
No se trata solo de escala, o de arquitectura. Sao Paulo es la prueba más contundente del poderío de Brasil, no el de ahora, el de hace rato. La Avenida Paulista, por ejemplo, con sus impresionantes edificios de varias décadas pero con retazos de su ambición palaciega, con un bosquecito nativo, con un museo de clase mundial, y también con pobres en los rincones esperando la noche, con tienditas baratas, para los precios brasileros al menos. Los contrastes del poder desborda

Claro, decir que se conoce Sao Paulo es como decir que se conoce el mundo: una ciudad de esa magnitud no puede si no dejar impresiones. Habiendo ido ya cuatro veces, tengo más de una impresión, pero no creo que ni viviendo en ella podría conocerla.
¿Es el idioma? El portugués es hablado de muy distintas maneras en Brasil, para no hablar del incomprensible dialecto que usan en Portugal; la experiencia de ver un noticiero por Globo es completamente ajena al incesante murmullo, incomprensible en su musicalida

¿Es la comida? A pesar

¿Es el aire? Sao Paulo tiene ráfagas de viento muy fuertes, tiene sol pero su invierno e

¿Es el tiempo? Los paulistas bromean, apenas, y aseguran que ellos son los que trabajan en un país de relajados. Lo cierto es que si trabajan es cuando tienen oportunidad. Creo que trabajan con intensidad y pasión por dos razones: porque los brasileros son intensos y apasionados, y porque no saben si podrán trabajar al día siguiente, o cuántas horas podrán hacerlo. Suena melodramático, pero ambas afirmaciones tienen su lógica detrás.
La pasión brasilera se constata cuando uno ve a una persona conversando con otra en la calle, y se imagina una disputa vital, un argumento de fondo, un debate de amantes, para solo descubrir que uno le pregunta por una dirección al otro. Todo se acompaña de una gesticulación italiana y una gestualidad facial francesa, y se matiza con la capacidad brasilera para ignorar el entorno y actuar como si el mundo no existiera: en plena hora punta, con gente corriendo a toda velocidad para alcanzar el repleto vagón final del metro, una pareja no se suelta de las manos en la escalera mecánica, impidiendo que los demás avancen. La pareja, al menos en la Paulista, bien podría ser homosexual: desde Amsterdam no veía tantas parejas del mismo sexo actuando como enamorados en las calles, tomados de la mano mientras ven tiendas.
La inseguridad sobre el mañana no es ontológica, es práctica: al salir del más bien modesto Guarulhos, el taxista anuncia con simpatía pero sinceridad: "de una a tres horas" para llegar al destino. Llegamos en cincuenta minutos, y el taxista nos explicó que en realidad, "nunca se sabe". Así es: nunca se sabe. Sao Paulo vive al límite, justo a tiempo del colapso, justo antes del abismo, y no solo literalmente. Aunque la criminalidad es un problema, igual la

En fin, generalizaciones y generalidades aparte, Sao Paulo es un coloso frágil, que muestra claramente a dónde va el mundo. Las certezas organizativas, la eficiencia y la aparente prosperidad total del capitalismo occidental están siendo reemplazadas por la confusa riqueza de los BRIC, por la mezcla de eficiencia a trompicones, de pobreza evidente, de caos alrededor del cual uno aprende a moverse, de un país como Brasil. Quizá ese sea el futuro del mundo: la ausencia de claridad sobre ideales de bienestar. Brasil es uno de los polos emergentes en un mundo desbocado, en una economía global pero sin predominio de una megapotencia. Sao Paulo es un ejemplo de lo que nos espera, y un modelo de lo que podemos ser o evitar convertirnos. De cualquier forma, es un placer casi culpable.
-
No hay comentarios:
Publicar un comentario