jueves, 23 de diciembre de 2010

Una noche en Heathrow (parte 2)

Heathrow es un aeropuerto singular. Relativamente cercano a la ciudad de Londres, tiene solo dos pistas pero cinco terminales, algunos muy lejanos de los otros. Fue creciendo en movimientos y pasajeros poco a poco, hasta que la expansión económica de la década de 1980, justo con la privatización de British Airways y la desregulación del tráfico aéreo en los EEUU se combinaron para multiplicar los vuelos hasta niveles insostenibles. Por su posición, es un perfecto punto de interconexión entre Europa, Asia y Africa y Norteamérica, por lo que mucho de su tráfico es tránsito. Los primeros tres terminales, construidos en un estilo discreto y poco funcional propio de los cincuenta, dejaron de ser suficiente para 1970, y el terminal cuatro, ligeramente al costado de los tres terminales centrales, se inauguró con la noticia que era necesario construir otro terminal. El terminal cinco, una obra de arquitectura espectacular, se inauguró el 2008 y solo es usado por British Airways; está a más de quince minutos en bus de los demás terminales, entre las pistas de aterrizaje, demostrando lo sobrecargado que está un aeropuerto que simplemente es demasiado grande, demasiado complicado y demasiado usado como para sobrevivir a una mínima crisis. A pesar de la existencia de otros cuatro aeropuertos a distinta distancia de Londres, cuando se quiere ir a la ciudad el aeropuerto preferido, por cercanía y un extrañísimo cachet, es Heathrow. Y hacia allá voy.

La estación de llegada del Heathrow Express no parece particularmente atareada, salvo por los inevitables casos de viajeros que no se ubican. El largo, larguísimo pasadizo que lleva de la estación a los ascensores tiene más basura tirada de la que uno esperaría, pero todavía nada serio. Tomo el ascensor, y al salir de él descubro el caos: la cola para bajar es inmensa, fácil 400 personas tratando de tomar uno de los cuatro ascensores, más otras 100 intentando comprar sus boletos en las máquinas expendedoras. Se sigue caminando y el desorden aumenta: la basura no solo abunda, sino que está acumulada en grupos, donde es obvio que los viajeros frustrados han tirado lo que les sobraba; carritos de equipaje dejados en cualquier sitio, personas sentadas sin cara de estar precisamente ciertos de qué hacer, y el agua, es decir la nieve que arrastrada por los viajeros comienza a deshacerse y mojar todo a su paso.

Finalmente, tras otra subida más, se sale de la estación a la entrada de la terminal 3, que no es mucho más grande que el Jorge Chávez (como lo es la terminal 1, pero la 4 y la 5 son inmensas; la dos está fuera de servicio). El golpe de frío permite constatar que estamos bajo cero, pero no hay nieve cayendo o cosa por el estilo. Adentro, el colapso de la civilización occidental está en pleno desarrollo.

Un aeropuerto funciona porque aceptamos un contrato implícito. Nos portamos bien y nos dejamos llevar, arrastrar a los procedimientos y colas y papeleos, a cambio de ser llevados a nuestro destino. El aeropuerto es apenas un no-lugar, destinado a servir de conexión entre nuestra vida cotidiana y la excepcionalidad del desplazamiento. Este no-lugar nos obliga a someternos a una serie de cosas con las que no siempre nos sentimos cómodos a cambio de cumplir con su parte. Claro, todo colapsa cuando el aeropuerto falla, y en este caso falló por completo.

Era obvio que no estaba pasando nada, que no había movimiento de aviones en ningún lado. La gente hablaba, molesta, pero apenas si se movía en dirección alguna. Las máquinas expendedoras estaban casi vacías, las zonas de circulación comenzaban a llenarse de gente que simplemente dejaba pasar el tiempo. No esperaban: esperar es un acto consciente, un acción, porque uno literalmente cuenta los minutos, o las personas en la cola, o la secuencia de pasos a seguir. En este caso, la actitud de muchos era tan solo pasiva, inerme. Mala señal.

Finalmente, el mostrador de Iberia. Tras un largo reconocimiento visual, algo parecido a una cola se discierne; me acerco y hago las preguntas del caso, de frente en español, aquí todos o casi todos son españoles. OK, calculo que en el mejor de los casos me tomará un par de horas tener una respuesta, y me preparo por lo menos para saber qué me espera, pero no cuento con el encanto hispánico que decide que es tarde y que abrirán el mostrador a las 5 de la mañana. Mientras, jódanse. Nos dan un papelito con el número telefónico al que no pienso llamar de nuevo, y chau.

Ante la incertidumbre, dos caminos: el recomendado por el aeropuerto es simple, irse de ahí y llamar por teléfono; claro, presupone tener dónde llegar, y confiar en los teléfonos de Iberia. El camino por el que claramente parece más sensato optar es el menos racional: quedarse en la terminal, no porque el piso sea particularmente atractivo, sino porque es mejor estar cerca de algo que parece estar en condiciones de dar una respuesta, además del confort que ofrece la cercanía de gente en la misma situación. La empleada de Iberia que reparte los papeles nos dice en un tono fácilmente reconocible para cualquier peruano que "ella no sabe, pero aquí en el aeropuerto no nos van a dejar quedarnos donde estamos, así que bueno, cuestión nuestra", un mezcla de lavada de manos y amenaza no tan velada, y vuelvo a renegar el no haber sido conquistados por eficientes protestantes anglosajones. La respuesta de los varios grupos de españoles que comienzan el raje es predecible: Iberia es una aerolínea lamentable, deberían despedirlos a todos, además el aeropuerto lo han cerrado para hacer negocio, con lo que ganan del duty free se hacen ricos, etcétera etcétera. El contrapunto inevitable es una serie de risotadas y comentarios conmiserativos, muchos del tipo "si no viajo mañana pierdo el empleo". ¿Será verdad eso? ¿Tan bajo ha caído el estado de bienestar?

Tengo a una agradable pareja hispano/tejana delante mío, y una arqueóloga italiana luego de mí. Esto permite, con los primeros, el encargar el equipaje para ir a dar vueltas; con la segunda conversaciones varias, de esas que se tiene en un aeropuerto. Me alejo del mundanal ruido para apreciar el show, y no puedo no llevar mi cámara de video para captar el ambience. Como una imagen vale mil palabras y etcétera, mejor chequeen el video en YouTube.

(añado otro más)

Inevitable pensar que los estereotipos nacionales tienen fundamento. Un grupo de ingleses abre botellas de champan y se las beben comunitariamente, mientras al costado unas muchachas estadounidenses juegan scrabble; un grupo de audaces exploradores ha puesto una carpa casi al lado del lugar donde varios jóvenes varones del medio oriente compiten por lucir más platudos con su ropa de diseñador, sus comentarios sobre las millas que pueden usar para cambiar sus pasajes a primera, y su actitud general de "aquí no es donde debo estar, no con estas masas"... dos japoneses saludan mi cámara, no a mí, con señal de la victoria incluida y risitas arrochadas de por medio; gente duerme, gente toma fotos, gente compra los últimos sandwiches del último restaurant que queda abierto. Incoherentemente, American Express está abierto, con una dama de evidente origen Indio contemplando la situación con esa expresión de veterano tedio, de alguien que lo ha visto todo en su centro de trabajo.

El aeropuerto está suavemente bajo la ocupación de los pasajeros. Una señora más bien mayor ha juntado dos alfombras de business class de American Airlines, y ha acomodado sus cosas ordenadamente alrededor: parece estar recibiendo visitas; al costado dos personas duermen desparramadas sobre las fajas de equipaje del mostrador de Saudi Airlines. Las sillas del personal ha sido tomadas y están por todos sitios; las escaleras, los rincones más inverosímiles, tienen gente encima. A mi costado hay una de las mantas térmicas completamente extendida y de pronto me desconcierta una pequeña mano que sale por el costado: hay dos niños, de no más de tres años, durmiendo bajo ella.

Hay desorden y suciedad, pero un respetable caballero sikh trata de recoger la basura, sin esforzarse demasiado en llegar debajo de las escaleras mecánicas donde dos enchufes congregan a los dueños de computadoras. El equilibrio del campamento trae inevitables referencias a Cortázar, pero se siente una precariedad especial, una sensación de que en cualquier momento esto se cae, se viene abajo, la gente dejará de tratar de cumplir y podría volverse loca. La tensión no desaparece bajo el aburrimiento o las actividades comunitarias, sino que se disimula en ellas.

Pero también hay desesperanza. Los inermes, que simplemente no saben qué será de sus vidas, son claramente identificables, porque están arrinconados, miran sin ver y tienen claras señales de deterioro: ropa desarreglada y sucia, basura cerca de ellos, territorio demarcado por posesiones propias o pequeñeces recogidas del aeropuerto, como uno de los separadores metálicos que sirven para hacer las filas. Por ahí, a través de ellos, comenzará el caos si no se encuentra pronto salidas.

El personal del aeropuerto reparte colchonetas y mantas de papel platina. El propósito de estas últimas es cubrir a los muertos en caso de accidente, algo no muy agradable pero que logra poner en perspectiva la situación. Claro, se supone que son para los ancianos y niños, pero veo a muchos ancianos e incluso a respetables personas de mediana edad (i.e., yo) sin colchoneta ni frazadita y muchos chiquillos, con cara de estar ya un buen rato por aquí, bien envueltos en sus mantas plateadas, como un gigantesco chocolate en barra. Llega agua en botellas de 650 ml, agradablemente fresca, es decir puesta en la pista por diez minutos y retirada justo antes de la congelación; curiosamente la gente no se abalanza sobre las botellas.

Todos están ya listos para la noche. Es cerca de la una, y está claro que nada pasará hasta la mañana siguiente, cuando se espera que abran los mostradores de atención, y que el aeropuerto vuelva a funcionar. Así que ha llegado la hora de hacerse un rinconcito. Contra una escalera eléctrica, sobre el piso, acomodo mi equipaje, saco algo de ropa para hacer un asiento, y me acomodo. Lectura intrascendente me permite hacer que las horas pasen, mientras un grupo de ¿rumanos? (suenan a algo entre español e italiano) discuten o conversan con demasiado entusiasmo, y un grupo de chiquillas españolas, incluyendo un par que cargan un violoncello (no tengo idea por qué o para qué) conversan con risitas adolescentes de altísimo tono. Dan ganas de callarlos a todos pero solo las chiquillas reciben un sonoro "shut up!" y se van a dormir... los "rumanos" se van callando, como si estuvieran siendo atrapados por la borrachera.

En algún momento de la noche, intento dormir. Quizá llegué a la media hora, lo que es un récord similar a cuando viajo en aviones. Sorprendentemente profundo, porque cuando se arma un alboroto que me despierta siento el desconcierto típico de la interrupción del sueño REM. Algo parece que va a pasar y todos se alistan.

Lo que pasa es el tiempo: la gente se agita, se aloca, se entusiasma, pero apenas aparece un empleado de Iberia y varios del personal de tierra de otras aerolíneas, que se dirigen decididos a la pista. Alessandra, la arqueologa italiana que trabaja en Barcelona, se queja de su pesada mochila llena de libros, y poco a poco comenzamos a conversar un tanto más personalmente, un tanto más sobre qué hacemos y quiénes somos, no solo sobre la coincidencia fortuita y maldecida de estar en un aeropuerto en un mal día. Sigue pasando el tiempo mientras Alessandra me cuenta cómo es trabajar en Florencia y renegar de tanto turista; sigue pasando el tiempo y le hablo de la arqueología peruana y ella me insiste que algún día irá al Perú porque adora Latinoamérica. Cuando ya me está hablando que su verdadera pasión no es el Renacimiento sino la cultura maya, llegan más empleados de Iberia y de pronto, los mostradores se abren para el check-in, pero del vuelo que sigue al mío. Alessandra está explicándome ahora como dejó la economía para pasar a la arqueología cuando aparece, de la nada, un comunicado de BAA. Son diez para las siete, tengo más de nueve horas en el aeropuerto y he estado haciendo esta última versión de la cola por dos horas y media, y recién salta la liebre: Heathrow estará cerrado a llegadas por todo el domingo, con apenas algunas salidas, sobre todo de los aviones que ya están en el aeropuerto, tan pronto como se los pueda liberar del hielo que se ha armado a su alrededor.

Alessandra y yo nos miramos y aceptamos dos cosas: que este domingo que recién despunta estaremos en Londres, y que nuestra amistad ha terminado. Hemos sido amigos, casi confidentes, durante dos horas, mientras la conversación, primero en inglés y luego en español, nos mantuvo atentos y afables. Fuimos un hilo a tierra el uno para el otro, y un pedazo de civilización en medio del caos creciente. Pero ha terminado ese espacio y no queda más que regresar a lidiar individualmente con el desastre aeroportuario, seguir intentando llamar a Iberia y buscar un lugar donde dormir. Nos despedimos afablemente tras un rápido raje final sobre la incapacidad de Heathrow para enfrentar tan poca nieve.

El camino de regreso a la estación me confirma mi primera impresión. El territorio liberado de orden sigue sucio, sigue desordenado. La gente no parece estar particularmente preocupado sobre donde dejar su basura o donde tirarse a dormir. Finalmente la estación del tren aparece y mientras me subo a mi vagón, descubro que me duelen los brazos de tanto cargar las maletas pero que mi espalda ha recibido muy bien la noche de piso duro y frío. Ahora a buscar dónde dormir y qué hacer, mientras descubro que he perdido mis guantes y que el frío está muy duro. Paciencia pues. Al menos he sacado una historia que contar.

Londres, 21 de diciembre de 2010

4 comentarios:

Mayra dijo...

Querido Eduardo,

Es una pena que te hayas llevado tan mala impresion de Heathrow,pero si te hace sentir mejor,estuvimos peor hace dos semanas.Y es una pena tambien ,pues de haberlo sabido, te hubiese ofrecido accommodation en la universidad en la que estoy (que esta cerquisima al aereopuerto)pues siempre recibimos a familiares y amigos.No somos amigos,pero te conocí el año pasado en Cuba cuando acompañaba a mi hermana a FELAFACS y disfrutaba de mis vacaciones.Ella me recomendo tu blog,pues me encuentro haciendo una Maestria en Media Culture and Identity y realmente hay muy poca bibliografia en cuanto a nuestro pais se refiere.Si no te importa,te estaré molestando para hacerte algunas consultas.
Saludos,
Mayra.

Mayra dijo...

Eduardo,perdona,no entendi una cosa,todavia sigues en Londres?Mira,si te sirve este es mi telefono 07466831966.
Suerte,
Mayra

José Trujillo dijo...

Buena crónica profesor, ojalá no tenga que hacerla de nuevo.

Eduardo Villanueva Mansilla dijo...

Gracias Mayra. El 23 de diciembre viajé de regreso a Lima; solo fue una noche. Saludos.