos que parece mentira que pueda funcionar. 

Y lo hace. Es una gran película, en los términos y confines del genero cinematográfico en el que se encuentra. No es para llevar a alguien que no sienta afinidad por las virtudes y temáticas que expone, y ciertamente incluso para el aficionado marginal la experiencia puede ser agotadora en su extensión. Pero es un artefacto impecable, visualmente impactante, sonoramente apabullante y con metáforas y escenas que pueden inspirar a generaciones. 

(…hic sunt spoilers…)

Aparte del ya mencionado problema de escala, derivado de la lógica comercial de Hollywood, BR 2049 adolece de ser demasiado importante para la humanidad. De pronto, ya no es un caso policial: es la posibilidad de una alteración del orden natural, más allá del caos momentáneo que un replicante agresivo puede causar. Podemos postular que la Corporación Tyrell colapsó por la ausencia de su fundador, asesinado por Roy Batty en su búsqueda de respuestas; pero eso es daño colateral. Aquí en cambio, Jared Leto quiere dominar al mundo a través de los hijos de replicantes que al parecer podrá controlar a punto de ingeniería genética y megalomanía, y apenas la terquedad de Joshi y la dedicación casi escolar de K pueden impedirlo. Los secretos ocultos en la memoria (¿real? ¿implantada?) de K solo cobran importancia gracias a que Leto los quiere. 

Deslizándose por la superficie de la desbaratada cosmopolis, K vive una vida tan aburridamente burguesa como la tecnología se lo permite. El prejuicio anti “skin jobs” es brutal pero curiosamente no parece preocuparle; la convivencia con formas alternativas de conciencia, como Joi, está naturalizada por completo. El LA de Her ha sido pasado por un basurero decimonónico, inorgánico, digno de Dickens;  y luego por los desechos de la civilización por venir, para resultar en la Los Angeles sin más luz que el neón y los hologramas gigantes. Desolada, la humanidad convive consigo misma sin mucha más ilusión aparente que sobrevivir, sin el ideal revisionista de la fallida Elysium para sostenerse. No hay esperanza; ¿para qué hay policía? 

Esa es la primera cosa que salta a la vista, y que quizá por sesgos profesionales me llame más la atención. Wallace Corp. parece dominar el mundo, no habría un estado y su aparato, pero sí policía, que no trabaja para ellos pero es vulnerable por completo. Un recurso distópico que no me calza, o que no se elabora lo suficiente. La agresión performativa que es Jared Leto termina de complicar ese ángulo de la película; del otro, de la resistance, el bosquejo es demasiado apresurado, apenas dos escenas inconexas y hay que asumir la presencia de una señora (singularmente mayor) para que creamos en semejante alternativa. Las luchas de poder que parecen ser el motivo de la historia son débiles, y hacen frágil la trama. 

La búsqueda misma entonces pierde fuerza, porque si se supone que es la lucha por la vida misma, por el futuro de la tierra, solo vemos el ejercicio individualista de un replicante confundido tratando de encontrar sus propias raíces. ¿K busca su identidad, asombrado al descubrir que sus recuerdos son reales y por lo tanto, suyos (interesante, muy lograda prestidigitación)? O quizá K es un angel vengador, o tal vez solo quiere entender las preguntas nunca formuladas, antes que recibir las respuestas. 

Si la potencia de Blade Runner está en las preguntas subyacentes, la debilidad de BR2049 esta en sus respuestas implícitas. Los replicantes no tendrán alma pero tienen voluntad de poder, quieren ser libres. Ergo, son algo más que replicantes pero algo menos que humanos; si se pueden reproducir, ¿son híbridos, si Deckard es humano, y por lo tanto infértiles? ¿O son puros y fértiles, si Deckard es replicante? No vamos por ahí, solo por afirmar su vocación de libertad, de no ser esclavos. El por qué no queda claro, ni siquiera como una pregunta. 

Esa debilidad hace que BR2049 sea más espectáculo que Blade Runner pero menos poema que su original. La ausencia de algún soliloquio potente incide en esta carencia del ser; la idea de libertad no tiene un origen claro pero tampoco es una premisa, y ambas ausencias nos impiden preguntarnos el por qué de la vocación por la libertad; el contraste con la pregunta implícita sobre qué es ser humano de la primera, pregunta que nacía sola desde los soliloquios o las simples afirmaciones de hecho (“but then again, who does?”), nos deja en cierto paramo existencial. La lucha de K no tienen las resonancias ontológicas de la búsqueda fallida de Batty.  El mal es demasiado grande para la cuestión tan precisa que nos lleva a la sala de cine; el bien no se logra articular. La conspiración por la libertad es un desaliñado borrador, que no logra convencer; el deseo de poder es apenas los disfuerzos de un actor mal escogido. 

Pero la saturación sensorial, la capacidad de meternos sin remedio en un mundo apabullante y desalentador, sí son perfectas. BR 2049 ocupa el mismo universo emocional que Blade Runner, pero no se preocupa por las mismas emociones. Eso no impide que podamos experimentar las búsquedas como ejemplo perfecto de construcción de mundos, de eso que el cine sigue teniendo como epitome y gloria. BR2049 nos sumerge en una hondonada de emociones que invocan un pathos mucho más denso que cualquier otra película con vocación de blockbuster. El tempo de la exposición es calmo, y funciona: el descubrimiento del juguete abandonado en el memory hole del orfanato infernal por K; el aserto de la veracidad de las emociones por la Dra. Stellini; la muerte de Joi, pero sobre todo el regreso al simulacro que luego enfrenta K: todos esos momentos son magnificos y dejan marca en la experiencia de emociones. 

El momento glorioso, ahi donde BR2049 podrá reclamar un lugar en el panteón, es la escena de amor. Todo lo que se pudo imaginar hasta ahora, aunado al uso de tecnología para contar una historia (en vez de subordinar la historia al sonido y la furia de la tecnología), aparecen en ese increíble instante en que de pronto las dos realidades, la replica biológica y la construcción digital, se funden en una mujer para que el simulacro orgánico tenga lugar. No hay sexo, quizá porque mostrar una petite mort involucraría un conjunto de emociones demasiado complicado para los que no sabemos si están vivos. Pero es una escena sincera, emotiva y emocionalmente, y que nos abre más puertas que las que cierra. Si se puede amar siendo un holograma, ¿para qué hemos de reclamarnos especiales en nuestros desamores? 

Todo eso, más la limpidez narrativa de Villenueve —que incluso en los momentos más literalmente turbios logra mostrarnos una historia clara y sin rodeos— hacen que el resultado sea digno de las casi tres horas que toma. Se sale del cine contento y con ilusión, pero un vago deseo de ambición subsiste. Es una película que envuelve y sacude aunque no sea para nada perfecta, y sobre todo, no sea tan provocadora como la primera. Es una experiencia que vale la pena pero que deja el sinsabor de lo que no se llegó a decir. Lástima. Lo que dice es hermoso, duro y potente, y sin el antecesor sería más que suficiente. Frente al espejo de hace 35 años, queda un vacío.