miércoles, 24 de abril de 2019

Asuntos Internos: ¿qué tendría que hacer el nuevo equipo rectoral?

Comentario sobre el proceso electoral de la PUCP, escrito para los que estamos en la PUCP. Si alguna cosa no queda clara es porque asumo que para seguir mi rollo hay que estar adentro.

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Tras la crisis de finales de 2018, que culminó con la renuncia de casi todo el equipo rectoral, una transición de baja intensidad está por terminar, y la PUCP enfrenta una situación singular: por primera vez en su historia, quienesquiera que sean miembros del equipo rectoral no provendrán del equipo anterior.

Esto está causando una hoguera de vanidades algo desconcertante. Demasiadas personas parecen sentirse llamadas a ser rectores o vicerrectores, lo que por un lado es consecuencia natural del desorden post-colapso del orden tradicional, pero también de ser combinación de audacia y soberbia respecto a lo que significa manejar esta organización, mucho más compleja política y económicamente --además de gerencialmente-- de lo que suele ser evidente.

En el modelo de gobernanza PUCP, que es casi exactamente el de las universidades públicas peruanas, los profesores principales son los llamados a conducir la institución. Objetivamente, es un modelo arcaico, porque combina asuntos de política institucional, política nacional, y política menuda, interna, con gestión de una organización enorme que además requiere de varios modelos de negocio, a veces contradictorios o conflictivos entre sí, para contar con los recursos necesarios para funcionar. Pero es lo que hay, y es difícil pensar en que se podría cambiar en el corto plazo. Por ello, hay que escoger entre los profesores principales.

No me interesa discutir personas, ni planchas, que además no existen aún. Me interesa plantear items de una agenda. Han circulado, más o menos de manera amplia, documentos de al menos tres potenciales planchas, que tienen coincidencias, divergencias, ingenuidades, incoherencias y simples ilusiones. Solo para interrogar la situación, me planteó un ejercicio distinto: ¿cuales son los desafíos visibles que hay que enfrentar en los próximos años? No se me ocurren respuestas claras para casi ninguno, pero al menos sirve para ordenar ideas, presentadas aquí con cierto desorden.


  1. En un país como el Perú, no es posible sustentar una universidad de investigación --entendida como una dedicada fundamentalmente a la investigación a nivel doctoral y superior, sustentada con fondos públicos o privados. Quizá sería posible si fuéramos una universidad pública en la que el Estado decidiera invertir singularmente, o si tuviéramos ciencias de la salud y medicina. La PUCP no es ni una ni otra cosa. Por ello,  no hay suficientes recursos disponibles para financiar semejante intención,  incluso si se tuviera la estructura docente para realizarla, que no es el caso. Esto deja en pendiente qué hacer con especialidades, carreras y facultades que tienen distintas orientaciones y potencialmente, viabilidades diferenciadas.
  2. Al mismo tiempo, la profesionalización de la formación, el énfasis en licenciaturas y la investigación como un extra a la docencia regular, resultan incomodas para muchos y complican la selección docente y de equipamiento. La presión por tener lugares destacados en los rankings no va a cejar, y la competencia regional (Colombia, Argentina, Chile, Mexico, Brasil, en orden de menos a más) cuenta con más recursos y comenzó antes. ¿Cómo haríamos? 
  3. No es posible pensar realistamente que el financiamiento de la universidad tendrá una estructura distinta a la actual en los próximos años. En otras palabras, dependeremos de los pagos por servicios educativos que los estudiantes regulares --y también los de educación continua-- sigan haciendo. Las rentas comerciales y la explotación de recursos propios son un componente menor. Pero las pensiones son un juego de alto riesgo: puede llegar pronto el día en que los estudiantes no puedan pagarlas, o en todo caso no puedan pagarlas para ciertas carreras u opciones específicas. Sumémosle otro problema, fuera de nuestro control: es cada vez más difícil atraer alumnos del lado sur y sureste de la ciudad, porque Lima es un infierno de tráfico interminable. Si las universidad publicas como la UNI o UNMSM mejoran, el atractivo objetivo de la PUCP disminuirá, aunque quizá no significativamente en los próximos cinco años. Sería ideal bajar las pensiones, o reducir el numero de alumnos, pero ese es un circulo que no es fácil cuadrar, sobre todo si no tendremos más fuentes de financiamiento. ¿Cómo haremos? 
  4. Asumiendo que conflictos del pasado no nos sigan persiguiendo, igual tendremos que estar en guardia para las reencarnaciones que estos tomarán. Las jubilaciones seguirán siendo un tema, más allá que se solucioné el conflicto específico actual, bajo el principio básico que es imposible mantener privilegios que no existen ya en el Perú, como la cédula viva (que de eso se trata el pleito por la CPJ). También la relación con la iglesia católica será un asunto que puede volver a aflorar, sobre todo cuando la primavera reformista de Bergoglio termina y se produzca un (para nada inverosímil) regreso conservador. La carrera docente sigue siendo un tema: ¿qué profesores queremos? ¿cómo medimos su productividad? ¿cuántos recursos deben generar o conseguir? ¿qué hacer con las especialidades que no son viables? ¿qué hacer con las especialidades que son viables pero solo si se las mantiene en situación precaria en términos de equipamiento e instalaciones? 
  5. El entorno político nacional es una fuente constante de conflictos. En el vacío que está quedando luego del colapso del "orden" post-fujimorista, nadie sabe realmente qué emergerá: ¿una refundación portaliana que cree un estado eficiente? ¿los nuevos ochenta, con los restos de la alianza política y económica alrededor del "modelo" luchando contra las fuerzas emergentes que solo querrán destruirlo todo? ¿un mundo de acuñas, lunas y similares, destazando el estado para sacar pedazos de los cuales medrar? Todo esto puede poner a la PUCP en una situación parecida a la brutal precariedad de finales de los ochenta, no más sin terrorismo ni hiperinflación. ¿Cuál es el plan? ¿qué podemos hacer para evitar los resultados más peligrosos, no tan solo para la PUCP, sino para el Perú? 
  6. ¿Qué le ofrecemos al Perú? Ya, formamos profesionales de calidad. Pero como académico del que se espera que publique internacionalmente, conozco de cerca la curiosa sensación de culminar un trabajo que luego es leído por cinco gatos y que resulta en impactos completamente endogámicos al interior de un grupo de especialistas, pero que no le hace ni cosquillas a la realidad nacional. ¿Como lograremos balancear la demanda por calidad académica --definida por las transnacionales de la comunicación académica, con y sin fines de lucro-- y la demanda por relevancia nacional, en este nuestro rincón menor de un mundo bajo amenazas varias? No me refiero a cómo lo puedo solucionar yo o cualquier otro profesor: ¿cómo lo hará la PUCP? ¿Qué buscaremos lograr? 
  7. Para terminar, todo esto requiere mejorar significativamente la gestión administrativa de la Universidad. Errores tremendos, que no tuvieron costo político, nos han dejado cojos. Se requiere hacer inversiones significativas, pero sobre todo aceptar que habrá mucho por cambiar y que hay costos de todo tipo asociados a estas inversiones. ¿Hay claridad de qué hay que hacer? ¿hay claridad del costo de asumir esos costos?


Nada, solo ideas para conversar entre nosotros, aunque no tengamos --mucha-- vela en el entierro electoral.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Asuntos Internos: de moras y excesos, o por donde habría de cambiar la PUCP, si quisiera hacerlo

Los hechos son más o menos conocidos: el martes 4, por la mañana, un grupo de estudiantes protestaba bloqueando el acceso al edificio Dintilhac, donde debía realizarse una sesión de consejo universitario para proponer una solución al escándalo de las moras mal cobradas desde 2012. El rector, Marcial Rubio, se abrió paso entre el bloqueo de los alumnos.

Antes, un comunicado que parecía hecho al alimón entre Spock y Sheldon Cooper por su falta de empatía azuzó un ambiente en donde muchos se sentían, con pleno derecho, maltratados por la universidad. Era la culminación de décadas de sensación de abuso por cobro de moras, multas y de pensiones altas --filtradas estas por una oficina de servicio social similarmente carente de empatía.

¿Que la situación estaba siendo aprovechada por una dirigencia estudiantil que tenía que ser más radical que las opiniones en redes? Sin duda. ¿Que la sesión de Consejo estaba amparada legalmente y que los argumentos de los representantes estudiantil no eran realmente válidos? También. Pero todo se pudo manejar mucho mejor: aplazar un par de días la sesión, incorporar alguna oportunidad para que se desahoguen las tensiones, sin duda comunicar mucho mejor, no como el bot de abogado que parecía estar a cargo. El día de la sesión se pudo mover la misma a otro sitio en el campus o incluso fuera de él, y así se contenía la situación. Convertir todo en un pleito entre un grupo --pequeño-- de estudiantes y el Rector en el tema del día fue un horror político.

Evidentemente, la cosa es mucho más profunda que las moras. Visto desde la relativamente cómoda posición en la que me encuentro, de profesor asociado que ni es ni será autoridad, pero que puede entender mejor que otras personas lo que pasa en la PUCP, varios desastres se han ido juntando y al final han explotado en algo que no es más que una crisis mínima, pero que en estos tiempos virales se convierte en lo --aparentemente-- más importante. Esa viralidad es, además, la explicación de lo descarnadamente desproporcionada de la retórica reivindicativa: ladrones, corruptos, estafadores, se suelta con una liberalidad propia de la irresponsabilidad expresiva de las "redes". Nadie se sienta a sustentar más allá de su opinión o "filin" el origen de semejantes afirmaciones, que finalmente son acusaciones serias que merecerían un mínimo de evidencia.

Despejando: no, Marcial no debe renunciar. No solo porque estas tormentas son de corta duración, sino porque la legitimidad de las autoridades se fundamenta en su relación con el cuerpo docente y en menor medida los estudiantes, que utilizan menos sus mecanismos de representación pero que sobre todo tienen intereses mucho más conflictivos entre sí. No hay un "movimiento estudiantil", hay cierta cantidad de estudiantes movilizados, que logran apoyos coyunturales alrededor de reivindicaciones precisas de parte de una buena cantidad del resto de los estudiantes, pero no siempre ni de la mayoría.

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Esto no niega que lo que hizo no debió ocurrir, que empaña toda su gestión de casi 25 años en el rectorado, y que debería pedir disculpas. No voy a calificarlo como autoritario pero sí como innecesario y desproporcionado, y más allá de la dimensión humana, algo que le va a costar a él y a la universidad mucho más allá del momento preciso. Lamentablemente.
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En cambio existe un conjunto de docentes que tenemos miradas conflictivas pero esencialmente intereses comparables: la continuidad de la universidad bajo ciertos estándares, el mantenimiento y mejora de la calidad académica, y ciertamente, remuneraciones y recursos suficientes para nuestros intereses. Es ante los docentes que el Rector es finalmente responsable, y si bien personalmente creo que salvo terminar su periodo no le queda mucho más que hacer, y que debería evitar más conflictos, no veo qué beneficio institucional produciría su renuncia, o peor aún, una crisis de gobernabilidad ficticia, dado que ninguna elección podría ocurrir realistamente antes de mayo de 2019, es decir apenas un mes antes de la fecha regular de las elecciones.

Pero negar que esto es señal de algo mucho, mucho más serio, sería necio. Precisamente porque estamos ante una elección rectoral, se hace necesario pensar qué vamos a hacer con la Universidad. Claramente, el periodo iniciado en 1994 con el primer rectorado de Salomon Lerner Febres se ha agotado: la narrativa institucional que propone una universidad humanista, moderna, en constante crecimiento y de alta calidad académica, pero comprometida con el Perú en varios niveles (la idea caviar, digamos) se enfrenta a una dura realidad, pues para sostener este modelo solo hay una fuente de recursos, y esa fuente de recursos crea su propia contranarrativa.

La PUCP es explotadora, abusiva, un negocio, corrupta, etcétera: solo nos interesa la plata. Así se está leyendo la institución, al menos desde los estudiantes más movilizados. No importa que se suponga que todo es parte de un medio para llegar a un fin, una universidad de primera calidad al menos sudamericanamente, que se empeña en conectar con el país, y que no deja nunca de reinvertir sus ingresos para esos fines. Lo que queda es que a cambio de educación no siempre muy buena, cobramos y abusamos. Cuando no robamos.

Es pues urgente construir mejor la relación, y no solo con los estudiantes, a partir del reconocimiento que la marcha institucional no puede ser cuestión opaca y decidida sin un proceso más integrado a la marcha cotidiana de la Universidad; y que los errores politicos y efectivos no pueden ser simplemente ignorados, como se ha hecho demasiadas veces (no, no voy a entrar en detalles; hay cosas que se quedan dentro de la casa mientras sea posible solucionarlas en ella). Esta situación lo pone de relieve pero no es que no sea un tema de discusión.

Pero sobre todo, es urgente dejar en claro que los principios que se proclaman deben de tener expresiones concretas: para comenzar, si no se puede cobrar menos, o pagar más, entonces hay que gestionar mucho mejor y de manera más transparente. Si no hacemos eso esta crisis volverá a aparecer como refuerzo, como agudización, cuando venga una nueva crisis. Necesitamos reconocer que hay que reconstruir la relación para que la narrativa que se intenta proclamar sea viable y creíble. Aunque he de ser sincero: a veces no sé si la universidad, si la PUCP, quiere cambiar. Muchas veces me parece que está demasiado cómoda en sus certezas y que prefiere rajar a criticarse a sí misma. Ojalá no sea así.

Hay un proceso de renovación de autoridades por ocurrir. No es precisamente muy novedoso: los mismos de 2014 quieren intentarlo el proximo año. Más que otra cosa, quisiera que estos candidatos, ya anunciados o implícitos, dejaran en claro cómo van a restablecer confianza y refundar la relación entre las autoridades y sus constituencies, que incluye a los estudiantes, sobre todo a los profesores, con quienes tampoco es que las cosas hayan sido perfectas, para nada.

Esta crisis (permítanme la banalidad) es una oportunidad: se puede decir, clara y distintamente, a dónde vamos a llevar a la PUCP en los próximos cinco años. Repetir las mismas generalidades de siempre no sería una ruta: no pasaría de ser un callejón sin salida.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Un mundo sin televisión es posible, y como prepararnos para que no sea un desastre

Es probable que vivamos en una época singular: nunca antes tanto contenido audiovisual está siendo visto por tanta gente al mismo tiempo. Al mismo tiempo, la televisión está camino a desaparecer. Acontecimientos recientes sirven como señal de este futuro posible.

Primero está la discusión, renacida, sobre neutralidad de la red en los EEUU. Lo que parecía cosa juzgada hace un año ha regresado a la discusión como parte de la agenda retrógrada del gobierno actual de ese país, empeñado en favorecer actividades económicas tradicionales en desmedro de opciones innovadoras. El principio básico de neutralidad de red es que todo el tráfico debe ser tratado por los operadores de telecomunicaciones por igual, sin discriminación regulatoria o a través de prácticas comerciales. En otras palabras, no puede haber preferencia por un tipo de tráfico o, mejor aún, no puede haber discriminación negativa (disminución de velocidad, o bloqueo) del tráfico que proviene de un servicio, para favorecer a otros. Hay muchas explicaciones pero la Wikipedia (un servicio que bien puede pensarse como en deuda a la neutralidad de red) provee una definición bastante decente.

El principio de neutralidad plantea entonces que los operadores de telecomunicaciones no pueden priorizar el tráfico que les convenga, sobre cuando estos operadores son también proveedores de contenido. Es bastante fácil de comprender si consideramos que los dos grandes operadores de telecomunicaciones peruanos, Telefónica / Movistar y Telmex / Claro, son a la vez proveedores de contenido, mediante sus negocios de televisión paga y por las aplicaciones o acceso web a esos mismos contenidos a través de sus servicios de acceso a la Internet. Bajo el principio de neutralidad, no es posible castigar con velocidades más bajas o tráfico menos eficiente a aquellos proveedores de servicio que ofrecen servicios competitivos; si es posible ofrecer tratos diferenciados de acceso a la infraestructura, que previo pago, garanticen más velocidad que la estándar o espacios separados en sus redes de transporte a dichos proveedores: es lo que hace Netflix, que compra acceso a pedazos completos de redes de transporte para tener la velocidad necesaria para sus servicios.

El punto no es la priorización o la posibilidad de mayor calidad, sino la no discriminación. Pensémoslo con un ejemplo más simple: se puede reservar un carril de una avenida para un servicio que lleve a más pasajeros siempre y cuando el acceso a ese carril esté disponible para todos los potenciales operadores, o para un servicio accesible a todos los potenciales usuarios; si el carril fuera reservado solo para aquellos que pagaran una tarifa separada a la municipalidad --a través de un modelo opaco que no permite saber los criterios por los que se ha escogido a tal o cual usuario y que no permite que cualquier otro usuario pueda acceder-- habría discriminación, la que solo podría justificarse por razones de servicio público, no por ventajas del dueño de la infraestructura.

El ejemplo más conspicuo fue la "vía expresa del Callao", esa creación corrupta e inútil que fue montada para aprovechar el monopolio de acceso al Aeropuerto, y que obligaba a pagar por usar lo que era una breve simplificación del camino. Fue un abuso de monopolio, insostenible y que nadie realmente pudo justificar sino como un aprovechamiento legal; para el consumidor, nunca fue una opción, sino una obligación.

Las protecciones de neutralidad de red no impiden entonces los contratos de priorización, el montaje de redes privadas virtuales de distinta escala, o incluso que un operador de telecomunicaciones pueda ofrecer un trato diferenciado a su propio proveedor de contenidos, si las provisiones son abiertas, transparentes y eventualmente disponibles a todos, y si están diseñadas para garantizar condiciones mínimas a los entrantes. Si AT&T hubiera tenido un proyecto de enciclopedia en línea hace 10 años, y hubiera optado no solo por darle prioridad en el tráfico a su proyecto, sino a atrasar el trafico de la Wikipedia, el resultado de esa discriminación podría haber sido el fracaso de la Wikipedia y la obligación de usar un servicio pago bajo control de un operador de telecomunicaciones. Un fracaso de mercado producto del abuso de posición de dominio, en un mercado altamente concentrado (telecomunicaciones), que afectaría a un servicio innovador en un mercado potencialmente muy diverso, como la provisión de servicios de acceso a contenidos.

Por eso es que el retroceso en neutralidad de red es preocupante: protege a una industria en desmedro de otra, en vez de facilitar que nuevos servicios realmente innovadoras nos hagan pagar por mas y mejores conexiones. De hecho, el negocio de las telcos no está siendo malo, precisamente porque los consumidores se están volcando a servicios emergentes de contenidos, como el Video Bajo Demanda (llamado para simplificar, VOD).

Sin Netflix y Amazon Prime Video, no tendría necesidad de contar con 30 Mbps en casa; sumémosle YouTube y su cada mayor popularidad en base de los YouTuberos (y YouTuberas), y está claro que el futuro del contenido audiovisual es lo que justifica pagar cada vez más por conexiones domiciliarias a Internet, que es el negocio de las telcos ahora. En cambio, pagar por cable, bueno... cada vez tiene menos sentido.

Ahi aparece la segunda gran novedad de la semana que termina. Disney quiere comprar buena parte de los activos audiovisuales de 21st Century Fox, la parte del emporio de Rupert Murdoch que maneja el negocio de cine y tv: 20th Century Fox, NatGeo, el pedazo de BSkyB, Fox Sports (la parte no EEUU de deportes), y el pedazo de Hulu, la plataforma VOD que opera en EEUU para dar acceso diferido a contenido original de las cadenas de televisión de EEUU. Disney había anunciado antes que pensaba crear su propio VOD, sacando el contenido que tiene ahora en Netflix (adiós Pixar, adiós Marvel, adiós series de ABC), y juntando alguna forma de ESPN en el sancocho. Todavía falta que los reguladores de fusiones y adquisiciones de los EEUU lo acepten (por allá SI hay control de fusiones y adquisiciones, vea usted), pero si se configura así Disney tendrá mucho más contenido y un VOD listo para ser globalizado, compitiendo con Time Warner y sus ofertas fragmentadas (HBO Go, FilmStruck) y con los dos gigantes, Netflix y Prime Video. Todavía falta ver qué intentarán Apple y Facebook (el otro gigante, Google / Alphabet, basa su estrategia en YouTube).

En otras palabras, lo que está en juego es como se reconfigurará el negocio audiovisual global. Lo que no entra en ninguna parte de la ecuación es la televisión de pago. Es un negocio con un futuro claro: en diez años será secundario en mercados pequeños como el Perú, donde la renovación tecnológica y comercial toma tiempo, pero estará en extinción, sino ya extinto, en los EEUU, y posiblemente en el resto del mundo desarrollado. Japón funciona con otras reglas y China es China, pero el cable no tiene realmente viabilidad más allá de negocios chiquitos.

En poco tiempo, por lo que pagamos por cable ahora, tendremos que combinar el pago de acceso a Internet, mas Netflix, más Prime Video, más Hulu Global o como lo llame Disney, más alguna plataforma de deportes y quizá algo de Time Warner. Puede salir costando más que Internet más cable, pero la variedad, velocidad y calidad simplemente dejaran detrás a cualquier cosa que ofrezca el cable.

Por eso es que necesitamos neutralidad de red; para evitar que el medio que usen las telcos para proteger su negocio de televisión de pago sea hacerla imposiblemente inestable y lenta. Que quede en claro: en el Perú la neutralidad de red está incorporada en la legislación, pero si de pronto los amigos de EEUU logran iniciar un proceso de mímica de políticas públicas, puede que tengamos  que volver a discutir esto. Mientras tanto, la diversidad y la presencia del contenido peruano solo podrá ser preservada con acciones conscientes y dedicadas de las autoridades y de los empresarios, porque la televisión de señal abierta sí tiene futuro: es gratis, es fácil de usar, y no compite con la Internet. No será un gran negocio, como tampoco lo es la radio, pero hay que evitar que termine convertida en la radio que tenemos: concentrada, repetitiva, predecible y sin imaginación alguna. Solo una buena televisión pública podría darnos opciones cuando el futuro mediato sea YouTube y cuatro VODs.

Para pensar y para no ignorar, en el Perú y en toda la región, con sus particularidades e individualidades. Lástima que a veces, cuando el mundo está cambiando, nosotros, entrampados en la república tecnocrática y amenazados por la farsa fujimorista, no podamos pensar sino en el desastre que nos espera. Pero no debemos renunciar a imaginar el futuro que queremos, incluso en un campo menor como las telecomunicaciones y el consumo audiovisual.


martes, 24 de octubre de 2017

El Censo nacional o la responsabilidad política de los tecnócratas

El consenso está claro: el censo 2017, que tuvo lugar el 22 de octubre, ha fracasado. No solo por problemas severos de cobertura, sino porque se lo percibe como un error fundamental, una oportunidad perdida.

No se trata solo de la percepción, fragmentada creo yo, de ausencia de preguntas; ni tampoco sobre la idea, generalizada entre ciertos sectores, que se pudo hacer con una metodología distinta, usando otros medios, o simplemente sin paralizar el país por buena parte de un día (a pesar de los beneficios ambientales). El problema fundamental ha sido una tecnocracia anclada en un modus operandi precisamente tecnocrático, que no ha sabido o querido conectarse con la ciudadanía; una ciudadanía que puede no estar bien informada ni saber para qué sirve un censo, pero que puede quejarse en la enorme caja de resonancia que constituye el tejido digital contemporáneo, alimentando de paso a nuestros medios masivos, vividores de los medios sociales.

Una tecnocracia anticuada, que insiste no solo en hacer el censo de una manera determinada, sino en actuar bajo patrones autoritarios pero ineficientes: decreta inamovilidad y paralización del transporte público solo para desmentirse cuando queda claro que salvo mediante una declaración nacional de estado de emergencia, no se puede impedir la circulación de las personas; y que el transporte público tiene que funcionar, por ejemplo para las personas que se tomaron el trabajo de planificar viajes con mucha más antelación que la que el Estado Peruano tuvo para anunciar sus medidas.

Pero aún: esta tecnocracia optó por no politizar lo que debía, la importancia y urgencia de un Censo, exigiendo los recursos que el gobierno optó por no transferir. Como mencionó un experto, el Censo peruano ha costado aprox. 1,7 USD por ciudadanos: en Ecuador o Chile se suele gastar 4 USD. Aceptemos que pro cuestiones de escala puede costar menos en el Perú, pero no menos de la mitad. Se ha querido hacer barato, y por eso el ridiculo y despropósito de publicidad en parte de los materiales censales.

Tampoco se hizo política al dejar de enseñar y convencer, y escoger ser autoritario: amenazas inconducentes que dejaron de lado el pedido de colaboración; explicaciones incompletas y poco convincentes sobre los convenios firmados. Falta de protección de los voluntarios, que culminó con las agresiones y la violación de una voluntaria en Villa El Salvador, agravada por la falta de reacción de los dirigentes encargados. Una suma de desastres.

La unica pregunta no objetiva del Censo, la cuestión por la auto identificación, sirve como ejemplo de la falta de claridad: aunque sirviese para que muchos se pregunten o cuestionen por la singular combinación de ancestros y costumbres como categoría única, donde además para muchos se mezcla con la noción subyacente de "raza" para interpretar la dimensión ancestral, lo cierto es que la pregunta tenía un propósito preciso, pero una justificación pobre: ¿realmente la falta de políticas para las poblaciones vulnerables / postergadas tiene como causa la falta de información? No cuesta mucho trabajo darse cuenta que por ahí no iba la necesidad de hacer la pregunta, y la falta de un discurso claro al respecto terminó por volverla una broma para muchos.

Ahi está la cuestión de fondo: en sociedades fragmentadas, confusas y confundidas, pero altamente conectadas, es absurdo pretender que no se deba politizar un evento como el Censo. Politizar además es mediatizar: es tener estrategias claras y bien definidas de copamiento de los espacios mediáticos para darle al evento la naturaleza buscada, para minimizar la mala onda y aumentar la buena disposición, pero sobre todo para que haya buy-in, para que la ciudadanía asuma que es util, incluso con sus limitaciones.

Por ejemplo: aparte de la consistencia de la data a lo largo de los censos, puede haber buenas razones para no incluir el uso de bicicleta como medio de transporte; la estimación inicial, los estudios preliminares, la data comercial (importaciones y ventas de bicicletas) puede indicar que no es un dato relevante fuera de cierto sector social, y que siendo este un Censo Nacional, es necesario incidir en aquello que es nacionalmente relevante. Estoy especulando, pero bien puede ser esa la razón.

También puede ser que simplemente a nadie se le ocurrió. Pero ver el Censo como un evento politico implica tener personas que son capaces de pensar en las consecuencias políticas de las decisiones, y pasar a preparar respuestas o argumentos sobre lo dicho. Así, se logra minimizar malas lecturas y se logra más compromiso ciudadano.

Es evidente que no existió nada de eso, y que el INEI optó por tratar a los ciudadanos como proveedores de datos y no como parte interesada, como stakeholders del Censo; o que si los consideró así, lo hizo desde la olímpica distancia que los tecnócratas peruanos suelen adoptar. Por un lado, gobierno centrado en el ciudadano; por el otro, te meto preso si sales a la calle cuando un funcionario te ordena que no lo hagas.

Una vez discutida la experiencia y asumida la realidad; una vez que se tenga claro que no se puede planificar tan mal y terminar haciendo un desastre luego de estresar a todo un país; luego que se defina la mejor y más moderna y viable manera de hacer el Censo, incorporando las preguntas más importantes y recogiendo toda la información posible de otras fuentes para no alargar el proceso innecesariamente: ahí hay que pensarlo como un evento que requiere compromiso ciudadano. Un compromiso que se logra con información y tratando a los peruanos como parte del proceso y del logro, no como datapoints que hay que interrogar.

lunes, 9 de octubre de 2017

BR 2049

Esto es una suerte de reseña / comentario sobre Blade Runner 2049 (BR2049), dividida en dos partes: un comentario general y luego un comentario con spoilers. 

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Hay un problema de escalas en BR2049. No es lo que dura, que no me parece demasiado más allá de la incomodidad que pueda causar a algún espectador. Es la escala de la historia, y la escala de la realización.  

Parte de lo que hizo a Blade Runner la película que fue, tenía que ver con la manera como el envoltorio confundía el fondo. Una historia de detectives simple, para nada trascendental, envolvía una reflexión sobre qué es ser humano y qué es explotar a tus semejantes. Cuando uno miraba un poco por debajo de la que aparentaba ser la historia (la captura de los replicantes en fuga) encontraba un tesoro. Todo esto además, decorado con un diseño de producción espectacular y una realización muy lograda. 

Los críticos en 1982 vieron primero la historia de detectives y notaron sus fallas: personajes poco logrados, casi en caricatura; trama confusa y espasmódica; errores de continuidad y de ejecución bien groseros. El resultado fue una condena masiva: película poco lograda, poco convincente. Los que fueron a ver una película de ciencia ficción vieron algo distinto: una mascarada que mostraba un audaz mundo nuevo; una nueva materia para hacer nuestros sueños, o nuestras pesadillas. Batty al morir que nos conmueve hasta las lagrimas que se perderán en la lluvia; Sebastian tratando de ser feliz en su debilidad y siendo víctima de ella; Tyrell, para variar, el demiurgo destruido por su creación; la fuga trunca, rehabilitada por Scott al quitarle el ridículo happy ending forzado por el estudio. 

Podemos discutir si se trata de una obra profunda o significativa, pero Blade Runner fue una obra que tocaba una fibra concreta que apenas se manifestaba en la imaginación detallista del futuro. Jordan Cronenweth, el director de fotografía tras la dirección de Scott, logró crear una paleta de imágenes poderosa, que permitía enmarcar la reflexión sobre la humanidad de manera casi perfecta; qué decir del diseño de producción, que desde el saque, con esa visión infernal de Los Angeles en llamas, impacta a cualquiera. Que la trama, que los personajes, que la continuidad: nada importaba. No necesitas ser Shakespeare para marcar un hito narrativo, aunque sea por un tiempo. Salir del cine imaginando cómo enfrentar un replicante y terminar aprendiendo gracias a él qué es ser humano, sumergidos en la lluvia y las aglomeraciones confusas de ese Los Angeles incomprensible: eso era lo que hizo a Blade Runner el referente mítico que todavía es. 

Pero parte de la gracia es que Blade Runner es un ejemplar de una especie casi extinta: la película para adultos de mercado medio. El cine de Hollywood ha sufrido una transformación brutal que significa que una película financiada en parte independientemente, con apenas un acuerdo de distribución con un estudio, no puede ser “genero”, es decir ser calificada en un genero especifico como la ciencia ficción, sin estar dirigida de manera explícita a ese mercado. Es decir, una película de terror puede ser relativamente barata porque su marketing y distribución se organiza alrededor de un publico definido; similarmente para comedias románticas o películas  infantiles. No hay espacio para películas para “adultos”, es decir para un publico mayor de 21 y que no descansen en una apelación global, simplificada; el género no permite seriedad, solo pastiches. 

El día que vi por primera vez BR2049, un trailer de Titanes del Pacífico agredió mis sentidos. No siendo aficionado a ese tipo específico de película, no logré diferenciarla de Transformers o incluso de los Power Rangers hasta que el titulo apareció en pantalla. No digo que sea una película buena o mala: es una película definida en los términos de su género, y dirigida a un publico enorme que espera que las convenciones del genero sean respetadas. En ese contexto, una película como Blade Runner, que es “género” pero que no responde a las escalas y demandas comerciales de lo que ahora es dicho “género”, no existe. Como el Terminator original, no hay espacio para hacer una película así sin la expectativa del blockbuster, de millones invertidos para lograr millones de ganancia; esto aunque hayan más “Rey Arturo: La Leyenda de la Espada” que películas que rindan lo esperado. No mencionemos intenciones artísticas: lo importante es el éxito. 

Entonces BR 2049 tenía que ser un evento: es una superproducción, que tiene que lograr que mucha más gente que aquella que podría interesarse orgánicamente en ella vaya al cine, pagando por la cancha y demás accroutrements de la experiencia contemporánea de una sala de cine. Esto le da medios al cineasta pero también lo obliga a responder a ciertas demandas. 

Obligados a tener un evento, casi un tentpole film, que satisfaga a los viejos fans pero que capture a nuevos espectadores, con presupuestos desbordados y nombres reconocibles, la distancia entre el modesto original y el intento de blockbuster contemporáneo es notable: en la primera apenas Harrison Ford era un nombre conocido; ahora tenemos a Jared Leto actuando de Jared Leto, a Ryan Gosling luego de La La Land, a Robin Wright haciendo de Claire Underwood en una oficina del futuro, y a otros jóvenes o no tan jóvenes recibiendo todo el foco de la atención porque están en la esperada secuela (que en realidad nadie esperaba) que tiene que ser un éxito (como no lo fue la original) y que además debe ser un reflejo de la visión singular del primer director pero también el producto original y definido  de la sólida mano de una estrella emergente como Denis Villenueve. Deakins tiene que ganar un Oscar (finalmente) como no lo consiguió Cronenweth; si el diseño de producción ganó premios (en el Reino Unido, curiosamente) esta vez los Oscares deben llover sobre todo el equipo, sonido incluido; y la música, oh, la música: Vangelis vivirá en un panteón al que ni Hans Zimmer ni nadie puede llegar gracias a sus piezas originales. 

Demasiado junto. BR 2049 tiene que servir a tantos amos que parece mentira que pueda funcionar. 

Y lo hace. Es una gran película, en los términos y confines del genero cinematográfico en el que se encuentra. No es para llevar a alguien que no sienta afinidad por las virtudes y temáticas que expone, y ciertamente incluso para el aficionado marginal la experiencia puede ser agotadora en su extensión. Pero es un artefacto impecable, visualmente impactante, sonoramente apabullante y con metáforas y escenas que pueden inspirar a generaciones. 

(…hic sunt spoilers…)

Aparte del ya mencionado problema de escala, derivado de la lógica comercial de Hollywood, BR 2049 adolece de ser demasiado importante para la humanidad. De pronto, ya no es un caso policial: es la posibilidad de una alteración del orden natural, más allá del caos momentáneo que un replicante agresivo puede causar. Podemos postular que la Corporación Tyrell colapsó por la ausencia de su fundador, asesinado por Roy Batty en su búsqueda de respuestas; pero eso es daño colateral. Aquí en cambio, Jared Leto quiere dominar al mundo a través de los hijos de replicantes que al parecer podrá controlar a punto de ingeniería genética y megalomanía, y apenas la terquedad de Joshi y la dedicación casi escolar de K pueden impedirlo. Los secretos ocultos en la memoria (¿real? ¿implantada?) de K solo cobran importancia gracias a que Leto los quiere. 

Deslizándose por la superficie de la desbaratada cosmopolis, K vive una vida tan aburridamente burguesa como la tecnología se lo permite. El prejuicio anti “skin jobs” es brutal pero curiosamente no parece preocuparle; la convivencia con formas alternativas de conciencia, como Joi, está naturalizada por completo. El LA de Her ha sido pasado por un basurero decimonónico, inorgánico, digno de Dickens;  y luego por los desechos de la civilización por venir, para resultar en la Los Angeles sin más luz que el neón y los hologramas gigantes. Desolada, la humanidad convive consigo misma sin mucha más ilusión aparente que sobrevivir, sin el ideal revisionista de la fallida Elysium para sostenerse. No hay esperanza; ¿para qué hay policía? 

Esa es la primera cosa que salta a la vista, y que quizá por sesgos profesionales me llame más la atención. Wallace Corp. parece dominar el mundo, no habría un estado y su aparato, pero sí policía, que no trabaja para ellos pero es vulnerable por completo. Un recurso distópico que no me calza, o que no se elabora lo suficiente. La agresión performativa que es Jared Leto termina de complicar ese ángulo de la película; del otro, de la resistance, el bosquejo es demasiado apresurado, apenas dos escenas inconexas y hay que asumir la presencia de una señora (singularmente mayor) para que creamos en semejante alternativa. Las luchas de poder que parecen ser el motivo de la historia son débiles, y hacen frágil la trama. 

La búsqueda misma entonces pierde fuerza, porque si se supone que es la lucha por la vida misma, por el futuro de la tierra, solo vemos el ejercicio individualista de un replicante confundido tratando de encontrar sus propias raíces. ¿K busca su identidad, asombrado al descubrir que sus recuerdos son reales y por lo tanto, suyos (interesante, muy lograda prestidigitación)? O quizá K es un angel vengador, o tal vez solo quiere entender las preguntas nunca formuladas, antes que recibir las respuestas. 

Si la potencia de Blade Runner está en las preguntas subyacentes, la debilidad de BR2049 esta en sus respuestas implícitas. Los replicantes no tendrán alma pero tienen voluntad de poder, quieren ser libres. Ergo, son algo más que replicantes pero algo menos que humanos; si se pueden reproducir, ¿son híbridos, si Deckard es humano, y por lo tanto infértiles? ¿O son puros y fértiles, si Deckard es replicante? No vamos por ahí, solo por afirmar su vocación de libertad, de no ser esclavos. El por qué no queda claro, ni siquiera como una pregunta. 

Esa debilidad hace que BR2049 sea más espectáculo que Blade Runner pero menos poema que su original. La ausencia de algún soliloquio potente incide en esta carencia del ser; la idea de libertad no tiene un origen claro pero tampoco es una premisa, y ambas ausencias nos impiden preguntarnos el por qué de la vocación por la libertad; el contraste con la pregunta implícita sobre qué es ser humano de la primera, pregunta que nacía sola desde los soliloquios o las simples afirmaciones de hecho (“but then again, who does?”), nos deja en cierto paramo existencial. La lucha de K no tienen las resonancias ontológicas de la búsqueda fallida de Batty.  El mal es demasiado grande para la cuestión tan precisa que nos lleva a la sala de cine; el bien no se logra articular. La conspiración por la libertad es un desaliñado borrador, que no logra convencer; el deseo de poder es apenas los disfuerzos de un actor mal escogido. 

Pero la saturación sensorial, la capacidad de meternos sin remedio en un mundo apabullante y desalentador, sí son perfectas. BR 2049 ocupa el mismo universo emocional que Blade Runner, pero no se preocupa por las mismas emociones. Eso no impide que podamos experimentar las búsquedas como ejemplo perfecto de construcción de mundos, de eso que el cine sigue teniendo como epitome y gloria. BR2049 nos sumerge en una hondonada de emociones que invocan un pathos mucho más denso que cualquier otra película con vocación de blockbuster. El tempo de la exposición es calmo, y funciona: el descubrimiento del juguete abandonado en el memory hole del orfanato infernal por K; el aserto de la veracidad de las emociones por la Dra. Stellini; la muerte de Joi, pero sobre todo el regreso al simulacro que luego enfrenta K: todos esos momentos son magnificos y dejan marca en la experiencia de emociones. 

El momento glorioso, ahi donde BR2049 podrá reclamar un lugar en el panteón, es la escena de amor. Todo lo que se pudo imaginar hasta ahora, aunado al uso de tecnología para contar una historia (en vez de subordinar la historia al sonido y la furia de la tecnología), aparecen en ese increíble instante en que de pronto las dos realidades, la replica biológica y la construcción digital, se funden en una mujer para que el simulacro orgánico tenga lugar. No hay sexo, quizá porque mostrar una petite mort involucraría un conjunto de emociones demasiado complicado para los que no sabemos si están vivos. Pero es una escena sincera, emotiva y emocionalmente, y que nos abre más puertas que las que cierra. Si se puede amar siendo un holograma, ¿para qué hemos de reclamarnos especiales en nuestros desamores? 

Todo eso, más la limpidez narrativa de Villenueve —que incluso en los momentos más literalmente turbios logra mostrarnos una historia clara y sin rodeos— hacen que el resultado sea digno de las casi tres horas que toma. Se sale del cine contento y con ilusión, pero un vago deseo de ambición subsiste. Es una película que envuelve y sacude aunque no sea para nada perfecta, y sobre todo, no sea tan provocadora como la primera. Es una experiencia que vale la pena pero que deja el sinsabor de lo que no se llegó a decir. Lástima. Lo que dice es hermoso, duro y potente, y sin el antecesor sería más que suficiente. Frente al espejo de hace 35 años, queda un vacío. 





jueves, 5 de octubre de 2017

Blade Runner, o la utopia no deseada

Hoy, 5 de octubre de 2017, se estrena la secuela de Blade Runner.

No, no era necesaria. La película original es una obra cerrada que no requiere una continuación, que no fue diseñada para ella, y que bien podía quedarse sola, incólume al riesgo de ser destrozada por un desavisado productor ávido de extraerle dinero a los fans. Pero existe la secuela.

No, no fue una película bien hecha. Su trama es relativamente simple, fue filmada con apuro, y fue víctima de las obsesiones del director, que prefirió gastar energía y dinero en la escena del salón de Tyrell antes que en la continuidad; que permitió que se estrenara con bloopers de sincronización de audio o de doblaje memorables por su torpeza; que finalmente incluyó torpezas como la "escena de amor" entre Deckard y Rachel, tosca y francamente árida.

Pero lo que logró Ridley Scott fue crear una obra audiovisual que más allá de la trama simple o las fallas de estructura, explotaba el medio hasta un resultado magnífico; y se conectaba con la tradición de la literatura fantástica / especulativa tanto en trama como en escenas individuales, ofreciendo trascendencia y emoción al lado de apelación al intelecto.

Es decir: visualmente espectacular, pero provocando preguntas y diálogo poderosos, en la mejor tradición de la ciencia ficción, Blade Runner pasó de ser una película menor, sin éxito, a un clásico. Construyó no solo un mundo sino un referente narrativo, y no solo cinematográfico. Un mundo horrendo, del que jamás se podría hacer una serie de television porque saldríamos corriendo; un mundo desolado, en el que los ecos de la tragedia ecológica que es central a la novela en que se inspira resultan claramente desalentadores. Un mundo donde el paraíso no está al alcance, ni siquiera como imágenes concretas. La versión adulta de la tierra de Wall-E, digamos.

Luego de años de optimismo inspirado en el potencial tecnológico, que culminó con las misiones a la Luna y con cine como 2001, la Tierra volvió a ser el locus de la imaginación. Dejamos de ilusionarnos con el futuro que traerían otros o que construiríamos, para pensar en lo que haríamos con nuestro hogar. El pastiche de novela negra con devastación ecológica, insinuado más que explícito, que se construyó en Blade Runner, fue lo que permitió detenernos y pensar en la realidad que venía y qué significaba ser parte de ella. Pensar en utopía indeseables se convirtió en el nuevo ideal.

Entrar al cine en el lejano 1984 (por esas cosas de la vida, recién la vi dos años después de estrenada, luego de perseguirla sin éxito hasta por tres países), y ser confrontado con los planos iniciales, fue una saturación sensorial única. Ahi la película te capturaba o te dejaba sin interés: formado en casi dos décadas de viajes espaciales y ciencia ficción de todo tipo, ver esa imagen simplemente me dejo atónito y me hizo sumergirme en las sensaciones y las ideas, antes que en la historia, que se nos presentaba en la pantalla. Las críticas de la época no fueron nada generosas, porque vieron una película con huecos narrativos y actuaciones gruesas: los que teníamos la sensibilidad adecuada vimos una metáfora sobre la condición humana disimulada en una novela negra y con los visuales más espléndidos, decadentes y detallados que se habían hecho hasta entonces. De la azúcar y crema chantilly de Star Wars al café espresso de Blade Runner hay el mismo salto de una matinee infantil a una cena de adultos. Eso se sentía al verla: una película en serio que presentaba hermosamente, temas serios.

Como buen fan, la he visto más veces de lo que puedo recordar: en el cine, en television y doblada, en cable, en DVDs, en archivo descargado. He visto las cinco versiones y he comparado mentalmente cada una. No tengo solo escenas favoritas: tengo planos favoritos. Cierro los ojos y puedo ver un Spinner descendiendo frente al Bradbury Building, el unicornio que Gaff dejó a la entrada del departamento de Deckard, el descenso de las cortinas en el estudio de Tyrell, Pris a contra luz deslizándose por las calles decrépitas de LA; me he sorprendido escuchando la música de los créditos finales luego de ver un ascensor cerrarse delante mío.

Espero algún día encontrar el momento preciso para citar las palabras correctas de Gaff;  se que a cada rato no me atrevo, aunque quisiera, a enunciar el soliloquio final de Batty, que quiero creer recordaré al morir, porque sigue siendo las más contundentes "famous last words" que puedo imaginar.

Blade Runner no es una obra maestra. Pero marcó mi vida y me sirve como referente para imaginar lo bueno y lo malo del arte y de la vida. Hoy que veré la secuela, estoy seguro que disfrutaré, sin comparar sino refiriéndome y citando mentalmente la primera. Respeto enormemente al director: Denis Villenueve ha hecho joyas y ahora tiene en sus manos la oportunidad de entrar al panteón. Las criticas son generosas y positivas.

No quiero experimentar lo mismo que en 1984, porque no es posible. Lo que quiero es sentir como me sentí el 84: quiero salir del cine tan emocionado, ilusionado e intelectualmente estimulado como cuando vi por primera vez Blade Runner, aunque haya tomado 33 años.

viernes, 28 de julio de 2017

Sobre “Mecanismos de la posverdad” de Jacqueline Fowks

Hoy, que celebramos 196 años del establecimiento de nuestra caótica, confusa y confundida República, nos encontramos para presentar un libro que explora fenómenos de nuestros días pero que, postuló, tienen raíces en nuestras traumas más profundos; fenómenos además relevantes para la salud democrática en el mundo entero. La posverdad, o mejor aún, la variante local de una mutación regional de la posverdad, es analizada impecablemente por Jacqueline Fowks, en un libro que sirve como advertencia de a dónde pueden llevarnos las carencias que nunca hemos enfrentado.

Aclaración liminal: Jacqueline es mi amiga hace más años de lo que ambos podemos recordar sin esfuerzo. Somos hijos de los ochentas y ahora, colegas en la docencia en la PUCP. Nunca la amistad  debe prevenir la crítica o la sinceridad del análisis, pero exige transparencia ante terceros. Puedo entonces ser menos objetivo de lo debido, pero intentaré al menos dejar en claro de dónde vienen y como se sustentan mis halagos, que no son un ejercicio de patería.

Por ello,  comenzaré con las pocas criticas negativas que siento necesario hacer: el libro es quizá más árido de lo necesario, entre otras razones por la abundancia de digresiones a pie de página;  como trata de muchos elementos que se encuentran en medios digitales, resulta siendo difícil de leer sin acceder con facilidad a los enlaces. Es un libro de ensayo académico, accesible a un lector informado, pero con aportes relevantes para la formación profesional de periodistas y para la iluminación de estudiantes de introducciones a la comunicación social. Pero la que considero su audiencia ideal, el ciudadano con vocación republicana del Perú, podría beneficiarse de un enlace maestro, de una página web con todos los enlaces que se ofrecen a lo largo del texto.

Esto no quita potencia al argumento central, sobre la posverdad, y la demanda de una esfera publica más responsable y sincera para los peruanos. Permítaseme un digresión cuasi teórica para aclarar esto.

En la base misma de un gobierno republicano yace la confianza en que, como propuso el abate Sieyes, todos somos el tercer estado: todos somos iguales y todos constituimos la soberanía, sin privilegios de cuna o de función. El encargo de ejercerla, entregado a lo que llamamos gobierno, requiere un acto de confianza, un public trust, que en inglés se refiere a la confianza pública tanto como a la encarnación de dicha confianza en un aparato estatal orientado al interés público. Aunque no siempre se sepa exactamente qué es interés público, se supone que el proceso político debería llevarnos a alcanzar cierto consenso sobre sus contornos, basados en un acuerdo democrático, republicano, sobre el que fundamos todo. Ese public trust que no solo nos declara iguales, sino que nos exige actuar como iguales, sobre todo frente al otro, al que tenemos delante, y que NO tiene las mismas oportunidades que uno: carece de los medios, las relaciones, el tiempo o simplemente la agudeza para ejercer su parte de la vida en común. Los débiles, los que están en desventaja, están en la consideración misma de la noción de una república liberal, moderna.

Una república así construida garantiza el diálogo y la creación de consenso, y postula que sus conflictos pueden ser resueltos dialógicamente en la esfera pública, idealizada en cafés y clubes de debate en el siglo XVIII; pero que ahora es una combinación de voces no siempre armónicas,  expresadas en medios tecnológicos, propia de una sociedad de masas con abundancia comunicativa. Esta esfera se hace evidente gracias a ese cuarto estamento, que no es tal sino un tejido conectivo que permite vernos y hablarnos: los medios de comunicación, y en particular, la prensa. El ideal republicano implica una prensa activa, dispuesta a dar espacio a todos y a no ceder frente al poder: es más, que esté dispuesta a decirle sus verdades al poder.

Claro, es una aspiración, pero que en America Latina no ha sido, casi nunca, ya no alcanzada sino siquiera aludida como un destino al que llegar. Por siglos ya, los que detentan el poder lo hacen para su propio beneficio, en una expresión anti republicana de privilegio que ni siquiera intenta postular que lo hacen para todos; apenas por ratos se ofrece que se hace lo que se hace por el progreso, para que “haya obras” o para que formas de caridad, generosidades genéricas de la autoridad, mejoren ligeramente la vida de algunos compatriotas. Ignorarlos, y peor aún, ignorarlos sistemáticamente, como hemos hecho en el Perú, invalida la noción misma de una república.

Nuestra república sigue sin orientarse al bien común, entre otras razones porque rehusamos imaginarlo así: común, para todos, basado en nuestra colectiva pertenencia a un estamento de iguales, de ciudadanos. No tiene entonces nada de extraño que algunos opten por usar a la prensa como una extensión de la representación de sus intereses, y que en el proceso terminen deteriorando un poco más la posibilidad de encontrar ese public trust que necesitamos para funcionar como país, no como colección de conflictos. La posverdad, preocupación central del trabajo de Jacqueline, no es precisamente novedad en el Perú.

No cabe duda que la posverdad ha sido perfeccionada, cortesía de transformaciones socio tecnológicas que afectan al mundo entero, no solo al Perú. La Internet, imaginada originalmente como un paraíso de opinión considerada y participativa, ha terminado por agudizar hasta el caos la posibilidad que, con algo de práctica y entusiasmo, cualquier posición logre afirmarse en su propia caja de resonancia. Simple proceso de crecimiento: salió de su original jardín encantado de liberales altamente educados para servir a la diversidad de intenciones y representaciones que existen en nuestra tierra. En el proceso, la prensa ha quedado invalidada socialmente y financieramente acogotada, en un terreno reconstruido a la medida de los mercenarios de la información más sesgada y la comunicación menos ecuánime. En donde teníamos una esfera pública construida sobre la cuidadosa y considerada opinión de los gatekeepers, ahora hay una aglomeración de voces que no pretenden guardar las formas ni seguir los pasos de aquellos que se supone encarnan responsablemente el rol del cuarto poder. No solo es la Internet, sin duda: véase Fox News en EEUU, o Willax en el Perú, donde la realidad objetiva es apenas un lienzo sobre el cual dibujar ilusiones mal intencionadas.

Pero los ciudadanos de países del “primer mundo” tienen alternativas: una prensa que acepta su rol al centro de las controversias entre poderes formales, poderes fácticos y sociedad civil permite ampliar el debate y debilitar las tendencias autoritarias. No es garantía de absoluta estabilidad ni tampoco es que todos los medios en semejantes democracias sean impolutos y neutrales: la “verdad” es una construcción discursiva, como lo es la noticia, y un diario puede optar por iluminar, enmarcar o encaminar la “verdad” de maneras tales, y por motivos tan subalternos, en Francia o en el Perú. Finalmente, todo sesgo es reflejo de la manera como construimos esa realidad que no es tan objetiva como quisiéramos creer; pero al menos hay honestidad en los sesgos y hasta cierto punto, transparencia para reconocer errores.

Pero en el Perú, recordemos, solo se cuecen habas. No contamos realmente si no con esbozos ocasionales de medios que sin dejar de lado su propia perspectiva, opten por perseguir sistemáticamente el bien común. Algunos no lo intentan, otros lo definen en sus propios términos, alineada con los intereses de ciertas elites (tecnocracia pro negocios, anyone?); otros simplemente “hacen su chamba” pero sin la perspectiva clara y finalmente, patriótica, que requiere actuar republicanamente. Es por ello más fácil caer en la manipulación de los intereses, escondida tras invocaciones al deber y disimulada con variedad de alimentos para el desayuno, que la prensa termina promoviendo.

La detallada, cuidadosa, documentación de casos de fabricación de la realidad que Jacqueline presenta en este libro no deja duda de la capacidad de los medios peruanos para negarse a construir su propia realidad; la opción por utilizar lo que otros le dan no tiene nada de excepcional: la bestia refinada a la que se refería Tom Wolfe suele concordar sutilmente con el poder, por razones de coincidencia y conveniencia. Coincidencia porque los que toman las decisiones han sido formados y viven en los espacios sociales y políticos de los que también provienen los que deciden qué es la realidad en un medio; conveniencia porque al final de cuentas, de ahí viene la publicidad, las ventas, la validación social. La prensa, incluso la más claramente independiente, no existe fuera de la sociedad que la crea y finalmente, la refleja.

Aclaro: la prensa, no los periodistas. Los actores del periodismo tienen opciones profesionales y finalmente, morales: ser lacayos o caballeros andantes, para ponerlo en caricatura. La ausencia de periodistas con peso propio en los medios más importantes del país nos da una señal de la falta de distancia entre el poder y los periodistas.

En un contexto así, la abundancia de medios digitales fortalece la posverdad. Para cada Wikileaks, saludado ingenuamente como contra poder por la izquierda menos aggiornada, hay un InfoWars. Para cada ciudadano dispuesto a financiar Ojo Público, hay un tejido de medios supuestamente de “periodistas” que en realidad sirve a intereses disimulados u opacos. Cacofonías múltiples que impulsan sin mucho pudor opiniones que son falazmente llamadas periodismo; y que dicen ser verdaderamente independientes cuando apenas cubren, translúcidamente, su curiosa coincidencia constante con el poder fáctico que los financia.

¿Un buen ejemplo? “Terruco”, que aparece como el insulto primordial: descalifica, cambia los términos de la conversación, impide dialogar, y encima sirve para convocar lealtades específicas. Perfecta manera de apelar a lo más bajo de la política nacional como imprecación pero también como discurso: el que lo usa quiere quitar por completo la legitimidad del interlocutor, quiere sacarlo de la sociedad y deshumanizarlo hasta hacerlo un apestado social. Y nadie lo cuestiona, nadie lo dice y nadie lo condena. Me alegra leer un argumento tan contundente contra esa práctica nefasta en este libro.

Nuestra posverdad, entonces, resulta siendo la versión local de lo que ocurre en el mundo, pero también es la actualización de prácticas que la prensa ha encarnado por demasiado tiempo. Una exacerbación de estilos centenarios que continúan debilitando nuestra posibilidad de ser una sociedad transparente y una república más allá del nombre. Luchar contra semejante status quo es imprescindible si queremos sinceramente que el Perú sea de todos, por todos, para todos. Agradezco a Jacqueline el privilegio de leer, por adelantado, un alegato tan poderoso en favor de ese ideal superior, y felicito su labor, que merece ser leída por todos los peruanos de buena voluntad.

Lima, 28 de julio de 2017.