martes, 11 de junio de 2013

2013 = 1984, o el Ojo que todo lo mira ya está entre nosotros


El viernes 7 de junio fue un día singular en el Perú: una victoria de la selección de futbol acompañó la denegación del pedido de indulto a Alberto Fujimori y la condena a cadena perpetua a Artemio, el último líder senderista reconocible. Pero las alegrías locales tienen que ponderarse a la luz de los hechos globales. El 7 de junio se reveló la escala del espionaje que el gobierno de los EEUU comete cotidianamente, no contra agentes extranjeros o gobiernos enemigos, sino sobre ciudadanos comunes y corrientes del mundo entero, y de su propio país. Ese día PRISM fue puesto a la luz

PRISM es un programa de recolección de datos ejecutado por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), un organismo que depende del Departamento de Defensa de los EEUU, y que tiene como tarea recoger información de señales, o SIGINT, tanto como proteger los sistemas informáticos del gobierno. SIGINT es algo que todos los gobiernos hacen, y por lo general, las leyes de cada país establecen normas claras sobre cómo realizarla. En los EEUU, donde existen protecciones constitucionales para evitar las búsquedas policiales sin autorización judicial, siempre se entendió que era imposible que los ciudadanos fueran espiados por su gobierno, de no mediar causa probable, es decir una sospecha fundada, y mandato judicial explícito. La herramienta principal usada para ejecutar PRISM tiene el coqueto nombre de Boundless Informant, (informante sin límites), y se trata de minería de datos, es decir programas que revisan abundante colecciones de datos para encontrar patrones que se consideren significativos. 

PRISM es parte de una larga tradición, iniciada en la Guerra Fría, de herramientas de SIGINT altamente sofisticadas. Una de las primeras fue ECHELON, un programa que desde al menos 2001 se conoce como la herramienta principal para extraer información de redes públicas de telefonía, enlaces de microondas y transmisiones satelitales. PRISM tiene la gracia, singular, que no se toma el trabajo de buscar información en las redes de telecomunicaciones, sino que se conecta directamente a los servidores de datos de las empresas más grandes de servicios de Internet, que son de los EEUU: Google, Apple, Facebook, Microsoft, Yahoo. AOL, y sus respectivos servicios como Skype, Gmail, Hotmail y YouTube.

¿Qué busca? Patrones de actividad que sean considerados indicativos de actividades terroristas o potencialmente terroristas. Exactamente qué es considerado como tal, es difícil saberlo porque como corresponde en los casos de inteligencia militar, nadie va a revelar qué es lo que apunta al enemigo. 

PRISM afecta pues, a todo aquel que use alguno de los servicios más populares de la Internet. Lo hace sin autorización explícita de ningún gobierno que no sea el de los EEUU, y tampoco está claramente establecido el alcance y las capacidades en juego en las normas, por lo demás secretas, que sustentan el programa al interior de la legislación de los EEUU. Fue creado en el gobierno Bush II pero continuado y potenciado en el de Obama, y es simplemente la consagración del Estado de Vigilancia más sofisticado, pervasivo, dañino y potencialmente peligroso para cualquier ciudadano del mundo que ha sido imaginado. Y todo se hace bajo el principio de proteger a los EEUU de ataques terroristas. 

La paranoia posterior al Once de Setiembre ha alcanzado escalas inimaginables. Como se reportado ampliamente, por ejemplo en el New Yorker, las agencias de seguridad de los EEUU tenían una serie de proyectos en carpeta que fueron aprobados sin mucha reflexión luego de aquellos atentados, bajo la égida de la llamada “presidencia imperial”, que considera que bajo estado de guerra, el presidente de los EEUU tiene autoridad para imponer cualquier medida que sea útil para defender al país. La definición de “estado de guerra” es entonces la clave más importante: aunque Obama ya no habla de “guerra contra el terrorismo”, la sigue asumiendo como un estado constante que amerita la vigilancia total sobre todo lo que podría ser útil, a pesar que bajo ninguna comprensión medianamente sensata, la “guerra contra el terrorismo” no es más que una extensión del trabajo detectivesco y policial que todos los Estados que alguna vez han tenido que enfrentar grupos terroristas han realizado. Dicho de otra forma: se vuelto un conflicto bélico aquello que es de origen político y de resolución policial. 

Autores como Anthony Giddens o Michel Foucault, desde las ciencias sociales, o George Orwell desde la literatura, han llamado la atención sobre la vocación de poder absoluto que acompaña al Estado moderno. Encandilados por el potencial de la tecnología, no parece haber límites al interés por vigilar y monitorear cada acción, cada potencial amenaza, sin importar el grado de intrusión o violencia que implican la vigilancia y el monitoreo. La continuidad política que va desde las búsquedas ridiculamente intensas en los aeropuertos hasta PRISM es la señal de los tiempos que vivimos: el Estado como vigilante por encima de cualquier derecho, bajo variantes retóricas del viejo “el que no la debe, no la teme”. Si un ciudadano no hace nada malo, no tiene por qué preocuparse de la vigilancia, porque no lo afectará. Solo los “chicos malos” podrían ser afectados. Pero el Panopticon digital tiene consecuencias...

Incluso aceptando esa premisa, la idea que la vigilancia no es mala si uno no lo es, es una aberración profunda. En el fondo, el Estado contemporáneo en las democracias liberales occidentales se está pareciendo cada vez más al Estado totalitario o autoritario de la vieja y para nada llorada órbita soviética: aquellos que se portan bien no tienen nada que temer. Qué importa si el principio es que la vigilancia solo tiene razón de ser cuando existe justificación para hacerla, consagrado en cientos de constituciones, comenzando por la cuarta enmienda de la Constitución de los EEUU. Lo importante es la seguridad, en manos de aquellos que sí saben qué es lo bueno y qué es lo malo. 

No estamos en un escenario de crimentales o de policía del pensamiento, quizá. Pero la actitud de fondo es muy parecida. El Estado puede y debe definir lo correcto y lo incorrecto, y vigilarnos para que estemos seguros, tranquilos y felices. Si nos desviamos, el castigo es inevitable; la garantía que ese desvío no será tolerado es la vigilancia. Ese es el Mundo Feliz que la tecnología en manos de poderes descontrolados nos ofrece. 
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Si PRISM te parece indignante, aunque no creas que puedas algo, dilo: firma este petitorio para que al menos se sepa que para muchos, en todo el mundo, la idea de la vigilancia constante es repulsiva. 

Iré añadiendo enlaces y más datos para enriquecer el artículo. Por favor, si te parece relevante, no dudes en copiarlo y difundirlo. 

domingo, 9 de junio de 2013

Universidades: las (malas) ideas en debate

Los últimos días han mostrado una pequeña guerrita de comunicados sobre el tema de la reforma universitaria, a raíz de la discusión que desde el Congreso se promueve para tener un dictamen antes que termine la legislatura. La intención de reformar la universidad peruana es sin duda valiosa y la necesidad, más o menos evidente. Las respuestas no siempre son interesantes o válidas.

¿Se investiga poco en el Perú? Sin duda. Pero eso es reflejo de varias cosas: falta de fondos, pero también una economía que no está orientada a la Innovación, sino que reproduce productos, servicios y técnicas hechas en otras realidades. La universidad no parece servir de mucho y por eso una cantidad respetable de innovaciones en el campo, por ejemplo, de la ingeniería civil, no son adoptadas por la industria local; mientras las universidades siguen investigando, a su propio ritmo y bajo sus propias premisas.

Más dinero cambiaría esto pero no haría que las universidades súbitamente se integren mejor al sistema económico / industrial del país: se requiere acciones multisectoriales para ello. Lo que menos va a servir es crear vicerrectorados de investigación como mandato legal, porque en realidad ni todas las universidades tienen que estar orientadas a la investigación, ni se requiere una estructura jurídicamente obligada para que esto ocurra. Tampoco se va a aumentar la investigación obligando que las licenciaturas se otorgen solo con tesis. Ambas banderas son enarboladas por la ANR en un comunicado publicado el domingo 9 de junio, y no tienen más basemento que la buena intención.

Lo que lleva al tema de garantizar la calidad de las universidades. La ANR reivindica ese rol para ella, pero si ven cómo "intitula" en su horrendo sitio web el comunicado que está enlazado arriba, y consideran eso como señal del profesionalismo que se puede esperar de ella, comprenderán que es como estar por lo menos desconfiados con que cuenten con la calidad para garantizar la calidad. El punto de fondo es cómo garantizar independencia, que la cuestión de la calidad sea vista ni por el poder político, que puede ser un desastre manipulativo, ni por las mismas universidades, que mucho no han hecho por el tema. Que la cosa es compleja, lo refleja claramente la indefinición de las universidades privadas del Consorcio, que incluyen a la PUCP, y que han sido capaces de preparar un comunicado en el que piden que no se cree un organismo en el poder ejecutivo, pero que no plantean entonces qué organismo, bajo qué régimen y con qué grado de independencia, debería ver el problema de la calidad.

Entonces, ¿qué buscar? Creo que mis ideas, en la medida que sean relevantes, son consistentes: ni pretender que no hay un problema, ni creer que todo se soluciona con una ley ni mucho menos con imposiciones que no reflejen la realidad. Se necesita más dinero, pero también más información. Se necesita estándares, pero sobre todo verificación que se los use. El mercado funciona, pero perversamente: la gente estudia en la universidad pero los empleadores ignoran títulos, e incluso grados avanzados, porque se sabe que no significan nada. Mejor sería que el mercado funciona al inicio del proceso, cuando se toma la primera decisión, pero eso no es fácil de lograr.

Un sistema nacional de acreditación, que no sea manejado solo por las universidades, podría ser un primer paso, y la ley podría darle la fuerza necesaria. Hay que tenerle paciencia porque sus efectos no van a ser inmediatos. Pero otra tarea sería informar: cosas tan simples como un inventario de recursos materiales y humanos, y tablas comparativas de precios formales y ocultos, serviría un montón. En el tema de investigación, más que soluciones al interior de cada universidad, un sistema nacional de investigadores que fomente la movilidad y que garantice que aquel que está calificado tenga acceso a recursos y que su status sea respetable por cualquier universidad, sería un avance, al obligar a cualquier universidad a darle las facilidades necesarias para hacer su trabajo de investigación.

¿Será posible? No lo creo. Por un lado es mover mucho el bote, y por el otro tenemos esta tradición lamentable de creer, contra lo que nos dice la historia, que la solución a todos los problemas es una ley que imponga sistemas que luego son ignorados por todos, salvo por los funcionarios que corren todo el tiempo para demostrar que el sistema existe. Soluciones más modestas a problemas concretos en vez de intentos sistémicos condenados a ser ignorados: ojalá se pudiera... 



jueves, 2 de mayo de 2013

Periodismo ciudadano, o algo así

Personalmente estoy algo cansado de la calidad de las discusiones públicas en el Perú, y particularmente de la mediocridad de la cobertura periodística. Por ello, he optado por hacer mi propio traductor. Asumo que la mayoría de reporteros quisiera preguntar algo relevante pero no puede porque los dueños del medio, o los editores que canalizan a los dueños del medio, no los dejan. Así que en homenaje a todos los reporteros serios que no pueden serlo, les pongo la versión 1.0 del traductor universal de medios peruanos. Lo que preguntan, versus lo que quisieran preguntar...



Asunto
Mirada irrelevante
Mirada relevante
Seguridad ciudadana
¿Cuántos policías hay en la calle?
¿Cuántos policías investigan crímenes?
Seguridad en el transporte
¿Se sancionará a la compañía del globo aerostático?
¿Se controlará el transporte terrestre interprovincial?
Política petrolera
¿Debería PetroPerú comprar La Pampilla?
¿Cuánto costaría habilitar otra refinería petrolera en el país y qué ganaríamos con ello?
Política económica (desde la derecha)
¡El estado no debe ser empresario!
¿No tendríamos que estar reformando al estado para que funcione bien antes de afirmar nada?
Política económica (desde la izquierda)
¡El estado debe ser empresario!
¿No tendríamos que estar reformando al estado para que funcione bien antes de afirmar nada?
Política en general
¿Qué ha dicho Nadine?
¿Por qué diablos alguien sin cargo ni responsabilidad habla como si tuviera cargo y responsabilidad?
Política de defensa
¿Por qué hay un regreso caleta del servicio militar obligatorio?
¿Cuál es la política de defensa del Perú, y cómo se justifica que necesitemos tantos reclutas al año?
Cultura y espectáculos
¿Ya probó el pisco sour?
¿Qué se siente ser un has-been que vive de dar conciertos en países que nunca pudieron pagarle para venir cuando realmente era una estrella?
Política comercial
¿Cuánto pisco vendemos?
¿El gobierno piensa explicar por qué firmará el TPP?
Elecciones 2016
¿Nadine postula?
¿Algún candidato plantea algo nuevo?

lunes, 29 de abril de 2013

Mala leche o, mejor ir a la fuente

¿O sea que Harvard "elimina-la-leche-y-demas-lacteos-de-guia-de-alimentacion-saludable"? Sí claro.

Como dice La Mula o Terra, "La Escuela de Harvard de Salud Pública eliminó la leche de su guía de alimentación saludable, llamada Healthy Eating Plate, sustituyéndola por agua, preferentemente."

¿Pero qué dice Harvard?

Calcium is important. But milk isn’t the only, or even best, source.

  O sea... la discusión es sobre el calcio, por lo que es algo difícil que el agua reemplace a la leche en esta conversación.

Lo que dice en dos sitios distintos la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard es que no se sabe cuánto calcio se necesita, ni si tomar leche sea la mejor fuente, y que "Because of unresolved concerns about the risk of ovarian and prostate cancer, it may be prudent to avoid higher intakes of dairy products."

En un sitio aparte, Healthy Eating Place, recomiendan tomar agua con las comidas en vez de leche, como medida general, dado que esto es un hábito común en los EEUU.

En resumen: la leche y los productos lácteos no deben ser consumidos de manera excesiva porque no son necesariamente la mejor fuente de calcio y encima, pueden traer muchos problemas. Ergo, mejor bajarla con la leche. Pero esto se refiere a adultos, y asume un consumo significativo de lacteos aparte de la leche.

Los resúmenes locales, en cambio, sobre simplifican. Para variar.

¿Recomendación? Esos artículos traducidos suelen ser malas copias o citas mal hechas. Si se dice algo sobre alguien, vayan a la fuente, no le hagan caso a Terra, o La Mula. Lamentablemente, apenas glosan lo que encuentran en vez de revisarlo y entenderlo.

viernes, 26 de abril de 2013

Breve apostilla a las apostillas sobre Asu Mare

Mi posición frente a la película es simple: mi opinión difiere de mi juicio profesional que a su vez apunta en la dirección del debate más que al fenómeno social.

¿Mi opinión? No me interesa la película. Cuestión de gustos. No tengo opinión sobre aquellos a los que les gusta o no. Eso es cuestión personal y la verdad me parece irrelevante debatir por qué tendría o no que gustarte o disgustarte una película.

¿Mi juicio profesional? Como no la he visto, ni la veré, es de oídas, pero es más o menos claro: es una película comercial, que explota la popularidad de un personaje conocido, y que ha sido hecha para satisfacer a los consumidores que quieren satisfacer las expectativas puestas en el personaje. Entretenimiento pop, de factura débil. Miles de películas han sido hechas y serán hechas bajo esas premisas y algunas serán exitosas y otras, no. Y el éxito a veces será reflejo de claridad de propósito y buen trabajo, más allá que nos guste o no el producto final. Sin duda, y aquí viene la parte más profesional: los tropos que sostienen el éxito de la película son significativos en el contexto actual, pues van desde la vieja idea crítica del Perú hasta nociones más contemporáneas sobre el éxito de los emprendedores que bueno, no tienen tanto que ser verdad para ser reconocibles y populares. Por ahí va la cosa más interesante y que merecería análisis cuidadosos.

Asu Mare no pasará al panteón de la comedia, eso está claro. Pero es un gran éxito, eso también está claro.

Sin embargo, el debate es sugerente: no se trata realmente de si es buena o mala, si no de si está bien o mal dejarse llevar por la masa y consumirla. Es decir: la discusión sobre la calidad de la película no existe, lo que hay es una densa y desproporcionada discusión sobre las razones para apoyarla o despreciarla, las que de alguna manera reflejan dos posturas frente al Perú de hoy: el marquismo y el horribilismo.

El marquismo es lo que convierte a Marca Perú en un éxito local: el Perú es lindo, tenemos cosas maravillosas y por eso los extranjeros vienen, porque nos quieren. Estoy exagerando, pero esta versión exagerada recoge una mezcla algo mal procesada de provincialismo (no conocer lo suficiente el mundo como para creer lo que nos decimos entre nosotros sobre nuestra propia importancia) con  sentimentalismo melodramático (¡quiero que me quieran! ¡queramosnos todos!). Asu Mare es buena porque es peruana y le gusta a los peruanos y si no te gusta o no entiendes el Perú o eres antiperuano.

El horribilismo es lo que desprecia todo lo que encarna el éxito de los últimos 20 años. Todo es malo pero no solo porque sea feo o chusco, sino porque es inauténtico. Se basa en la ignorancia, en el consumo barato y en el abandono de lo que define a la peruanidad, que es casi sinónimo con el pueblo (aunque no sea tan fácil definir qué es el pueblo). El éxito es casi malo salvo cuando es en mis términos, y la relación con empresas lo peor. Añadase una cuota de indignación casi torquemadiana. El resultado es una crítica que más allá de lo que dice tiene la tarea de condenar, de fulminar y de separar lo bueno de lo malo. Los que deberían entender y no entienden merecen el ostracismo cultural, el hoi polloi habrá de ser educado pero por ahora merece ser ignorado.

Estas dos posiciones han aflorado de tal manera en el debate sobre Asu Mare que resulta casi imposible pensar en la película por ella misma, sino como reflejo de posturas más severas y grandes. Asu Mare encarna el debate sobre lo que debería ser el Perú, pero de la forma más maniquea posible. Un debate que no esclarece nada ni sirve para entendernos mejor, sino para aumentar el ruido desde cada una de las posturas trivializadoras sobre el país.

Igual: no voy a ver Asu Mare, pero me gustaría que alguien que sí quiera verla tratara de explicar mejor como se conecta con el Perú de 2013, y no solo con los debates y posiciones caricaturescos que abundan en nuestra esfera pública.

martes, 23 de abril de 2013

En el día del libro, pensando más allá del libro

En 1485 el dueño de la primera imprenta de Inglaterra, William Caxton, publica una recopilación de historias artúricas hecha por Thomas Malory, bajo el arbitrario título Le Morte d’Arthur. El texto no estaba en francés ni trataba solo de la muerte de Arturo, sino que recogía la totalidad de la materia de Bretaña, la summa de la temática de la Mesa Redonda, la parte celta con la cristiana más historias complementarias como Tristán e Isolda; algo aportó Malory, que decidió añadir detalles y colorear personajes. Le Morte d’Arthur de Caxton fue considerada la versión “oficial” de la creación de Malory hasta que se descubrió en Winchester un manuscrito que mostraba una organización distinta y un título diferente, entre otros cambios. El libro original terminaba siendo una versión posible de una historia que a su vez era el re-contar de muchas otras historias, y que a su vez permitió muchas otras historias, como las de Mark Twain, John Steinbeck, Bernard Cornwell y Monty Python.

Ciertamente, Malory, quien murió aproximadamente 14 años antes de la publicación de Caxton y que no se benefició en nada por su labor, escribió su texto en el tiempo primordial del libro como lo entendemos hoy; sería impensable un proceso tan caótico, en manos del impresor, en la actualidad. Asumimos que el libro, como objeto, es lo mismo que el libro como narrativa, como expresión de ideas articuladas por autores con un propósito concreto. Esas nociones de coincidencia entre el objeto y el contenido son contemporáneas, y nos llevan a pensar en el libro como un producto concreto y determinado.

En realidad, esta noción no solo es reciente, sino discutible. Toda tecnología, y el libro contemporáneo es el resultado de una tecnología concreta, es más que solo los dispositivos que usamos, sino la manera cómo los creamos y los usamos y lo que se llama los arreglos institucionales, la manera como creamos mecanismos de producción y consumo de los productos de dicha tecnología.
Para Caxton, recogiendo el trabajo de Malory cuando el libro era algo nuevo y difuso, el producto final fue el resultado de ciertas limitaciones y posibilidades que esa tecnología emergente, la imprenta, le daba: un formato, una longitud, un estilo de poner el lenguaje escrito que todavía estaba construyéndose. De la misma manera, cuando pensamos en un libro ahora pensamos en formatos, longitudes, posibilidades de alcanzar ciertas audiencias, y sobre todo maneras concretas de contar historias, de crear narrativas. El objeto resultante resulta de esas limitaciones, que son las reglas de juego que la creatividad debe aceptar, poniéndose al servicio de esas posibilidades.

Si Le Morte d’Arthur es el resultado de las posibilidades que la época le ofreció a sus creadores, ¿cuáles son las posibilidades y limitaciones que nuestra era ofrece a potenciales autores? Acostumbrados a pensar al libro como unidad de forma y fondo, no podemos negar que el surgimiento de medios digitales tan variados como el pdf, las tabletas multimedia o la simple pero poderosa Web ofrece oportunidades radicalmente distintas, tanto en modelos comerciales como estructuras narrativas: podemos cambiar la manera de contar historias, de distribuirlas, incluso de ganar dinero con ellas, como fue con el cine, la radio y la televisión,
Aislados unos de otros, los medios de comunicación masiva competían mínimamente y a veces se complementaban con el libro tradicional. Ahora resulta que podríamos imaginar un mundo mucho más rico, mucho más complejo y finalmente mucho menos fácil de aprehender, en el que las formas pueden ser múltiples, superpuestas y fluidas, por lo que no podemos facilmente optar por una forma frente a otra.
Esto no quiere decir que el libro como unidad de fondo y forma tiene que desaparecer, pero tampoco que es lo único que puede existir para cierto tipo de narrativas, porque las ideas e historias que solo entraban en un libro ahora tienen más espacios para explorar. Podemos aventurarnos con formatos distintos porque las posibilidades tecnológicas existen; al mismo tiempo, la diversidad, la dispersión de opciones, pueden ser entendidas como oportunidades para la confusión. Podemos hacer muchos intentos y equivocarnos ampliamente; podemos quedarnos en la forma tradicional y optar por seguir contando las historias como siempre. Algo nuevo, inevitablemente, aparecerá en el futuro mediato, alguna nueva y maravillosa forma de contar. 

En el proceso, no solo se transforma la agencia individual: los lectores, o autores, se ven ante dilemas complejos sobre cómo crear o leer, qué narrativas acoger y qué objetos preferir; pero las instituciones tienen que enfrentarse a decisiones complejas, para no invertir en callejones sin salida, pero reconociendo que la fidelidad al objeto no puede ser el principio orientador. Un libro es algo potencialmente maravilloso pero que finalmente es apenas un objeto. Conservarlo es un placer individual, pero no necesariamente una buena inversión institucional.

Poseer una versión original de la Morte d’Arthur puede ser una fuente extraordinaria de placeres para el aficionado a los libros; lástima que el único ejemplar completo que sobrevive sea tan singular que nadie pueda verlo (aunque está alojado en una biblioteca con el nombre casi perfecto para él); si queremos adentrarnos en el mundo extraordinario de la materia de Bretaña, a través de Malory, existen opciones variadas, flexibles y mucho menos frágiles. La obra, ese intangible plasmado en el papel encuadernado en 1485, ha tomado muchas nuevas formas; podemos pensar en aquellos que seguirán el ejemplo del “caballero prisionero” que escribía en sus ratos libres mientras pagaba sus crímenes, explorando nuevas formas expresivas que vayan más allá del libro, como objeto y como oportunidad narrativa.

Por todo eso, el libro debe ser celebrado como algo vivo, cambiante y sobre todo, que encarna algo más que hermosas páginas cuidadosamente conservadas en un estante. La riqueza expresiva de los nuevos medios abre oportunidades impensadas para aquellos que se atrevan a explorar su propia creatividad. El bibliófilo podrá subsistir, pero la creatividad no se quedará atrapada en la tradición, tal como Malory y Caxton optaron por explorar más allá de aquello que era tradicional en el siglo XV. De eso se trata la creatividad, y de eso se trata, desde siempre, el libro: la mejor manera de compartir nuestra imaginación más allá de cada uno.

Publicado originalmente en Punto Edu con otro título, aquí va con ligeros cambios. 

domingo, 14 de abril de 2013

El futuro de las universidades peruanas

Como siempre, se está discutiendo una ley universitaria. Quizá la diferencia es que el presidente de la comisión respectiva, Daniel Mora, está interesado en que un proyecto llegue al pleno del congreso antes que termine su período, es decir en la legislatura actual. Poco tiempo quizá para un tema sobre el cual hay opiniones tan dispersas, cortesía de modelos de universidades tan distintos y sobre todo, tan autónomos, en el sentido más inadecuado de la idea de autonomía.

Basta ver el comunicado de la FEP publicado hoy en La República. Parecería que no ha pasado el tiempo y que podemos seguir planteándonos demandas de hace cinco décadas, con un barniz de modernidad. Pedir porcentajes fijos para la educación o la investigación, sin poner metas y logros para ese gasto; exigir la autonomía entendida como extraterritorialidad, y centrada en la imposibilidad de ingreso del Estado, tras la experiencia de captura que Sendero Luminoso logró incluso en San Marcos; el voto universal para la elección de autoridades, que es absurdo en una institución organizada bajo principios de claustros estamentales; es decir, los golden oldies de la política radical de izquierda frente a la universidad.

Lo que no está, y no está en las demandas de las universidades privadas o estatales tampoco, es mecanismos para la acreditación y certificación competitiva de las universidades, de manera que sepamos en qué estado se haya cada una, cómo funciona, qué personal tiene y cómo gasta su dinero. Control social del gasto, en donde no solo un grupo reducido y poco conectado con la realidad, como son los profesores universitarios, decida qué hacer con el dinero de todos, sino que se exija que haya mejoría o que la mala calidad sea constatable.

Esto es aplicable para todos, no solo para los públicos: la separación entre privadas y públicas es falaz en la universidad, porque debería haber competitividad por fondos públicos para investigación a todo nivel; la gratuidad de la enseñanza no se conecta con la calidad del staff de investigación, y una universidad debería poder competir con cualquier otra por dinero de todos los peruanos, si es que este dinero va a beneficiar a todos los peruanos. A su vez, debería haber certificación constante de los gastos en las universidades que no reportan ganancias ni tienen accionistas, para demostrar que lo son. En los casos de las universidades comerciales, los estándares de control de calidad deberían ser aún más estrictos, puesto que están haciendo dinero con una función de interés público (que se manifiesta en la titulación a nombre de la nación).

El fetiche de la gratuidad absoluta es otra cosa que debería discutirse en serio: muchas universidades públicas han creado cobros escondidos que finalmente demuestran que es necesario cobrar para funcionar bien; esto no quiere decir que haya que privatizar las universidades públicas, o que haya que abandonar el principio de la universidad pública, pero sí que hay que considerar que una universidad gratuita para todos es una forma bastante agresiva de beneficiar a algunos a costa del perjuicio de todos los peruanos, a los que la universidad les cuesta más de lo que les rinde. Una discusión en serio sobre el tema serviría para ver qué se busca realmente con posiciones extremistas: la gratuidad total de un lado, la privatización absoluta del otro.

En otras palabras: la universidad peruana necesita ser reintegrada, a un modelo coherente en lo académico, certificable y medible más allá de su modelo económico; necesita sincerarse y dejar de creer que autonomía significa independencia o irresponsabilidad financiera; necesita tener mecanismos transparentes de financiamiento que asocien plata con resultados; y necesita sobre todo ser más compacta, y demostrar su viabilidad en vez de seguir creciendo. El boom de creación de sucursales y pequeñas universidades en ciudades de provincia sin un plan ni un orden es una demostración salvaje de irresponsabilidad, y si eso no se enfrenta, es perder el tiempo preocuparse por otras cosas.

La universidad, como casi todo en el Perú, necesita modernizarse y sincerarse: ¿quiere ser refugio de prebendas, o espacio competitivo de creación de conocimiento relevante? Ese el debate que deberíamos estar teniendo.