lunes, 14 de diciembre de 2015

¿Sueñan los peruanos con futuros eléctricos?

El Jardín de las Delicias, también conocida como la campaña electoral 2016, pasa por un momento intenso hasta su inevitable debilitamiento navideño. Volverá con el verano, con la ENSO, y traerá más confusión y gotas de irritación. Los conjuntos están claros, las ideas no abundan, y los pequeños dramas farsescos que nos han agitado a los que estamos pendientes de ellos indican que las elecciones serán cualquier cosa, menos discusión colectiva sobre el futuro.

¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué la colección de payasos, delincuentes, cínicos e ingenuos de telenovela que pretenden ser presidentes no ofrece algo más claro sobre nuestro futuro? ¿Será que los peruanos somos responsables?

Sin duda, los niveles educativos son bajos; pero cuando escucho a miembros relativamente educados y lúcidos de la burguesía nacional pretender que Pedro Pablo Kuzcinski es un candidato viable, no puedo negar que me da risa; cuando veo a las izquierdas agitar el auto fetiche de la unidad como solución a su performance en el error estadístico, no puedo negar que me da risa; cuando escucho a César Acuña, o a Yeni Vilcatoma, o a José Luna, o a Keiko Fujimori, hablando como si fueran algo más de aprovechadores y convenidos, no puedo negar que me da risa. Como a muchos de mis amigos y conocidos, la risa es un mecanismo evasivo. En realidad me da pavor por el país.

No se trata de especular escenarios específicos, sino de preguntarse por qué estamos así, por qué somos incapaces incluso de tener un buen populismo autoritario capaz de gobernar el país por una década o dos. La historia de la región está repleta de intentos de ordenar la casa desde un proyecto nacional, en el sentido de abarcador, de una noción de qué hacer con el país en pleno, que en el Perú quizá tuvo Velasco pero nadie más: todos nuestros proyectos han sido menudos, egoístas, dedicados a hacerle mal al competidor o al enemigo o al que me cae mal, pero ni siquiera el APRA en su momento realmente masivo y popular, logró articular un movimiento capaz de empujar al país en una dirección más nacional. Los vecinos que no han tenido grandes populismos fueron de alguna manera el coto privado de burguesías nacionales más o menos organizadas, que lograron contener los conflictos de forma continua hasta que sus propias carencias los hicieron explotar (véase la gran Colombia, Chile), o pequeños casos con características particulares como Uruguay o Paraguay. Hasta Bolivia, tardíamente, reencaminó la fallida experiencia populista de Paz Estenssoro en el cocalismo indigenista de Evo Morales.

¿Qué nos ha faltado en el Perú? Velasco desmontó el viejo estado oligárquico, desinteresado en articular al país porque no necesita de él sino de sus chacras, sus haciendas y sus minas; esto lo convierte en un gobierno importantísimo, pero el problema es que no dejó nada a cambio. El vacío nos cubre desde 1975: el país no tiene ruta clara, y distintos intentos, difusos, anacrónicos o simplemente improvisados, nos agitan desde entonces. Quizá la ilusión de la macroestabilidad fiscal parezca un relato nacional, pero la prosperidad que ha traído es frágil y meramente financiera; el país sigue sin el rumbo necesario para saber qué hacer con el todo y con sus partes.

Agotado el mega ciclo de la expansión china, que ha sido tan importante como la probidad en el manejo fiscal estos últimos 25 años, la pregunta más crítica no es como crecer, sino qué hacer para que el crecimiento impida más mafias chalacas, más universidades bambas, más construcciones aisladas que no dialogan con su entorno, más alcaldes prepotentes, más precariedad de servicios que matan a los más pobres, más delincuencia desbocada capaz de todo. Ya lo sabemos, este experimento natural de los cinco lustros precedentes lo deja claro: crecer el PBI no basta para hacer un país.

Nos falta un relato nacional, nos ha faltado una comunidad imaginada. Usar a Benedict Anderson es lógico: la construcción de un estado nación a través de la secularización, del interés de las burguesías locales, del capitalismo impreso, es un proceso que se hizo evidente gracias a la agudeza, la brillantez y la economía discursiva del brillante historiador fallecido ayer, 13 de diciembre. Ese proyecto nacional del siglo XIX que no floreció, que nunca logró cubrir el país y que murió en la guerra del Pacífico, nunca fue reemplazado sino por rentismos varios y desprecio por los compatriotas; los que siguen pensando que Velasco fue lo peor que le pasó al país sigue despreciando la evidencia que el Perú no era un país funcional en esos años, y optan por mirar a Lima u otras zonas urbanas como paraísos donde todo estaba en su sitio y era tranquilo: la clásica mirada reaccionaria. Pero desde las izquierdas, que siguen soñando en movimientos que vendrán a acabar con la explotación, la opción es ser reaccionarios desde el futuro: se espera que 1848 ocurra en 2018, como se esperaba que lo hiciera en 1978, 1988, y quizá 2008 (los noventas son mantequilla).

¿Podremos algún dia imaginar un Perú realmente para todos, capaz de ofrecer lo suficiente a todos los distintos, diversos y divergentes grupos que lo conformamos, como para que se pueda evitar esta muerte por inundación lenta que parece tenernos atados? La historia parece decirnos que no. No tenemos un futuro eléctrico, en común, sino un futuro carente, similar a la misma farsa que ya vivimos, cuál confession dial colectivo; lastima la falta de astucia para salir de él.

Hasta que eso no ocurra, tendremos que soportar que cada elección sea peor que la anterior. Quizá Acuña sea visto en 30 años como un patricio al lado del Presidente Zumba. Quizá hayamos pasado a la historia como el país Peter Pan, que no quiso crecer y ser estado nación, hasta que nos fuimos a la tierra de Nunca Jamás del calentamiento global. Lo más probablemente, es que quienes estén por aquí se hagan la misma pregunta, la forma elegante y para adelante de la Questionem Zavalitaes(*): ¿se puede hacer algo con el Perú?

Imagino que la respuesta será la misma que ahora...




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*: Ya sé, no es latín. Es apenas una improvisación, lo que resulta muy nacional.

lunes, 9 de noviembre de 2015

La televisión y sus responsabilidades básicas

Eduardo Dargent ha iniciado, desde esahora.pe y su columna en La República, una demanda de mayor presencia de temas políticos en la televisión de señal abierta. De manera algo ligera, le ofrecí polémica, pensando en argumentos anteriores ya esbozadas por mí; pero creo que luego de algo que afortunadamente no vi, es necesario entrar al problema más de fondo para entender la cuestión específica de la ausencia de política en la televisión peruana.

Esta noche, Mauricio Saravia posteó en su cuenta de FB:

Lunes 9 de noviembre, 9:21 p.m. Panamericana TV, noticiero 24 horas. Acaban de pasar imágenes de soldados del Estado Islamico acribillando a balazos a 200 niños. 200 niños. 200 niños. A balazos. Hijos de puta. Por qué las imágenes, por qué. Métanse su "interés informativo" al culo, repugnantes seres. Maldito morbo que vende. Hay días que no se puede...

Efectivamente, los epítetos quedan cortos. ¿En qué mente puede pasar como correcto o informativo transmitir algo así? ¿Bajo qué principios incluso de rating semejante barbaridad como la cometida por Daesh puede ser reforzada, avalada, por un canal de televisión peruano?

No tiene valor informativo alguno, no tiene absolutamente ninguna importancia como testimonio de nada. Es simplemente morbo producto de una completa desaparición de sentido de la responsabilidad. Los responsables de Panamericana merecerían al menos una evaluación psiquiátrica. Ni la libertad de expresión ni nada puede servir como excusa para lo que han hecho.

Pero la pregunta es por qué lo han hecho. Más allá de los serios problemas morales de todos los involucrados, desde el que lo sugirió hasta el que decidió pasando por el presentador que lo puede tolerar, lo que queda claro es que la irresponsabilidad campea en la televisión de señal abierta. Perdido cualquier sentido de relevancia social o política, reducido todo al rating y quizá a la defensa de los intereses de los dueños y sus amigos, la televisión carece de brújula alguna que la guíe por decisiones que a cualquier otro individuo más o menos ubicado moralmente no le tomarían segundos.

Algo así no tiene ninguna razón para ser exhibido en televisión. Hacerlo es inmoral, debería ser ilegal, y tiene que volverse ilegal. No por un sentido de moral vacío; se trata de un valor fundamental, constitucional, que es responsabilidad de todos no solo respetar sino proteger: la persona es el fin supremo de la sociedad, y todo debe basarse en el respeto de este valor axiomático. Eso incluye respetar tanto a esos niños asesinados como a los televidentes que creen que van a ver noticias y terminan sometidos a un espectáculo inhumano.

Pero si los canales de televisión abdican de su primera responsabilidad, de la primera responsabilidad de todo ciudadano peruano, ¿qué podemos esperar?

Coincido con Eduardo Dargent en que la auto regulación es pura fufulla, puro sofisma sin convicción. No hay intención de hacerla efectiva. La sumisión al rating viene de lejos, es en realidad el pecado de nacimiento de la televisión, cariñosamente reforzada por la aberración perpetrada en el gobierno aprista de 2006-2011, que entregó la televisión digital terrestre a las mismas empresas que ya hacían lo que querían en la vieja señal abierta. Tenemos un páramo, creado por las transformaciones producidas por la Internet, por las miserias locales y por la cobardía de los políticos. El resultado es lo que tenemos delante, el abandono completo de responsabilidades básicas, no solo informar de política sino informar.

¿La solución? Una franja de contenidos políticos sería esencialmente un espacio entregado no a posiciones políticas, sino a intentos de difundir más y mejor contenido "de impacto", con las diferencias que existen en los distintos canales, sin duda. Sería reproducir los mismos conflictos de interés, los mismos mangoneos, la misma completa irresponsabilidad con la que se permite que en una radio un conductor popular pueda insultar o mentir, o que un supuesto periodista pueda insultar o difamar por Twitter como si no tuviera que mantener cierta pretensión de objetividad.

Entonces, y sabiendo que la regulación es complicada y simplemente inviable sin una mayoría parlamentaria realmente grande a favor de esto (lo que sería improbable incluso con un(a) presidente decente y con coraje para defender los intereses ciudadanos) solo queda exigir, demandar o quizá desear que la primacía del primer artículo de la constitución sea defendido por alguien, quizá siquiera por la sociedad civil, débil y desarticulada como lo es.

¿Se acuerdan de él? Simplísimo:  

Artículo  1.- La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado.

Por ahí se podría comenzar. No se trata de regular la televisión, sino de recordarle que tiene una responsabilidad fundamental que no debe jamás dejar de lado. Si comienzan a hacerlo, bien. Si no, habría que ponerlo en leyes o reglamentos: no se puede ofender gratuitamente, no se puede mezclar las pasiones personales o la ausencia de norte ético por encima de la Constitución Política de la República del Perú.

Luego de lograrlo --sabiendo que no hay una ruta clara para ello, sabiendo que no será fácil entre los abogados dispuestos a proteger a sus clientes, los empresarios sin sentido de país, los políticos cobardes y la ciudadanía desentendida y cínica-- podríamos pedir política en la televisión. Recién así valdría realmente la pena.

Entonces, no es tanto un desacuerdo, como un reordenamiento de prioridades. Comencemos por lo básico para llegar a lo concreto. Démosle sentido a nuestra propia Constitución, fallida, errada e inconsistente como es. Seamos ciudadanos.




sábado, 15 de agosto de 2015

Doce preguntas para candidatos presidenciales

Una de las consecuencias más contradictorias de la masificación de uso de la Internet es que cada vez es más difícil encontrar espacios de interés general en donde se traten temas a profundidad. Las viejas revistas con intención más profunda no han sobrevivido, y otras como Poder, que es muy interesante, tiene un rango amplio de preocupaciones pero un alcance relativamente preciso. Sería ideal contar con medios capaces de hacer entrevistas de largo aliento a los candidatos presidenciales, pero por muchas razones cada vez es más iluso pensar que un diario, y mucho menos un programa de televisión, hará algo así.

Sin embargo, soñar no cuesta nada. Precisamente por eso, me puse a pensar qué le preguntaría a un candidato presidencial sobre lo que piensa hacer con el Perú si ganara. Evitando las preguntas confrontacionales e incluso revisionistas (¿qué harás con tu papá? ¿cómo explicas los narcos indultos? ¿como evalúas el fin de la guerra fría? ¿cuando dejarás el otro pasaporte / volverás a vivir en el Perú?), me planteo que asuntos realmente programáticos podrían iluminarnos sobre dos cosas: qué ideas tienen para realmente enfrentar los problemas nacionales, y en general, qué ideas tienen, de tenerlas. No imagino a un Brad Pizza ni a un Kim il Mudo respondiendo ni el diez por ciento, pero la verdad me entra la duda si algún candidato ya lanzado o próximo a lanzarse tendría respuestas para la mitad. Y mi duda no proviene de asumir que mis preguntas son singularmente sofisticadas, sino de mi pobre opinión de los candidatos.

En fin, quién sabe y esto sirve para algo. Aquí van las doce preguntas, con sus ampliaciones en algunos casos:


  1. ¿Como buscaría aumentar la confianza de la ciudadanía en la policía y el poder judicial, para enfrentar a la delincuencia común? ¿Alguna medida específica pensada en este ámbito? 
  2. ¿Considera que es posible bajar el costo de las transacciones financieras, para aumentar el acceso al crédito, o cree que el mercado está funcionando en este aspecto? 
  3. ¿Debe seguirse promoviendo a los COAR, o más bien dedicar esfuerzos a aumentar el nivel general de la educación pública? 
  4. ¿Qué opina de la labor de CONCYTEC en los últimos años para promover la investigación científica y tecnológica? ¿Alguna idea de cómo mejorarlo? 
  5. ¿Qué hará para aumentar la inversión y ejecución de obras de infraestructura de transporte? 
  6. ¿Cómo fortalecerá el sector público? ¿Buscará aumentar los atractivos de la carrera pública? 
  7. ¿Cuál es su posición frente a la captura masiva de datos que realiza EEUU? ¿Y frente al uso de herramientas informáticas por parte de China para capturar datos industriales y políticos? ¿Alguna medida o política? 
  8. ¿Cuál será su política de reparaciones a las víctimas del conflicto armado?
  9. ¿Promoverá el ordenamiento territorial sistemático en todo el país? ¿Cómo?
  10. ¿Continuará la política de promoción de acuerdos bilaterales de libre comercio? ¿Considera que el sistema multilateral no tiene sentido o futuro? 
  11. ¿Qué acciones urgentes para aumentar el uso de energías renovables tiene pensadas? 
  12. ¿Considera que el Perú tiene alguna potencial amenaza a la soberanía nacional que requiera una política de defensa nacional específica? ¿De no ser así, cuál es el rol futuro de las fuerzas armadas? 
Todas estas preguntas son publicadas bajo un licencia Creative Commons que permite el uso irrestricto sin atribución de la fuente.


viernes, 31 de julio de 2015

Manual para Selfies urbanizados

El 28 de julio, fecha solemne del calendario cívico, mientras el Señor Presidente de la República daba un discursito en las escalinatas de Palacio de Gobierno, sus ministros decidieron que estaban en otra, y se conectaron con su adolescente descriteriado interior, entregándose apasionadamente a la fotografía, en particular al selfie.

¡Oh musa canta la cólera de Nicephore Niepce!  tantas barbaridades fotográficas cometidas gracias a la abundancia de dispositivos móviles con cámara, llamados vulgarmente esmarfons.

Pero lo más importante no es el raje por el raje, es el análisis. Es importante organizar las ideas y tratar de entender los procesos socio/económico/político/culturales que subyacen a las actividades cotidianas de comunicación, expresiones de las relaciones de poder, patrimonialismo, aculturación, patriarcalismo, heteronormatividad, subalternidad y re-colonianidad, a través de la subsunción del capitalismo en las formas expresivas de la cultura y el arte. En otras palabras, el selfie sirve para entender el capitalismo tardío neoliberal que nos acogota.

Entonces aclaremos que un selfie no es meramente una foto tomada con un teléfono, sino una foto que uno se toma con la cámara. Esto nos permite afirmar que en la foto de marras, aquí enlazada cortesía del decano de la prensa peruana, algunos están simplemente tomando fotos en plan de turista desubicado, mientras que solo hay uno que sí está tomándose selfies, en plural, porque siempre son varios.

Es más, lo que podríamos llamar un proper selfie (si seguimos a la Escuela de Manchester) o un egoportrait comme il faut (si optamos por ponernos lacanianos), implica necesariamente que la foto tenga como elemento predominante la carota del operador del aparato, es decir que no se vea el contexto sino el ego. Por ejemplo, un selfie simple sería una foto de alguien frente a la Torre Eiffel, donde se ve la Torre pero también en primer plano la cara del fotografiante. Pero un proper selfie requiere que aparte de la carota cubriendo casi todo, la Torre salga, digamos de la crisma del fotografiante, desenfocada, mientras que la cara salga sobre o sub saturada de luz, de manera que el resultado es espantoso desde cualquier perspectiva expresiva o artística. Es simplemente ego, sazonado con absoluto desconocimiento de los principios de la composición fotográfica. En cambio, un meta selfie es un selfie en el que sale alguien que se está tomando un selfie.

Añadamos eso que Radio Shack llama "soporte universal para smartphones", el palito para selfies, y tenemos el mecha selfie: una extensión mecánica del brazo para ampliar el rango del campo fotográfico, con lo que se produce una apropiación subjetiva del entorno a través de la unión de la tecnología y el trabajo humano, aumentando el espacio posible de explotación de lo(a)s personas, así como la subyugación ideológica propia de la reproducción mecánica de las obras de arte. Además el palito de selfies es una extensión del hombre / mujer / largo etcétera, tal como lo había planteado McLuhan, dado que permite ampliar la expresividad no solo fotográfica, sino de presencia personal: así como los banqueros ingleses usaban el paraguas para expresar su rango social, y ciertos personajes de ficción como Mr. Peel de los Vengadores podía extender sus capacidades usando una espada escondida en dicho paraguas, las personas de hoy pueden usar el palito de selfies para extender su reclamo territorial al blandir el palito de forma de dejar en claro que, cual león o perro callejero, no es posible invadir su burbuja. El palito de selfie puede ser además un añadido perfecto al atuendo del hombre moderno, de manera que uno lo lleve en la mano sin que nadie sospeche que en realidad es una cerbatana o el aparato que usó Javier Bardem en No country for old men; indispensable en estos tiempos de inseguridad.

Sumémosle el aparato mismo: para los varones, ya no se usan esas cartucheras que iban en el cinturón, que eran intentos mal disimulados de habilitar un baticinturón en cómodas cuotas. Ahora el celu se lleva en el pantalón, en otro ejemplo de extensión del hombre mcluhaniana: la virilidad se manifiesta en el bulto que deja el aparato, aunque tenga la extraña forma de algo grande pero plano. Para la mujer, el desafío es la combinación entre el cada vez mayor tamaño de los aparatos cuando se usa carteras elegantes, que pueden ser mínimas... Pronto se venderán celulares con carteras.

Lo que vemos en miles de lugares turísticos es, por lo tanto, un proper mechaselfie. En cambio, lo que ocurrió el martes fue distinto: el minselfie, que es el selfie singularmente inadecuado, tomado delante de todo el mundo y cuando se espera que uno actúe de otra manera. No hay que ser ministro para tomarse un minselfie, pero sin duda ayuda.

Entonces: si quieres estar con los tiempos y mostrar tu completo desprecio por el arte fotográfico y por tus semejantes, además de exhibir tu sumisión a la subsunción y a la explotación mecanicista de la comunicación humana, tómate un proper selfie con tu palito en pleno entierro de tu madrina, sonriendo como es lógico: proper mecha minselfie. Será un hombre/mujer/largo etcétera de estos tiempos, y algún arqueólogo, cuando encuentre tu foto en un archivo perdido allá por el siglo ILI, se reirá de ti, y a través tuyo, de la humanidad; y ni siquiera sabrá que fuiste ministro.

Extra: una buena colección de imágenes y bromas (mal llamadas memes, pero eso es para otro día) sobre el tema, en este post de La Mula.






domingo, 26 de julio de 2015

Perú 2016: seis escenarios

Buenas... como ahora también soy cientista político, y por lo tanto no sirvo para nada, he optado por intentar una quinta profesión, siguiendo los consejos de un amigo Indio: Madanmohan me decía que siempre hay que tener cinco planes de vida y el último debía ser volverse gurú. Inauguraré mis intentos de reconversión profesional con una nueva técnica de premonición llamada ευανάγνωστη οθόνη (está en griego, por si no lees griego) que consiste en ver el futuro en los patrones de vidrio trizado de una pantalla rota de iPhone (matan por esto en Silicon Valley).

Habiendo roto un par de iPhones (uno es el control, el otro es propiamente el adivinamiento), veo seis posible futuros para el Perú, que calificaré de A a F, siendo esta una escala uninominal con valores ascendentes,  donde A = el peor posible de los peores escenarios malos, y F = arcadia pero con banda ancha, y sin selfies.

Escenario A, o las siete plagas de Egipto, todas juntas pero con buena prensa: Fujimori gana las elecciones. Es decir, Keiko Fujimori gana, pero en realidad es su papi el que gobierna; es liberado por la misma Keiko el mismo 28 de julio, y desde ese momento comienza una orgía de venganzas y desquites que hace que la tercera temporada de Espartaco sea un programa para niños. Solo cuando el tercer reporte negativo de crecimiento económico es puesto en circulación, y a pesar de la reubicación de los técnicos del MEF como controladores del SNIP en Challpalca que esto conlleva, es que los medios se dan cuenta de (es decir, los operadores mediáticos de los empresarios les hacen saber a los medios que deben darse cuenta de) que la economía del país está hecha un desastre, que nos han expulsado de todos los foros posibles, que los delincuentes ni siquiera intentan disimular que lo son porque la policía solo trabaja controlando manifestaciones y cuidando casas de fujimoristas, y que el dólar está a ocho soles. Pero como la tranquilidad macroeconómica es la mejor señal para los inversionistas, solo piden el regreso de Alonso Segura al MEF. Lampadia pide represión a los antimineros, y la consigue. Perú no califica al mundial de Rusia.

Escenario B, o tal vez un par de plagas más un Niño de tres años, pero tampoco es para tanto: Keiko gana las elecciones. Su papá es liberado el 31 de julio, y enviado como embajador del Perú a Japón, mientras que Martha Chávez es enviada como embajadora a Iraq, donde logra espantar al Estado Islámico. No es un lecho de rosas pero al menos sobrevivimos (o sea, la repetición de Toledo, García II y Humala. Nada nuevo bajo el sol). La delincuencia es controlada por el método Montesinos: les pagan para que no roben. Como la tranquilidad macroeconómica es la mejor señal para los inversionistas, los empresarios consiguen que Alonso Segura siga en el MEF. Lampadia pide represión a los antimineros, y le dan un poquito; Keiko muestra su empatía yendo a consolar a las familias de los policías muertos, mientras Kenji promete encargarse él mismito de los antimineros, sin que pase realmente nada. Perú no califica al mundial de Rusia.

Escenario C, o el menos malo de los males menores siempre es un mal: gana Kuchinski. Repítase todo el párrafo anterior desde "Su papá es liberado..." (obviamente no es su papá, es el de Keiko).

Escenario D, o esto no va a pasar: gana Alan García, o Alejandro Toledo, o Julio Guzmán, o Brad Pizza. No, no va a pasar.

Escenario E, o fantasías animadas de ayer y hoy: un outsider simpático, coherente y pensante logra convocar a lo mejor de la derecha, del centro y de la izquierda y consolida un frente más o menos decente, más o menos organizado, más o menos eficiente, que logra un gobierno más o menos pasable. No es que todo se arregle pero como que nada empeora y sobre todo, queda claro que es posible gobernar al Perú sin ser un delincuente, la hija de un delincuente (encima traidor, asesino y cobarde), o un incapaz desubicado. Levitski la califica como la coalición paniaguista aggiornada, lo que suena a premio Nobel para dicho outsider, quien naturalmente sabe quién es Levitski (si tú, desavisado(a)(e)(i)(u) lector(a)(e)(i)(u), no sabes quién es Levitski, nada puedo hacer por ti). Lampadia pide represión pero no le hacen caso. Los medios deciden ser ecuánimes y hasta objetivos. La delincuencia disminuye un poquito y deja de organizarse en mafias, aunque no desaparece ni mucho menos. Fujimori culmina su condena, o fallece en la cárcel, y nadie lo recuerda el 2021, y ciertamente Keiko descubre los placeres de la vida suburbana en Iowa o Montana. Toledo dice que el 2021 sí la hace.

Escenario F, o fantasías lisérgico-ayahuasqueras: gana la nueva izquierda. El Perú se convierte en la Arcadia juvenil, un paraíso pastoral sin minería contaminante, sin delincuencia, sin dólares y democrática hasta el tuétano: todo se decide por consenso logrado en asambleas de base. La productividad aumenta gracias al aumento de salario mínimo a niveles escandinavos, logramos consolidar un modelo de desarrollo basado en energía no contaminante y hasta revertimos el cambio climático. El 28 de julio de 2021, Verónika Mendoza le entrega el mando a una lideresa cajamarquina que todavía no ha comenzado a hacer vida pública, pero que los medios, ecuánimes, democráticos y sobre todo imparciales, han destacado por sus méritos y no por su apariencia o su capacidad de hacer comentarios provocadores. Lampadia se inmola en el altar de la nueva democracia no sin antes reconocer sus pecados antidemocráticos (además se queda sin plata porque no hay minería contaminante que la financie). Perú se queda por poco y su ausencia en el Mundial de Rusia es atribuida a los rezagos del pasado: para Qatar 2022, pero sobre todo para Australia 2023, y gracias a las políticas de paridad de género, ¡vamos por la copa!

En fin: si has llegado hasta aquí, querido lector, querida lectora, queride lectoru (largo etcétera), dejo en tus manos la elección del escenario más plausible, aunque imagino que ya discerniste que esta escala va de más a menos en cuanto probabilidad...


viernes, 22 de mayo de 2015

El trencito chino y las nuevas formas de colonialidad

Un titular delirante de La República me deja pensando. La propuesta de tren "transoceánico", del que se dice que unirá Brasil, Perú y China (asumo que por un tunel submarino pendiente de ser inventado) es presentada neutralmente, como algo interesante y, al carecer de críticas, positivo. Puedo imaginar que como cualquier mega-obra será visto como algo bueno para el país, desde la derecha empresarial que ve la inversión como la única ruta para el futuro, como para el sentido común general, que más o menos piensa lo mismo.

El tren en cuestión pasará a través de la selva, por Pucallpa hasta Tingo María; luego subirá, cual Carretera Marginal, hasta Tarapoto, y de ahí saldrá a Bayóvar pasando por la calma Chachapoyas y por el cafetero Jaén. Integración transversal y todo lo demás.

¿Fantástico? No sé. La experiencia de la carretera interoceánica no me da mucha esperanza. Fue hecha para facilitar el transito de bienes y personas de Brasil al oceano Pacífico, no como componente estratégico del desarrollo peruano. Leer siquiera por encima este panegírico oficial resulta interesante sino deprimente: laissez faire en acción, la carretera haría magia y le daría el equivalente a las corvinas nadando con su limón a los habitantes de la zona de impacto directo de la carretera. Ahora tenemos que quizá el mayor impacto sea el abaratamiento del funcionamiento de la minería ilegal en Madre de Dios, que es un desastre de marca mayor. Eso más otras obvias consecuencias: basura, impacto ecológico negativo, tráfico de personas, etcétera.

Nada de lo ocurrido era necesario, pero sí previsible. El Estado Peruano aceptó la premisa propuesta por Brasil, y convirtió en prioritario el satisfacer los intereses del vecino asumiendo que los beneficios de esa sumisión al hegemón regional serían al final del día, importantes. Los costos, enormes, si fueron previstos se los ignoró, y si no, simplemente se pecó, gravemente, de ingenuidad si no de irresponsabilidad.

No hay razón alguna para asumir que someter nuestros intereses al potencial nuevo hegemón global no vaya a causar lo mismo. El ferrocarril está siendo planteado como satisfacción de los intereses de China y un poco de Brasil, con el Perú como un mero espacio que atravesar para facilitar los intercambios entre el grandazo del barrio y el aún más grandazo global.

¿Nos conviene?
¿Nos afectará? ¿Cómo? ¿Podemos prevenirlo?
Sobre todo, ¿podemos preparar al Estado Peruano para que no se haga el loco en dos idiomas sobre lo que estamos entregando a cambio de un trencito?

No digo que hay que rechazar el tren. Para nada. Pero tampoco hay que ser idiotas. Estamos permitiendo que otros nos usen para lograr objetivos que nos son ajenos, lo que a veces es la única manera de lograr que los grandazos le hagan caso a los chiquitos (somos chiquitos, hay que asumirlo: dejen la tontería de la OCDE o el primer mundo un rato en paz, por favor). Pero ser buena gentes no quiere decir ser idiotas, y negociar simplemente bajo el principio que queremos que los grandazos nos inviten a su fiesta resultará en que cuando lleguemos, no tengamos con quien bailar y que al final tengamos que recoger la basura de los grandazos, y la nuestra de paso.

En estos tiempos, la colonialidad no es como era antes... ya no se trata de apropiarse despóticamente de un territorio, de imponerle sistemas de creencias y someterlo con violencia. Ahora se trata de forzar leyes con nombre propio, de hacer que atraquemos a algo como si fuera lo mejor para nosotros, que aceptemos que no tenemos futuro sin someternos de manera fundamental e ideológica al desarrollo ajeno como ruta al nuestro. La colonialidad es infraestructural, no despótica: que China haga el tren que le conviene y que nosotros lo festejemos como si lloviera maná del cielo es permitirnos el lujo de olvidar lo aprendido y aceptar que no tenemos capacidad de pensar nuestro país como algo que no sea un adjunto de poderes lejanos. Subditos coloniales del nuevo milenio.

Sería ideal que hubiera algun político, algún líder de opinión, alguien, que pudiera decir "¿qué hay para nosotros en esta vaina del tren?" Ni siquiera es territorio nuevo: ya vimos lo que pasó en Madre de Dios. ¿Queremos que se repita en Ucayali?

jueves, 7 de mayo de 2015

De pulpines e indignados: una opinión sobre el fin sin inicio del poder en red en el Perú

Publicado originalmente en Ideele 249.

Las movilizaciones contra la “ley pulpín” produjeron entusiasmos varios: interpretadas como una señal de renacimiento político de la juventud peruana, y como una esperanza de renovación de los liderazgos de izquierda, algunos comentarios además las vieron como expresión local de los movimientos internacionales agrupados bajo el nombre de “indignados” o similares a las varias primaveras árabes: jóvenes movilizados digitalmente, organizados de manera horizontal, dispuestos a recrear la política desde su experiencia conectada y conectante.

Unos meses después, el panorama pre-electoral parece desolador: entre los viejos y los nuevos nombres, no parece haber nadie que no represente formas antiguas de entender la política, ni nada parecido a un posible liderazgo reformista, para no soñar con revoluciones, que impida que terminemos bajo más de lo mismo. Las disputas políticas son más de cómo hacer para que el modelo siga funcionando, con ilusiones como “ser país desarrollado” contrastadas con la constante carencia de funcionalidad elemental del estado.

¿Qué pasó? ¿Cómo así es que la intensidad de las protestas se difuminó para ser reemplazada por politics-as-usual? Acaso la tremenda fragmentación política, la crisis de representación, la fundamental indolencia del votante promedio convencido que nadie le puede ofrecer algo mejor, etcétera. Pero me permitiré postular que no estamos ante el fracaso de las movilizaciones para crear una forma alternativa de política, sino en que el análisis que les atribuía ese potencial estaba fundamentalmente equivocado.

Se propuso que el movimiento creado por el rechazo a la ley fue, por un lado una movilización de jóvenes que encuentran la necesidad de hacer política; por otro, reflejo de una transformación social que está en la base de movimientos similares, en donde gracias a cambios fundamentales en la manera como se puede pasar de comunicar a hacer, nuevas formas de acción colectiva emergen y es posible prescindir de mecanismos tradicionales como los partidos y los liderazgos tradicionales. La glosa que Nelson Manrique ofreció de las ideas de Manuel Castells sirve como introducción a las ideas tras esta mirada de los movimientos que el catalán llama “redes de indignación y esperanza”.

La primera premisa puede ser sostenible como hipótesis, pero hacer política puede ser la simple reivindicación de intereses y no la transformación de la sociedad; es sabido que la izquierda peruana mezcló esas categorías cuando asumió que existía un germen revolucionario en las organizaciones de base que en los ochenta parecían conducir un proceso social radicalmente distinto al orden burgués, pero que se desvanecieron por completo cuando los vientos politicos cambiaron en la década siguiente. Digamos que el grado de “politicidad” del movimiento juvenil que yace tras las movilizaciones está por establecerse.

La segunda premisa postula una idea que no es nueva: Anthony Giddens habló, a la vuelta de siglo, de un centro radical que impulsaba una sociedad civil global. Esta noción se monta con facilidad sobre los conceptos de sociedad red de Castells, y resulta en un tejido mundial relativamente tenue pero amplio de personas con interés en temas políticos, a partir de su conciencia sobre la manera como el mundo funciona, no desde una mirada local sino global, con una agenda forjada en los issues que nos afectan a todos. Es también parte de una mirada postmaterialista, propia de sociedades en donde las necesidades materiales no son la prioridad y que incorporan valores de solidaridad ampliada que incluyen la ecología, el respeto activo de la diversidad, Las redes creadas por la conversación global permiten que los distintos activismos se propalen y se imbriquen local y globalmente.

Evidentemente estoy simplificando: no pretendo reemplazar ni la lectura de Castells ni la glosa ya mencionada; pero sí quiero rescatar que tras la idea de poder-red (network power) yace una mirada más allá no solo del estado nación como espacio de hacer política, sino de la sociedad tradicionalmente anclada en una polity, sometida al poder estatal y articulada internacionalmente por reglas económicas negociadas en espacios transnacionales y multilaterales. En otras palabras, una organización social que puede trascender la globalización de doble candado: el candado formal de normas y acuerdos multilaterales que consagran el candado latente pero no menos importante de las prácticas sociales y culturales a las que las élites tienen acceso, y que hacen tan atractiva a nivel personal a la globalización. A través del poder-red, los ciudadanos logran romper las limitaciones de las polities basadas en estado-nación para cambiar localmente primero, pero articulándose a una agenda global.

Estas ideas son valiosas pero no son evidentes en sí mismas, ni aceptadas por muchos de los dedicados a la reflexión sobre la globalización. Esto no impidió que Castells, en lo que tal vez sea el caso más impresionante de post hoc, ergo procter hoc de las ciencias sociales en las últimas décadas, propusiera que la coincidencia temporal entre los movimientos de indignados / occupy con la primavera árabe no era más que la manifestación del surgimiento político de grupos que buscaban cambiar el sistema político/económico por algo más democrático y justo; y que el elemento definidor de este surgimiento político era no solo el uso de medios sociales para catalizar y articular el movimiento, sino que ese uso de medios sociales era expresión de una nueva forma de poder, centrado en el potencial comunicacional de los medios digitales y de las redes que se formaban en ellos. Sin duda, no pretendía que fueran movimientos idénticos, provenientes como lo eran de realidades muy distintas; pero sí se imaginaba que el cogollo de los activistas en ambos casos, respondía a este modelo de ciudadano altamente conectado, conectante, capaz de programar redes y de conmutar entre redes, que Castells considera como la base de la resistencia al poder más tradicional en la sociedad contemporánea.

El problema con la reflexión de Castells es doble: por un lado, sobreestimar la escala del cambio, si fuera tal, puesto que los números indican que los ciudadanos que responden y que reflejan los valores de una sociedad en red global son minoría incluso en las sociedades de mayores ingresos; esto implica un segundo error, que sería caracterizar como “conciencia política en red” a lo que no sería más que la participación como consumidor en redes globales de circulación de bienes culturales. En otras palabras: que se usen los medios digitales globales no quiere decir que se tenga valores de sociedad en red.

Esto llevaría a plantearse otras explicaciones para tanto la primavera árabe como los movimientos de indignados: agotamiento de modelos políticos (el autoritarismo más o menos secular en una zona atravesada de propuestas de inspiración religiosa para la primavera árabe; el pacto económico pos-guerra fría que congeló la iniciativa de los partidos de izquierda y creo un solo modelo de desarrollo en los países desarrollados), crisis económica, y sin duda, catalización acelerada de interpretaciones colectivas a través de medios que privilegian la velocidad y la apropiación de los contenidos que circulan en ellos.

No hay que despreciar el potencial de los medios sociales, como Facebook, para incrustar y dar valor de sentido común a una idea entre los miembros de una red. Cualquiera que haya usado “el feis” sabe lo fácil que es convertir una idea en el tema del día, y cómo la sensación de unanimidad que se produce en una red social determinada (es decir, en la trama de relaciones sociales de las que uno es parte) no es más que una ilusión cuando se sale de esa red social y se confrontan las ideas en el mundo real. Pero ese potencial comunicativo no necesariamente crea una nueva forma de ciudadanía: el fracaso de los movimientos Ocupa es una buena señal, y su reemplazo por lo que son partidos políticos más o menos populistas y hasta caudillistas de izquierda, como el exitoso Syriza en Grecia y el potencialmente exitoso Podemos en España, da una señal de lo que podríamos llamar el potencial centrípeto del estado nación para definir el ámbito de la política, y de la forma política específica que llamamos democracia liberal como delimitador de las posibilidades de aquellos que quieren escalar las murallas del castillo para destruir el ancime regime.

Todo esto explica entonces lo que podríamos llamar el éxito inevitablemente limitado de los “pulpines movilizados”: usando medios digitales para articular y rebalancear el mensaje político que se quiere proponer, salen a las calles y enfrentan a una clase política completamente carente de convicciones y de fuerzas reales, que puede ganar elecciones pero no movilizar a sus votantes para nada más. Como recuerda el mismo Castells, el poder es relacional: se ejerce contra alguien. Cuando el adversario es fundamentalmente débil, es posible forzarlo a ceder. Pasa todo el tiempo en el Perú, y quizá la diferencia fundamental entre los pulpines y el resto del país es que al ser en Lima, la atención mediática y política fue rápida y no tuvo que agravarse el conflicto, hasta el costo de vidas, para lograr el objetivo.

Pero que hayan usado medios digitales no hace que se trate de poder-red; que se trate de jóvenes no los convierte en actores políticos sino en un movimiento reivindicativo; que se parezca a las posiciones de izquierda no crea un mensaje unificador para la misma; y sobre todo, una golondrina exitosa no hace un verano electoral: las grandes mayorías que elegirán a quién detentará el poder no participan ni están interesadas en dejarse llevar por un movimiento tan preciso.