El tejido de acciones que ha llevado a un conflicto diplomático
entre Ecuador y el Reino Unido por un acusado de violación requerido en
Suecia nos obliga a varias reflexiones. Sin asumir tantas certezas
morales como las que exhiben Mario Vargas Llosa o Rafael Correa, es
saludable trascender al personaje -en muchos sentidos fallido-, que
encarna Julian Assange, y ponernos a pensar en lo que significa el
problema de fondo.
El proyecto original de Wikileaks plantea una idea poderosa pero sin
duda cuestionable. ¿Es de interés global permitir que los ciudadanos
puedan ir más allá de su propia ciudadanía y actúen políticamente en un
ámbito extranacional? La intención original del sitio era precisamente
facilitar que los ciudadanos de un país cualquiera pudieran diseminar
información que ayudara a la transparencia de lo público, mediante la
revelación de aquello que sus gobiernos o Estados no querían que fuera
difundido. Esto trasciende la realidad política sin por ello apostar a
la irrelevancia de los estados mismos, puesto que se trata de usar la
tecnología para compensar las limitaciones a la transparencia que una
supuesta "razón de estado" justificaría.
La razón de estado no es un desarrollo reciente; ni siquiera se
trata ahora de algo más serio que en el pasado, puesto que las
democracias han aceptado en las últimas décadas que no es posible
ocultarlo todo, todo el tiempo, siquiera de la boca para afuera. En
muchos países, incluido el Perú, el principio político es que la
transparencia manda, y que el secreto es la excepción, justificada por
razones específicas y no por el interés de funcionarios o políticos.
Claro está, existen circunstancias en donde el secreto es dañino.
Sea porque se oculta más de lo que se debe por razones políticas o
porque se oculta por interés de poderes fácticos. Entonces, la ausencia
de transparencia resulta peligrosa. Un Estado puede engañar, incluso de
buena fe, para lograr objetivos que considera positivos; un Estado puede
estar cooptado por terceros que lo usan para sus propios fines. El
resultado es debilitante para la sociedad y peligroso para los
ciudadanos.
Usar la Internet, que puede ser anónima y casi deslocalizada, para
facilitar la transparencia no es mala idea, y como vimos en el caso
peruano, con los "petroaudios", los beneficios de una plataforma de
alcance global, fuera del control del Estado en cuestión, pueden ser
importantes. Los ciudadanos, al acceder a información, dejan de estar a
merced siquiera en parte, de lo que los gobernantes intentan lograr. Se
puede impedir o minimizar el abuso y quizá cambiar las prácticas para
evitar repeticiones.
Ese verbo no muy grato, "empoderar", es la clave. La Internet ha
cambiado muchas relaciones de poder en el mundo contemporáneo: eventos
tan disímiles como los Occupy, la Primavera Árabe y el colapso del
modelo económico de la industria discográfica son ejemplos perfectos.
Wikileaks creaba la oportunidad de cambiar relaciones de poder, dándole a
ciertos grupos de individuos la posibilidad de actuar de maneras
disruptivas que romperían el control estatal sobre información de
interés público. Al mismo tiempo, se fortalecía un discurso parcialmente
cierto: los ciudadanos no sólo lo son de un Estado, sino que una
emergente sociedad civil global podía enfrentar colectivamente los
pleitos que, en expresiones concretas locales, afectan a todos en el
mundo, no sólo a aquellos que viven en un Estado nación específico.
Ciertamente, la suma de acciones individuales acometida por
ciudadanos en distintos países ha creado en varios casos, un movimiento
que altera global y nacionalmente, relaciones de poder y económicas. El
consumo irregular de música por los peruanos creó condiciones para que
la industria local colapsara casi totalmente, pero también fue parte del
ataque global que ha llevado a la crisis industrial generalizada y que
permite, a la larga, que se pueda comprar música con servicios de nube,
como los que ofrece Apple. En el caso de Wikileaks, la vocación global
es más intención que realidad.
Aunque el movimiento puede ser global, lo concreto es que las
acciones afectan a Estados concretos, y pueden ser peligrosas para
ciudadanos concretos, precisamente por ser ciudadanos de Estados nación.
El caso más serio, Bradley Manning, es un buen ejemplo. Un soldado raso
homosexual obligado a ocultar su identidad sexual, de familia pobre y
con ambiciones intelectuales que no podía realizar por falta de
recursos, Manning parece haber actuado sin intención política si no más
bien por una mezcla de búsqueda de reconocimiento con ganas de fastidiar
a sus superiores y al sistema. Es decir, lo que habitualmente sería
llamado entre los "nativos digitales" como un troll: un personaje
interesado en el efecto de sus acciones sobre sus interlocutores, pero
desinteresado en las consecuencias reales más allá del acto mismo.
Manning está siendo tratado de manera medieval por los Estados Unidos y
tiene ante suyo la perspectiva de pasar el resto de su vida en prisión.
Si bien es cierto que ningún Estado nación toleraría que un militar
revele secretos de Estado, lo que Manning puso a disposición de
Wikileaks fue más bien intrascendente, a excepción del video del ataque
en helicóptero que produjo en la muerte de dos fotógrafos en Iraq,
donde lo más impactante no era el acto mismo sino la actitud de la
tripulación, más cercana a adolescentes jugando Call of Duty que a
personas conscientes de estar
matando seres humanos.
Sin duda de interés global, el video sirvió para poner a Wikileaks en
el primer plano. Pero lo importante es ponderar no el interés, sino el
efecto. Las consecuencias políticas fueron bastante tenues, dado que la
guerra en Iraq estaba en su fase final, tras haber insensibilizado a
muchos en el mundo entero sobre la violencia y las muertes ocurridas en
ese conflicto confuso, fundamentalmente inmoral pero sobre todo
desastroso en tantos planos para los EE.UU. Fuera de los EE.UU, el
impacto fue más el ruido periodístico, seguido del olvido pronto, que
otra cosa.
Todo lo demás que ha hecho Wikileaks, incluyendo los cables
diplomáticos, ha sido relativamente menor y de poca o nula importancia
real. No es que los Estados Unidos. sean un ejemplo perfecto de
"sunshine", pero ciertamente en un país con prensa cuestionadora,
oposición política activa y al mismo tiempo consensos políticos básicos
sobre la defensa y las relaciones exteriores, no es mucho el daño que se
puede hacer con cuentos como estos; por otro lado, los países como el
Perú no son tan fácilmente vulnerables, porque las disfuncionalidad que
permite situaciones como los petroaudios no se soluciona con hacerla
pública.
Donde Wikileaks podría ser fantástica sería en países autoritarios;
precisamente en aquellos en donde el modelo de ciudadano activista tiene
más riesgo, y donde el impacto ha sido mínimo. Una explicación posible
es que la información está mucho más cuidada; otra es que los activistas
tienen que medir qué hacen, bajo riesgo severo (pensemos en
Anna Politovskaya).
Otra es simplemente que el grado de impacto del revelar información
confidencial es proporcional al impacto político posible: Putin no
dejará de ser el zar de la nueva Rusia porque alguien publique sus
cables diplomáticos, mientras que Obama por lo menos tendrá que
responder. El entusiasmo periodístico en el Perú no hará que sea más
fácil revelar secretos y quebrar la vocación autoritaria de un Hugo
Chávez.
Ahí reside el problema de Wikileaks, extrapolando el daño que le
hizo Assange y su narcisismo: sin importar las intenciones, el alcance
depende de cada ˝polity", de cada realidad política concreta. Habrá la
posibilidad de revelarlo todo pero "todo" se define de maneras distintas
por el contexto político que crea secretos, que los hace más o menos
accesibles, o que les da un contexto en el que impactar. Más allá del
sueño hacker de la transparencia global; más allá de la exageración
fundamentalista que llevó a creer que revelar es bueno por sí mismo, sin
importar las consecuencias sobre individuos concretos; la política
sigue siendo nacional, y la transparencia tiene que ser considerada
localmente.
Por eso, Wikileaks solo será una nota a pie de página, que sirve
para demostrar que más allá de las intenciones de los activistas y los
entusiasmos tecnológicos, el Estado nación sigue siendo el rey, y el
individuo empoderado por la vida digital será más libre en cuanto el
poder estatal esté moderado por fuerzas políticas mayores, no por
hackers lejanos.
Publicado el 29/08/2012 en Noticias Ser.