Tras dos años de intentos, el gobierno de los EEUU logró cerrar el Camino de Seda, el mayor mercado paralelo del mundo. El Camino fue creado usando una combinación de tecnologías emergentes que permiten anonimato y protección frente al seguimiento, y sirve como ejemplo del poder de la llamada Deep Web, o Web profunda, el espacio profundamente opaco donde miles de transacciones ilegales ocurren todo el tiempo.
El primer componente del Camino de Seda es Tor, una red anónima creada usando El Encaminador Cebolla (TOR en inglés), en donde varias capas de encaminamiento de paquetes IP son anonimizadas, es decir se les quita los elementos que sirven para identificar el origen. El resultado es un conjunto de señales limpias que circulan entre los distintos relays, o puntos de reenvío, de la red Tor, protegiendo la identidad de los iniciadores de los mensajes. Hay ciertas particularidades técnicas que hacen que Tor no sea completamente anónima, pero para efectos prácticos, es muy difícil identificar quién está haciendo qué en esta red.
La red Tor no ha desaparecido, a pesar de los esfuerzos de la NSA y el GCHQ y su singular Jirafa Egoísta: el Camino de Seda usaba Tor para garantizar que las partes en sus transacciones no pudieran ser identificadas. Pero como todo mercado, necesitaba un medio de pago. Tor existe en mayor o menor medida desde 2002, pero recién cuando emergen los Bitcoins es que algo como el Camino puede aparecer.
Aunque merece una explicación mucho más detallada, la versión brevísima de qué es un Bitcoin es simple: una moneda creada digitalmente, "extraida" a partir de algoritmos precisos que generan una de estas "monedas" cuando completan una tarea. Es equivalente, en una manera bastante abstracta, a la utilización de un recurso natural como el oro como elemento de cambio: la "extracción" del bien es el resultado de un esfuerzo determinado, y el producto final es reconocido como un bien de cambio por todos los que participan del mercado, porque a su vez reconocen que ha sido extraido o generado de manera accesible pero no trivial por un agente económico cualquiera. Al inicio de su existencia, un bitcoin podía ser "extraido" de cualquier computadora, pero el algoritmo es lo suficientemente sofisticado como para hacer más compleja la tarea de extracción conforme más agentes económicos intentan completarla, con lo que ahora para generar un bitcoin se necesitan equipos especializados que realizan tareas altamente complejas.
Los bitcoins pueden ser comprados y vendidos por moneda real, es decir hay un mercado de cambio donde, bajo el principio de libre flotación, un bitcoin puede valer desde 266 USD (el pico máximo) hasta 2 USD, el precio a inicios del 2002. Es decir, hay espacio para la especulación.
Con bitcoins en mano, se puede usar Tor para realizar transacciones que no son rastreables: ni los bitcoins aparecen en las finanzas convencionales ni usan realmente sistemas de transferencia electrónica; Tor protege la identidad formal de los usuarios. De esto se sirvió el supuesto dueño del Camino de Seda, Ross William Ulbricht, para crear un bazar lleno de drogas, software malicioso, documentos de identidad falsos, y datos robados de cuentas bancarias. Una suerte de San Jacinto virtual: no todo era ilegal pero lo ilegal era lo que sostenía su existencia.
¿Cómo cayó? Todo indica que el FBI hizo su chamba y desmontó el Camino lentamente mediante acciones detectivescas convencionales. Han confiscado cuatro millones de bitcoins, que equivalen más o menos a 90 millones USD, según el cambio actual.
Obviamente algo surgirá en su reemplazo: tendrá que ser aún más opaco y profundo para que no caiga más rápido que lo que el Camino tardó. Tor y Bitcoin siguen en pie. La Web Profunda, que nace en los digital lockers que permiten acceder a contenidos irregulares y termina en abismos como el Camino de Seda, seguirá escarbando en las posibilidades tecnológicas para ofrecer oportunidades a los que realmente no quieren estar bajo la égida de la ley.
Soy Eduardo Villanueva Mansilla, y este blog contiene temas de interés profesional y personal, y lo uso para hablar sobre tecnología de la información, medios masivos y nuevos medios de comunicación, cultura y sociedad, y otras cosas que se me pasan por la cabeza.
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viernes, 4 de octubre de 2013
lunes, 26 de diciembre de 2011
De Alaska a Tuvalu, o las fábulas vistas a través de un experimento natural
Aunque no sean personajes con mucha credibilidad, algunos proponen como solución a los conflictos creados por el reparto de recursos provenientes de cánones varios el llamado método Alaska: darle la plata directamente a la gente. Así, los supuestos miembros de la manada se individualizarán, y comenzarán a actuar como agentes racionales. O quizá simplemente gasten la plata en trago. Al menos, no habrá paternalismos, no habrá ONGs, no habrá estado de por medio. Cada cual usará la plata como buenamente quiera.
La referencia a Alaska viene de la práctica, en dicho estado de los EEUU, de darle plata a la gente de frente, sin tantos rollos. O al menos eso se dice. Según otras fuentes, de casi tan dudosa seriedad intelectual como los promotores locales de la idea, no es toda la plata que ingresa por beneficios de explotación de recursos naturales, y es un dividendo de un fondo, ni siquiera la plata misma que sale de los recursos. Claro, a veces es más, a veces es menos. Lo que sí es cierto es que se entrega el dinero directamente a los ciudadanos, los que lo pueden usar para lo que quieran.
¿Por qué funciona? Puede haber varias razones, incluyendo que en una sociedad desarrollada pero con espíritu de frontera es más fácil funcionar con relativamente pobres servicios públicos; o que en realidad la vida en Alaska requiere inversiones permanentes en infraestructura para asegurar la calidad de vida de cada familia; o que la población, relativamente pequeña, no crecerá a pesar de la dádiva estatal porque vivir en Alaska no es precisamente fácil, y la gente no anda corriendo tras la idea de un clima ártico. Sea como sea, es un caso que se presenta como favorable. Se supone un buen ejemplo del igualitarismo en base a activos, que a la larga permite que los individuos hagan uso de los recursos de mejor manera que cualquier burocracia.
Pero también hay casos completamente opuestos. Veamos uno casi ejemplar.
En 1998, el dominio de nivel superior de Internet .tv comenzó a venderse. Contra lo que se pueda creer, no quiere decir “televisión”, sino “Tuvalu”, un grupo de islas en el Pacífico, antes llamadas la Islas Ellice, la tercera nación independiente menos poblada del mundo, con modestos trece mil y pico de tuvaluanos, con un área que la coloca en el cuarto puesto de las más pequeñas del mundo. Los países recibieron, allá por 1982, un código de dos letras basado en un estándar de la ISO (organización internacional de estándares, seguro un complot rojimio), para designar los sitios de Internet en su territorio: nosotros somos .pe, los amigos del sur, .cl, los chinos .cn, los sudafricanos .za, y así.
Tuvalu, sin recursos naturales, ni siquiera agua, de pronto descubrieron que su .tv era una activo en estos tiempos de vida digital. Una compañía californiana compró el derecho de explotación del .tv por 40 millones de dólares de hace 13 años, y de pronto estas islas precariamente colgadas del Océano Pacífico, listas para ser tragadas por las aguas en crecimiento cortesía del calentamiento global, tenía plata de sobra. Gastaron 10 millones en pavimentar los caminos, y el resto se fue en darle la plata a cada ciudadano.
¿Qué hicieron los ciudadanos? Mejoraron su estándar de vida. Se volvieron emprendedores, compraron autos, pusieron hoteles para ecoturismo, comenzaron a venderse entre ellos servicios que no habían podido ni siquiera soñar.
Pronto los autos comenzaron a caer en desuso, los ciudadanos comenzaron a engordar por la falta de ejercicio y la dieta de cosas importadas para la que no estaban genéticamente preparados, y las iniciativas emprendedoras no dieron resultado. Se descubrieron no solo igual de pobres, sino con peor salud, con un ambiente hecho pedazos, y con la amenaza del calentamiento global exactamente igual que antes. Esta nota del Guardian cubre la situación bastante bien.
En otras palabras, el igualitarismo individualista había fallado. No solo porque se tomaron decisiones absurdas, sino porque incluso las decisiones que parecían sensatas, como ser emprendedores, no tuvieron sentido en el contexto general de las cosas; y sobre todo, porque las decisiones individuales, que para cada quien eran racionales, crearon una cascada de efectos sociales que terminaron siendo altamente negativos: la decisión individual de comprarse un carro significó el resultado social del colapso ambiental en dos partes: contaminación por gases, y por desechos industriales a quedar abandonados los vehículos malogrados. La realidad social se impuso, odiosa ella, sobre los sueños de la racionalidad individual.
Si se comenzar a repartir dinero en Cajamarca, ¿estaríamos en Alaska, o en Tuvalu? Probablemente en algo intermedio, pero de ninguna manera habríamos solucionado los problemas que llevaron a la situación en la que estamos. Toma mucho tiempo corregirlos, y en la mayoría de los casos alguna forma de solución colectiva es necesaria: mejores colegios, mejores servicios, mejor infraestructura. Ciudadanos con visión de sociedad y de mediano y largo plazo. Empresas ancladas en la comunidad.
Repartir plata puede hacer a algunos ricos, a otros más pobres; sin duda, en un país con continuidad territorial, atraería a mucha gente dispuesta a cambiar su domicilio legal para recibir plata, sin que el gobierno regional pueda hacer nada. Lo que actuar como generoso déspota oriental no hará, es solucionar los problemas de la sociedad, que es más que la suma de los individuos que la habita. Esa es la lección de ambos experimentos naturales.
El subdesarrollo nuestro se manifiesta en nuestro gusto de pelear por el gusto de pelearse, pero también es no tener con quién contar, saberse expuesto al poder de otros cuando el estado no juega de tu lado. Las carencias del país van más allá de su gente o de sus líderes porque son, para usar la palabreja, estructurales. Por ello, requieren de recursos que enfrenten estructuralmente los problemas.
Que nos falta mucho, sin duda. El conflicto de irracionalidades varias que ha sido Conga lo demuestra de la peor manera. Que repartir plata parezca una solución para algunos, es solo demostración que ciertas irracionalidades son más irracionales que otras.
Publicado originalmente en Noticias SER, 14/12/2011.
La referencia a Alaska viene de la práctica, en dicho estado de los EEUU, de darle plata a la gente de frente, sin tantos rollos. O al menos eso se dice. Según otras fuentes, de casi tan dudosa seriedad intelectual como los promotores locales de la idea, no es toda la plata que ingresa por beneficios de explotación de recursos naturales, y es un dividendo de un fondo, ni siquiera la plata misma que sale de los recursos. Claro, a veces es más, a veces es menos. Lo que sí es cierto es que se entrega el dinero directamente a los ciudadanos, los que lo pueden usar para lo que quieran.
¿Por qué funciona? Puede haber varias razones, incluyendo que en una sociedad desarrollada pero con espíritu de frontera es más fácil funcionar con relativamente pobres servicios públicos; o que en realidad la vida en Alaska requiere inversiones permanentes en infraestructura para asegurar la calidad de vida de cada familia; o que la población, relativamente pequeña, no crecerá a pesar de la dádiva estatal porque vivir en Alaska no es precisamente fácil, y la gente no anda corriendo tras la idea de un clima ártico. Sea como sea, es un caso que se presenta como favorable. Se supone un buen ejemplo del igualitarismo en base a activos, que a la larga permite que los individuos hagan uso de los recursos de mejor manera que cualquier burocracia.
Pero también hay casos completamente opuestos. Veamos uno casi ejemplar.
En 1998, el dominio de nivel superior de Internet .tv comenzó a venderse. Contra lo que se pueda creer, no quiere decir “televisión”, sino “Tuvalu”, un grupo de islas en el Pacífico, antes llamadas la Islas Ellice, la tercera nación independiente menos poblada del mundo, con modestos trece mil y pico de tuvaluanos, con un área que la coloca en el cuarto puesto de las más pequeñas del mundo. Los países recibieron, allá por 1982, un código de dos letras basado en un estándar de la ISO (organización internacional de estándares, seguro un complot rojimio), para designar los sitios de Internet en su territorio: nosotros somos .pe, los amigos del sur, .cl, los chinos .cn, los sudafricanos .za, y así.
Tuvalu, sin recursos naturales, ni siquiera agua, de pronto descubrieron que su .tv era una activo en estos tiempos de vida digital. Una compañía californiana compró el derecho de explotación del .tv por 40 millones de dólares de hace 13 años, y de pronto estas islas precariamente colgadas del Océano Pacífico, listas para ser tragadas por las aguas en crecimiento cortesía del calentamiento global, tenía plata de sobra. Gastaron 10 millones en pavimentar los caminos, y el resto se fue en darle la plata a cada ciudadano.
¿Qué hicieron los ciudadanos? Mejoraron su estándar de vida. Se volvieron emprendedores, compraron autos, pusieron hoteles para ecoturismo, comenzaron a venderse entre ellos servicios que no habían podido ni siquiera soñar.
Pronto los autos comenzaron a caer en desuso, los ciudadanos comenzaron a engordar por la falta de ejercicio y la dieta de cosas importadas para la que no estaban genéticamente preparados, y las iniciativas emprendedoras no dieron resultado. Se descubrieron no solo igual de pobres, sino con peor salud, con un ambiente hecho pedazos, y con la amenaza del calentamiento global exactamente igual que antes. Esta nota del Guardian cubre la situación bastante bien.
En otras palabras, el igualitarismo individualista había fallado. No solo porque se tomaron decisiones absurdas, sino porque incluso las decisiones que parecían sensatas, como ser emprendedores, no tuvieron sentido en el contexto general de las cosas; y sobre todo, porque las decisiones individuales, que para cada quien eran racionales, crearon una cascada de efectos sociales que terminaron siendo altamente negativos: la decisión individual de comprarse un carro significó el resultado social del colapso ambiental en dos partes: contaminación por gases, y por desechos industriales a quedar abandonados los vehículos malogrados. La realidad social se impuso, odiosa ella, sobre los sueños de la racionalidad individual.
Si se comenzar a repartir dinero en Cajamarca, ¿estaríamos en Alaska, o en Tuvalu? Probablemente en algo intermedio, pero de ninguna manera habríamos solucionado los problemas que llevaron a la situación en la que estamos. Toma mucho tiempo corregirlos, y en la mayoría de los casos alguna forma de solución colectiva es necesaria: mejores colegios, mejores servicios, mejor infraestructura. Ciudadanos con visión de sociedad y de mediano y largo plazo. Empresas ancladas en la comunidad.
Repartir plata puede hacer a algunos ricos, a otros más pobres; sin duda, en un país con continuidad territorial, atraería a mucha gente dispuesta a cambiar su domicilio legal para recibir plata, sin que el gobierno regional pueda hacer nada. Lo que actuar como generoso déspota oriental no hará, es solucionar los problemas de la sociedad, que es más que la suma de los individuos que la habita. Esa es la lección de ambos experimentos naturales.
El subdesarrollo nuestro se manifiesta en nuestro gusto de pelear por el gusto de pelearse, pero también es no tener con quién contar, saberse expuesto al poder de otros cuando el estado no juega de tu lado. Las carencias del país van más allá de su gente o de sus líderes porque son, para usar la palabreja, estructurales. Por ello, requieren de recursos que enfrenten estructuralmente los problemas.
Que nos falta mucho, sin duda. El conflicto de irracionalidades varias que ha sido Conga lo demuestra de la peor manera. Que repartir plata parezca una solución para algunos, es solo demostración que ciertas irracionalidades son más irracionales que otras.
Publicado originalmente en Noticias SER, 14/12/2011.
lunes, 2 de junio de 2008
Un clásico de Schuldt: Ganalandia
Vale la pena revisitar esta obra maestra de Jürgen Schuldt en estos tiempos de entusiasmos desbordantes: explica qué es el coeficiente Gini, porqué hay que preocuparse de la desigualdad, y encima nos inventa un delicioso apodo nacional.
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