miércoles, 21 de enero de 2015

Medios y no redes: apostillas a una columna

Hoy miércoles 21, Marco Sifuentes publica su habitual columna en Larep sobre "los políticos y las redes". Como suele ser el caso, es un buen ejercicio de reflexión sobre tendencias digitales locales, donde acota con claridad el problema de usar servicios como Twitter de la manera que personajes tan lamentables como Urresti lo están haciendo: "Gracias a las redes sociales, cualquiera puede opinar. El problema es cuando los políticos opinan como cualquiera".

La observación es completamente válida pero requiere algo de elaboración para que sirva para entender el proceso. El problema reside en la manera como usamos coloquialmente "redes sociales" y lo que en realidad significan.

"Redes sociales" en lenguaje llano, quiere decir lo que conceptualmente llamaríamos "medios sociales" (Ojo: no es social media, por favor: es perfectamente razonable decirlo en español porque la traducción no deja ambiguedades ni confusiones como puede ser con otros términos que se usan en actividades académicas). Las redes sociales son un concepto de las ciencias sociales que se usa para estudiar la manera como se establecen, elaboran y enriquecen los vínculos sociales; los medios sociales son medios de comunicación que se crean a partir del contenido aportado por sus usuarios, y que como tal reflejan las redes sociales a las que cada usuario pertenece.

Usar "redes sociales" para indicar que Urresti está loquito por Twitter tiene la ventaja de ser claro para el grueso de los lectores de un medio como La República, pero resulta en pérdida de claridad explicativa: Urresti usa Twitter como si estuviera jodiendo a un tipo que le cae mal en el bar, no como un medio de comunicación. Si bien es un personaje basto, que incluso ante la prensa convencional habla como chofer de combi en vez de como ministro, Urresti cambia su registro al hablar con la prensa porque es consciente que lo que hace no está completamente bajo su control. En cambio, en un medio social, creemos que controlamos el discurso y buscamos no que nos entiendan o convencer, sino ganar, como cuando estamos en el bar, en el recreo en el colegio, o en una juerga.

Lo que se llama "trolleo" no es más que lo que hacíamos a los 10 años cuando ganabamos las discusiones no con argumentos, sino con habilidad retórica. Eso no se pierde, pero cambia según los contextos, contextos que son resultados de nuestras redes sociales. La bastedad de Urresti es resultado del tipo de intercambios que ha realizado en su vida, de la falta de sofisticación de su retórica, probablemente de su poco capital cultural, y de su capital social: la gente con la que se ha relacionado que comparte las características culturales y de argumentación.

Trollear no tiene nada de nuevo, dicho sea de paso. Algunas de las mejores trolleadas de la historia son bastante anteriores a Twitter, por cierto. Cuando Lady Astor le dijo a Lord Birkenhead, hace como 100 años, "If I were married to you, I'd put poison in your coffee", la respuesta pasó a los anales del trolleo inexistente aún: "If I'd were married to you, I'd drink it". Es casi imposible imaginar a Urresti diciendo algo tan agudo, con o sin Twitter.

Lo que hacen los medios sociales es visibilizar las opiniones que siempre hemos tenido. Ahí está mi única discrepancia significativa con el artículo de Marco: gracias a que somos individuos, cualquier ha podido opinar siempre. Ahora parece ser más visible nada más, y algunos ni siquiera se dan cuenta que no son "cualquiera", sino que sus responsabilidades públicas no se suspenden cuando usan sus cuentas de Twitter.


Gracias a las redes sociales, cualquiera puede opinar. El problema es cuando los políticos opinan como cualquiera. - See more at: http://larepublica.pe/blogs/pasado/2015/01/21/los-politicos-y-las-redes/#sthash.75zhWayB.dpuf
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miércoles, 14 de enero de 2015

Conspiranoias

El asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo (CH) ha revivido la pasión de muchos por las conspiraciones secretas, a cargo de poderes inmensos, que comprometen a todo un estado: las llamaré conspiranoias, pues se basan en cierta paranoia sobre el poder de los estados y de actores "secretos", desde los sabios de Sion hasta el grupo Bilderberg; y se expresa en trabajos como la espectacular JFK, el mayor mainstreaming de las conspiranoias, y la muy entretenida Loose Change. El problema con las conspiraciones es la decisión de hacerles caso, puesto que todas se basan en una lógica fallida.

Hay una secuencia más o menos clara en todas estas conspiranoias:

  1. Un evento importante es descompuesto en varios subeventos. 
  2. Se identifica lo que parece ser una inconsistencia entre la narrativa oficial y la evidencia del subevento. 
  3. No se discute los argumentos oficiales sobre ese subevento, sino que se asume que la interpretación que hacemos de la evidencia es comparable o incluso más certera que la interpretación oficial. 
  4. A partir de afirmar que la única interpretación posible de dicho subevento es entonces distinta a lo que se nos ha dicho, se dice o se insinúa que en realidad, todo el evento es falso, o fue realizado bajo "falsa bandera", la frase que los asesinatos de CH han puesto de moda. 

Esta secuencia comete varios errores lógicos, comenzando por proponer que una opinión es una explicación, y que negar una parte del todo basta para demostrar que todo es falso.

Veamos el ejemplo más inmediato:
El asesinato de CH se subdivide en varios subeventos y se nos muestra uno en particular, el video del asesinato de Ahmed Merabet; se nos afirma que no es posible que la interpretación oficial sea cierta, porque no vemos lo que se supone deberíamos ver: abundante sangre y materia gris, y además hay una descarga de humo en otro sitio, no en el cañon del fusil. No se propone una explicación de lo ocurrido, sino que se afirma que la interpretación oficial es falsa, malintencionadamente falsa. A partir de ahí, hay dos rutas: te lo dejan "a tu criterio", o de frente te dicen: "es bandera falsa".

No soy experto en balística, y no tengo acceso a los datos tomados del lugar del asesinato. Entonces, no creo que pueda afirmar nada a partir de un video aficionado, por más que me de la impresión que lo que veo no es como yo asumiría, a partir de mi falta de experticia y mi pura base en experiencias ficticias como televisión y cine, que debería ocurrir. No tengo razón alguna para creerle a un patita que dice en un video o un blog algo en base a la misma falta de conocimientos que tengo yo. Pero lo más importante no es eso: es lo que escojo como sustento del argumento.

¿Es posible una conspiración de tal escala? ¿Es posible que un estado pueda amordazar, intimidar y ocultar evidencia en la escala necesaria para que realmente haya ocurrido una operación de "bandera falsa"? ¿Realmente necesitan asesinar a 17 personas, más los tres terroristas, para sostenerlo todo? ¿Es más, han engañado tan bien a los supuestos terroristas que no dicen nada, no postean o manifiestan nada, explicando que todo es una mentira y que ellos son cabezas de turco? En otras palabras, ¿son tan capaces los servicios de inteligencia, que pueden armar algo tan extraordinario y tan imposible de perforar?

En realidad, las conspiranoias son divertidas y quizá demostraciones de imaginación; pero también son expresiones de deseo: quiero creer que los malos son efectivamente aquellos que yo considero malos, que la realidad se parece a mi imaginación, que la sociedad no está bien porque alguien impide que sea buena. En otras palabras, una cuota de paranoia es lo único que hace posible pensar que estas conspiranoias sean tratadas en serio. Son justificaciones de una visión del mundo que está sesgada lo suficiente como para que la evidencia no baste, sino que siempre, siempre, sea insuficiente, y requiera una mirada aguda, profunda, y sobre todo sapiente, de esos que realmente conocen la verdad.

No niego que los servicios de inteligencia son capaces de hacer barbaridades; no niego que es posible que hayan operaciones de bandera falsa. Pero la posibilidad no me debe hacer que todo lo interprete únicamente bajo esa luz. La alternativa es terminar como el procurador Galindo: viendo los fantasmas que quiero ver en donde no hay nada, y usando el poder que tengo para espantar y atormentar a aquellos que no creen lo mismo que yo.



martes, 13 de enero de 2015

Tres ideas tras el despropósito sobre "La Cautiva"

1. Impresiona, para mal, que todavía baste para muchos el solo mencionar a SL para que haya necesidad de entrar en pánico y temer un rebrote terrorista. Hace tiempo que SL dejó de ser una amenaza a la seguridad del estado, siendo un grupo criminal peligroso que controla áreas tradicionalmente fuera del control estatal, y que molesta mucho; pero más peligroso para el país es en este momento el lento pero seguro proceso de organización de la criminalidad en mafias, que están comenzando a tomar control de pueblos enteros (ver los reportajes de la República sobre Barranca: aun dejando espacio para cierto sensacionalismo, es gravísimo), que lo que pueda hacer SL. En otras palabras, muchos todavía siguen tratando de ir al Mundial de Francia cuando el problema es cómo corregir las cosas para ir a Qatar 2022.

2. Esto lleva a nuestro estado, partido en dos: las islas de excelencia, esas que existen para responder al mundo externo de las que habla Eduardo Dargent, y el estado para los peruanos de a pie, ese que no da pie con bola y que no es capaz de dar servicios de calidad para el grueso de nosotros, más allá de esfuerzos loables en educación y quizá, en salud. Los servicios de seguridad siguen siendo presas de culturas institucionales lamentables, incapaces de hacer algo realmente inteligente ante las amenazas que tenemos por delante. El Perú corre el riesgo de volverse un estado capturado pero Uresti se dedica a juegos de baño de colegio con los Fujimori. Patético.

3. La urgencia de cambiar radicalmente el funcionamiento de la Policía queda clara cuando uno revisa el documento de "análisis". Lo que se expresa solo puede ser el resultado de dos alternativas, que encima no son excluyentes entre sí: o los encargados de analizar carecen de cualquier contexto y formación medianamente pasable sobre la diferencia entre expresión cultural y política; o la cultura sobona que predomina en la policía, donde para salvarse las espaldas hay que hacer lo que pide el jefe, lleva a redactar algo que solo se puede entender como complaciente y repetitivo del "sentido común policial": si no se alaba a las fuerzas militares y a la policía, entonces se está siendo complaciente con los terroristas. Ese sentido común puede estar incrustado en los policías pero sin duda, usarlo puede ser una manera de quedar bien con los jefes, que encarnan ese punto de vista. Sea como sea, es terrible, porque así como se les escapó la paloma con SL a finales de los setenta, también se les puede escapar si aparece una verdadera amenaza política a la seguridad nacional.

domingo, 4 de enero de 2015

2015, o los varios futuros

Cuando comienza un año se puede intentar hacer predicciones, lo que en realidad es una perdida de tiempo, o se puede identificar tendencias, lo que es más práctico porque sirve para protegerse en caso que las predicciones fallen: la tendencia cambió...

Entonces, y como ejercicio para volver al blog, quiero indicar nueve tendencias que el 2015 puede que se afirmen, como quizá no; al menos se puede decir que en este momento, son válidas y posiblemente viables.
  1. La lentitud en la penetración de los "wearables", los dispositivos tecnológicos que se usan como prenda de vestir o accesorio, continuará, en la medida que no se logra definir todavía qué deben hacer; y que dependen casi por completo de un teléfono móvil para tener sentido. Es posible que alguien invente una aplicación que cambie el panorama, pero los wearables son todavía muy singulares, dependientes y caros para significar algo importante.
  2. Los móviles seguirán perdiendo interés: en realidad esta observación es válida para todas las formas de tecnologías digitales. Es posible comprar por 250 soles un smartphone casi tan capaz como un iPhone: este último tiene varias cosas mejores pero realmente, ¿justifican estas la diferencia mínima de más de 1000 soles? Cada vez menos. No niego la calidad y solidez de los smartphones de rango mayor, pero eso no impide concluir que un dispositivo simplón es ahora tan capaz, que la distancia no es muy grande, y seguirá acortándose.
  3. La computadora seguirá desapareciendo como objeto de consumo. Una computadora es necesaria, sin duda, pero para funciones que cada vez se parecen más a los años ochenta. Producir documentos en serio, manipular data, realizar trabajos profesionales, y quizá jugar (aunque las consolas son cada vez más potentes y útiles para eso). Como herramientas de consumo están dejando su lugar, y es posible pensar que en unos años la computadora sea nuevamente sinónimo de trabajo y una generación de dispositivos digitales que vaya de las tabletas al wearable, o por lo menos el teléfono, reemplace los usos de consumo y comunicación por completo.
  4. La globalización de la oferta cultural seguirá creciendo. Aunque no siempre la hace bien (Marco Polo es un Game of Thrones hecho por Frecuencia Latina con plata, la verdad), Netflix tiene la intención de servir como "cord-cutter", es decir sacarnos de la necesidad de tener cable. HBO Go también lo intenta. En la medida que estas ofertas crezcan, cada vez más las condiciones permitirán que la producción local más atractiva pase a estos servicios globales, de los cuales hay varios que todavía no conocemos y otros, como Crackle, que no terminan de encontrar su ruta. Ya ha sucedido, para todo efecto práctico, con el fútbol: la oferta local no desaparece sino que se descapitaliza y pasa a un segundo plano frente a la oferta global. Lo local seguirá siendo producido, pero luego del maltrato que America Television dio a El Evangelio de la Carne el 3 de enero (según reportó su director, Eduardo Mendoza, en FB), solo la difusión generalizada sirve como incentivo para no dar exclusivas a servicios como Netflix, que respetan el producto y ofrecen inmensa flexibilidad.
  5. A nivel global, los diarios seguirán en problemas. Los hábitos de consumo siguen cambiando, y solo queda el refugiarse en nichos: el diario global, el diario local especializado y partidario, el diario barato. Los diarios globales o cuasi globales (como El País) tienen que encontrar la manera de volverse viables antes que las inversiones que tienen que realizar para ser globales los terminen de hundir, como podría pasarle al Guardian y en menor medida, al mismísimo New York Times, que ha tenido que volver a despedir personal. Los diarios locales especializados se vuelven cada vez más partidarios, más pegados a un grupo al que responden ideológicamente, incluso para los diarios temáticos como los deportivos (y como siempre fue el caso de los diarios económicos, que son fuente de información y de status en partes iguales, para la elite económica de sus países o del mundo). ¿El lado positivo? Está claro que los diarios globales pueden cobrar decentemente por suscripciones y que habrá suficiente gente interesada para pagarlas.
  6. A nivel local, los diarios seguirán en problemas, pero en otros problemas: la calidad de todos los diarios peruanos es dispareja en el mejor de los casos; pero sobre todo choca la opción por disociar el diario impreso del sitio web, hasta el punto que son ridículamente distintos. El riesgo es que la falta de seriedad y el populismo barato de los sitios web se filtre al diario mismo, y a mediano plazo, que las audiencias también se disocien conforme los que deberían comprar el diario en papel prefieran seguir solo con las banalidades digitales, y busquen seriedad en diarios globales. Ojalá se tratara de la "buzzfeedización" de los medios, eso sería mejor que la colección de contenidos aleatorios que se sueltan todos los días sin más criterio que la cantidad de clicks. Triste... porque al final si se trata de competir con Buzzfeed, la versión criolla (Utero.pe) muy probablemente ganará. Obviamente, la pregunta es si hay una élite lo suficientemente interesada en un buen diario (o revista) local y dispuesta a pagar por él, como para sostener periodismo industrial decente. Creo que la respuesta cada vez más, es no.
  7. La trayectoria ascendente de los ciber conflictos continuará. Desde que en 2007 (¡hace siete años! ¡qué bestia como pasa el tiempo!) escribí sobre el primer caso realmente serio, la "ciberinvasión" rusa a Estonia, estamos en las mismas: agentes dispersos, muchas veces simpatizantes de un estado, atacan a otro país; la respuesta es muy pero muy opaca y no deja en claro quién cómo y por qué se realizan los contraataques. Esto lleva inevitablemente a preguntarnos, ¿cómo está el Perú en ciberseguridad? Que no tengamos conflictos militares a la vista no impide que nos preocupemos por la defensa, y lo mismo se aplica a la ciberdefensa. Me gustaría que el tema se discuta públicamente.
  8. Los conflictos sobre la gobernanza de la Internet continuarán... esto es como bien especializado así que lo dejo para un post dedicado al tema, más adelante.
  9. Las campañas electorales del 2016 comenzarán en la web y en Facebook el 2015, y mucho serán seducidos por los que les prometen ser el nuevo Obama. Para variar, esas campañas tendrán poco impacto porque se seguirá creyendo que FB es un medio publicitario y no un mecanismo de movilización, y no se logrará aprovechar esas ventajas en favor de ningún candidato. Incluso si algún asesor de campaña insiste en usarlo como movilizador, el candidato se negará porque no quiere bases a las que luego tenga que responder, y FB crea en las bases la impresión de que importan, de que son criticas y de que es posible cobrarle los favores a los que se comprometieron casi personalmente con ellos al movilizarlos.
El tema de las movilizaciones juveniles lo dejo para más adelante...

La Yapa: la salida de Burga no cambiará el fútbol peruano. No se hagan ilusiones.

viernes, 29 de agosto de 2014

La incursión digital

No está aprobada, ni siquiera está revisada por muchos, pero mi tesis doctoral en ciencia política fue entregada hace unas semanas. Me tomo la libertad de colgar un enlace a una versión simplificada de la introducción, para aquellos que puedan estar interesados.

http://www.scribd.com/doc/237690244/EVMTesis-Intro-Simple-Para-Difusion

miércoles, 23 de julio de 2014

De doctores, doctorados y críticas

Comprensible la andanada de burlas y pullas luego de la revelación que Alan García Pérez no tiene doctorado y por ello, no debería ser ni siquiera profesor de un doctorado en su muy acogedor segundo hogar, la Universidad San Martín de Porres. Me aúno, no es un personaje que merezca mi respeto.

Pero las críticas se fijan demasiado en un aspecto muy preciso. Efectivamente, hay disposiciones legales y reglamentarias que requieren que alguien tenga un doctorado para poder dirigir un doctorado, y AGP no las cumple; y esto es apenas el inicio del problema, y no debería ser el centro de las críticas.

El propósito de un doctorado no es dar un pomposo apelativo que usar antes del nombre, para impresionar a los incautos. "Doctor" no es equivalente a sabio o superior, solo indica que una persona ha continuado su educación, con mucho esfuerzo, y que ha producido un trabajo de carácter académico con ciertas características, que ha sido juzgado por otros doctores como digno de la categoría de "tesis doctoral". Producir esa tesis es una chambaza, lo sé por experiencia propia pero sobre todo por la enorme cantidad de horas, pestañas y neuronas que ha requerido de muchos buenos amigos y colegas que han hecho doctorados de altísima exigencia.

Pasar a enseñar en un doctorado es todavía más difícil, puesto que indicaría que no solo has hecho una tesis y cumplido con los demás requisitos, sino que encima estás más preparado que otros con tus mismas calificaciones. ¿ Cómo se estima esto? A través de tu producción académica: has seguido escribiendo, publicando y un largo etcétera. Si no solo enseñas, sino que diriges un doctorado, es que tus calificaciones académicas son singulares, y encima eres un buen administrador.

AGP no califica, no porque no tenga el grado de doctor, sino porque no es un académico. No ha producido nada que sea juzgado por otros académicos, sino que es un político (malo, pero ese es otro tema) que ha aprendido mucho en el hacer. Esto lo calificaría para enseñar en un doctorado, muy probablemente, puesto que su experiencia es de primera mano y amplia; en muchos casos se opta por permitir que aquellos a los que les sobra experiencia pero no tienen las calificaciones enseñen, materias precisas que tienen que ver con esa experiencia.

Evidentemente, la intención de AGP al dirigir un doctorado es darse una patina de respetabilidad académica, crear un rollo que parece justificar lo que hace, hizo o quisiera hacer como dirigente político y presidente. Carece de un propósito académico, es decir de formar gente para que pueda producir con un nivel elevado y consistente reflexiones intelectualmente sólidas, basadas en conceptos y teorías bien usados.

Esa es la crítica central, que no tiene que ver con el falso grado de doctor: para AGP, como para muchos políticos o empresarios o simplemente miembros de la élite peruana, un doctorado es un adorno, otra chapita para pegar en el traje; no la promesa de seguir haciendo lo que se hizo durante el tiempo que se estudiaba. Trivializar el trabajo de los académicos es tan grave como despreciar la inteligencia en general, cosa que suele ocurrir en nuestro país; dirigir un doctorado cuando lo único que se quiere es justificar las propias acciones y producir adulación pseudo-intelectual, es señal de pequeñez humana y de irresponsabilidad política. Así visto, si AGP tuviera, como bien podría pasar, tener un doctorado, no estaría calificado para enseñar o dirigirlo: no sería un académico, sería apenas un interesado en la adulación y la autojustificación.

Que sirva para aprender la lección que la Ley Mora no ha incorporado: el problema no es ni debe ser el requisito formal, sino lo que se busca lograr con ello. Un buen político, sin doctorado, puede ser un profesor digno de un doctorado de ciencia política; un mal político, con doctorado, no debería ser admitido en ella sino para volver a empezar.

jueves, 17 de julio de 2014

Tras el Mundial (I): el futuro (nada) diferente del fútbol peruano, o pedirle peras de oro a un olmo privatizado

A mediados de los setenta, el Perú gozaba de un buen período futbolístico. El éxito de 1970, el también éxito (aunque con trafa) de 1975, luego la clasificación a Argentina 78. En el terreno dirigencial, Teófilo Salinas Fuller era el presidente de la CSF, ahora Conmebol, y eso “era bueno para el fútbol peruano”, o al menos eso decía la prensa local. 

En la actualidad, el fútbol peruano hace agua por todos lados pero tenemos un dirigente tan prolongado como Salinas: Manuel Burga. Objeto de desagrado y desprecio, también recibe el calificativo de causa del fracaso de este deporte. Desde comentarios tremendistas que asumen que el principal o casi el único culpable es Burga, hasta los que opinan que es culpable junto con otro, su aparición en reuniones de la FIFA o en eventos deportivos produce revulsión. 

Ahora, la pregunta inevitable es ¿qué ha hecho o dejado de hacer Burga para ser convertido en la bestia negra de los aficionados peruanos? ¿Qué hace que tener un dirigente eterno sea bueno cuando nos va bien, pero deja de serlo cuando nos va mal? El problema no es, strictu sensu, corrupción, dado que la FIFA y las federaciones nacionales no son organizaciones corruptas sino más bien un monopolio transnacional sin regulación, capaces de hacer lo que quieren porque controlan un negocio majestuoso a través del mecanismo de repartir ganancias sin mayor empacho. No hay delitos, pero sin duda hay conductas inmorales. 

Salvo en los países autoritarios, la organización del fútbol a nivel nacional suele ser más bien autónoma, alrededor de grupos que se articulan en ligas y campeonatos, y que reciben exenciones fiscales pero no necesariamente financiamiento estatal. Es el caso de la Federación Peruana de Futbol, que no tiene muchas propiedades ni controla el fútbol profesional: este negocio es manejado, como en muchos otros países, por los propios equipos que juegan en la liga superior, con la única demanda de respetar la estructura integral y aceptar a los equipos que ganen los ascensos como parte de la élite comercial. 

Sin duda, Manuel Burga ha optado por la comodidad absoluta: que los clubes hagan lo que quieran, él apenas verá lo mínimo indispensable para garantizar la marcha de la selección, de las selecciones en otras categorías, y ciertamente de los campeonatos locales. Burga, digno representante de los tiempos que corren, decidió que el mercado es el mejor asignador de recursos y no ha intervenido en su marcha. 

La mediocridad del fútbol peruano resulta entonces culpa de muchos, incluyendo Burga, pero la falta de resultados no se le puede atribuir directamente. Un liderazgo activo tendría que conseguir convencer a todas las partes de crear otra estructura, pero sobre todo otras prácticas en la formación futbolística, comenzando desde la infancia con campeonatos en serio y manteniendo ese estándar por años sucesivos. Se necesitaría que los clubes vieran a los jugadores como inversiones de largo plazo antes que como soluciones baratas, a ser contratados cuando están listos para luego ser vendidos cuando alguien incauto pregunta por ellos. Se necesitaría que la FPF tomara control bajo otras premisas del fútbol peruano, con la intención de lograr algo en quince años y que mientras tanto, comprometiera a los clubes a invertir en formación, manteniendo niveles adecuados de endeudamiento, y contribuyendo con buenas, ordenadas y sistémicas divisiones inferiores. Claro, en conjunción con federaciones regionales similarmente orientadas. 

O también hacer la cosa fácil: que se maten entre todos por centavos mientras yo prácticamente vivo en Zurich y no me pierdo una sola fiesta. 

¿De verdad queremos que el fútbol peruano funcione? En un país que no tiene las reservas naturales de buenos futbolistas de los platenses o los brasileños, la única forma es formar a los talentos que emergen sin mucho apuro y sabiendo que el fracaso es la norma, que no habrá muchos éxitos al comienzo. Si Alemania ha hecho lo que ha hecho para lograr ser campeón mundial, apenas clasificarnos a un Mundial va a requerir que estructuremos formación mucho más solida y consistente en el tiempo que aquella que ya existe en los países vecinos, que están por encima de nosotros, claramente. Los dirigentes apenas servirán para hacer que esto ocurra, y deberían pasar a un completo segundo plano: pueden durar décadas o meses, si el plan está funcionando y la máquina, bien diseñada y operativa, hace su trabajo. No necesitaremos a un Salinas como tampoco será necesario odiar a un Burga. 


En otras palabras: dejar de creer que el mercado lo soluciona todo y optar por un plan sin que la prioridad sea la ganancia rápida ni la clasificación urgente. No me cabe duda alguna que Burga jamás hará eso, y por ello debería ser reemplazado; pero tampoco me cabe duda alguna que no hay interés alguno en la dirigencia futbolística en general, ni tampoco en la hinchada, en aprender a esperar; y que no hay nadie en el espacio actual del fútbol peruano en condiciones de hacer el trabajo de largo plazo solo, sino que se requiere un consenso cuidadoso y bienintencionado que no creo posible. Nuestros infantilismo de nuevo (medio) rico nos impide darnos cuenta de lo evidente: no hay razón alguna para que un milagro ocurra, sino que necesitamos trabajar, ser organizados y modestos. 

Y eso incluye dejar de echarle la culpa a Burga como si él fuera el único malo de esta historia.