domingo, 2 de septiembre de 2012

La ley y el orden.pe



Las leyes existen para protegernos, o al menos eso nos dicen en el colegio. La edad nos lleva a darnos cuenta que el dicho “hecha la ley hecha la trampa” es más bien “hago la ley para que sea tu trampa”. Esto ocurre a todo nivel, y está sucediendo, hasta cierto punto, con un proyecto de ley aceleradamente llamado “ley Beingolea” que, en realidad es la consolidación de un conjunto de proyectos de varias bancadas que podríamos resumir en el nombre de Ley de Delitos Informáticos.

¿Cuál es el propósito de esta ley? Codificar los delitos informáticos más serios, incluyendo el robo de identidad y la suplantación de identidad por una ficticia, como forma de eludir la acción de la justicia. No son, a priori, malas ideas, pero la ejecución lo es y la crítica también, aunque por razones completamente distintas. El resultado nos muestra lo disfuncional del proceso legislativo, la ausencia de la política en estos temas, y la urgencia de un debate nacional más articulado y menos puntillista.
Hay varias críticas puntuales sobre artículos innecesarios o excesivamente represivos, como el 23 que decide que los números telefónicos e IP no están protegidos por el secreto de las comunicaciones, lo que parece una invitación a la transgresión de esos datos por terceros, que es exactamente lo que la ley busca evitar. Hay también muy bien razonadas y escritas críticas al conjunto, provenientes de activistas internacionales, que vale la pena revisar. Pero lo importante no me parece que resida ahí, sino en lo que podríamos llamar el impulso de “ley y orden” que lleva a crear una propuesta como esta.

El congresista Beingolea ha dicho que la ley no es de su hechura, pero la defiende como responsable de la Comisión de Justicia del Congreso, cosa que hace con convicción, fluidez y autoridad, pero no por ello deja de mostrar una clara tendencia conservadora, ya que para él,en el Perú vivimos en el reino de la impunidad, lo que con la modernidad y las nuevas tecnologías se ha extendido a toda la ciudadanía, con lo que cualquiera tiene el derecho de hacer lo que quiera protegido por el anonimato. Suena tremendo y es completamente desproporcionado. El reino de la impunidad que señala Beingolea se refiere no tanto a crímenes sino a excesos de la libertad de expresión, a lo que hace referencia al decir que es periodista. Si es así, entonces la ley de delitos informáticos está metiéndose en mares procelosos, porque parece preocuparse tanto de las mafias que hacen skimming de tarjetas de crédito con los trolls que difaman a la alcaldesa en los comentarios de las notas de La República.
En otras palabras: la noción que todas las formas de transgresión que usan dispositivos digitales deben estar incluidas en una misma norma produce un resultado que podemos resumir con un viejo refrán: “Si solo tienes un martillo, todo te parece un clavo”. La escala de represión aplicable a la mafia rusa o alguien que se baja un “torrent” de la inauguración de las Olimpiadas resulta siendo comparable: todos son delincuentes informáticos.

Esto hace que la norma, tal como está siendo planteada, no resulte saludable y merecería una conversación con dos propósitos: para qué la necesitamos y para qué tendríamos que optar por estas miradas que tratan de abarcarlo todo en una sola norma sin reconocer la diversidad. Puedo entender que el número IP no esté bajo el secreto a las comunicaciones, como no lo está mi número de teléfono: este secreto protege lo que dices, no el common carrier, el medio a través del cual se dice lo que está protegido. Esto no es óbice para que me den una explicación a partir de mis derechos como ciudadano que puede sufrir una transgresión, antes que en las necesidades de la policía para hacer una investigación cuando se supone necesario contar con ese dato.

El problema es que la oposición a la norma no ha sido muy buena. Inspirados en campañas internacionales más bien formalistas y propias de realidades políticas distintas, el conjunto de los opositores proviene del bando que podríamos llamar “hackactivistas”, gente que usa intensivamente la Internet y que considera que proteger su libertad, entendida esta de la forma que sea, es primordial antes que cualquier posible bien social que podría resultar de alguna forma de represión. No necesariamente comparto este punto de vista, pero creo que el principal problema ha sido centrarse en la narrativa interna del “hackactivismo” y no en el problema político más amplio: la protección simultánea de la libertad y el bienestar de los ciudadanos. Principios como el de la neutralidad regulatoria no son rescatados tanto como se debería, a pesar que este proyecto es desproporcionado en penalizar lo que ocurre en el ciberespacio con mucho más énfasis que aquello similar que ocurre en la vida “real”.

El proyecto de ley es represivo en exceso, lo que quiere decir que en la realidad peruana será mal usado por una policía y un Poder Judicial que no investiga lo que debe sino lo que quiere, y que podrá usar las herramientas de la norma según las presiones del poder político o de poderes fácticos. En ese sentido, no es una norma saludable aunque no diga realmente nada nuevo. Tampoco es saludable seguir con la esquizofrenia legal del Estado peruano, que saca leyes que se contradicen en intenciones: banda ancha para todos, pero cuidado con usarla mal porque te metemos preso.
Finalmente, cuando le pusieron #leybeingolea a este proyecto, los opositores cometieron un error táctico impresionante: Alberto Beingolea será conservador, y será callado objeto de burla por su pasado televisivo, pero es un congresista articulado, con convicciones y con mucho manejo mediático, que sabe sacarse de encima a entrevistadores de todo calibre. El resultado es que el proyecto parece mucho mejor y más coherente de lo que es, porque el mensajero es bueno. En un escenario político en donde poco o nada permite discutir temas de fondo, las batallas tienen que plantearse bien, y el error de poner al frente de los adversarios a uno de los pocos congresistas que no parece estar ahí por accidente tiene grandes consecuencias.

Este dictamen muestra bastante bien lo mal que está nuestra política, y por eso debería ser aireado, discutido de nuevo y sobre todo, reorientado a servir a todos los ciudadanos, no sólo a los que se sienten -con razón o sin ella- amenazados por potenciales males informáticos. Para el grueso de los peruanos, los beneficios de un entorno de baja represión como la Internet son mucho más importantes que sus potenciales peligros. ¿Qué tal si comenzamos por ese principio antes de ponernos alarmistas, señores congresistas?

Publicado el 16/08/2012 en Noticias Ser.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La marca Perú y el plan secreto para salvar a la PUCP

Imagino que no fui el único sorprendido cuando me enteré que la PUCP es ahora "representante de la marca Perú". Tras algunas críticas sobre las piezas publicitarias de esta marca, que fueron tomadas como poco representativas o incluso como intentos de pasar por debajo la realidad del país para venderlo como una suerte de paraíso turístico, no me esperaba que la PUCP tuviera algo que hacer en esto: el medio en el que nos movemos es más bien inmune a estas estrategias, los colegas extranjeros no van a interesar más o menos por el país y por esta universidad porque tengamos un loguito con vueltitas, y tampoco creo que los alumnos de intercambios escojan a la PUCP porque ahora podrán comprarse una mochila con el colibrí de marras. La duda me atormentaba.

Entonces, me hicieron llegar un documento secreto, que explica que en realidad esto de la marca Perú es el equivalente contemporáneo de las nacionalizaciones de la época de Velasco. Antes el Estado se adueñaba de ti; ahora el Estado te transmite su imagen, lo que poco a poco te hace parte inseparable de la nación, y por lo tanto intocable frente a agentes extranjeros o corporaciones milenarias, interesadas en controlar esta Universidad. Ser Marca Perú es lo más cerca que estaremos a ser universidad estatal; es más, ser Marca Perú nos hace universidad estatal, pero bajo el concepto aggiornado, que nos dice que el Estado es más un estado de ánimo que un aparato de gestión de los intereses, los bienes y servicios de todos los ciudadanos peruanos.

Tres en una: fuera la amenaza Borg, y contentamos el espíritu caviar al volvernos una universidad pública, pero también aquietamos a los modernizantes al aceptar que lo público ahora es mera cuestión de imagen.

Claro, hay condiciones. A continuación, las doce nuevas reglas de imagen que la Universidad y todos sus miembros de la PUCP debemos cumplir para ser realmente "marca Perú":

  1. El campus será modificado: los edificios serán forrados en piedras monumentales, cubiertos de paredes de barro o de sillares según la arquitectura lo permita.
  2. No habrá más básico, sino "deleite del nivel inicial". Las cafeterías serán certificadas por Gastón y solo se podrá comer rico, so pena de ser enviado al chifa de San Marcos.
  3. El ingreso de los alumnos será "del puente a la alameda": se entra por el puente peatonal de la Universidad y se camina hasta el antiguo tontodromo, obviamente llamado de ahora en adelante, la alameda.
  4. Se volverá a cortar el pelo de los cachimbos, pero el ritual será encargado a los danzantes de tijera, que hará una competencia de varias horas hasta que caigan todos menos el ganador.
  5. Se abrirán nuevas carreras: Mística Andina en sociales, AutoAyuda en Humanidades, Culinaria en gestión, Andenería, Tejido y Adobe en ingeniería, y Turismo Vivencial en Artes.
  6. Los jazmines para el pelo y las rosas para la cara serán cargadas a la boleta.
  7. Los fotos de las tarjetas de identificación serán tomadas por Mario Testino.
  8. Los vigilantes serán ahora chalanes y los Segways serán reemplazados por caballos de paso.
  9. Las clases serán anunciadas por pututos que serán de exclusivo uso de cada decano, quienes deberán ponerse un tocado de vicuña, teñido de rojo y blanco (jamás de blanco y amarillo, eso ya fue).
  10. Para aliviar las largas caminatas de edificio a edificio, se reabrirán las acequias, y se podrá usar barquitos selváticos para ir de facultad en facultad.
  11. Las bienvenidas a los cachimbos, y a los alumnos de intercambio, serán reemplazadas por "iniciaciones" a cargo de un chamán, que les pasará un cuy mágico antes de darles a beber ColaHuasca y entregarles su chullo oficial Marca Perú / PUCP, hecho en China pero diseñado por Gerardo Privat (o el que gane la buena pro).
  12. Ahora somos la PUMP: Primera Universidad Marca Perú.

martes, 14 de agosto de 2012

Sueños olímpicos

El principio mismo de los juegos olímpicos, desde que fueron inventados por los griegos, es que la mayoría mira como una minoría hace maravillas. Gracias a la tecnología, cada vez podemos mirar mejor, aunque el problema, para variar, yace en la torpeza de los intermediarios entre la tecnología y nosotros. Qué desperdicio...

En el Reino Unido y en EEUU era posible ver los juegos a través de la Web, pero es un método más bien ineficiente dado que cada stream de alta calidad consume mucho ancho de banda individual; la televisión sigue siendo la manera más práctica. Lamentablemente, esto implica pasar por el modelo más difícil de cambiar, más arcaico: la narración televisiva.

No quiero hacer un catálogo de necedades, pero tanto la manada de argentinos como los pocos peruanos que tuvieron el privilegio de participar de las transmisiones mostraron en demasiados casos el peor defecto del comentarista televisivo: creer que son chistosos. Más grave aún, ignoraron lo más importante que nos ofrecen los juegos Olímpicos: la contemplación de la perfección. Baste un caso de lo que nos perdimos...

Jessica Rossi tiene 20 años, es una tiradora italiana en tiro con escopeta, foso olímpico. De 100 disparos, acertó 99. La prueba consiste en que le lanzan un plato que puede salir hacia su izquierda o derecha, aleatoriamente. Lo que logró fue impresionante y casi perfecto. Es la razón de ser de los juegos, y afortunadamente lo pasó ESPN; no tengo idea si la televisión local lo hizo, pero no quiero imaginar el tipo de bromas ignorantes que pueden haber acompañado la transmisión. En ESPN hubo un respeto mezclado con algo de ignorancia, sin llegar a admiración, por lo que estaba pasando.

En medio de la inmensa oferta deportiva, se pierde con facilidad momentos como ese. Una prueba más en un deporte más. Como la gran mayoría de estos deportes no nos resultan conocidos, no hay una apelación emocional inmediata a la grandeza que alcanzan los medallistas, y entonces quedan casi como pruebas de circo, dignas de broma, o quizá de silencio, de una cierta admiración que no termina de comprender no tanto el cómo lo hace sino el por qué lo hace. El resultado es que se pierde la gravitas, la profundidad, la grandeza del esfuerzo, del logro.

Lo más impactante de cualquier deporte yace precisamente en ese preciso instante en que de pronto, podemos asumir que alguien es sobrehumano. En que lo que está haciendo no está en una escala que podamos comprender. Para ello, debemos tener noción de escala, no solo manejo de datos ni mucho menos consciencia de las modas. Usain Bolt es un fenómeno, pero en el relevo 4x100, la antepenúltima prueba atlética de los Juegos de Londres, el comentarista de ESPN insistía, con razón, que lo más impresionante no había sido Bolt sino Yohan Blake, el tercero, que quebró la línea del relevo de EEUU y le permitió a Bolt llegar primero con buena luz sobre sus rivales; un tercero no tan extraordinario como Blake no habría creado el espacio para el lucimiento de Bolt.

Entonces, ¿dónde estaba la gloria? ¿dónde aparecía lo sobrehumano? Valorarlo requiere saber de deporte en un sentido más integral que solo entusiasmarse por lo que estás viendo. Requiere esa gravitas que parece ser completamente lejana a los comentaristas deportivos locales, por ignorancia pero más todavía, por opción: ha decidido que el deporte es una ligereza que solo agita el espíritu de la manera más banal posible, salvo cuando juegan los equipos peruanos que importan. La pasión por el logro sobrehumano es dejada de lado por la emotividad tribal de la hinchada.

Ambas tienen lugar, pero lamentablemente en el Perú, la emotividad tribal es lo único que existe. Y ahí está el problema, lo que le falta a la cobertura deportiva más allá del julbol. Más que tecnología, más que datos, lo que quisiera para el 2016 es lo que Rudolf Otto llamó, en otro muy distinto contexto, lo numinoso: la experiencia no-racional y no-sensorial o el presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad personal. Un entorno televisivo en donde se alimente nuestra capacidad de asombro, de admiración, de simple desconcierto ante los logros de seres humanos que no lo parecen. Trascendencia, que le dicen.

Eso, o una señal limpia, sin comentarios. Para banalidades, prefiero consultar la wikipedia mientras percibo, siquiera vicariamente, el ambiente olímpico. Lo demás no vale la pena.

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domingo, 15 de julio de 2012

Sesgos, encuestas y malas intenciones

Estas semanas de Conga, Espinar y encima Marca Perú han sido movidas. Nuestra sociedad, fragmentada y en riesgos varios, se junta con la realidad de un Estado disfuncional, cuyos bolsones de eficiencia no bastan para controlar el caos en sectores como Interior, o en niveles como los gobiernos regionales, que tienen casos específicos de buena gestión frente a otros que se asumen casi estados independientes ocupados por un poder externo.

En medio, la prensa no ha ayudado nada. Como bien apunta Eduardo Dargent hoy en Diario 16, la alegría con la que manipulan es preocupante. ¿Hay salida?

Ordenemos ideas: la prensa jamás ha sido el terreno de la verdad; en el mejor de los casos, hay vocación de objetividad, dado que la verdad es un asunto imposible cuando siempre existe un punto de vista, que arranca al observar ciertos hechos e ignorar otros y sigue en la manera de presentarlos, y finalmente en cómo se los difunde.

El sesgo es bueno: una sociedad democrática tiene que contar con actores honestos que tomen posición frente a lo que ocurre. Diarios de derecha o de izquierda muestran un sesgo que los hace populares, pero no tienen que perder ni cierta objetividad, que no es dar una columna a un opositor, sino darle voz a todas las versiones en un tema complejo, respetar al rival ideológico, y ponderar los juicios no solo con unos cuantos condicionales, sino con sinceras expresiones de subjetividad: "en la opinión de este diario", "hasta donde hemos podido averiguar", "según los indicios recogidos"... cualquier fórmula que garantice que la noticia presentada no es la única posible versión de lo ocurrido, y que la opinión del medio se diferencie claramente de la presentación de los hechos. Con eso basta.

El problema no está en el sesgo sino en la falta de opciones, y sobre todo en la falta de honestidad frente a los sesgos.

La falta de opciones está en camino de solucionarse mediante la aparición de medios alternativos en la Internet, junto con la crisis de los medios tradicionales. El deterioro de la calidad informativa de un diario se compensa con la aparición de sitios como Noticias Ser, que no por tener sesgo no deja de ofrecer perspectivas distintas y en muchos casos, mucho más completas que aquellas que los medios "profesionales" tienen. Es un logro que sin duda tiene todavía poca importancia en el gran esquema de las cosas, pero que apunta al punto medio entre la ilusión individualista del reportero ciudadano y el medio masivo que lo ve todo y define la realidad a través de sus elecciones.

El problema más serio es la manipulación: convertir algo en otra cosa. La mínima controversia sobre las pintas en el monumento a San Martín muestra la expresión de sesgos: diarios de derecha poniendo titulares escandalizados mientras La República pone a ediles y sindicalistas lavando las pintas. Un titular de mala onda, claramente opinión, no tiene que ser un problema tampoco.

¿Qué pasa en cambio cuando construimos la noticia? Por ejemplo, con una encuesta. De nuevo el caso que presenta Dargent: cuando se dice que el 43% respalda la mano dura frente a las protestas en Cajamarca y Espinar, y se ignora que el 35% no lo hace, hay manipulación en dos niveles. Primero, porque considerando el margen de error la distancia es tan pequeña que destacar algo por encima de lo otro en esos términos, no solo un sesgo ideológico en acción, es un acto de construcción de la realidad a través del cual se trata de darle a los lectores del medio "argumentos" para que se reafirmen en su opinión.

Pero la manipulación más perniciosa está en convertir las encuestas en la realidad. No es solo el margen de error: es la encuesta misma, que es un acto de observación sesgada en sí mismo, al crear en una serie de preguntas con pocas opciones de respuesta una ruta interpretativa. La persona interrogada tiene que escoger sobre lo que se le dice, no opinar o argumentar, y por lo tanto hay un sesgo primordial.

Cuando un medio usa una encuesta para validar sus sesgos, lo que está haciendo es trasladar esos sesgos a la formulación de una encuesta y luego usar los resultados como si fueran una observación "neutra" u "objetiva", y nuevamente aplicar su opinión a la hora de difundir los resultados. Incluso si el medio solo compra una encuesta hecha por terceros, lo hace a sabiendas que es una herramienta discutible, que da panoramas, pero que será usada como "realidad" para luego mirarla de la manera preferida. Es decir: una "realidad" creada es vista, pretendidamente, como realidad objetiva, y la opinión del medio, como interpretación de dicha realidad. Doble construcción.

El resultado es que hacer periodismo a partir de encuestas es una forma profundamente deshonesta, intelectualmente hablando, de construcción de discursos de interés público. No porque haya un sesgo en el discurso, que es lo más natural; sino porque se pretende que la encuesta no lo tiene. Esto no quiere decir que las encuestas deberían desaparecer de los medios, sino que los medios deberían ponerlas en su sitio: insumos para la discusión con sus lectores, en vez de evidencia objetiva de lo que la gente piensa y quiere. Solo así el discurso de la objetividad, o mejor dicho de la subjetividad ponderada y transparente, puede tener sentido.



miércoles, 4 de julio de 2012

ACTA ha sido rechazado en el parlamento europeo

"The parliamentary vote on approving the bill on Wednesday saw 478 against and 39 in favour, with 165 abstentions."

No está muerto pero sí herido. Una derrota tan grande en el Parlamento Europeo hace difícil que la Comisión, el brazo ejecutivo, intente pasarlo como decisión administrativa. Pero nunca se sabe. Por otro lado, otros países están muy interesados en lograr que se firme.

Explicación sobre el ACTA de FFII, y mía. El texto del tratado.

Comunicados: La Quadrature du Net; IP Watch; Knowledge Ecology International; Foundation for a Free Information Infrastructure; Infojustice, que lo conecta con el TPP, de inmediata relevancia para nosotros.

Mientras tanto, en nuestro barrio las cosas andan no muy bien...

martes, 3 de julio de 2012

Marcas que producen preguntas un martes por la tarde

Desde que Paul Bowles publicó la maravillosa The Sheltering Sky, el sueño de encontrarse a sí mismo a través de sumergirse en un destino exótico acompaña los desvelos burgueses. La evasión al estilo de American Beauty es demasiado suburbana; mejor es huir, encontrarse en la desaparición.

Lonely Planet, el mochilero, Kerouac, HHGTTG, tantas imágenes en la misma dirección. Y ahora, Marca Perú, que nos propone al Perú como el lugar donde realmente puedes ser tú.

Excepto que no. No es el Perú el tema del aviso, es la versión urbana y rica del Call of the Wild, de una novela de Joseph Conrad. La verdadera naturaleza de un individuo está fuera de su entorno natural, nos dice. Tú eres cuando no eres parte de la sociedad que te vio nacer, que te educó, que te formó, y que te dio los recursos para que te la pases dando vueltas, buscándote, cuando eras joven. La sociedad en la que un USB de hace 20 años hace interfaz perfecta con la tecnología de 2032 (la parte que más me gustó del video, dicho sea de paso).

Deja de ser quien eres para ser lo que realmente quieres ser.

¿El Perú? Un telón de fondo. Competimos con el mundo de lo exótico, con las playas del Pacífico Sur, con las montañas de la India, con la comida campestre mexicana, con los caminos interminables del Midwest de los EEUU, con los bosques de Acadia, con las zonas menos ríspidas de Africa... somos el espacio para darle vida a los jóvenes que tras siglos de progreso, de bienestar, de cultura y de tecnología, no se encuentran.

El Perú de los peruanos, ¿es el cuy mágico? El Perú para los demás, ¿es el nuevo Eat Pray Love?

sábado, 7 de abril de 2012

Con paciencia y sin temores: una opinión personal sobre el estado del conflicto

Quisiera compartir mi perspectiva sobre la situación en la que se encuentra la PUCP en su intento de resolución del conflicto con la iglesia católica. No es un explicación ni un intento de encontrar salidas, sino un ejercicio de ordenación de ideas para aportar a una conversación colectiva.

Quizá es necesario comenzar diciendo que estamos todavía en un proceso de negociación, y que en realidad recién comienza el proceso hacia adentro, donde la misma comunidad universitaria tiene que conversar sobre un tema estructural, que definirá la universidad por una buena cantidad de años. Es pues un asunto sumamente complejo y que requiere hacer las cosas con calma, para evitar caer en errores de apasionamiento o de exceso de confianza.

Desde este punto de partida, lo primero es que el mensaje del Rectorado no es precisamente tranquilizante. Tras haber convocado la unidad, bajo la premisa que no se iba a ceder en lo fundamental y que juntos íbamos a triunfar, ahora se nos dice que debemos aceptar como hecho consumado un acuerdo que por lo menos nos deja dudas en abundancia. En el camino, se ha pasado del optimismo jurídico al catastrofismo rotundo, sin etapas, y básicamente se espera que se acepte el acuerdo bajo esa premisa. No descarto que sea el camino más pertinente, o que sea en realidad el único camino viable, pero tampoco me parece que sea posible correr hacia una decisión sin considerar qué implica lo que se acepta, incluso, insisto, si es el único camino viable ante la amenaza legal del Arzobispado.

También me resulta preocupante la falta de claridad respecto a con quién se está negociando, y sobre todo quién es el que tomará la decisión final de aceptar o no el acuerdo. Es muy distinto si es el arzobispo de Lima el que decide o si esto todavía depende de una aprobación oficial en el Vaticano. Al interior de la Universidad, hay una cuestión formal de aprobación por la Asamblea Universitaria, pero es necesario reconocer que esta situación es mucho más grande que una votación en la Asamblea, y que se necesita una discusión no para decidir, sino para entender qué decidirán nuestros representantes, los que cargarán con la enorme responsabilidad de definir la PUCP de los próximos años, sino décadas. No obstante, entiendo que es una negociación difícil y que el Rectorado tiene una tarea compleja, y por ello es posible que la única ruta para garantizar un buen término requiera algo de opacidad; lamentablemente el compañero inevitable de la opacidad es el rumor, y sometidos a él estamos ahora.

Incomoda también que se opte por una lectura formalista que ofrece una perspectiva precisa de cada disposición, pero sin considerar el valor simbólico del total: que de ahora en adelante el clero puede, cuando no debe, opinar sobre cada aspecto de la marcha institucional, que puede y debe decirnos qué es correcto y qué no lo es cada vez que quieran; ciertamente no significa que podrán sancionarnos o botarnos, pero tampoco hace bien a una universidad que existan vigilantes de la ortodoxia metiéndose en cada tema, potencialmente fomentando (acepto que es un extremo, pero no es absurdo) una cultura del chisme y el trascendido, alrededor de lo que está bien o no, de acuerdo a la definición de un sector preciso, y hostil, de la iglesia católica.

Pero lo que más desazón me deja es el intento de disimular, en ese lenguaje más bien formalista ya mencionado, lo que en realidad es una derrota institucional. Sostener que la autonomía está incólume o que en realidad nada de fondo cambia es por lo menos un exceso de optimismo, sino una opción para ver los resultados como solamente positivos, sin margen para malas intenciones o acciones desmedidas de parte del adversario. Para todo efecto práctico, el estatuto reformado será un documento discriminatorio, que reducirá el grupo de potenciales rectores y vicerrectores, colocando además sobre los interesados en estos cargos la espada de Damocles de una opinión clerical. Que históricamente la universidad, es decir el conjunto de profesores y estudiantes, no haya considerado pertinente escoger a un no creyente como rector, no significa que haya que convertir este criterio implícito en norma y cerrar caminos de desarrollo institucional, y esto no es un tema que me parezca tenga que ver con el actual inquilino del palacio arzobispal, sino que es un criterio de sumisión, una aceptación que como colectivo, somos inmaduros, yaciendo bajo la tutela de la iglesia.

Este es un caso que pongo como ejemplo, para no entrar en cada detalle, en cada ambigüedad, aunque sí creo que cada una de ellas debe ser discutida, aclarada y aceptada o rechazada con todas sus posibles consecuencias, con paciencia y sin temores, pero sí con realismo y perspectiva. Es un retroceso fundamental, y una concesión que, si se está dando bajo condiciones de fuerza mayor, es entonces el resultado de un chantaje.

A esto hay que añadirle que la discusión de fondo nunca ha tenido lugar: siempre se ha hablado de autonomía, de rechazo a la intromisión, pero todo se ha planteado en términos legales y poco o nada en términos políticos. ¿Qué universidad queremos, realmente? ¿Una continuación del status quo de siempre, con sus vaguedades y tensiones de marea y resaca con la jerarquía eclesial? ¿Una universidad claramente secular pero que se reconoce como católica de inspiración? ¿Una universidad laica, sin relación con la iglesia? ¿O la universidad que es primero pontificia y católica, y luego universidad, como lo plantea el documento de acuerdo? Ese debate nunca se ha dado, y por eso no hemos tenido claro el end-game, el "a qué jugamos". Todavía no está claro.

Si enfrentamos esta situación porque no existen otros caminos más favorables, creo totalmente válido que como colectivo se pueda llegar a la conclusión que no tenemos otro recurso y que debemos aceptar ser despojados de parte de nuestra autonomía para preservar el bien mayor. No creo que las inmolaciones institucionales sean posibles sin consensos muy amplios, el cual difícilmente puede construirse; hay que decirlo, es altamente probable que la mayoría, por múltiples razones, pueda aceptar este nuevo status quo. Personalmente no estoy de acuerdo con ello pero aceptaré esta decisión de ser la que se alcance. Lo que me parece inaceptable es que se pretenda decirnos que en realidad nada de fondo está cambiando.

Pero sí está claro algo: estamos perdiendo. Disculparán la metáfora, pero estamos en el minuto 89, sin más cambios disponibles, con un jugador menos y embotellados en nuestra área. Podemos optar por salir todos a intentar el milagro, o por minimizar el desastre y perder por un gol. Si no hay voluntad de todos por salir a intentarlo, el milagro será imposible; pero llamar empate a lo que es una derrota está mal, y no aceptar los errores cometidos también está mal. Sea cual sea la decisión que se tome, necesitamos unidad, pero la unidad no se puede construir desde un ilusión.

ADDENDUM:

Luis Bacigalupo, no solo un excelente académico sino un gran y viejo amigo, ha respondido este post en el mejor tono posible. Adjunto lo escrito por él, y mi respuesta, para que el diálogo esté en un solo lugar, y agradezco su vocación de diálogo.

Urge ordenar ideas sobre el posible Acuerdo PUCP-Vaticano

Mi buen amigo Eduardo Villanueva ha hecho “un ejercicio de ordenación de ideas para aportar a una conversación colectiva”. Tomo el guante. Concuerdo en que la negociación recién empieza y que habrá un proceso “hacia adentro, donde la misma comunidad universitaria tiene que conversar sobre un tema estructural, que definirá la universidad por una buena cantidad de años.” No puedo estar más de acuerdo, hay que empezar a hablar.

El asunto es complejo y requiere la calma que Eduardo invoca; pero no será tratado sin apasionamiento. Si algo puede despertar pasiones en un medio intelectual es precisamente la perspectiva de perder o ganar influencia en la determinación de la identidad de la institución para la que se trabaja. Creo, además, como decía Hume, que la razón es y debe ser la esclava de las pasiones. Lo importante es saber de qué pasión hablamos acá.

Mi objeción de fondo (tal vez la única): ni el contenido ni el tono del acuerdo me llevan a pensar que hemos “pasado del optimismo jurídico al catastrofismo rotundo”. Si comparamos lo que solicitaba Cipriani en la carta del 16 de julio de 2011, que fue mencionada como el factor de adecuación en el ultimátum de Bertone, con lo que la PUCP cede en el acuerdo, no veo cómo se pueda llamar a eso una catástrofe. Al contrario, es una buena negociación.

Concuerdo con Eduardo en que no podemos correr en una decisión “sin considerar qué implica lo que se acepta, incluso, insisto, si es el único camino viable ante la amenaza legal del Arzobispado.” Hay que esperar el final; pero en caso de que Cipriani no patee el tablero y acepte incorporar lo relativo a la Junta Riva-Agüero, la comunidad tendría que poner sobre la mesa de debate lo que implica el acuerdo para la vida institucional.

Es preocupante la falta de claridad respecto del proceso. Al parecer, están negociando el Rector y el Gran Canciller, con la presencia del Nuncio. Todo indica que la decisión final la tomará la Congregación para la Educación Católica cuando reciba los estatutos modificados. Al interior de la PUCP, la cuestión implica una responsabilidad enorme para los asambleístas. Se dice que algunos están haciendo consultas a sus bases.

Sobre la “lectura formalista”, quizás sea uno de los mayores defectos del proceso. No ha habido un tratamiento abierto y a fondo de los grandes símbolos en disputa: católica y sobre todo pontificia. ¿Puede una institución con esos símbolos en su nombre no querer involucrar de alguna manera al clero en su vida institucional? Parece que no; pero, entonces, ¿cómo entienden esta participación ambos, la comunidad universitaria y el clero?

Sobre todo el símbolo pontificia dice que el alto clero está involucrado en la educación impartida en la PUCP. Se nos preguntó si queríamos seguir siendo pontificia y dijimos que sí. Entonces, no podemos nosotros decir cómo queremos serlo. Es en el entorno del pontífice donde se determina eso. Y no basta con aplicar la Ex Corde Ecclesiae, porque no dice nada sobre las universidades pontificias. La Ex Corde no es el problema.

En esto también concuerdo con Eduardo: la autonomía no está incólume, y no podía estarlo desde el momento que se respondió positivamente a la pregunta clave por el carácter pontificio. Ese era el momento de pasar a la autonomía plena y se perdió. Eso implica, en efecto, que el estatuto reformado será un documento discriminatorio porque “reducirá el grupo de potenciales rectores”. Por eso el Cardenal Erdó hizo esa pregunta clave.

Pero yo no veo necesariamente una Espada de Damocles. Veo más bien la consecuencia lógica de haber aceptado y haber reiterado la aceptación del título. Sería muy raro que el embajador de Italia en el Perú no fuera un italiano; del mismo modo, es difícil que el rector de una universidad “del pontífice” no sea un católico. Si estamos embarcados en eso, de lo que se trata ahora es de prevenir el abuso del poder que el clero de hecho tiene.

También estoy totalmente de acuerdo con Eduardo en que esto es un retroceso respecto del modo como nos comprendíamos hasta antes del efecto Cipriani. Yo era de la opinión de que debíamos renunciar al título de pontificia para preservar el carácter de universidad plenamente autónoma que habíamos adquirido en los últimos treinta años. Pero se pensó que esto era imposible. Bueno, si mi institución opta por una ruta, yo la respaldo.

No hay chantaje, mi estimado amigo, hay veinte siglos de experiencia. ¿Podemos preguntarnos todavía qué universidad queremos realmente? Yo creo que sí; pero dentro de unos márgenes que tenemos que respetar porque nos sometimos libremente a ellos. ¿Queremos “una continuación del status quo de siempre, con sus vaguedades y tensiones de marea y resaca con la jerarquía eclesial”? Ya no será posible, ahora hay que hablar claro.

La fórmula de “una universidad claramente secular pero que se reconoce como católica de inspiración” no es compatible con una universidad pontificia. La UARM puede serlo, la PUCP no. La universidad se sometió a ser primero pontificia. Traté de explicarlo recurriendo incluso a la historia medieval; pero, por desgracia, se suele despreciar el recurso al pasado conceptual, sobre el que precisamente se sostienen las convicciones y las estrategias de la jerarquía.

Todo está cambiando y está claro que hemos perdido algo que como comunidad altamente secularizada valoramos mucho más que ser una universidad del pontífice. Eso no implica, desde luego, la propiedad de los bienes. No hay que confundir la pertenencia a la Iglesia que impone el carácter pontificio con las ambiciones de Cipriani, que por desgracia hasta la fecha confluyen. Para mí, el milagro del que habla Eduardo es que se rompa esa confluencia.

Mi respuesta a Lucho:

Apreciado Lucho, agradezco el diálogo. Creo que lo que planteas es totalmente atendible.

No estoy seguro, realmente, sobre la cuestión de la “pontificidad” de la institución como tema ya zanjado al interior de la universidad. Me parece que parte del problema con el formalismo con el que se ha llevado el proceso es que se transmitió la impresión que era posible lograr dos cosas que es difícil desprender: ganar y seguir siendo pontificios. Supongo que es cuestión que los asambleístas digan cuánto de verdad hay en lo que voy a decir, pero no tengo para nada claro que se haya discutido en serio este tema, más allá de comentarios y bromas al paso.

Sí me reafirmo en lo del chantaje, porque al hacerse como se hace todo esto, la única razón para ceder tanto es precisamente la posibilidad de perderlo todo. No digo que de no haber habido juicios no podría haberse planteando un debate similarmente complejo, pero no estaríamos corriendo para tomar una decisión, y probablemente estaríamos discutiendo hacia adentro con más calma.

Reitero mi aprecio por tu comentario. Lamento, y esto de ninguna manera es un reproche para contigo, que recién estemos realmente discutiendo estos temas, de manera abierta, sobre todo porque siento que ya es muy tarde. Ojalá aprendamos, como colectivo, la lección: los debates deben ser libres, públicos y oportunos.

Lucho continúa:

Eduardo, si con lo del chantaje te refieres al uso que hace Cipriani de los juicios sobre la herencia Riva-Agüero, tienes toda la razón. Yo desestimé la idea de un chantaje solo en relación con el título de pontificia. Seguimos al habla.

Mi respuesta a este comentario:

Lucho, efectivamente me refiero a los juicios. La discusión sobre la relación con la iglesia me parece ha sido manejada, por momentos, con algo de verticalismo, pero no ha habido la mala intención inherente a un chantaje, que sí veo claramente en el tema de la administración de los bienes; esa actitud que se veía ya en lejanos comentarios que atribuían a Velasco el “robo” de la universidad y la necesidad de recuperar lo que había sido de la iglesia, cosa que como sabemos jamás fue así.