jueves, 17 de abril de 2014

Gabo en una plaza de La Habana

Fue un día de semana, no recuerdo exactamente si martes o miércoles pero de finales de enero de 1986. La edición cubana de El Amor en los Tiempos del Cólera acababa de salir a la venta, y la presentación pública sería en la plaza Carlos Manuel Céspedes, frente a la editorial Arte y Literatura. Yo estaba en Cuba en esas fechas y obviamente, fui.

La vieja plaza, en el extremo de la Habana Vieja, es preciosa: llena de árboles, con edificios coloniales o decimonónicos, relativamente fresca en la tarde. Ahí, en un extremo, una mesa con un par de sillas, frente a la cual habían varias filas de asientos, sin indicaciones de quién debía ir dónde; en los extremos de la plaza, puestos de venta. En otras palabras, uno podía sentarse en primera fila, o ponerse en primer puesto para comprar el libro.

Paradojas de aquella cubanidad: el libro iba a costar 2.50 pesos, equivalente a mas o menos nada (digamos, menos de medio dólar al cambio informal/ilegal) aunque relativamente caro para un libro en una economía donde la plata alcanzaba para todo pero no siempre había en qué gastarla. La edición, elegante en su tapa dura y papel de buena calidad, sería un pequeño lujo para los cubanos de esos tiempos. La pregunta era si alcanzaríamos a comprar el libro: los cubanos compraban los libros en grupos, digamos que de a diez en diez, para repartir entre amigos y familiares, porque las cosas siempre eran escasas y mejor era comprarlas de una vez. Entonces, al comprar cinco, ocho o diez ejemplares de una vez, colaboraban para que la edición se acabara velozmente; las ediciones no salían tan rápido, así que el resultado sería (fue) un par de meses de espera hasta que el libro volviera a las librerías. La percepción de escasez producía la escasez... nada nuevo para un peruano en esos tiempo, dicho sea de paso.

Yo quería ver a Gabo, pero quería comprar el libro. ¿Hacer la cola o sentarme a escucharlo?

Decidí hacer cálculos precisos y logré estimar desde qué cola podría ver mejor a Gabo; imaginando que estaría al centro de la mesa, donde parecía haber solo dos sillas, sería simple encontrar ese ángulo perfecto, así que dejé que un par de compañeros se pusieran en la fila y me dispuse a esperar, mientras conversábamos de literatura, de pelota (Industriales acababa de ganar los playoffs) y de todo lo que se conversa con extraños en colas.

Naturalmente, no me ligó: en vez de dos personas, se trató de cuatro: el autor, el vicepresidente de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez; el ministro de Cultura, Armando Hart; y el viceministro de cultura de Cuba, Antonio Nuñez Jimenez; todos apretaditos frente a la mesita, con un solo microfono, sin mayor ceremonia ni aparente protocolo o complicación de seguridad. Naturalmente, García Márquez se sentó al costado; ahí donde un arbusto me tapaba la vista.

Me pasé los veinticinco minutos de la divagación del compañero vicepresidente del consejo de estado tratando de captar siquiera un destello del genio de Gabo. No hubo forma. Todos los cubanos escuchaban con una atención implacable al vice; recuerdo apenas que sentí ciertas ganas de pifiar cuando Rodríguez dijo que "esta novela es, me atrevo a decir, mejor que Cien Años de Soledad", cosa que casi axiomaticamente, es imposible. Pero no había ambiente: los habaneros mostraban una disciplina germánica que no dejaba de intraquilizarme un poquito. Me calmé con la conclusión que todos estaban tan fascinados con la expectativa de escuchar a Gabo que en fin, no importaba; me ahorré así dudas más de fondo sobre el control político inherente a los estados totalitarios que Orwell me había motivado unos años antes, gracias a la afirmación de los amigos cubanos: aquí todo es suave...

Finalmente, el buen vice llegó al final de su perorata. Todos aplaudimos educadamente cuando expresó el sentimiento colectivo: "ahora, pidamos a Gabo que nos diga que piensa de su magnífica novela".

Gabo ni terminó de coger el microfono y fue sincero, aunque algo capitalista:

"bueno, cómprenla".

Risas, aplausos y una vorágine adquisitiva digna de rebajas de Black Friday, fueron el resultado.

Todavía tengo el ejemplar que me compré: los otros dos de esa noche maravillosa fueron regalos. Mientras veía a habaneros haciendo malabares con sus ocho o diez copias, solo renegaba de ser un chiquillo de veinte que no podía entrar a la editorial para plantarme delante de García Márquez y decirle, imagino que como millones se lo han dicho, que mi vida cambió gracias a él. Que me enorgullecía de ser su fan.

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