martes, 14 de agosto de 2012

Sueños olímpicos

El principio mismo de los juegos olímpicos, desde que fueron inventados por los griegos, es que la mayoría mira como una minoría hace maravillas. Gracias a la tecnología, cada vez podemos mirar mejor, aunque el problema, para variar, yace en la torpeza de los intermediarios entre la tecnología y nosotros. Qué desperdicio...

En el Reino Unido y en EEUU era posible ver los juegos a través de la Web, pero es un método más bien ineficiente dado que cada stream de alta calidad consume mucho ancho de banda individual; la televisión sigue siendo la manera más práctica. Lamentablemente, esto implica pasar por el modelo más difícil de cambiar, más arcaico: la narración televisiva.

No quiero hacer un catálogo de necedades, pero tanto la manada de argentinos como los pocos peruanos que tuvieron el privilegio de participar de las transmisiones mostraron en demasiados casos el peor defecto del comentarista televisivo: creer que son chistosos. Más grave aún, ignoraron lo más importante que nos ofrecen los juegos Olímpicos: la contemplación de la perfección. Baste un caso de lo que nos perdimos...

Jessica Rossi tiene 20 años, es una tiradora italiana en tiro con escopeta, foso olímpico. De 100 disparos, acertó 99. La prueba consiste en que le lanzan un plato que puede salir hacia su izquierda o derecha, aleatoriamente. Lo que logró fue impresionante y casi perfecto. Es la razón de ser de los juegos, y afortunadamente lo pasó ESPN; no tengo idea si la televisión local lo hizo, pero no quiero imaginar el tipo de bromas ignorantes que pueden haber acompañado la transmisión. En ESPN hubo un respeto mezclado con algo de ignorancia, sin llegar a admiración, por lo que estaba pasando.

En medio de la inmensa oferta deportiva, se pierde con facilidad momentos como ese. Una prueba más en un deporte más. Como la gran mayoría de estos deportes no nos resultan conocidos, no hay una apelación emocional inmediata a la grandeza que alcanzan los medallistas, y entonces quedan casi como pruebas de circo, dignas de broma, o quizá de silencio, de una cierta admiración que no termina de comprender no tanto el cómo lo hace sino el por qué lo hace. El resultado es que se pierde la gravitas, la profundidad, la grandeza del esfuerzo, del logro.

Lo más impactante de cualquier deporte yace precisamente en ese preciso instante en que de pronto, podemos asumir que alguien es sobrehumano. En que lo que está haciendo no está en una escala que podamos comprender. Para ello, debemos tener noción de escala, no solo manejo de datos ni mucho menos consciencia de las modas. Usain Bolt es un fenómeno, pero en el relevo 4x100, la antepenúltima prueba atlética de los Juegos de Londres, el comentarista de ESPN insistía, con razón, que lo más impresionante no había sido Bolt sino Yohan Blake, el tercero, que quebró la línea del relevo de EEUU y le permitió a Bolt llegar primero con buena luz sobre sus rivales; un tercero no tan extraordinario como Blake no habría creado el espacio para el lucimiento de Bolt.

Entonces, ¿dónde estaba la gloria? ¿dónde aparecía lo sobrehumano? Valorarlo requiere saber de deporte en un sentido más integral que solo entusiasmarse por lo que estás viendo. Requiere esa gravitas que parece ser completamente lejana a los comentaristas deportivos locales, por ignorancia pero más todavía, por opción: ha decidido que el deporte es una ligereza que solo agita el espíritu de la manera más banal posible, salvo cuando juegan los equipos peruanos que importan. La pasión por el logro sobrehumano es dejada de lado por la emotividad tribal de la hinchada.

Ambas tienen lugar, pero lamentablemente en el Perú, la emotividad tribal es lo único que existe. Y ahí está el problema, lo que le falta a la cobertura deportiva más allá del julbol. Más que tecnología, más que datos, lo que quisiera para el 2016 es lo que Rudolf Otto llamó, en otro muy distinto contexto, lo numinoso: la experiencia no-racional y no-sensorial o el presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad personal. Un entorno televisivo en donde se alimente nuestra capacidad de asombro, de admiración, de simple desconcierto ante los logros de seres humanos que no lo parecen. Trascendencia, que le dicen.

Eso, o una señal limpia, sin comentarios. Para banalidades, prefiero consultar la wikipedia mientras percibo, siquiera vicariamente, el ambiente olímpico. Lo demás no vale la pena.

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2 comentarios:

Enrique Prochazka dijo...

Chuma! Citar a Rudolf Otto en ese contexto!! Bienvenido. Me hubiera gustado leer tu post en su debido momento. Pero mejor tarde que nunca... Seguiré poniéndome al día. Un abrazo, E

Eduardo Villanueva dijo...

Bueno, esas lecturas que marcaron la juventud deben servir para iluminar la experiencia siempre. Lo que además debe ir acompañado del agradecimiento debido a quienes las "introdujeron". O sea, gracias :)