Tras dos años de intentos, el gobierno de los EEUU logró cerrar el Camino de Seda, el mayor mercado paralelo del mundo. El Camino fue creado usando una combinación de tecnologías emergentes que permiten anonimato y protección frente al seguimiento, y sirve como ejemplo del poder de la llamada Deep Web, o Web profunda, el espacio profundamente opaco donde miles de transacciones ilegales ocurren todo el tiempo.
El primer componente del Camino de Seda es Tor, una red anónima creada usando El Encaminador Cebolla (TOR en inglés), en donde varias capas de encaminamiento de paquetes IP son anonimizadas, es decir se les quita los elementos que sirven para identificar el origen. El resultado es un conjunto de señales limpias que circulan entre los distintos relays, o puntos de reenvío, de la red Tor, protegiendo la identidad de los iniciadores de los mensajes. Hay ciertas particularidades técnicas que hacen que Tor no sea completamente anónima, pero para efectos prácticos, es muy difícil identificar quién está haciendo qué en esta red.
La red Tor no ha desaparecido, a pesar de los esfuerzos de la NSA y el GCHQ y su singular Jirafa Egoísta: el Camino de Seda usaba Tor para garantizar que las partes en sus transacciones no pudieran ser identificadas. Pero como todo mercado, necesitaba un medio de pago. Tor existe en mayor o menor medida desde 2002, pero recién cuando emergen los Bitcoins es que algo como el Camino puede aparecer.
Aunque merece una explicación mucho más detallada, la versión brevísima de qué es un Bitcoin es simple: una moneda creada digitalmente, "extraida" a partir de algoritmos precisos que generan una de estas "monedas" cuando completan una tarea. Es equivalente, en una manera bastante abstracta, a la utilización de un recurso natural como el oro como elemento de cambio: la "extracción" del bien es el resultado de un esfuerzo determinado, y el producto final es reconocido como un bien de cambio por todos los que participan del mercado, porque a su vez reconocen que ha sido extraido o generado de manera accesible pero no trivial por un agente económico cualquiera. Al inicio de su existencia, un bitcoin podía ser "extraido" de cualquier computadora, pero el algoritmo es lo suficientemente sofisticado como para hacer más compleja la tarea de extracción conforme más agentes económicos intentan completarla, con lo que ahora para generar un bitcoin se necesitan equipos especializados que realizan tareas altamente complejas.
Los bitcoins pueden ser comprados y vendidos por moneda real, es decir hay un mercado de cambio donde, bajo el principio de libre flotación, un bitcoin puede valer desde 266 USD (el pico máximo) hasta 2 USD, el precio a inicios del 2002. Es decir, hay espacio para la especulación.
Con bitcoins en mano, se puede usar Tor para realizar transacciones que no son rastreables: ni los bitcoins aparecen en las finanzas convencionales ni usan realmente sistemas de transferencia electrónica; Tor protege la identidad formal de los usuarios. De esto se sirvió el supuesto dueño del Camino de Seda, Ross William Ulbricht, para crear un bazar lleno de drogas, software malicioso, documentos de identidad falsos, y datos robados de cuentas bancarias. Una suerte de San Jacinto virtual: no todo era ilegal pero lo ilegal era lo que sostenía su existencia.
¿Cómo cayó? Todo indica que el FBI hizo su chamba y desmontó el Camino lentamente mediante acciones detectivescas convencionales. Han confiscado cuatro millones de bitcoins, que equivalen más o menos a 90 millones USD, según el cambio actual.
Obviamente algo surgirá en su reemplazo: tendrá que ser aún más opaco y profundo para que no caiga más rápido que lo que el Camino tardó. Tor y Bitcoin siguen en pie. La Web Profunda, que nace en los digital lockers que permiten acceder a contenidos irregulares y termina en abismos como el Camino de Seda, seguirá escarbando en las posibilidades tecnológicas para ofrecer oportunidades a los que realmente no quieren estar bajo la égida de la ley.
Soy Eduardo Villanueva Mansilla, y este blog contiene temas de interés profesional y personal, y lo uso para hablar sobre tecnología de la información, medios masivos y nuevos medios de comunicación, cultura y sociedad, y otras cosas que se me pasan por la cabeza.
viernes, 4 de octubre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
Un futuro inevitable, un debate necesario
Hace algunas semanas, en una clase extra que dicto con estudiantes que no son los muchachos de 19 años de Estudios Generales Letras, tuve que lidiar con una intervención brutalmente homofoba. Un alumno calificó a un grupo musical que había usado como ejemplo de "maricones". Mi respuesta fue simple: ese no es el tema, y aquí no se habla de esa manera. La actitud del originador del intercambio fue de desconcierto, pero de silencio.
Nadie dice que no existe prejuicio homofobo en el Perú, pero también es cierto que poco a poco, a punta de muchas pequeñas cosas, ese prejuicio se ve encajonado, y solo aflora en espacios que lo toleran. Es como fumar: una sociedad como la peruana, poco adepta a seguir las reglas, no obedece prohibiciones de inmediato, pero lentamente, la presión social va logrando que ciertos espacios sean respetados. Muy lentamente a veces, sin duda.
La "ley Bruce" nos plantea un escenario así. Frente a una exclusión que solo se puede justificar con prejuicios y que se sustenta en relaciones de poder que favorecen a actores que se resisten a ser cuestionados, la idea de uniones civiles para todo tipo de parejas es completamente sensata y al mismo tiempo relativamente modesta, puesto que sigue considerando al matrimonio civil como el refugio de un tipo "correcto" de relación. No es ideal ni correcto moralmente, desde una perspectiva de "fairness", o equidad de reglas de juego a nivel moral.
Pero quizá lo importante es el debate y la inevitable confrontación. Ante una propuesta como la de Bruce, el prejuicio no basta, tiene que explicarse o proponerse como justificación, y entonces es más fácil dejarlo al descubierto. Llamar "maricón" a alguien funciona hasta que le preguntas por qué lo hace, en un entorno en el que el que califica no puede simplemente imponer su fuerza o su posición de poder. Ahí el prejuicio queda desnudo y sin sustento ante aquellos que sienten que en realidad, no todo lo que no se conoce directamente tiene que ser malo o funesto.
Inevitablemente, por presiones de todo tipo, locales, internacionales, legislativas, de comercio internacional, de acuerdos multilaterales, de cultura popular, el matrimonio igualitario se terminará imponiendo. Puede tomar más o menos tiempo, pero ocurrirá. La ley Bruce puede terminar derrotada por la falta de coraje de muchos políticos, el prejuicio de otros y la ausencia de interés de una mayoría, pero es una oportunidad para que se cuestione a fondo el prejuicio, su predominancia en el discurso mediático y la ausencia de fundamentos reales en la experiencia de las personas comunes y corrientes. En otras palabras: el debate será un paso quizá más valioso que la ley misma en la incorporación social, más que legal, de la igualdad de derechos de todos los peruanos.
Nadie dice que no existe prejuicio homofobo en el Perú, pero también es cierto que poco a poco, a punta de muchas pequeñas cosas, ese prejuicio se ve encajonado, y solo aflora en espacios que lo toleran. Es como fumar: una sociedad como la peruana, poco adepta a seguir las reglas, no obedece prohibiciones de inmediato, pero lentamente, la presión social va logrando que ciertos espacios sean respetados. Muy lentamente a veces, sin duda.
La "ley Bruce" nos plantea un escenario así. Frente a una exclusión que solo se puede justificar con prejuicios y que se sustenta en relaciones de poder que favorecen a actores que se resisten a ser cuestionados, la idea de uniones civiles para todo tipo de parejas es completamente sensata y al mismo tiempo relativamente modesta, puesto que sigue considerando al matrimonio civil como el refugio de un tipo "correcto" de relación. No es ideal ni correcto moralmente, desde una perspectiva de "fairness", o equidad de reglas de juego a nivel moral.
Pero quizá lo importante es el debate y la inevitable confrontación. Ante una propuesta como la de Bruce, el prejuicio no basta, tiene que explicarse o proponerse como justificación, y entonces es más fácil dejarlo al descubierto. Llamar "maricón" a alguien funciona hasta que le preguntas por qué lo hace, en un entorno en el que el que califica no puede simplemente imponer su fuerza o su posición de poder. Ahí el prejuicio queda desnudo y sin sustento ante aquellos que sienten que en realidad, no todo lo que no se conoce directamente tiene que ser malo o funesto.
Inevitablemente, por presiones de todo tipo, locales, internacionales, legislativas, de comercio internacional, de acuerdos multilaterales, de cultura popular, el matrimonio igualitario se terminará imponiendo. Puede tomar más o menos tiempo, pero ocurrirá. La ley Bruce puede terminar derrotada por la falta de coraje de muchos políticos, el prejuicio de otros y la ausencia de interés de una mayoría, pero es una oportunidad para que se cuestione a fondo el prejuicio, su predominancia en el discurso mediático y la ausencia de fundamentos reales en la experiencia de las personas comunes y corrientes. En otras palabras: el debate será un paso quizá más valioso que la ley misma en la incorporación social, más que legal, de la igualdad de derechos de todos los peruanos.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Solidaridad o individualismo, o el día que los chiquillos descubrieron el dilema de las pensiones
Una generación de ciudadanos peruanos con acceso al empleo de relativa buena calidad se ha criado laboralmente en la precariedad. No esperan las comodidades del empleo fijo, que incluyen acceso a vacaciones o seguridad social, y confían en su capacidad para lidiar con la incertidumbre.
Por otro lado, el sistema previsional peruano se enfrenta a la necesidad de seguir creciendo para lograr sus metas y eventualmente, dar mejores pensiones. Pero hay una capa dura de potenciales aportantes que no van a soltar un chico porque nadie quiere que le quiten el 13% de sus ingresos para el futuro, menos en un país de desconfiados como el Perú.
Los empresarios felices, porque finalmente la actitud de estos ciudadanos hace más fácil mantener la precariedad del empleo como la norma: si los ciudadanos tuvieran que escoger entre descuentos con precariedad o descuentos sin precariedad, ¿qué exigirían? Por ahora gana la precariedad, y algunos hasta la convierten en virtud, sin darse cuenta que el tonito heroico con el que pintan sus acciones sirve de justificación para mantener fuera del empleo seguro y de calidad a un huevo de gente. Lo importante es el fin de mes.
Encima, el sistema previsional peruano está privatizado, con lo que los aportes son individuales: lo que pones es lo que recibirás en el futuro, junto con los eventuales intereses que te pueda brindar un sistema que apuesta a la inversión financiera. El viejo sistema solidario sobrevive para los viejitos, los irredentos que siguen creyendo en la solidaridad como un principio más importante (me incluyo aquí) y los subempleados que están fuera del alcance de la modernidad, como las trabajadoras del hogar y los militares.
Ahora se ha dado una ley que impone el pago de la contribución previsional a los que antes no la pagaban, los que se escapaban por entre las rendijas de la cuarta categoría. Más allá de lo mal que quedan por darse cuenta recién de algo que tiene meses, y de las quejas triviales del tipo "es para engordar las AFP" o "y ahora como hago, a quien mato, asi no se puede vivir", el problema resulta evidente: un sistema previsional, cualquier sistema previsional, requiere que los aportes comiencen lo antes posible; si no, no funciona.
Si se deja en las manos de los ciudadanos, el resultado es simple: nadie aporta.
Ciertamente, hay un rollo con las AFP, pero ¿cuál es la alternativa? Regresar a un sistema solidario de fondo único implicaría confiar en el Estado, y estar seguros que no habrá una caterva montesinista que saquee el fondo único como ocurrió con la Caja de Pensiones de las Fuerzas Armadas y Policía; incluso si se opta por un sistema híbrido, en donde un aporte chiquito es complementado por los aportes voluntarios a sistemas privados, puedo imaginarme un futuro con un huevo de gente quejándose porque sus pensiones son muy pequeñas; encima tenemos la aberracción de la cédula viva, que si bien se ha controlado de sus excesos previos, sigue siendo una amenaza hasta que se agote por razones existenciales.
Entonces, la cuestión sigue en pie: más allá que no les guste, esta ley termina con un incentivo perverso para la precarización del empleo, y exige que todos, no solo los empleados bajo régimen de contrato indefinido, consideren las consecuencias de un sistema pensionario singular. Contra lo que un comentarista chistoso pero desavisado dijo hoy, las pensiones suelen estar separadas de las cuentas tributarias normales, salvo en algunos países, precisamente para evitar que se use la plata del sistema de pensiones en gasto corriente o inversión del Estado. La cosa es que no confiamos ni en los proveedores que tenemos, ni en el que tuvimos: uno porque cobra mucho y porque puede perder plata (es un actor financiero capitalista, qué esperan, ¿que guarde la plata bajo el colchón?) y el otro porque es un nido de incapaces y de delincuentes (a pesar que los últimos veinte años demuestran que se puede blindar de corrupción y de incapacidad al Estado cuando se tienen la decisión política y la demanda pública).
Ojalá que todo este escandelete trascienda los reclamos de los treintones, y que podamos debatir realmente si el sistema que tenemos ahora es el que deberíamos usar para garantizar pensiones decentes a todos los peruanos cuando las necesiten. Lo demás es trivializar un asunto muy serio.
Por otro lado, el sistema previsional peruano se enfrenta a la necesidad de seguir creciendo para lograr sus metas y eventualmente, dar mejores pensiones. Pero hay una capa dura de potenciales aportantes que no van a soltar un chico porque nadie quiere que le quiten el 13% de sus ingresos para el futuro, menos en un país de desconfiados como el Perú.
Los empresarios felices, porque finalmente la actitud de estos ciudadanos hace más fácil mantener la precariedad del empleo como la norma: si los ciudadanos tuvieran que escoger entre descuentos con precariedad o descuentos sin precariedad, ¿qué exigirían? Por ahora gana la precariedad, y algunos hasta la convierten en virtud, sin darse cuenta que el tonito heroico con el que pintan sus acciones sirve de justificación para mantener fuera del empleo seguro y de calidad a un huevo de gente. Lo importante es el fin de mes.
Encima, el sistema previsional peruano está privatizado, con lo que los aportes son individuales: lo que pones es lo que recibirás en el futuro, junto con los eventuales intereses que te pueda brindar un sistema que apuesta a la inversión financiera. El viejo sistema solidario sobrevive para los viejitos, los irredentos que siguen creyendo en la solidaridad como un principio más importante (me incluyo aquí) y los subempleados que están fuera del alcance de la modernidad, como las trabajadoras del hogar y los militares.
Ahora se ha dado una ley que impone el pago de la contribución previsional a los que antes no la pagaban, los que se escapaban por entre las rendijas de la cuarta categoría. Más allá de lo mal que quedan por darse cuenta recién de algo que tiene meses, y de las quejas triviales del tipo "es para engordar las AFP" o "y ahora como hago, a quien mato, asi no se puede vivir", el problema resulta evidente: un sistema previsional, cualquier sistema previsional, requiere que los aportes comiencen lo antes posible; si no, no funciona.
Si se deja en las manos de los ciudadanos, el resultado es simple: nadie aporta.
Ciertamente, hay un rollo con las AFP, pero ¿cuál es la alternativa? Regresar a un sistema solidario de fondo único implicaría confiar en el Estado, y estar seguros que no habrá una caterva montesinista que saquee el fondo único como ocurrió con la Caja de Pensiones de las Fuerzas Armadas y Policía; incluso si se opta por un sistema híbrido, en donde un aporte chiquito es complementado por los aportes voluntarios a sistemas privados, puedo imaginarme un futuro con un huevo de gente quejándose porque sus pensiones son muy pequeñas; encima tenemos la aberracción de la cédula viva, que si bien se ha controlado de sus excesos previos, sigue siendo una amenaza hasta que se agote por razones existenciales.
Entonces, la cuestión sigue en pie: más allá que no les guste, esta ley termina con un incentivo perverso para la precarización del empleo, y exige que todos, no solo los empleados bajo régimen de contrato indefinido, consideren las consecuencias de un sistema pensionario singular. Contra lo que un comentarista chistoso pero desavisado dijo hoy, las pensiones suelen estar separadas de las cuentas tributarias normales, salvo en algunos países, precisamente para evitar que se use la plata del sistema de pensiones en gasto corriente o inversión del Estado. La cosa es que no confiamos ni en los proveedores que tenemos, ni en el que tuvimos: uno porque cobra mucho y porque puede perder plata (es un actor financiero capitalista, qué esperan, ¿que guarde la plata bajo el colchón?) y el otro porque es un nido de incapaces y de delincuentes (a pesar que los últimos veinte años demuestran que se puede blindar de corrupción y de incapacidad al Estado cuando se tienen la decisión política y la demanda pública).
Ojalá que todo este escandelete trascienda los reclamos de los treintones, y que podamos debatir realmente si el sistema que tenemos ahora es el que deberíamos usar para garantizar pensiones decentes a todos los peruanos cuando las necesiten. Lo demás es trivializar un asunto muy serio.
sábado, 17 de agosto de 2013
Kachkaniraqmi, o la música como pregunta
¿Qué somos los peruanos? Muchas veces nos encontramos con la necesidad de hacernos esa pregunta, en sus múltiples variantes, desde la existencial hasta la pesimista. No es tanto tema de análisis académico como de una cuestión personal-colectiva: muchos, incluido yo, nos sabemos peruanos, pero no tenemos muy claro que significa, en abstracto y colectivamente, ser peruano.
Javier Corcuera no nos propone una respuesta sino otra ruta de búsqueda, y eso es el acierto, el poder y la riqueza de Sigo Siendo, su hermoso documental sobre algo de la música del Perú. La película tiene momentos muy potentes, está muy bien hecha y merece ser vista en todo su esplendor cinematográfico, pues se luce en una enorme pantalla, con excelente sonido además. Me permito opinar sobre ella, no en plan de crítica cinematográfica sino de mirada sobre lo peruano; y me permito recomendar que vayan a verla, porque es realmente una experiencia hermosa y provocativa.
Corcuera logra hacer una película sobre música, no una película de música: elude la tentación de la colección de videoclips para proponernos más bien la música como el resultado de la vida de la gente; no solo de los músicos sino de lo que estos músicos son y de dónde es que son, de dónde viven, con quién viven y cómo viven. La selección musical no pretende ser completa ni cosa por el estilo: salvo la mínima pero preciosa presencia de lo selvático en la voz de Doña Amelia Panduro, cantante shipibo-coniba, tenemos a Ayacucho, y luego a Chincha y partes de lo limeño como el foco de la película; esta arbitrariedad es tan válida como hacer una lectura desde lo puñeno, por ejemplo, pero sirve para conectar y enlazar experiencias que tienen mucho en común a pesar que desde lejos puedan parecernos extrañas.
Como documental es de una honestidad francamente saludable: el Perú aparece como es, duro, áspero, árido, pobre y a pedazos rico, con rincones de marginalidad, con partes que se están agotando o yendo, con partes que no se conocen entre sí. No es una película para turistas, pero puede ser muy seductora para un viajero, para alguien que quiere conocer lo que pasa más allá de los circuitos habituales, mirando los rincones algo perdidos donde las personas se expresan y viven y disfrutan de lo que son, más allá de si lo que son es algo tradicional, algo anclado en la pobreza. Es sobre músicos profesionales o casi profesionales, que sin embargo existen en una comunidad, a veces a dos tiempos entre su vida original y su vida efectiva: el violinista ayacuchano que vive en Lima, y es heladero de playa pero que se transforma en un maravilloso músico entre su gente, que es un referente de lo que sienten sus paisanos, es un gran ejemplo.
La mirada que no es miserabilista pero tampoco se avergüenza de mostrar la vida como es; nos hace preguntarnos por lo que nos une, por lo que hace que todos los que convivimos en este Estado Peruano tenemos en común. Hace décadas nos preguntamos por qué no somos una nación, y quizá esta película nos muestra una posible respuesta: no es la diversidad sino nuestra colectiva duplicidad, nuestra capacidad de contemplar sin convivir en la experiencia de los demás, es lo que hace tan difícil entendernos. No es la pobreza de aquellos que tocan música maravillosa tanto como la ignorancia de esas otras sensibilidades, presentadas de manera maravillosa como experiencias colectivas, vivas, sobre todo fuera de Lima.
Al mismo tiempo, Lima aparece como una colección casi inconexa de esas sensibilidades. Todo está aquí, todo llega, pero no converge; como paralelas que no se unen jamás, la música refleja lo que no tenemos en común a pesar que está ahí, delante nuestro.
Kachkaniraqmi muestra eso a través de un bache narrativo: la historia de buena parte de la película gira alrededor de la experiencia del maestro Don Máximo Damián, violinista ayacuchano que vive en Lima pero que enrumba a su tierra para participar en fiestas locales, pasando por Chincha para tocar en una romería maravillosa con los Ballumbrosio, donde rinden un homenaje conmovedor a Don Amador; luego se conversa y se vive la fiesta local, la música ayacuchana, esa deliciosa mezcla de instrumentos occidentales con ritmos andinos, incluida la participación de Palomita, una espectacular Danzaq que se enfrenta a Florían Cesario Ramos de igual a igual; donde Don Jaime Guardia, Don Raúl García Zárate y Magaly Solier cantan y tocan bellamente; para luego regresar a Lima, donde Don Andrés Lares nos lleva a la escena quizá más emocionante de la película: el heladero que vende sus productos en el verano limeño para al final, tocarle al océano, con la misma emoción que le tocó a sus paisanos, a su tierra, a su agua.
En medio, luego que termina el periplo andino, se conecta con la música limeña, desde el callejón hasta las versiones más estilizadas y personales de SaraVan y Susana Baca, con Félix Casaverde y otros tocando. La desconexión entre estas dos secciones es como una metáfora de la desconexión entre la cultura popular, de donde vienen los músicos anteriores, y la cultura popular limeña, si no en extinción en franco debilitamiento, ahora convertida en expresión más profesional, más urbana, no por ello menos honesta y sincera pero sí alejada de un terruño y una gente concreta. El atosigante ambiente de Lima es representado con la misma honestidad que los brutalmente hermosos paisajes del Ande; la belleza está en la gente que vive su cultura sin más premio que el placer que se dan y que dan.
La relativa falta de ritmo en ciertas partes, la ausencia de explicaciones y de nombres, la referencia a cuestiones quizá muy locales, la abundancia de músicos que aparecen y desaparecen, hace que Sigo Siendo sea tal vez menos asequible de lo que podría ser una película más expositiva, más ágil y menos dispuesta a explorar a las personas, más inclinada a la emoción inmediata. Pero es también una de sus virtudes: no sucumbe a la simplificación, no buscar exotizar. Es una mirada personal, honesta y cariñosa de lo peruano.
¿Y qué es lo peruano? Difícil de saberlo. ¿Somos una yuxtaposición, una mezcolanza, una agregación? La sensación es que lo que nos queda es seguir buscando. Sea a través de la música, o de la belleza natural, Kachkaniraqmi nos invita a hacernos preguntas tanto como a dejarnos llevar. ¿Qué más pedirle a un documental que salir con más preguntas que las que teníamos antes?
Javier Corcuera no nos propone una respuesta sino otra ruta de búsqueda, y eso es el acierto, el poder y la riqueza de Sigo Siendo, su hermoso documental sobre algo de la música del Perú. La película tiene momentos muy potentes, está muy bien hecha y merece ser vista en todo su esplendor cinematográfico, pues se luce en una enorme pantalla, con excelente sonido además. Me permito opinar sobre ella, no en plan de crítica cinematográfica sino de mirada sobre lo peruano; y me permito recomendar que vayan a verla, porque es realmente una experiencia hermosa y provocativa.
Corcuera logra hacer una película sobre música, no una película de música: elude la tentación de la colección de videoclips para proponernos más bien la música como el resultado de la vida de la gente; no solo de los músicos sino de lo que estos músicos son y de dónde es que son, de dónde viven, con quién viven y cómo viven. La selección musical no pretende ser completa ni cosa por el estilo: salvo la mínima pero preciosa presencia de lo selvático en la voz de Doña Amelia Panduro, cantante shipibo-coniba, tenemos a Ayacucho, y luego a Chincha y partes de lo limeño como el foco de la película; esta arbitrariedad es tan válida como hacer una lectura desde lo puñeno, por ejemplo, pero sirve para conectar y enlazar experiencias que tienen mucho en común a pesar que desde lejos puedan parecernos extrañas.
Como documental es de una honestidad francamente saludable: el Perú aparece como es, duro, áspero, árido, pobre y a pedazos rico, con rincones de marginalidad, con partes que se están agotando o yendo, con partes que no se conocen entre sí. No es una película para turistas, pero puede ser muy seductora para un viajero, para alguien que quiere conocer lo que pasa más allá de los circuitos habituales, mirando los rincones algo perdidos donde las personas se expresan y viven y disfrutan de lo que son, más allá de si lo que son es algo tradicional, algo anclado en la pobreza. Es sobre músicos profesionales o casi profesionales, que sin embargo existen en una comunidad, a veces a dos tiempos entre su vida original y su vida efectiva: el violinista ayacuchano que vive en Lima, y es heladero de playa pero que se transforma en un maravilloso músico entre su gente, que es un referente de lo que sienten sus paisanos, es un gran ejemplo.
La mirada que no es miserabilista pero tampoco se avergüenza de mostrar la vida como es; nos hace preguntarnos por lo que nos une, por lo que hace que todos los que convivimos en este Estado Peruano tenemos en común. Hace décadas nos preguntamos por qué no somos una nación, y quizá esta película nos muestra una posible respuesta: no es la diversidad sino nuestra colectiva duplicidad, nuestra capacidad de contemplar sin convivir en la experiencia de los demás, es lo que hace tan difícil entendernos. No es la pobreza de aquellos que tocan música maravillosa tanto como la ignorancia de esas otras sensibilidades, presentadas de manera maravillosa como experiencias colectivas, vivas, sobre todo fuera de Lima.
Al mismo tiempo, Lima aparece como una colección casi inconexa de esas sensibilidades. Todo está aquí, todo llega, pero no converge; como paralelas que no se unen jamás, la música refleja lo que no tenemos en común a pesar que está ahí, delante nuestro.
Kachkaniraqmi muestra eso a través de un bache narrativo: la historia de buena parte de la película gira alrededor de la experiencia del maestro Don Máximo Damián, violinista ayacuchano que vive en Lima pero que enrumba a su tierra para participar en fiestas locales, pasando por Chincha para tocar en una romería maravillosa con los Ballumbrosio, donde rinden un homenaje conmovedor a Don Amador; luego se conversa y se vive la fiesta local, la música ayacuchana, esa deliciosa mezcla de instrumentos occidentales con ritmos andinos, incluida la participación de Palomita, una espectacular Danzaq que se enfrenta a Florían Cesario Ramos de igual a igual; donde Don Jaime Guardia, Don Raúl García Zárate y Magaly Solier cantan y tocan bellamente; para luego regresar a Lima, donde Don Andrés Lares nos lleva a la escena quizá más emocionante de la película: el heladero que vende sus productos en el verano limeño para al final, tocarle al océano, con la misma emoción que le tocó a sus paisanos, a su tierra, a su agua.
En medio, luego que termina el periplo andino, se conecta con la música limeña, desde el callejón hasta las versiones más estilizadas y personales de SaraVan y Susana Baca, con Félix Casaverde y otros tocando. La desconexión entre estas dos secciones es como una metáfora de la desconexión entre la cultura popular, de donde vienen los músicos anteriores, y la cultura popular limeña, si no en extinción en franco debilitamiento, ahora convertida en expresión más profesional, más urbana, no por ello menos honesta y sincera pero sí alejada de un terruño y una gente concreta. El atosigante ambiente de Lima es representado con la misma honestidad que los brutalmente hermosos paisajes del Ande; la belleza está en la gente que vive su cultura sin más premio que el placer que se dan y que dan.
La relativa falta de ritmo en ciertas partes, la ausencia de explicaciones y de nombres, la referencia a cuestiones quizá muy locales, la abundancia de músicos que aparecen y desaparecen, hace que Sigo Siendo sea tal vez menos asequible de lo que podría ser una película más expositiva, más ágil y menos dispuesta a explorar a las personas, más inclinada a la emoción inmediata. Pero es también una de sus virtudes: no sucumbe a la simplificación, no buscar exotizar. Es una mirada personal, honesta y cariñosa de lo peruano.
¿Y qué es lo peruano? Difícil de saberlo. ¿Somos una yuxtaposición, una mezcolanza, una agregación? La sensación es que lo que nos queda es seguir buscando. Sea a través de la música, o de la belleza natural, Kachkaniraqmi nos invita a hacernos preguntas tanto como a dejarnos llevar. ¿Qué más pedirle a un documental que salir con más preguntas que las que teníamos antes?
martes, 6 de agosto de 2013
Leyes, leyes por todas partes
A veces ocurre esto: andanadas de propuestas legislativas destinadas a enfrentar los temores varios sobre la informática y las telecomunicaciones. Omar Chehade ha propuesto una ley sobre pornografía que es simplemente aberrante, y el Ejecutivo ha enviado una propuesta para modificar el Código Penal incorporando una serie de acápites y artículos sobre cibercriminalidad. Esta última propuesta es de esas que uno a veces asume a priori que pueden ser desastrosas y puro ciberpánico, pero una vez leida, no es tan terrible, aunque igual deja puertas abiertas que deberían estar mejor aseguradas, con una en particular que me preocupa un montón.
Conste que no soy abogado ni pretende serlo, así que no puedo realmente opinar sobre la pertinencia de este ejercicio: es posible que la propuesta sea redundante o que la falta de tipificación sea grave e impida que se condene a muchos ciberdelincuentes; espero comentarios más educados en estos aspectos para hacerme una opinión. Pero en la parte más general, libre afortunadamente de las declaraciones iniciales que muchas veces hacen ilegibles estas propuestas, lo que hay es una serie de artículos precisos que dicen cosas pertinentes.
A saber: la propuesta de artículo 162-A plantea cárcel de entre tres y seis años para el que intercepte intercambios informáticos no público, con agravantes si es información clasificada, secreta o militar. El 197-A propone la misma pena para el que altere bases de datos; el 208-C, para el que atente contra la integridad de los sistemas informáticos.
¿Dónde está el problema con esto? Difícil verlo, salvo que se asuma que estos artículos van a ser usados contra aquellos que no deberían ser castigados, como por ejemplo algunos hackers libertarios tipo Anonymous; la pregunta obvia es por qué no tendría que castigarse ese tipo de intervención de la misma manera como se castigaría una intervención con fines de lucro. La ignorancia de las partes en el proceso podría equiparar un reemplazo simplón de la página principal de un sitio web del Estado (un defacement) por el acto de alguien que "introduce, borre, deteriore, altere, suprime o hace inaccesibles datos informáticos", es cierto, pero imagino que la ignorancia de las partes no es ni justificación para no tipificar otros delitos, ni óbice para que los abusos ocurran.
Ahora, la propuesta tiene un componente algo más delicado al meter en medio de todo esto la pornografía infantil, que es un tema delicado pero que también se presta para excesos; también lo que se suele llamar grooming, o "trabajar" a menores para lograr que acepten tener actividad sexual con adultos, tema que en la Argentina ha sido considerablemente discutido, aunque siempre a partir de casos muy llamativos más que de información precisa sobre la escala del problema.
Pero esto no es el problema principal, sino uno conceptual que puede manejarse sin mayores complicaciones si se hace con cuidado; solo implica una ligera modificación en el lenguaje usado. En varios artículos se habla de "el que, a través de las tecnologías de información o de las tecnologías de comunicación...", cosa que deja una duda: ¿a qué tecnologías se refieren los autores del proyecto? Si dijeran "tecnologías de información y comunicación" podríamos entrar a un debate finalmente académico sobre si se debe hablar en plural o singular, pero es precisamente académico porque el contexto general está claro: sabemos que son la(s) TIC. Pero las tecnologías de información y las tecnologías de comunicación son otra historia, y en artículos como el 183-B podría entenderse que el que le pasa una revista porno (una tecnología de comunicación) a un menor de edad estaría proponiéndole sexo en los términos del delito de grooming. Ya sé que la primera impresión es que es ridículo ponerlo así pero de ridiculeces así se han construido procesos judiciales, y un chico de 19 que trata de impresionar a otro de 17 podría ser acusado por un padre histérico y terminaríamos con varias vidas bien jodidas. Similarmente podría pasar con el 438-A, donde el uso de una fotocopiadora para copiar un DNI podría ser entendido como transgresión tipificada en el artículo que busca castigar la suplantación de datos.
Hay dos soluciones: evitar la ambigüedad de "estas tecnologías y estas otras", y hablar de "TIC" o simplemente de sistemas informáticos, tal como aparece en la Disposición Complementaria Final no.2, y como se la usa ampliamente en la Exposición de Motivos (por qué se la ignoró en la redacción de los artículos, es uno de esos misterios propios de nuestra actividad legislativa); y por otro lado, sacar lo relacionado a pornografía infantil y peligros para la infancia y ordenar la conversa en otros términos para evitar caer en excesos. Si es así, no estaríamos ante una propuesta descabellada.
Conste que no soy abogado ni pretende serlo, así que no puedo realmente opinar sobre la pertinencia de este ejercicio: es posible que la propuesta sea redundante o que la falta de tipificación sea grave e impida que se condene a muchos ciberdelincuentes; espero comentarios más educados en estos aspectos para hacerme una opinión. Pero en la parte más general, libre afortunadamente de las declaraciones iniciales que muchas veces hacen ilegibles estas propuestas, lo que hay es una serie de artículos precisos que dicen cosas pertinentes.
A saber: la propuesta de artículo 162-A plantea cárcel de entre tres y seis años para el que intercepte intercambios informáticos no público, con agravantes si es información clasificada, secreta o militar. El 197-A propone la misma pena para el que altere bases de datos; el 208-C, para el que atente contra la integridad de los sistemas informáticos.
¿Dónde está el problema con esto? Difícil verlo, salvo que se asuma que estos artículos van a ser usados contra aquellos que no deberían ser castigados, como por ejemplo algunos hackers libertarios tipo Anonymous; la pregunta obvia es por qué no tendría que castigarse ese tipo de intervención de la misma manera como se castigaría una intervención con fines de lucro. La ignorancia de las partes en el proceso podría equiparar un reemplazo simplón de la página principal de un sitio web del Estado (un defacement) por el acto de alguien que "introduce, borre, deteriore, altere, suprime o hace inaccesibles datos informáticos", es cierto, pero imagino que la ignorancia de las partes no es ni justificación para no tipificar otros delitos, ni óbice para que los abusos ocurran.
Ahora, la propuesta tiene un componente algo más delicado al meter en medio de todo esto la pornografía infantil, que es un tema delicado pero que también se presta para excesos; también lo que se suele llamar grooming, o "trabajar" a menores para lograr que acepten tener actividad sexual con adultos, tema que en la Argentina ha sido considerablemente discutido, aunque siempre a partir de casos muy llamativos más que de información precisa sobre la escala del problema.
Pero esto no es el problema principal, sino uno conceptual que puede manejarse sin mayores complicaciones si se hace con cuidado; solo implica una ligera modificación en el lenguaje usado. En varios artículos se habla de "el que, a través de las tecnologías de información o de las tecnologías de comunicación...", cosa que deja una duda: ¿a qué tecnologías se refieren los autores del proyecto? Si dijeran "tecnologías de información y comunicación" podríamos entrar a un debate finalmente académico sobre si se debe hablar en plural o singular, pero es precisamente académico porque el contexto general está claro: sabemos que son la(s) TIC. Pero las tecnologías de información y las tecnologías de comunicación son otra historia, y en artículos como el 183-B podría entenderse que el que le pasa una revista porno (una tecnología de comunicación) a un menor de edad estaría proponiéndole sexo en los términos del delito de grooming. Ya sé que la primera impresión es que es ridículo ponerlo así pero de ridiculeces así se han construido procesos judiciales, y un chico de 19 que trata de impresionar a otro de 17 podría ser acusado por un padre histérico y terminaríamos con varias vidas bien jodidas. Similarmente podría pasar con el 438-A, donde el uso de una fotocopiadora para copiar un DNI podría ser entendido como transgresión tipificada en el artículo que busca castigar la suplantación de datos.
Hay dos soluciones: evitar la ambigüedad de "estas tecnologías y estas otras", y hablar de "TIC" o simplemente de sistemas informáticos, tal como aparece en la Disposición Complementaria Final no.2, y como se la usa ampliamente en la Exposición de Motivos (por qué se la ignoró en la redacción de los artículos, es uno de esos misterios propios de nuestra actividad legislativa); y por otro lado, sacar lo relacionado a pornografía infantil y peligros para la infancia y ordenar la conversa en otros términos para evitar caer en excesos. Si es así, no estaríamos ante una propuesta descabellada.
sábado, 6 de julio de 2013
Homenaje involuntario a Breton, también conocido como el dictamen de la ley universitaria
He leído por completo el último dictamen sobre la ley universitaria, disponible aquí. Mi opinión, que podría cambiar parcialmente en caso que algunas cosas sean modificadas y mejoradas, es que tiene tantas contradicciones y superposiciones que es un desastre en potencia.
Los detalles los dejo en el texto comentado y apostillados que estoy colgando aquí. La crítica más general es que el dictamen es por partes demasiado genérico y por otras demasiado detallista. Pone condiciones en exceso reglamentaristas para la organización de las universidades, que no han demostrado ser mejores o peores que las actuales; al mismo tiempo esas enormes precisiones se prestan para enormes vaguedades: todas las universidades tienen que tener vicerrectorado de investigación, pero la acreditación no incluye la investigación, sino solo las carreras. A su vez, las carreras no figuran en la estructura organizativa de la universidad y ni siquiera se definen con claridad. Esto como un ejemplo de la impresión más fuerte que queda: el dictamen está mal redactado, pero el problema principal es el desorden conceptual.
Otro problema, muy serio: en un enorme enredo, omite cualquier responsabilidad de organizar a las universidades privadas con fines de lucro bajo un modelo nacional, pero introduce suficientes artículos que indicarían lo contrario para armar el caos más completo. Es decir: no hay manera de compatibilizar la ambiguedad presentada en varios artículos con el mandato claro al inicio del capítulo sobre gobierno universitario en el que se dice claramente que las privadas con fines de lucro se organizan como les da la gana. No es que me oponga, simplemente me parece aberrante no decir de frente que queda fuera de la ley salvo cuando opten por aceptarla en aspectos como la acreditación, cosa que sí se menciona.
Lo único positivo: realmente no hay una amenaza significativa a la autonomía universitaria, con una superintendencia que no parece particularmente mala ni como idea ni como implementación básica. Lo malo es la falta de consistencia en las normas sobre lo que haría y cómo lo haría, y eso es problema del legislador, no de la SUNAU.
Al final, lo que se puede decir es que el texto no está en condiciones de ser aprobado, por un buen margen. Las contradicciones, los vacíos y los errores son muy grandes, y luego de arreglarlos, todavía habría que discutir si lo que se plantea permitirá crear un gran sector universitario peruano, o si apenas intenta evitar que ciertos desastres sigan ocurriendo. Creo que intenta lo segundo, y que ni siquiera lo va a lograr.
El texto comentado está aquí.
Los detalles los dejo en el texto comentado y apostillados que estoy colgando aquí. La crítica más general es que el dictamen es por partes demasiado genérico y por otras demasiado detallista. Pone condiciones en exceso reglamentaristas para la organización de las universidades, que no han demostrado ser mejores o peores que las actuales; al mismo tiempo esas enormes precisiones se prestan para enormes vaguedades: todas las universidades tienen que tener vicerrectorado de investigación, pero la acreditación no incluye la investigación, sino solo las carreras. A su vez, las carreras no figuran en la estructura organizativa de la universidad y ni siquiera se definen con claridad. Esto como un ejemplo de la impresión más fuerte que queda: el dictamen está mal redactado, pero el problema principal es el desorden conceptual.
Otro problema, muy serio: en un enorme enredo, omite cualquier responsabilidad de organizar a las universidades privadas con fines de lucro bajo un modelo nacional, pero introduce suficientes artículos que indicarían lo contrario para armar el caos más completo. Es decir: no hay manera de compatibilizar la ambiguedad presentada en varios artículos con el mandato claro al inicio del capítulo sobre gobierno universitario en el que se dice claramente que las privadas con fines de lucro se organizan como les da la gana. No es que me oponga, simplemente me parece aberrante no decir de frente que queda fuera de la ley salvo cuando opten por aceptarla en aspectos como la acreditación, cosa que sí se menciona.
Lo único positivo: realmente no hay una amenaza significativa a la autonomía universitaria, con una superintendencia que no parece particularmente mala ni como idea ni como implementación básica. Lo malo es la falta de consistencia en las normas sobre lo que haría y cómo lo haría, y eso es problema del legislador, no de la SUNAU.
Al final, lo que se puede decir es que el texto no está en condiciones de ser aprobado, por un buen margen. Las contradicciones, los vacíos y los errores son muy grandes, y luego de arreglarlos, todavía habría que discutir si lo que se plantea permitirá crear un gran sector universitario peruano, o si apenas intenta evitar que ciertos desastres sigan ocurriendo. Creo que intenta lo segundo, y que ni siquiera lo va a lograr.
El texto comentado está aquí.
viernes, 5 de julio de 2013
Derechos y Libertades, o dónde está la izquierda en estos tiempos...
A finales de los ochenta, cuando "Libertad" el movimiento político se adueñó del concepto de libertad, la izquierda peruana se definía por la lucha por los derechos. El Estado, como agente de los intereses capitalistas, era el enemigo, y los coqueteos con Sendero o el MRTA se debían a discusiones sobre quién era realmente el enemigo principal.
Luego vino el descalabro del socialismo realmente existente, y con él el fin de la noción que la libertad podía someterse a los derechos, es decir que podíamos esperar que los habitantes del mundo capitalista prefirieran tener derechos a ser libres. Parece una dualidad incomprensible a la distancia, pero era real, sazonada además por la coyuntura local de la década pérdida.
Entonces caímos en la actualidad dualidad: la derecha solo habla de libertades, y los pedacitos de la izquierda, de derechos. A pesar de Amartya Sen, entre otros, la izquierda no ha reivindicado su lucha como una de ampliación de libertades; es más, se ha anclado a los "derechos adquiridos", es decir a lo que ya algunos ganaron. Comprensiblemente, luego de los traumas de décadas pasadas, aquellos que todavía tienen algunos derechos no quieren perderlos, pero el resultado es un conservadurismo económico que no tiene sentido en un mundo en el que realmente las alternativas económicas yacen entre un desarrollo capitalista globalmente articulado y un cierto pastoralismo utópico de origen verde, que no tiene realmente expresión concreta en el mundo actual, como sistema, no como prácticas comunitarias pre-capitalistas o de grupos de menor cuantía.
Las discusiones de estos días en el Perú apuntan en esa dirección: la izquierda no cree en la libertad sino en los derechos, y defiende los derechos de los que ya los tienen, especialmente si son económicos, o aquellos que ya están en el repertorio; pero no ha creado una narrativa que acepte que la ampliación de derechos no es un logro de clase sino una reivindicación del individuo, ciertamente en su colectividad, pero primero que nada, del individuo. La historia de colectivismo brutal que tiñe a todos los proyectos de izquierda, desde la Guerra Civil rusa de 1919 hasta las actuales agresiones a los pequeños propietarios que el Partido Comunista Chino hace ante el altar del desarrollo capitalista, muestran la entraña de desprecio al individuo que lamentablemente, caracteriza a la izquierda marxista.
Las divisiones entre izquierda y derecha parecen entonces confusas sino imposibles: ¿es la izquierda el colectivismo extractivista de Chávez, que usa lo popular como justificación para gollerías, abusos, ineficiencia? ¿Proyectos caudillistas como el de Evo Morales, que usan una suerte de comunismo primitivo como discurso hasta que se trata de destrozar una reserva natural, merecen ser de izquierda porque se pelean con EEUU y reivindican lo aymara? ¿China es de izquierda? ¿El autócrata Putin?
Y claro, para complicarlo todo, aparece alguien como Obama, que es claramente de izquierda en la agenda social, pero claramente de derecha imperialista en seguridad nacional, y ambiguamente pro-gran capital financiero en su política económica. ¿Es posible hacer política de izquierda fuera de lo social en un país como EEUU, en la realidad partidaria en la que viven? La pregunta es válida en el Perú también: ¿el problema en el Perú es la política económica, o la corrupción, la infiltración de delincuentes en el Estado, la incapacidad congénita y el quiebre entre el gobierno y la sociedad? ¿Es un asunto de izquierdas o de derechas, o simplemente de construcción de un Estado moderno, liberal, que reconozca la libertad como valor y los derechos como su expresión?
Cuando la izquierda política peruana declara jornadas de lucha y termina apoyando el asambleísmo en las universidades para darle más poder a una federación estudiantil de papel, y luego está ausente de la defensa de ciudadanos en riesgo por el poder de un grupo de retrógados que aprueba la discriminación como parte de las leyes peruanas, estamos en problemas. No solo porque es reflejo de componendas y acomodos, sino porque el conflicto entre lo que genéricamente podríamos llamar la agenda progresista y la acción de los grupos que se llaman a sí mismos progresistas sigue sin sincronía alguna.
Solucionar este conflicto es muy complicado, porque es más fácil encontrar enemigos comunes que programas comunes: está claro que la derecha más retrógada quiere regresarnos al siglo XIX, sin derechos para ninguna minoría o mayoría que no sostenga su predominio, y por eso hay esta alianza de facto entre los grupos minotarios de distinto origen identitario, como la comunidad LGBT y las renacidas comunidades indígenas; pero la pregunta inevitable es si se trata de una alianza apenas táctica o si hay una coincidencia de fondo, ontológica, en que lo que cada uno busca es ampliación de la libertad, y por ello está y estarán juntos porque como decía Madiba, "mi libertad y la tuya no pueden separarse"...
Saber la respuesta es imposible: hay que construirla. La pregunta que atormenta un poquito es si hay materiales para esta construcción, porque la respuesta que asoma es negativa...
Luego vino el descalabro del socialismo realmente existente, y con él el fin de la noción que la libertad podía someterse a los derechos, es decir que podíamos esperar que los habitantes del mundo capitalista prefirieran tener derechos a ser libres. Parece una dualidad incomprensible a la distancia, pero era real, sazonada además por la coyuntura local de la década pérdida.
Entonces caímos en la actualidad dualidad: la derecha solo habla de libertades, y los pedacitos de la izquierda, de derechos. A pesar de Amartya Sen, entre otros, la izquierda no ha reivindicado su lucha como una de ampliación de libertades; es más, se ha anclado a los "derechos adquiridos", es decir a lo que ya algunos ganaron. Comprensiblemente, luego de los traumas de décadas pasadas, aquellos que todavía tienen algunos derechos no quieren perderlos, pero el resultado es un conservadurismo económico que no tiene sentido en un mundo en el que realmente las alternativas económicas yacen entre un desarrollo capitalista globalmente articulado y un cierto pastoralismo utópico de origen verde, que no tiene realmente expresión concreta en el mundo actual, como sistema, no como prácticas comunitarias pre-capitalistas o de grupos de menor cuantía.
Las discusiones de estos días en el Perú apuntan en esa dirección: la izquierda no cree en la libertad sino en los derechos, y defiende los derechos de los que ya los tienen, especialmente si son económicos, o aquellos que ya están en el repertorio; pero no ha creado una narrativa que acepte que la ampliación de derechos no es un logro de clase sino una reivindicación del individuo, ciertamente en su colectividad, pero primero que nada, del individuo. La historia de colectivismo brutal que tiñe a todos los proyectos de izquierda, desde la Guerra Civil rusa de 1919 hasta las actuales agresiones a los pequeños propietarios que el Partido Comunista Chino hace ante el altar del desarrollo capitalista, muestran la entraña de desprecio al individuo que lamentablemente, caracteriza a la izquierda marxista.
Las divisiones entre izquierda y derecha parecen entonces confusas sino imposibles: ¿es la izquierda el colectivismo extractivista de Chávez, que usa lo popular como justificación para gollerías, abusos, ineficiencia? ¿Proyectos caudillistas como el de Evo Morales, que usan una suerte de comunismo primitivo como discurso hasta que se trata de destrozar una reserva natural, merecen ser de izquierda porque se pelean con EEUU y reivindican lo aymara? ¿China es de izquierda? ¿El autócrata Putin?
Y claro, para complicarlo todo, aparece alguien como Obama, que es claramente de izquierda en la agenda social, pero claramente de derecha imperialista en seguridad nacional, y ambiguamente pro-gran capital financiero en su política económica. ¿Es posible hacer política de izquierda fuera de lo social en un país como EEUU, en la realidad partidaria en la que viven? La pregunta es válida en el Perú también: ¿el problema en el Perú es la política económica, o la corrupción, la infiltración de delincuentes en el Estado, la incapacidad congénita y el quiebre entre el gobierno y la sociedad? ¿Es un asunto de izquierdas o de derechas, o simplemente de construcción de un Estado moderno, liberal, que reconozca la libertad como valor y los derechos como su expresión?
Cuando la izquierda política peruana declara jornadas de lucha y termina apoyando el asambleísmo en las universidades para darle más poder a una federación estudiantil de papel, y luego está ausente de la defensa de ciudadanos en riesgo por el poder de un grupo de retrógados que aprueba la discriminación como parte de las leyes peruanas, estamos en problemas. No solo porque es reflejo de componendas y acomodos, sino porque el conflicto entre lo que genéricamente podríamos llamar la agenda progresista y la acción de los grupos que se llaman a sí mismos progresistas sigue sin sincronía alguna.
Solucionar este conflicto es muy complicado, porque es más fácil encontrar enemigos comunes que programas comunes: está claro que la derecha más retrógada quiere regresarnos al siglo XIX, sin derechos para ninguna minoría o mayoría que no sostenga su predominio, y por eso hay esta alianza de facto entre los grupos minotarios de distinto origen identitario, como la comunidad LGBT y las renacidas comunidades indígenas; pero la pregunta inevitable es si se trata de una alianza apenas táctica o si hay una coincidencia de fondo, ontológica, en que lo que cada uno busca es ampliación de la libertad, y por ello está y estarán juntos porque como decía Madiba, "mi libertad y la tuya no pueden separarse"...
Saber la respuesta es imposible: hay que construirla. La pregunta que atormenta un poquito es si hay materiales para esta construcción, porque la respuesta que asoma es negativa...
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