jueves, 25 de octubre de 2012

Desmarcándose de Lima

Indicios tenemos, aunque todavía no hay pronunciamientos: la estación de Desamparados sería convertida en oficinas para el Primer Ministro, actualmente inquilino precario en Palacio de Gobierno.

Una suerte de rescoldo de esperanza me impide asumir que la decisión está tomada, o que una serie de expresiones públicas públicas de profundo desagrado no serán suficientes para detener un atropello. Pero queda la desazón de que algo así siquiera sea tomado en cuenta, ya no ejecutado.

¿Cómo es posible que se piense que es una buena idea tomar un edificio de más de 100 años, diseñado para ser un espacio público y habilitado, con elegancia y eficiencia, como museo / centro cultural, en una oficina cerrada al público?  Guardando las distancias, con Desamparados se ha hecho lo que París hizo con la Gare d'Orsay o Santiago de Chile con la Estación Mapocho: rehabilitarlas como espacio público una vez que su función original dejó de tener sentido. Privatizarlo, no en el sentido comercial sino de acceso y función, como oficinas estatales, sería una inmensa necedad.

Imagino escenarios paliativos varios para la pérdida de lo que sin duda es un lugar con encanto y que siempre ha sido público, abierto.
  1. Un inmenso logo de Marca Perú decorará la fachada, luego que las puertas hayan sido cerradas para siempre.
  2. Se instalarán muñecones de literatos peruanos en la entrada, para que la gente se tome fotos con Vargas Llosa, Arguedas y algún otro de esos que se leen en el colegio.
  3. Se hará una nueva estación, que tendrá sección cultural. Claro, pendiente el tren de alta velocidad a Huancayo que acaba de ocurrirsele al community manager de la PCM para justificar el traslado. Fecha de conclusión: para cuando tengamos metro subterráneo en Lima.
  4. La PCM auspiciará ediciones populares de libros de autores peruanos, que serán vendidos junto con los periódicos de circulación nacional. La foto del Primer Ministro adornará la contracaratula; naturalmente, no será el actual, sino algún otro tan poco consecuente con la ciudad que lo alberga como el actual.
  5. Se trasladará la Casa de la Literatura a la Estación de Barranco.
Pero en serio: cuando el único discurso sobre lo público que parece ser capaz de articular el estado peruano es la Marca Perú, tenemos un problema enorme por delante: lo público no es lo estatal; lo público no es aquello a lo que estamos obligados los ciudadanos; lo privado no siempre se define en términos de propiedad. Lo público es aquello que está pensado para todos, para que los ciudadanos nos encontremos, disfrutemos y aprovechemos.

Así como el "circuito mágico del agua" es una privatización del espacio público, que podría haberse hecho en cualquier otro lugar sin maltratar un parque; así como hacer Mistura en el Campo de Marte no es solamente cosa de dejarlo como estaba, sino de apropiarse de un lugar que es de todos para poner un negocio; tomar una estación de trenes, destrozarla para habilitar oficinas, cerrar sus espacios para el uso de unos cuantos y finalmente convertirla en una extensión de Palacio de Gobierno, no es más que una confirmación de la pobreza intelectual y moral de la política nacional, que solo ve la gestión de la cosa pública, la eficiencia en el gasto y la eficacia recaudatoria como virtudes ciudadanas. No pensamos en los peruanos como nosotros mismos, sino apenas como personas a las que hay que proveer de servicios en un constante quid pro quo: paga impuestos y algo recibirás a cambio.

¿El resto? Ahí está la comida, las ricas montañas, risueñas playas y exotismo variado. Conviértete en turista interno y disfruta que te sale más barato.

Espero sinceramente que esto no pase de ser una idea "brillante" de algún funcionario educado en la eficiencia noventera del fujimorismo, y que los políticos, que se supone tienen una idea más amplia de para qué están ahí, lo impidan. Ojalá se den cuenta que están para algo más que ser eficientes y vender turismo: están para hacer patria, y eso no se hace destruyendo la historia o despreciando la cultura. 


jueves, 18 de octubre de 2012

Felafacs 2012: la comunicación confundida

Esta por terminar el 14to Encuentro de la Federación de Facultades Latinoamericanas de Comunicación Social, en la Universidad de Lima. Un esfuerzo enorme de muchos: los directivos, la Facultad de Comunicaciones de la ULima, toda la gente involucrada desde los profesores hasta los alumnos que apoyaron. Eso, además, en el contexto de una Federación que cumple 30 años y que ha logrado una continuidad más que respetable.

La pregunta que surge, sin embargo, es el para qué. El Encuentro ha tenido buenas ponencias, algunas más bien convencionales; ha tenido presentaciones magistrales con el problema que estas suelen tener: no es fácil apelar al interés de 1500 personas que van desde estudiantes de pregrado hasta investigadores avezados. Pero me queda cuatro grands dudas, que además me han quedado tras cada uno de los seis encuentros de FELAFACS a los que he asistido:

  1. ¿Es posible hacer un encuentro de comunicación sin caer en las comunicaciones? Es decir, hablar de la comunicación es distinto a hablar de las distintas maneras como se comunica, en tanto profesiones o preocupaciones. El resultado es dispersión temática. Las ponencias sobre la comunicación no hacen un puente tan claro con las comunicaciones, ni siquiera con algunas de ellas. 
  2. ¿Es posible sostener el pensamiento crítico, más bien de izquierda, cuando las preocupaciones laborales son más bien de tipo comercial? La conexión entre las grandes dudas y respuestas tentativas del pensamiento crítico con lo que realmente tienen que hacer los comunicadores para salir adelante es un problema todavía por resolver. 
  3. ¿Cómo podemos avanzar como comunidad académica cuando hablamos tan distinto? Hay poca relación entre ponencias y posiciones a pesar que tratan de los mismos temas, y esto se debe a que las aproximaciones conceptuales tienden a ser muy poco parecidas y sobre todo, con vocación escasa de conversar entre sí. Otro gran pendiente. 
  4. ¿Vale la pena seguir hablando de América Latina? Finalmente es una abstracción, pero como que la hemos usado para diferenciarnos por lo malo: falta de irgor, falta de empiria, amenazas comunes y malos de la película compartidos. No es que no hayan pertinencia en muchos de estas entradas, pero igual... queda la sensación que nos escapamos a lo Latinoamericano porque no podemos conectarnos desde lo local  a la reflexión académica global. 

Ideas para conversar, ojalá. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Crimen sin consensos

El caso de Ruth Zayas es una tragedia en varios niveles. En el menos importante quizá, está el debate más bien confuso alrededor de lo ocurrido, que revela algunas tendencias poco saludables para la vida política del país. No busco aquí dar mi opinión sobre lo ocurrido con ella, ni mucho menos juzgar y asignar culpas. Más bien, es necesario pensar el debate mediático ocurrido, y cómo refleja la realidad de nuestra vida pública y los problemas que enfrentamos para lograr consensos.

Es posible establecer dos grandes perspectivas ante este tema: la primera es una claramente machista, que básicamente atribuye culpa a la víctima, y que es la extensión de una mirada similar a la que sirve de excusa a sacerdotes pederastas o a comunidades musulmanas que quieren mantener a las mujeres bajo cadenas porque son “tentadoras naturales”: el principio en una sociedad liberal es que cada quien tiene derecho a hacer lo que quiera y que no tiene que temer por ello ser víctima de nadie. Ese principio está en la base de campañas anti-agresión en las calles, disfrazadas de “piropos”, hasta la lucha contra la violencia doméstica.

La otra gran perspectiva es que pone la culpa en aquellos que aparecen como autores materiales o intelectuales del asesinato. La tesis más simplona, común en sectores conservadores de los EEUU pero no tanto aquí, es la del individuo enfermo, fuera del cuerpo social; expresada en muchos programas televisivos, la idea es que la sociedad está bien pero que algunos de sus miembros sufren de dolencias que los vuelven enemigos de la convivencia. Así, este asesinato sería un acto demencial, que solo se puede explicar como un acto de mala suerte, sin querer ver que tiene  raíces más profundas, en la sociedad misma.

A sabiendas que estamos en un país con muchos problemas, es poco común que la explicación individualista tenga popularidad en el Perú. Más bien, buscamos un culpable sistémico para entender los actos individuales. Dos puntos de vista, casi maniqueos, emergen: la violencia sistémica contra las mujeres, propia de una sociedad machista, produce situaciones como esta. La otra: una sociedad mediatizada, completamente carente de escrúpulos en su sumisión al espectáculo, crea condiciones para que alguien mate por dinero a alguien que se expone al aparecer en los medios.

El punto no es necesariamente quién tiene razón; tampoco es encontrar culpables, que es un proceso judicial. Es discernir responsabilidades, que existen en muchos niveles. Indiscutiblemente hay mucho de verdad en la responsabilidad de la falta de condena social a la violencia contra las mujeres, a un sistema que no facilita ni mucho menos alienta que se denuncien estas agresiones y que proteja adecuadamente a las víctimas. También hay responsabilidad en los medios, que usan sin mayor consideración de las consecuencias que puedan generar casos muy diversos, banalizando tanto las causas como las consecuencias, y sobre todo, asumiendo que lo que hacen es anodino e irrelevante, simple entretenimiento, sin evaluar los efectos morales de corto y largo plazo, cuando la sociedad acepta como natural que el sufrimiento ajeno es diversión, o que todo es motivo de contemplación sin compromiso.

El debate necesario entonces va por ahí: cómo lograr, colectivamente, que lo ocurrido no se repita, tanto en la consecuencia final, el asesinato de una mujer, como en los prolegómenos, en la etapa en que por varias razones muchas personas consideraron que era una buena idea exponer casos así por dinero en la televisión, creando condiciones para que luego, ocurriera un asesinato. La cadena causal queda para los fiscales y jueces; la sociedad debería procesar sus responsabilidades.

Que algunos programas o que algún presentador televisivo involucrado en el caso, se defiendan con argumentos deleznables o con acusaciones a terceros para evadir su rol, no debería extrañarnos: en ese medio se cultiva esta mezcla tan indigesta de egolatrías, certezas morales falaces y desprecio por la tragedia ajena de donde nace un crimen como este. Pero en la esfera digital, uno podría buscar oportunidades para fomentar una conversación sensata. Al menos ese era el sueño de los que postulaban a lo digital como un regreso a la sociedad dialógica de un arcano tal vez nunca real.

Lamentablemente no es así. La esfera digital es tan mala para estos debates como la mediática masiva, solo que si en la más antigua predomina el dinero, en la primera manda la certeza, la invectiva y la catilinaria. No buscamos entender sino afirmar nuestra convicción, y al hacerlo básicamente formamos partidos, en vez de construir consensos para atacar el problema entre todos.

Más allá de la importancia que un punto de vista tenga para cada uno, quizá esta sea ocasión para pensar colectivamente no en tener razón, sino en construir respuestas. En pedirle a la televisión que piense, y que considere otras voces ante los temas más serios; en pedirle a los presentadores que acepten que lo que hacen no solo responde a sus intereses, sino que afecta a muchos; a que necesitamos crear condiciones para que ninguna mujer sea agredida por un varón, de ninguna forma; a que las leyes deben ir acompañadas de actitudes, desde el estado, para buscar cumplirlas, y que los funcionarios deberían reconocer que una víctima merece respeto y compasión, no solo un trámite.

Pero lo más importante es concluir que debatir y conversar es urgente en el Perú. Mientras más dudemos de nuestras convicciones tendremos menos seguidores, menos “likes” y menos reposteos, pero quizá compartamos mejor la necesidad de encontrar respuestas colectivas. Será una lección menor, pero ojalá que esto nos lleve a pensar en que nos haría bien estar menos seguros y más dispuestos a escuchar.

Publicado en Noticias SER, 26/09/2012.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Wikileaks sucumbe a las reglas del juego



El tejido de acciones que ha llevado a un conflicto diplomático entre Ecuador y el Reino Unido por un acusado de violación requerido en Suecia nos obliga a varias reflexiones. Sin asumir tantas certezas morales como las que exhiben Mario Vargas Llosa o Rafael Correa, es saludable trascender al personaje -en muchos sentidos fallido-, que encarna Julian Assange, y ponernos a pensar en lo que significa el problema de fondo.

El proyecto original de Wikileaks plantea una idea poderosa pero sin duda cuestionable. ¿Es de interés global permitir que los ciudadanos puedan ir más allá de su propia ciudadanía y actúen políticamente en un ámbito extranacional? La intención original del sitio era precisamente  facilitar que los ciudadanos de un país cualquiera pudieran diseminar información que ayudara a la transparencia de lo público, mediante la revelación de aquello que sus gobiernos o Estados no querían que fuera difundido. Esto trasciende la realidad política sin por ello apostar a la irrelevancia de los estados mismos, puesto que se trata de usar la tecnología para compensar las limitaciones a la transparencia que una supuesta "razón de estado" justificaría.

La razón de estado no es un desarrollo reciente; ni siquiera se trata ahora de algo más serio que en el pasado, puesto que las democracias han aceptado en las últimas décadas que no es posible ocultarlo todo, todo el tiempo, siquiera de la boca para afuera. En muchos países, incluido el Perú, el principio político es que la transparencia manda, y que el secreto es la excepción, justificada por razones específicas y no por el interés de funcionarios o políticos.

Claro está, existen circunstancias en donde el secreto es dañino. Sea porque se oculta más de lo que se debe por razones políticas o porque se oculta por interés de poderes fácticos. Entonces, la ausencia de transparencia resulta peligrosa. Un Estado puede engañar, incluso de buena fe, para lograr objetivos que considera positivos; un Estado puede estar cooptado por terceros que lo usan para sus propios fines. El resultado es debilitante para la sociedad y peligroso para los ciudadanos.

Usar la Internet, que puede ser anónima y casi deslocalizada, para facilitar la transparencia no es  mala idea, y como vimos en el caso peruano, con los "petroaudios", los beneficios de una plataforma de alcance global, fuera del control del Estado en cuestión, pueden ser importantes. Los ciudadanos, al acceder a información, dejan de estar a merced siquiera en parte, de lo que los gobernantes intentan lograr. Se puede impedir o minimizar el abuso y quizá cambiar las prácticas para evitar repeticiones.
Ese verbo no muy grato, "empoderar", es la clave. La Internet ha cambiado muchas relaciones de poder en el mundo contemporáneo: eventos tan disímiles como los Occupy, la Primavera Árabe y el colapso del modelo económico de la industria discográfica son ejemplos perfectos. Wikileaks creaba la oportunidad de cambiar relaciones de poder, dándole a ciertos grupos de individuos la posibilidad de actuar de maneras disruptivas que romperían el control estatal sobre información de interés público. Al mismo tiempo, se fortalecía un discurso parcialmente cierto: los ciudadanos no sólo lo son de un Estado, sino que una emergente sociedad civil global podía enfrentar colectivamente los pleitos que, en expresiones concretas locales, afectan a todos en el mundo, no sólo a aquellos que viven en un Estado nación específico.

Ciertamente, la suma de acciones individuales acometida por ciudadanos en distintos países ha creado en varios casos, un movimiento que altera global y nacionalmente, relaciones de poder y económicas. El consumo irregular de música por los peruanos creó condiciones para que la industria local colapsara casi totalmente, pero también fue parte del ataque global que ha llevado a la crisis industrial generalizada y que permite, a la larga, que se pueda comprar música con servicios de nube, como los que ofrece Apple. En el caso de Wikileaks, la vocación global es más intención que realidad.

Aunque el movimiento puede ser global, lo concreto es que las acciones afectan a Estados concretos, y pueden ser peligrosas para ciudadanos concretos, precisamente por ser ciudadanos de Estados nación. El caso más serio, Bradley Manning, es un buen ejemplo. Un soldado raso homosexual obligado a ocultar su identidad sexual, de familia pobre y con ambiciones intelectuales que no podía realizar por falta de recursos, Manning parece haber actuado sin intención política si no más bien por una mezcla de búsqueda de reconocimiento con ganas de fastidiar a sus superiores y al sistema. Es decir, lo que habitualmente sería llamado entre los "nativos digitales" como un troll: un personaje interesado en el efecto de sus acciones sobre sus interlocutores, pero desinteresado en las consecuencias reales más allá del acto mismo. Manning está siendo tratado de manera medieval por los Estados Unidos y tiene ante suyo la perspectiva de pasar el resto de su vida en prisión.
Si bien es cierto que ningún Estado nación toleraría que un militar revele secretos de Estado, lo que Manning puso a disposición de Wikileaks fue más bien intrascendente, a excepción del video del ataque en helicóptero que produjo  en la muerte de dos fotógrafos en Iraq, donde lo más impactante no era el acto mismo sino la actitud de la tripulación, más cercana a adolescentes jugando Call of Duty que a personas conscientes de estar matando seres humanos. Sin duda de interés global, el video sirvió para poner a Wikileaks en el primer plano. Pero lo importante es ponderar no el interés, sino el efecto. Las consecuencias políticas fueron bastante tenues, dado que la guerra en Iraq estaba en su fase final, tras haber insensibilizado a muchos en el mundo entero sobre la violencia y las muertes ocurridas en ese conflicto confuso, fundamentalmente inmoral pero sobre todo desastroso en tantos planos para los EE.UU. Fuera de los EE.UU, el impacto fue más el ruido periodístico, seguido del olvido pronto, que otra cosa.

Todo lo demás que ha hecho Wikileaks, incluyendo los cables diplomáticos, ha sido relativamente menor y de poca o nula importancia real. No es que los Estados Unidos. sean un ejemplo perfecto de "sunshine", pero ciertamente en un país con prensa cuestionadora, oposición política activa y al mismo tiempo consensos políticos básicos sobre la defensa y las relaciones exteriores, no es mucho el daño que se puede hacer con cuentos como estos; por otro lado, los países como el Perú no son tan fácilmente vulnerables, porque las disfuncionalidad que permite situaciones como los petroaudios no se soluciona con hacerla pública.

Donde Wikileaks podría ser fantástica sería en países autoritarios; precisamente en aquellos en donde el modelo de ciudadano activista tiene más riesgo, y donde el impacto ha sido mínimo. Una explicación posible es que la información está mucho más cuidada; otra es que los activistas tienen que medir qué hacen, bajo riesgo severo (pensemos en Anna Politovskaya). Otra es simplemente que el grado de impacto del revelar información confidencial es proporcional al impacto político posible: Putin no dejará de ser el zar de la nueva Rusia porque alguien publique sus cables diplomáticos, mientras que Obama por lo menos tendrá que responder. El entusiasmo periodístico en el Perú no hará que sea más fácil revelar secretos y quebrar la vocación autoritaria de un Hugo Chávez.
Ahí reside el problema de Wikileaks, extrapolando el daño que le hizo Assange y su narcisismo: sin importar las intenciones, el alcance depende de cada ˝polity", de cada realidad política concreta. Habrá la posibilidad de revelarlo todo pero "todo" se define de maneras distintas por el contexto político que crea secretos, que los hace más o menos accesibles, o que les da un contexto en el que impactar. Más allá del sueño hacker de la transparencia global; más allá de la exageración fundamentalista que llevó a creer que revelar es bueno por sí mismo, sin importar las consecuencias sobre individuos concretos; la política sigue siendo nacional, y la transparencia tiene que ser considerada localmente.

Por eso, Wikileaks solo será una nota a pie de página, que sirve para demostrar que más allá de las intenciones de los activistas y los entusiasmos tecnológicos, el Estado nación sigue siendo el rey, y el individuo empoderado por la vida digital será más libre en cuanto el poder estatal esté moderado por fuerzas políticas mayores, no por hackers lejanos.

Publicado el 29/08/2012 en Noticias Ser

domingo, 2 de septiembre de 2012

La ley y el orden.pe



Las leyes existen para protegernos, o al menos eso nos dicen en el colegio. La edad nos lleva a darnos cuenta que el dicho “hecha la ley hecha la trampa” es más bien “hago la ley para que sea tu trampa”. Esto ocurre a todo nivel, y está sucediendo, hasta cierto punto, con un proyecto de ley aceleradamente llamado “ley Beingolea” que, en realidad es la consolidación de un conjunto de proyectos de varias bancadas que podríamos resumir en el nombre de Ley de Delitos Informáticos.

¿Cuál es el propósito de esta ley? Codificar los delitos informáticos más serios, incluyendo el robo de identidad y la suplantación de identidad por una ficticia, como forma de eludir la acción de la justicia. No son, a priori, malas ideas, pero la ejecución lo es y la crítica también, aunque por razones completamente distintas. El resultado nos muestra lo disfuncional del proceso legislativo, la ausencia de la política en estos temas, y la urgencia de un debate nacional más articulado y menos puntillista.
Hay varias críticas puntuales sobre artículos innecesarios o excesivamente represivos, como el 23 que decide que los números telefónicos e IP no están protegidos por el secreto de las comunicaciones, lo que parece una invitación a la transgresión de esos datos por terceros, que es exactamente lo que la ley busca evitar. Hay también muy bien razonadas y escritas críticas al conjunto, provenientes de activistas internacionales, que vale la pena revisar. Pero lo importante no me parece que resida ahí, sino en lo que podríamos llamar el impulso de “ley y orden” que lleva a crear una propuesta como esta.

El congresista Beingolea ha dicho que la ley no es de su hechura, pero la defiende como responsable de la Comisión de Justicia del Congreso, cosa que hace con convicción, fluidez y autoridad, pero no por ello deja de mostrar una clara tendencia conservadora, ya que para él,en el Perú vivimos en el reino de la impunidad, lo que con la modernidad y las nuevas tecnologías se ha extendido a toda la ciudadanía, con lo que cualquiera tiene el derecho de hacer lo que quiera protegido por el anonimato. Suena tremendo y es completamente desproporcionado. El reino de la impunidad que señala Beingolea se refiere no tanto a crímenes sino a excesos de la libertad de expresión, a lo que hace referencia al decir que es periodista. Si es así, entonces la ley de delitos informáticos está metiéndose en mares procelosos, porque parece preocuparse tanto de las mafias que hacen skimming de tarjetas de crédito con los trolls que difaman a la alcaldesa en los comentarios de las notas de La República.
En otras palabras: la noción que todas las formas de transgresión que usan dispositivos digitales deben estar incluidas en una misma norma produce un resultado que podemos resumir con un viejo refrán: “Si solo tienes un martillo, todo te parece un clavo”. La escala de represión aplicable a la mafia rusa o alguien que se baja un “torrent” de la inauguración de las Olimpiadas resulta siendo comparable: todos son delincuentes informáticos.

Esto hace que la norma, tal como está siendo planteada, no resulte saludable y merecería una conversación con dos propósitos: para qué la necesitamos y para qué tendríamos que optar por estas miradas que tratan de abarcarlo todo en una sola norma sin reconocer la diversidad. Puedo entender que el número IP no esté bajo el secreto a las comunicaciones, como no lo está mi número de teléfono: este secreto protege lo que dices, no el common carrier, el medio a través del cual se dice lo que está protegido. Esto no es óbice para que me den una explicación a partir de mis derechos como ciudadano que puede sufrir una transgresión, antes que en las necesidades de la policía para hacer una investigación cuando se supone necesario contar con ese dato.

El problema es que la oposición a la norma no ha sido muy buena. Inspirados en campañas internacionales más bien formalistas y propias de realidades políticas distintas, el conjunto de los opositores proviene del bando que podríamos llamar “hackactivistas”, gente que usa intensivamente la Internet y que considera que proteger su libertad, entendida esta de la forma que sea, es primordial antes que cualquier posible bien social que podría resultar de alguna forma de represión. No necesariamente comparto este punto de vista, pero creo que el principal problema ha sido centrarse en la narrativa interna del “hackactivismo” y no en el problema político más amplio: la protección simultánea de la libertad y el bienestar de los ciudadanos. Principios como el de la neutralidad regulatoria no son rescatados tanto como se debería, a pesar que este proyecto es desproporcionado en penalizar lo que ocurre en el ciberespacio con mucho más énfasis que aquello similar que ocurre en la vida “real”.

El proyecto de ley es represivo en exceso, lo que quiere decir que en la realidad peruana será mal usado por una policía y un Poder Judicial que no investiga lo que debe sino lo que quiere, y que podrá usar las herramientas de la norma según las presiones del poder político o de poderes fácticos. En ese sentido, no es una norma saludable aunque no diga realmente nada nuevo. Tampoco es saludable seguir con la esquizofrenia legal del Estado peruano, que saca leyes que se contradicen en intenciones: banda ancha para todos, pero cuidado con usarla mal porque te metemos preso.
Finalmente, cuando le pusieron #leybeingolea a este proyecto, los opositores cometieron un error táctico impresionante: Alberto Beingolea será conservador, y será callado objeto de burla por su pasado televisivo, pero es un congresista articulado, con convicciones y con mucho manejo mediático, que sabe sacarse de encima a entrevistadores de todo calibre. El resultado es que el proyecto parece mucho mejor y más coherente de lo que es, porque el mensajero es bueno. En un escenario político en donde poco o nada permite discutir temas de fondo, las batallas tienen que plantearse bien, y el error de poner al frente de los adversarios a uno de los pocos congresistas que no parece estar ahí por accidente tiene grandes consecuencias.

Este dictamen muestra bastante bien lo mal que está nuestra política, y por eso debería ser aireado, discutido de nuevo y sobre todo, reorientado a servir a todos los ciudadanos, no sólo a los que se sienten -con razón o sin ella- amenazados por potenciales males informáticos. Para el grueso de los peruanos, los beneficios de un entorno de baja represión como la Internet son mucho más importantes que sus potenciales peligros. ¿Qué tal si comenzamos por ese principio antes de ponernos alarmistas, señores congresistas?

Publicado el 16/08/2012 en Noticias Ser.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La marca Perú y el plan secreto para salvar a la PUCP

Imagino que no fui el único sorprendido cuando me enteré que la PUCP es ahora "representante de la marca Perú". Tras algunas críticas sobre las piezas publicitarias de esta marca, que fueron tomadas como poco representativas o incluso como intentos de pasar por debajo la realidad del país para venderlo como una suerte de paraíso turístico, no me esperaba que la PUCP tuviera algo que hacer en esto: el medio en el que nos movemos es más bien inmune a estas estrategias, los colegas extranjeros no van a interesar más o menos por el país y por esta universidad porque tengamos un loguito con vueltitas, y tampoco creo que los alumnos de intercambios escojan a la PUCP porque ahora podrán comprarse una mochila con el colibrí de marras. La duda me atormentaba.

Entonces, me hicieron llegar un documento secreto, que explica que en realidad esto de la marca Perú es el equivalente contemporáneo de las nacionalizaciones de la época de Velasco. Antes el Estado se adueñaba de ti; ahora el Estado te transmite su imagen, lo que poco a poco te hace parte inseparable de la nación, y por lo tanto intocable frente a agentes extranjeros o corporaciones milenarias, interesadas en controlar esta Universidad. Ser Marca Perú es lo más cerca que estaremos a ser universidad estatal; es más, ser Marca Perú nos hace universidad estatal, pero bajo el concepto aggiornado, que nos dice que el Estado es más un estado de ánimo que un aparato de gestión de los intereses, los bienes y servicios de todos los ciudadanos peruanos.

Tres en una: fuera la amenaza Borg, y contentamos el espíritu caviar al volvernos una universidad pública, pero también aquietamos a los modernizantes al aceptar que lo público ahora es mera cuestión de imagen.

Claro, hay condiciones. A continuación, las doce nuevas reglas de imagen que la Universidad y todos sus miembros de la PUCP debemos cumplir para ser realmente "marca Perú":

  1. El campus será modificado: los edificios serán forrados en piedras monumentales, cubiertos de paredes de barro o de sillares según la arquitectura lo permita.
  2. No habrá más básico, sino "deleite del nivel inicial". Las cafeterías serán certificadas por Gastón y solo se podrá comer rico, so pena de ser enviado al chifa de San Marcos.
  3. El ingreso de los alumnos será "del puente a la alameda": se entra por el puente peatonal de la Universidad y se camina hasta el antiguo tontodromo, obviamente llamado de ahora en adelante, la alameda.
  4. Se volverá a cortar el pelo de los cachimbos, pero el ritual será encargado a los danzantes de tijera, que hará una competencia de varias horas hasta que caigan todos menos el ganador.
  5. Se abrirán nuevas carreras: Mística Andina en sociales, AutoAyuda en Humanidades, Culinaria en gestión, Andenería, Tejido y Adobe en ingeniería, y Turismo Vivencial en Artes.
  6. Los jazmines para el pelo y las rosas para la cara serán cargadas a la boleta.
  7. Los fotos de las tarjetas de identificación serán tomadas por Mario Testino.
  8. Los vigilantes serán ahora chalanes y los Segways serán reemplazados por caballos de paso.
  9. Las clases serán anunciadas por pututos que serán de exclusivo uso de cada decano, quienes deberán ponerse un tocado de vicuña, teñido de rojo y blanco (jamás de blanco y amarillo, eso ya fue).
  10. Para aliviar las largas caminatas de edificio a edificio, se reabrirán las acequias, y se podrá usar barquitos selváticos para ir de facultad en facultad.
  11. Las bienvenidas a los cachimbos, y a los alumnos de intercambio, serán reemplazadas por "iniciaciones" a cargo de un chamán, que les pasará un cuy mágico antes de darles a beber ColaHuasca y entregarles su chullo oficial Marca Perú / PUCP, hecho en China pero diseñado por Gerardo Privat (o el que gane la buena pro).
  12. Ahora somos la PUMP: Primera Universidad Marca Perú.

martes, 14 de agosto de 2012

Sueños olímpicos

El principio mismo de los juegos olímpicos, desde que fueron inventados por los griegos, es que la mayoría mira como una minoría hace maravillas. Gracias a la tecnología, cada vez podemos mirar mejor, aunque el problema, para variar, yace en la torpeza de los intermediarios entre la tecnología y nosotros. Qué desperdicio...

En el Reino Unido y en EEUU era posible ver los juegos a través de la Web, pero es un método más bien ineficiente dado que cada stream de alta calidad consume mucho ancho de banda individual; la televisión sigue siendo la manera más práctica. Lamentablemente, esto implica pasar por el modelo más difícil de cambiar, más arcaico: la narración televisiva.

No quiero hacer un catálogo de necedades, pero tanto la manada de argentinos como los pocos peruanos que tuvieron el privilegio de participar de las transmisiones mostraron en demasiados casos el peor defecto del comentarista televisivo: creer que son chistosos. Más grave aún, ignoraron lo más importante que nos ofrecen los juegos Olímpicos: la contemplación de la perfección. Baste un caso de lo que nos perdimos...

Jessica Rossi tiene 20 años, es una tiradora italiana en tiro con escopeta, foso olímpico. De 100 disparos, acertó 99. La prueba consiste en que le lanzan un plato que puede salir hacia su izquierda o derecha, aleatoriamente. Lo que logró fue impresionante y casi perfecto. Es la razón de ser de los juegos, y afortunadamente lo pasó ESPN; no tengo idea si la televisión local lo hizo, pero no quiero imaginar el tipo de bromas ignorantes que pueden haber acompañado la transmisión. En ESPN hubo un respeto mezclado con algo de ignorancia, sin llegar a admiración, por lo que estaba pasando.

En medio de la inmensa oferta deportiva, se pierde con facilidad momentos como ese. Una prueba más en un deporte más. Como la gran mayoría de estos deportes no nos resultan conocidos, no hay una apelación emocional inmediata a la grandeza que alcanzan los medallistas, y entonces quedan casi como pruebas de circo, dignas de broma, o quizá de silencio, de una cierta admiración que no termina de comprender no tanto el cómo lo hace sino el por qué lo hace. El resultado es que se pierde la gravitas, la profundidad, la grandeza del esfuerzo, del logro.

Lo más impactante de cualquier deporte yace precisamente en ese preciso instante en que de pronto, podemos asumir que alguien es sobrehumano. En que lo que está haciendo no está en una escala que podamos comprender. Para ello, debemos tener noción de escala, no solo manejo de datos ni mucho menos consciencia de las modas. Usain Bolt es un fenómeno, pero en el relevo 4x100, la antepenúltima prueba atlética de los Juegos de Londres, el comentarista de ESPN insistía, con razón, que lo más impresionante no había sido Bolt sino Yohan Blake, el tercero, que quebró la línea del relevo de EEUU y le permitió a Bolt llegar primero con buena luz sobre sus rivales; un tercero no tan extraordinario como Blake no habría creado el espacio para el lucimiento de Bolt.

Entonces, ¿dónde estaba la gloria? ¿dónde aparecía lo sobrehumano? Valorarlo requiere saber de deporte en un sentido más integral que solo entusiasmarse por lo que estás viendo. Requiere esa gravitas que parece ser completamente lejana a los comentaristas deportivos locales, por ignorancia pero más todavía, por opción: ha decidido que el deporte es una ligereza que solo agita el espíritu de la manera más banal posible, salvo cuando juegan los equipos peruanos que importan. La pasión por el logro sobrehumano es dejada de lado por la emotividad tribal de la hinchada.

Ambas tienen lugar, pero lamentablemente en el Perú, la emotividad tribal es lo único que existe. Y ahí está el problema, lo que le falta a la cobertura deportiva más allá del julbol. Más que tecnología, más que datos, lo que quisiera para el 2016 es lo que Rudolf Otto llamó, en otro muy distinto contexto, lo numinoso: la experiencia no-racional y no-sensorial o el presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad personal. Un entorno televisivo en donde se alimente nuestra capacidad de asombro, de admiración, de simple desconcierto ante los logros de seres humanos que no lo parecen. Trascendencia, que le dicen.

Eso, o una señal limpia, sin comentarios. Para banalidades, prefiero consultar la wikipedia mientras percibo, siquiera vicariamente, el ambiente olímpico. Lo demás no vale la pena.

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